¿Por qué le decían a él el hombre lo de dónde salió eso? Porque era el que mandaba. Era cierto que hasta los Rodríguez le tenía. Sí, no, misteriosamente no. Eso dice la novela, el cartel de los apos una mentira. Ese Arela sí es cochino. Ay, mira, eso sí es cochino. Es más, bebé lo de mi intención de someterme voluntariamente a la justicia y acogerme a los beneficios.
13 de noviembre de 1998, cárcel la modelo, Bogotá, pabellón de máxima seguridad. Un hombre en silla de ruedas avanza por el corredor. Se llama José Manuel Herrera. le dicen el inválido, aunque algunos afirman que su apodo real era el entenado. Lo que sí es cierto es que era paraplégéjico y nadie lo requisa con demasiado cuidado.
Después de todo, ¿qué puede hacer un hombre que no puede caminar? Orlando Ennao Montoya, el hombre más poderoso del narcotráfico colombiano en ese momento, lo ve acercarse, lo conoce bien. Compartieron Zelda, compartieron negocios y compartieron enemigos. Pero hace apenas 8 días, hombres de ENA, bajo las órdenes de Wilber Varela asesinaron en la cancha de fútbol de la cárcel de Palmira a Elmer Pacho Herrera, medio hermano de José Manuel.
José Manuel no viene a conversar, lleva un arma escondida en un compartimiento de su silla de ruedas. Seis disparos retumban. Orlando Enao Montoya cae muerto. El jefe del cartel del norte del Valle, el hombre que articuló la organización de narcotráfico más productiva en la historia de Colombia, acaba de ser ejecutado por un hombre que no podía caminar.
Lo que nadie sabía en ese momento era que la muerte de Enao iba a desatar algo mucho peor que una venganza. iba a encender una guerra de todos contra todos que duraría más de una década, dejaría miles de muertos y terminaría destruyendo por completo a una organización que en su mejor momento llegó a exportar cantidades absurdas de cocaína al mundo.
Para contar esta historia hay que conocer a sus protagonistas y no eran empresarios disfrazados de mafiosos. Eran ante todo hombres con pasados violentos y exmiembros de la policía que aprendieron a traficar cocaína. Orlando Enao Montoya, el hombre del overall, fue el eje alrededor del cual giró todo.
Expicía, después sicario desde muy joven. Junto a Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño, conformaron un dúo temible en sus años mozos. No, Orlando y yo empezamos juntos. Él y yo empezamos juntos hace muchos años. Y siempre estuvimos juntos hasta que él murió. Iván Urdinola Grajales, nacido en Cartago, pero criado en el Dobio.
Fue uno de los narcotraficantes más brutales de la región. Lo apodaban el enano o el rey de la amapola. Su matrimonio con Lorena Enao lo convirtió en cuñado de Orlando Enao y esa conexión familiar fue clave para mantener la unidad del cartel. Era tan poderoso don Iván Ordinola que era amigo de Pablo Escobar, era amigo de los Rodríguez Orejuela, amigo del señor Hermer Herrera, alias Pacho Herrera y amigo de José Santa Cruz Londoño y de los hermanos Castaño Gin.
Efraín Hernández, alias Don Efra, llegó a ser el segundo al mando del cartel y quizás el más elegante de todos. Era el socio clave de Orlando Enao en la cúpula de la organización. El hombre de confianza para los grandes negocios, exesposo de la modelo Sandra Murcia, poseía una fortuna inmensa y llevaba una vida que contrastaba con la brutalidad del mundo que habitaba.
Yo manejaba muchas toneladas, donro manejaba mucha toneladas. Muchas toneladas es cuántos en una noche, por ejemplo, sacar aviones repletos de ¿cuántas toneladas? En una noche sacar 8 o 10 toneladas. Wilver Varela, alias Jabón. Se dice que fue exsargento de la Policía Nacional, aunque algunos aseguran que esto es solo un mito creado.
