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Así fue la VIDA de JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ y su Casa | Amores, Herencia, Escándalos

Así fue la VIDA de JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ y su Casa | Amores, Herencia, Escándalos

En la calle Guanajuato número 13, a una cuadra escasa de la plaza principal de Dolores Hidalgo, hay una casa señorial de mediados del siglo XIX que hoy cualquiera puede visitar pagando 40 pesos de entrada. Fachada de ladrillo rojo, portón de madera pintado de verde bandera, un patio central rodeado de habitaciones con techos altos de viga de madera, muros de adobe, marcos de cantera labrada y cornizas decoradas en cada puerta y cada ventana.

Y en la parte de atrás, una huerta de naranjos que todavía da fruta cada temporada, exactamente igual que hace un siglo, cuando un niño correteaba entre esos árboles sin sospechar todavía nada de lo que le esperaba. La llaman casa museo. Tiene ocho salas organizadas de manera estrictamente cronológica.

Un óleo de 2 m3 pintado especialmente para el lugar por el moralista selayense Octavio Campo, sombreros de charo bordados en hilo de oro, cartas escritas a mano, bocetos de canciones garabateados en papeles sueltos que sus hijos fueron rescatando durante décadas de cajones olvidados. Un triciclo infantil, vestuario original, premios acumulados en vitrinas.

Hay incluso una cantina virtual instalada en lo que antes era el comedor familiar de la casa, donde los visitantes pueden interactuar mediante realidad aumentada con una recreación digital del propio compositor y cantar junto a él fragmentos de sus temas más conocidos, como si el tiempo dentro de esas cuatro paredes se negara a pasar del todo.

Pero durante casi 40 años esa casa no perteneció a la familia que la construyó, ni a la que la habitó, ni a la que la amó. Se vendió, cambió de dueño varias veces, se perdió en el sentido más literal de la palabra. El hombre que nació entre esas paredes intentó comprarla de vuelta en más de una ocasión, ya siendo adulto, ya siendo el compositor más escuchado de todo México, con dinero suficiente de sobra para pagar lo que fuera y aún así nunca lo consiguió. murió sin lograrlo.

Tuvieron que pasar décadas enteras y tuvo que ser finalmente su propia hija quien recuperara esa casa para convertirla en lo que es hoy. Un santuario de peregrinación para millones de personas que ni siquiera habían nacido cuando él murió. Gente que llega desde España, desde Argentina, desde Estados Unidos, solo para pararse en el mismo patio donde alguna vez jugó un niño al que en familia apodaban cariñosamente Fello.

Ese hombre nació ahí el 19 de enero de 1926 y murió 47 años después con el hígado completamente destruido en una agonía que su propia primera esposa describiría años más tarde con una sola palabra terrible. dejó detrás 280 canciones registradas legalmente ante la Sociedad de Autores Mexicana, aunque él mismo en entrevistas concedidas a lo largo de toda su carrera, aseguraba haber compuesto más de 1000, la inmensa mayoría perdidas para siempre, nunca anotadas en ningún papel, cantadas una sola vez frente a un puñado de amigos en alguna cantina de

mala muerte y olvidadas al amanecer, disueltas en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de escucharlas esa noche y nunca más. dejó tres mujeres que lo amaron sin poder compartirlo del todo, dos de ellas ligadas a él simultáneamente ante la ley, sin que ningún papel hubiera disuelto jamás la primera unión.

Un detalle legal que terminaría estallando frente a todo el país el mismo día de su funeral. Dejó seis hijos repartidos entre familias que apenas se hablaban entre sí durante años. Dos de esos hijos cargando exactamente el mismo nombre que su padre, generando hasta la fecha confusiones en cada reportaje que intenta reconstruir su árbol genealógico completo.

dejó un hermano cuya muerte silenciada durante décadas por rumores completamente falsos que hablaban de bala en cantinas y de peleas de gallos, terminó convertida sin que casi nadie lo supiera durante más de medio siglo, en el origen exacto, palabra por palabra, de una de sus canciones más citadas de toda la historia de la música mexicana y dejó más de 50 años después de su muerte una herencia todavía sin resolver del todo, disputada entre más de 30 personas distintas, sin una albacea definitivo durante años enteros en uno de los casos

de sucesión artística más enredados que ha tenido jamás el espectáculo mexicano. Ese hombre es José Alfredo Jiménez Sandoval. México lo conoció como el rey de la canción ranchera, como el hijo del pueblo y también, de manera más irónica que cariñosa, como el patrono de las cantinas.

Esta es su historia completa y antes de que termine vas a entender por qué en su tumba, cada 23 de noviembre entre 10,000 y 15,000 personas se reúnen todavía hoy a beber tequila hasta el amanecer, exactamente como el mismo pidió que se hiciera. José Alfredo nació en el seno de una familia de clase media de provincia en un pueblo que décadas antes había sido el escenario donde arrancó la independencia de México.

Un dato que no es menor porque marcó desde temprano el orgullo local con el que él siempre habló de sus orígenes. Su padre, Agustín Jiménez Tristán era farmacéutico y dueño de la única botica del pueblo, la farmacia San Vicente. Un negocio que en un lugar como Dolores Hidalgo representaba estabilidad económica real y cierto prestigio social dentro de una comunidad pequeña donde todos se conocían.

Su madre, Carmen Sandoval Rocha, a quien todos en la familia llamaban con cariño doña Carmelita, se dedicaba al hogar cuidando de sus cuatro hijos en una casa que, según describen quienes la han visitado, convertida ya en museo, transmite todavía esa sensación de vida acomodada de provincia con sus techos altos y su cantera trabajada por artesanos locales.

José Alfredo tuvo tres hermanos Concepción, a quien llamaban Conchita, Víctor e Ignacio, este último apodado Nacho, un nombre que va a volver a aparecer más adelante en esta historia de una manera que ninguno de los cuatro hermanos hubiera podido imaginar en esos años felices de la infancia en Dolores. Creció rodeado de la tranquilidad de un pueblo pequeño, escuchando la música de la época en las tardes, sin ningún antecedente musical formal en la familia, sin ningún indicio todavía de que ese niño, que a los 7 años ya

recorría las calles cercanas a la farmacia de su padre, terminaría convirtiéndose en el compositor más influyente de la música popular en lengua española de todo el siglo XX. En 1936, cuando José Alfredo tenía apenas 10 años, su padre murió. La farmacia, que era el único sustento real de la familia, quebró poco después, incapaz de sostenerse sin la mano que la había dirigido durante años.

Doña Carmelita se encontró de golpe viuda, sin ingresos estables, con cuatro hijos que alimentar en un pueblo donde ya no quedaba nada que pudiera sostenerla. se vio obligada a vender la casa familiar, esa misma casa de fachada roja que su hijo pasaría décadas después intentando recomprar sin éxito.

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