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La niña vecina tocó a mi puerta a medianoche temblando bajo la lluvia y me rogó: “Necesito un papá antes del viernes o me alejarán de mi mamá”.

La niña vecina tocó a mi puerta a medianoche temblando bajo la lluvia y me rogó: “Necesito un papá antes del viernes o me alejarán de mi mamá”.

[PARTE 1]

Tres golpes suaves, casi ahogados por el rugido del viento, me sacaron de mi letargo.

Era casi la medianoche de un martes de octubre en Mazamitla.

El tipo de lluvia que no solo cae, sino que ataca los techos de lámina y madera con una furia ciega.

Llevaba tres años viviendo en esa cabaña, escondido del mundo, tragándome el fracaso de mi propio matrimonio entre aserrín y el silencio sofocante de la sierra.

Nadie tocaba a la puerta en este pueblo a esas horas, a menos que fuera una desgracia.

Me levanté del sillón gastado, arrastrando los pies sobre la duela fría, y giré la cerradura con pesadez.

Al abrir, la ráfaga de viento helado me golpeó el rostro, pero lo que me dejó sin aliento estaba mirando hacia arriba, justo a la altura de mis rodillas.

Ahí estaba Sofía.

La hija de siete años de mi vecina, descalza sobre los tablones empapados de mi porche.

Llevaba una pijama amarilla de franela que ahora se pegaba a su cuerpo menudo, pesada por el agua helada.

Sus labios temblaban sin control y sus ojos, enrojecidos y desorbitados, reflejaban un terror primario.

No dijo nada al principio, solo levantó una mano minúscula y agarró dos de mis dedos gruesos, manchados de barniz.

Su piel estaba tan fría que sentí el pinchazo hasta el codo.

Entonces, con una voz que apenas logró superar el estruendo del aguacero, susurró su súplica.

“Necesito un papá antes del viernes.”

Me quedé petrificado, incapaz de procesar el peso de esas palabras.

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