Empezó trabajando con los Rodríguez Orejuela y después se convirtió en el cobrador y secuestrador personal de Orlando Enao. Su trabajo era simple y aterrador: secuestrar, torturar, expropiar y asesinar a narcotraficantes que no pagaban sus deudas. Ese oficio le permitió acumular una fortuna inmensa y un poder militar que nadie más tenía.
Alio, Alirio Rob, Diego Montoya Sánchez, alias Don Diego, creció a la sombra de Iván Urdinola. Tenía mucho dinero y mucho poder militar y terminó librando una de las guerras más brutales dentro del cartel del norte del Valle. Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta, inicialmente miembro del cartel de Cali y posteriormente de los del norte del Valle, era quizás el más astuto en los negocios.
Se había sometido a múltiples cirugías plásticas para cambiar su rostro y sus huellas dactilares. Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño, compañero de aventuras de Orlando desde los primeros años, fue el narcotraficante con mayor centralidad en toda la red. Según un análisis de la Universidad del Valle, Rasguño ocupaba el primer lugar en centralidad por intermediación, un indicador que mide cuántas conexiones pasan a través de una persona.
En este punto clave estuvo por encima de Pacho Herrera, Diego Montoya y el propio Varela. Esto se debía a que jugaba en todos los bandos. Cuando las facciones se dividieron, Rasguño mantenía contactos con ambos lados. El día que pueda ser libre, nunca, nunca. Me alejaré de las dos. Víctor Patiño Fomeque, alias el químico, también expicía, inicialmente miembro del cartel de Cali y posteriormente de los del norte del Valle.

Tenía una gran influencia en el puerto de Buenaventura, que era la puerta de salida de la cocaína hacia el Pacífico. Eso lo hacía indispensable para todos. Lorena Enao Montoya, la viuda de la mafia, fue la única mujer en la cúpula del cartel y quizás la más subestimada de todos. Hermana de Orlando Enao y esposa de Iván Urdinola.
Su posición en el centro de esas dos familias la convertía en un nodo de poder que nadie podía ignorar. Henry Loaisa Ceballos, alias el Alacrán, era el hombre al que le encargaban lo que nadie más quería hacer. Llegó desde el cartel de Cali, donde controlaba el aparato militar, y cruzó al norte del valle como socio directo de Orlando Enao e Iván Urdinola.
Fundó grupos paramilitares en la región y junto a ellos sembró el terror en Trujillo, Río Frío y Bolívar durante años. Se presume que fue uno de los primeros en Colombia en usar motosierra para descuartizar a sus víctimas. El coronel Danilo González fue quizás el personaje más perturbador de toda esta historia.
Oficial brillante condecorado por el Congreso y por la propia DEA por su papel en la cacería de Pablo Escobar. Era al mismo tiempo informante y operador de los carteles a los que supuestamente perseguía. Trabajó para los Rodríguez Orejuela, para Orlando Enao, para Jabón y para los paramilitares de Carlos Castaño. Y luego estaban los transportistas, hombres como Jorge Elierasprilla, alias el negro.
controlaba una flota de barcos, submarinos y lanchas rápidas con las que enviaba miles de toneladas de cocaína a México y Estados Unidos. Asprilla era el nodo central que conectaba a los productores colombianos con los compradores mexicanos como Amado Carrillo Fuentes, el clan de los Beltrán Leiva y Nacho Coronel.
El cartel del norte del Valle no apareció de la nada. Se dice que ya crecía y se expandía lentamente desde los años 70. No fue solo una ala que se desprendió del cartel de Cali. Este tenía luz y vida propia desde hace mucho tiempo. Solo que a diferencia de los de Medellín y los de Cali, populares por su participación mediática en el mundo del narco, el cartel del norte del Valle, así como el poco conocido cartel de Bogotá, operaban con bajo perfil desde mediados de la década mencionada. Su semilla nació con la
marihuana. Para esa época, en el norte del Valle, empezaron a ser conocidos nombres como Gerardo Martínez, alias Drácula, originario del municipio del Águila, o Carlos Jaramillo, alias Maluco, originario de Ansermanuevo, quienes empezaron a disputarse el control de los cultivos y las rutas. Específicamente, Drácula fue conocido por prestar servicios a Hernán Giraldo Cerna para asesinar a enemigos y contradictores, fortaleciendo las relaciones entre el norte del valle y la costa norte del país. Estas muestras de violencia
germinaron dentro de núcleos delincuenciales de contrabandistas, incipientes comerciantes de marihuana y cocaína y secuestradores, quienes hacia 1975 estructuraron tres grandes ejes en el occidente del país, entre los que se encontró el eje Cartago Pereira, Armenia. De esta manera, el norte del valle empezó a constituirse como un punto estratégico para el tráfico de estupefacientes.
En este contexto, Gerardo Martínez, conocido en la región por vestir frecuentemente de negro, fue uno de los pioneros en trazar las primeras rutas, tejer los primeros contactos y poner a trabajar a los muchachos de la región. Entre esos muchachos estaban Orlando Enao, Efraín Hernández, Iván Urdinola, Javier Baena y Luis Hernando Gómez Bustamante, alias Rasguño.
Cuando Drácula finalmente cayó baleado en Santa Marta en 1978, esos muchachos supieron muy bien qué hacer con toda la incipiente red que quedaba a disposición en la zona. Por otro lado, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, junto con José Santa Cruz Londoño y Elmer Pacho Herrera también empezaron a construir desde los años 70 la organización de narcotráfico más sofisticada de Colombia.
A diferencia de Pablo Escobar, que apostó por el terrorismo y la confrontación directa con el Estado, los señores de Cali prefirieron la corrupción silenciosa. Infiltraron la política, la justicia y la policía. financiaron campañas electorales, compraron jueces y montaron una red de empresas legales como Drogas La Rebaja, Laboratorios Cresford y el Grupo radial colombiano para lavar sus millones.
Pero incluso el cartel de Cali necesitaba músculo y ahí es donde entra Pacho Herrera. Herrera fue la conexión directa entre los de Cali y el norte del valle. Controlaba las bandas sicariales del cartel y mantenía relaciones estrechas con los narcotraficantes emergentes de la zona. como el ya mencionado Orlando Enao Montoya e Iván Urdinola, así como con Víctor Patiño Fomeque y otros que en ese momento eran piezas menores en el engranaje de Cali.
Para mediados de la década del 80, el poder de muchos de estos hombres ya se sentía fuertemente en la región. Si bien su relación con los de Cali fue bastante cercana, en algunos casos compartiendo miembros o procesos de expansión, la gente del norte tenía cada vez más razones para sentir que eran un poder con igual o más influencia en toda la región.
Pero crecer en el norte del Valle en los años 80 no era sencillo. La región no estaba vacía, tenía dueños. Grupos guerrilleros ya hacían presencia en esas montañas. tenían influencia en municipios como el Dobio, Riofrío y Trujillo. Para cuando los hombres del norte empezaron a querer más tierra, más rutas y más poder local, se encontraron con que los campesinos no querían venderles y detrás de esa negativa estaba la presión de la guerrilla.
Iván Urdinola lo entendió rápido. Su expansión desde el dobbión de las garrapatas, ese corredor estratégico hacia el Pacífico que todos querían controlar, chocaba directamente con los frentes guerrilleros asentados en la zona. Los guerrilleros se oponían y eso para Urdinola era un problema.
Lo mismo ocurría con Henry Loaisa y Diego Montoya, que empezaban a acumular tierras y poder en el norte del valle con una velocidad que incomodaba a muchos. Pero a diferencia del cartel de Cali, que prefería operar desde la distancia y la corrupción silenciosa, estos hombres querían algo distinto. Querían el poder local, el control directo de los municipios y para eso necesitaban quitar a quienes se interponían.
El conflicto ya había mutado en algo que nadie podía controlar del todo. Los narcotraficantes, que aparentemente venían siendo extorsionados por grupos subversivos, encontraron en esto una excusa perfecta para librar una guerra contra las guerrillas. Henry Loaisa, el alacrán, empezó a capturar, torturar e interrogar a cualquiera que pudiera estar relacionado con secuestros atribuidos a las guerrillas.
Y en esas sesiones apareció el nombre del padre Tiberio, párroco del municipio de Trujillo Valle. Alguien dijo bajo tortura que los fondos de cooperación internacional que manejaba el sacerdote para sus microempresas podían esconder dineros de rescates pagados a la guerrilla. Eso fue suficiente para el alacrán, descrito por quienes lo conocieron como una persona impulsiva, demasiado impulsiva para tomar sus decisiones.
El resultado de cada acto, tanto de la guerrilla como de los hombres pertenecientes al cartel del norte del valle, fue una espiral sin freno. Las guerrillas radicalizaron sus operaciones. Los narcos ambiciosos de tierra para consolidar sus corredores estratégicos luchaban por obtenerla y el ejército respondió con planes contra insurgentes que criminalizaban cualquier forma de movilización social.
Todos los conflictos convergieron en el mismo punto. El corredor estratégico de Trujillo, donde se cruzaban la política local, la guerrilla, el narcotráfico emergente y un estado que no distinguía entre un campesino y un combatiente. Entre 1989 y 1990, el Alacrán y sus aliados desaparecieron, torturaron y asesinaron a decenas de personas en Trujillo y los municipios vecinos, entre ellas el padre Tiberio Fernández Mafla.
Exactamente el 17 de abril de 1990, a raíz de la ejecución de uno de sus amigos del municipio, del señor Abundio Espinoza, el padre Tiberio, se trasladó con miembros del equipo misionero a realizar las exequias en la ciudad de Buga y al regresar al municipio de Trujillo fue interceptado por el grupo de asesinos.
Estos efectivamente capturaron ilegalmente al ingeniero Óscar Pulido, a su sobrina Alba Giraldo Fernández y al conductor Norvei Galeano y al padre Tiberio Fernández. Los hechos fueron confesados por el comandante paramilitar Pablo Cano ante la fiscalía, quien explicó cómo los torturaron, procediendo a desmembrar a toda la comitiva que ayudó en la simple realización de las exequias, en particular al padre Tiberio, a quien también lo castraron, y luego arrojaron sus restos al río Cauca.
Alertados por su desaparición, miembros de la iglesia y pobladores realizaron la búsqueda de estas personas, el único cuerpo que hallaron y lograron rescatar de las aguas del río y que identificaron por unas placas que tenía en el cuerpo producto de unas cirugías y por su corpulencia fue el del padre Tiberio Fernández. Estos hechos fueron cometidos por un grupo criminal creado por el ejército y los narcotraficantes.
Uno de los militares involucrados y acusado posteriormente fue el mayor Alirio Antonio Urueña. Le digo que eso fue una cosa desastrosa. Cuando nos desaparecieron a mi papá, lo encerraron en una calle dos Toyotas con personas vestidas de militar y lo tiraron a un carro y se le sentaron encima y se lo llevaron.
Lo que la historia registraría después como la masacre de Trujillo no fue un evento único, sino una secuencia sistemática de crímenes en los que participaron narcotraficantes, paramilitares y miembros de la fuerza pública. Trujillo fue el laboratorio, la demostración de que en el norte del valle quien quisiera el poder tenía que estar dispuesto a todo.
Algunos de estos nuevos poderosos hombres de la zona antes habían emigrado al departamento de Putumayo para acumular capital, aprovechando la bonanza cocalera en la región. De regreso, como los ricos emergentes llegan de nuevo al norte del valle y centran sus prioridades en la adquisición de tierras, no solo para asegurar la implantación del negocio ilegal para su propio beneficio, sino para integrarse a las élites locales y regionales.
El narcotráfico del norte del Valle no se organizó propiamente por carteles como en el caso de Cali o Medellín. Durante la década de los 80, la organización era más fraccionada y respondía en lo militar a necesidades específicas de los capos de la droga, así como a delimitaciones territoriales y relaciones de patronazgo.
Alrededor de esta consideración se establecían ejércitos particulares o privados que se encargaban de las funciones de protección o eliminación de aquello que se considerara tanto competencia como amenaza. Solo posteriormente a 1985, las jerarquías del narcotráfico en la zona del norte del Valle se medían por la fuerza que representaran los jefes, tanto en su capacidad militar como en el grado de dominio territorial que lograran tener.
Según entrevistas a personas cercanas a la formación del narcotráfico en esta zona, se asegura que ante el hombre del overall temblaban los Rodríguez Orejuela. ¿Por qué le decían a él el hombre del Loverol? ¿De dónde salió eso? Porque era el que mandaba. Esa es la verdad. Él era el que en el sector de nosotros de norte del Valle era la persona que realmente tenía el mando y la vocería para cualquier situación que se presentara.
Era cierto que hasta los Rodríguez le temían. Sí. El primer hombre importante en tener dificultades fue Iván Urdinola, el rey de la amapola. A él le adjudican haber llenado el país de esa flor e introducir a Colombia en el negocio de la heroína. Varios informes dan cuenta de grandes propiedades donde se desarrollaba el negocio con pistas aéreas clandestinas, antenas parabólicas para comunicación privada y grandes viviendas lujosas.
Fue capturado en abril de 1992 en su lujosa hacienda en jurisdicción de Sarzal en el Valle del Cauca. Esto marcó el principio del fin de su reinado personal, aunque por muchos años, aún desde la cárcel, siguió siendo un hombre con alta influencia dentro del cartel. Don Iván tenía gran amistad con Pablo Emilio Escobar Gaviria porque la guerra nuestra era con el cartel de Cali, no con el cartel del norte del Valle.
Cuando Don Ival llega a prisión, envía un abogado donde Pablo Escobar. Yo recibo el abogado en la cárcel la catedral. Don Iván era tan importante que don Iván trató de arreglar la guerra entre el cartel de Cali y el cartel de Medellín. Llegó hasta las puertas de la cárcel catedral y se devolvió. ¿Por qué se devolvió Iván Urdinola de la puerta de la cárcel catedral? Nosotros lo estamos esperando y al final nunca llegó.
se devolvió porque los hermanos Castaño Hill, directamente Carlos Castaño Hill le dijo que posiblemente Pablo Escobar Gavilia lo podía secuestrar y lo podía matar dentro de la cárcel de la catedral, pero el patrón no era así. El patrón era amigo de don Iván Ordinola. Para mitad de los 90, mientras Pablo Escobar y los Rodríguez Orejuela libraban su guerra a muerte con bombas y sicarios, los del norte del valle tomaron una decisión brillante.
Prácticamente no participaron. Se quedaron callados haciendo lo que mejor sabían hacer, mandar cocaína. Los del norte se dedicaron a producir y exportar cocaína hacia México en cantidades sin precedentes. Los narcotraficantes que operaban en el norte del Valle tomaron mayor fuerza a mediados de los 90 una vez desmantelado el cartel de Cali, lo cual les permitió apoderarse de las rutas que aquel manejaba y de la experiencia acumulada en sectores de la población tras años de convivir con el negocio ilícito. Cuando Pablo Escobar
fue dado de baja en diciembre de 1993, los Rodríguez Orejuela vieron una oportunidad. Sin su gran enemigo, pensaron que podían negociar con el Estado. Gilberto Rodríguez le repetía a sus abogados y amigos políticos, si se arrodillan a Escobar, que asesinaba, colocaba carros bomba y secuestraba gente importante, ¿por qué no van a negociar con nosotros que ayudamos a matar a ese bandido? Nosotros que somos gente de paz.
La idea de entregarse y negociar con la justicia no era del agrado de algunos miembros en pleno ascenso del cartel de Cali y mucho menos de miembros hechos y derechos dentro del cartel del norte del Valle. Así que todos estos se negaron a esa posibilidad. No estaban dispuestos a entregarse, no en ese momento, no cuando el negocio estaba en su mejor punto.
Esa negativa fue paradójicamente lo que los unió. De hecho, según el estudio de Rodolfo Escobedo para la fundación Ideas para la Paz, el factor que permitió que se consolidara en su punto máximo el cartel del norte del Valle fue la separación del cartel de Cali de un conjunto de narcotraficantes en ascenso que se negaron a la posibilidad de negociar con el Estado y que terminaron uniéndose a los grandes capos del norte del Valle.
Y entonces el gobierno los ayudó sin quererlo. La administración Saner, presionada por el escándalo del proceso 8000, desechó cualquier posibilidad de negociación y orientó todos sus esfuerzos a capturar la cúpula del cartel de Cali. El general Roso José Serrano, director de la Policía Nacional, con el respaldo de la embajada de Estados Unidos, ejecutó los operativos y las capturas se sucedieron con una velocidad impresionante.
El 9 de junio de 1995 cayó Gilberto Rodríguez Orejuela, el 4 de julio José Santa Cruz Londoño y el 6 de agosto Miguel Rodríguez Orejuela y por su lado Henry Loa el alacrán se entregó el 19 de junio de 1995. Tan solo un par de semanas luego de la captura de los capos de Cali, se entrega a las autoridades Víctor Patiño Fomeque, el químico, uno de los miembros más influyentes dentro de la red de Cali y quien posteriormente hizo parte de los del norte del valle.
Volveremos más adelante con él porque es un hilo que provocó violentas retaliaciones dentro del cartel del norte del valle. Así el camino quedó despejado y no se descarta que los del norte del Valle hayan colaborado para que las autoridades debilitaran al cartel de Cali. Según Escobedo, obviamente tampoco se debe descartar que hayan estado en el trasfondo de la baja de Chepe Santa Cruz, quien se fugó de la cárcel La Picota, y apareció muerto el 5 de marzo de 1996 en Medellín.
Con los señores de Cali presos y Pablo Escobar muerto, el cartel del norte del Valle vivió lo que los investigadores Boris Salazar y Lina María Restrepo llamaron un mundo de ensueño. Orlando Enao se erigió como el nuevo jefe de toda la región. Su habilidad para maniobrar vendría quizás de la experiencia que adquirió cuando perteneció a la policía, pues algunos miembros de su organización también fueron oficiales retirados.
Esto le llevó a establecer buenas conexiones con la policía durante mucho tiempo, teniendo bajo su nómina al coronel de la policía, Danilo González Hill, quien había trabajado un tiempo para los hermanos Rodríguez Orejuela, pero que luego se cambió de bando al mejor postor. Pues ya para esa instancia el cartel de Cali se estaba derrumbando.
El hombre del overall tenía la capacidad de articular a narcotraficantes que se odiaban entre sí y mantener un mínimo de orden en una organización que en realidad nunca fue un cartel en sentido estricto. Cada narcotraficante operaba de forma autónoma, tenía sus propios laboratorios, sus propias rutas, sus propios contactos, pero Enao era el árbitro, el regulador, el que impedía que se mataran entre ellos.
Y la producción alcanzó niveles absurdos. Rasguño, Chupeta, Locenao, don Diego y otros más ponían la mercancía en partes iguales y los mexicanos la logística para recibirla. Aviones de cuatro motores despegaban de un pueblo cercano y surcaban los cielos con hasta 6,000 kg de cocaína rumbo a México. La vía aérea se combinaba con la marítima, 6,000 kg por aire y 6,000 por mar, todo un consorcio de lampa que a mediados de los años 90 solo tenía un propósito, inundar a Estados Unidos con su preciado alucinógeno. No era
aventurado asegurar que tenían razón todos aquellos que se ufanaban, diciendo que Colombia era una especie de portaaviones del narcotráfico. La red del narcotráfico del norte del Valle llegó a tener 205 miembros identificados con 446 vínculos entre ellos. Era un mundo pequeño. Cualquier par de narcotraficantes estaba separado por un máximo de cuatro contactos.
Esa cercanía le servía para hacer negocios rápidamente, pero también los hacía vulnerables, porque en un mundo tan conectado, encontrar a alguien para matarlo era cuestión de días. El control que ejercían sobre oficiales de la policía y el ejército, autoridades regionales y políticos locales era mucho más profundo y funcional que el que habían logrado sus predecesores.
Y la alianza con los paramilitares, especialmente con Carlos Castaño y las autodefensas, les daba una ventaja militar que parecía insuperable. El centro operacional del cartel estaba en Cartago, Roldanillo, Ancerma y La Unión. Estando en Cartago sus más grandes y efectivas escuelas de sicarios manejadas por paramilitares y exmilitares nacionales y asesorados por extranjeros, el cartel del norte del Valle vivía su mejor momento.
Kilos y kilos de cocaína llegaban a México. Se dice que este cartel fue el que impulsó de gran manera la expansión económica y violenta de los carteles mexicanos, quienes les compraban cantidades exorbitantes para llenar el mercado gringo de polvo blanco. Durante este tramo de la historia, exactamente en marzo de 1996, Chupeta, quien pertenecía inicialmente al cartel de Cali y ya empezaba a ser más cercano a los del norte del Valle, se entregó a las autoridades con el objetivo de someterse y acogerse a beneficios que ofrecía la justicia
colombiana en su momento para hacerle saber de mi intención de someterme voluntariamente a la justicia y acogerme a los beneficios que brinda el sometimiento y hacer una colaboración eficaz con la justicia. También volveremos con él más adelante porque el rumbo de su vida tomó un giro bastante inesperado, pero la estabilidad interna del cartel duró poco.
La primera gran guerra del norte del Valle fue contra los restos del cartel de Cali y en particular contra el clan de los Herrera, la familia de Pacho Herrera. Todo empezó en mayo de 1996 cuando Wilberela bajo órdenes de Orlando Enao, organizó un atentado contra William Rodríguez Abadía, hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, en un restaurante del barrio Santa Mónica de Cali.
Algunas hipótesis dicen que el ataque fue ejecutado por Luis Enrique Calle Cerna, alias Comba. Sin embargo, esto nunca se ha confirmado. William recibió ocho tiros que inexplicablemente no lo mataron. Quedó herido, pero murieron Óscar Echeverry, hermano de la esposa de Miguel Rodríguez y tres personas más. Recibidos dos en el abdomen, uno en la ingle, recibí uno en la rodilla, recibí dos aquí.
Ese atentado fue un campanazo de alerta para la cúpula del cartel de Cali, que estaba presa. Así lo documentó el periódico El tiempo en su momento. Los vientos de guerra surgieron como resultado de un tenebroso ajuste de cuentas entre hombres de la mafia y pone en evidencia que hay capos más poderosos que los propios jefes del cartel de Cali.
La siguiente es parte de la transcripción completa de una de las comunicaciones entre Elmer Herrera y Miguel Rodríguez Orejuela. Vuelvo y le digo, estos resultaron peor que Pablo. Entonces, lo que hay que hablar es con ellos. Ellos son nuestros amigos también y yo no sé qué buscan. La verdad es que yo no quiero morir ni quiero que me maten mi familia, mucho menos a gente ver en esto.
Pero pues esto es muy grave. Lo que ha pasado es una cosa que descojona a cualquiera. Yo anoche hablé con este señor, le dije, “Mire, yo estoy incondicionalmente con el que tenga la razón.” ¿Hablaste con quién? Con el que usted sabe. Pues, ¿con quién? Con con con el señor el del overall. Claro, claro. Entonces le dije, “Pero yo lo que no creo que sea justo es que se le tire a la familia.
” Claro que eso fue una conversación muy somera y muy mala porque pues usted sabe que por teléfono no. Entonces le dije, “Yo creo que debemos de ser pues pensar con cabeza fría. Ellos acusan de que es que ustedes los han estado sapiando.” Oiga, pues yo sé que no. Esa es la cosa más infame que pueden sacar. lo más infame.
Pues es que eso no necesitamos ni decirlo. Yo le dije, “Si usted prueba eso, yo me pongo de parte suya, pero la verdad eso deben de haber pruebas y empezar a cometer esos actos así es muy berraco. Entonces, yo lo único que le digo es que estamos en la sinsal.” De hecho, la posterior entrega de Pacho Herrera a las autoridades el 1 de septiembre de 1996 se explicó en buena medida porque su vida corría peligro afuera.
A mí lo un momentico, a mí lo que más me presionó a entregarme es porque quiero arreglar mi problema judicial que tengan las autoridades en este país. El cartel del norte del Valle se apoderaba a fuego y sangre de la región. Todo aquel que se entregaba a las autoridades con el fin de lograr rebajas en sus penas o de quien se sospechaba que estaba entregando información a las autoridades americanas, se convertía en un objetivo prioritario.
No solo ellos, sus familias también sufrían las consecuencias. Uno más de la lista del que no hemos hablado es Efraín Hernández, alias Donfra. fue uno de los primeros que comenzó a sufrir las consecuencias de la autodestrucción que comenzaba a tomar forma dentro del cartel del norte del valle. Don Efra era el segundo al mando del cartel, poseedor de una fortuna difícil de calcular y que lo convertía en uno de los hombres más poderosos de la organización.
manejaba un perfil bajo, relativamente desconocido, hasta que su exesposa, la modelo Sandra Murcia, fue detenida en París y acusada de blanquear activos y complicidad con narcotraficantes, lo que encendió todas las alarmas sobre él. Se dice que su asesinato obedeció a que Orlando Enao descubrió que Donfra planeaba convertirse en informante de la DEA.
Entonces el hombre del overall usó a uno de los empleados de confianza de su propio socio para eliminarlo. Así de despiadado era el código interno del cartel. No había amistad, no había lealtad que sobreviviera la sospecha de una traición. Don Efra, socio de Orlando Enao y hombre de alto poder dentro del cartel, fue ejecutado por órdenes de su propio socio, el hombre del overall.
Para estas fechas, el cartel del norte del Valle había ejecutado tantos movimientos violentos dentro del cartel que la atención comenzaba a caer sobre su cabeza más visible, razón por la cual Orlando Enao tomó una decisión estratégica buscando poder controlar todo desde otro ángulo y el 29 de septiembre de 1997 se entregó a las autoridades, siendo recluido en la cárcel La Modelo de Bogotá.
El hombre del overall calculó que las rejas le ofrecían más seguridad que las calles y que finalmente desde adentro podía seguir moviendo todos los hilos de la organización, a la par que buscaba limpiar su nombre de cualquier acusación que existiera. Estando en prisión el hombre del overall, el cartel del norte del Valle queda bajo el mando de sus hermanos Lorena Enao y Arcángel de Jesús Enao Montoya, alias el Mocho, quienes se apoyaron del lugar teniente de Enao, Wilver Varela, alias Jabón.
Ante el actuar violento del cartel del norte del Valle, Elmer Pacho Herrera no se quedó quieto, ya entregado y desde la cárcel organizó un escuadrón con personas de Medellín para eliminar a Wilberela, quien ya empezaba a volverse supremamente relevante dentro de la organización. El 23 de noviembre de 1997, en la vía Arroso, cerca de Cali, el escuadrón tendió una emboscada.
Varela quedó herido. Varios de sus guardaespaldas murieron, pero sobrevivió. Varela se desplazaba en un Renault 18 con blindaje nivel 3 junto a sus hombres cuando tres vehículos lo alcanzaron y abrieron fuego hiriéndolo en el abdomen. Lo que no contaban los agresores era que detrás del Renault venía un vehículo Toyota con más escoltas de Varela, quienes respondieron el ataque.
En los días siguientes, los homicidios se dispararon. Según la revista Semana, la disputa dejó al menos 70 personas muertas en menos de un año, todas vinculadas directamente a los carteles. Cayeron abogados, testaferros, socios, guardaespaldas y familiares de ambos bandos. Y entonces vino el día que lo cambió todo.
5 de noviembre de 1998, cárcel de máxima seguridad de Palmira. Elmer Pacho Herrera jugaba fútbol en la cancha del penal. Rafael Ángel Uribe Cerna, tío de los hermanos calle Cerna, sicarios de Varela, logró ingresar al patio y lo acribilló. Herrera cayó muerto en la cancha de fútbol. Uribe Cerna llegó a la cárcel a las 9 de la mañana vestido de paño, con maletín, con cara de abogado.
Se identificó en la entrada, cruzó el detector de metales, pasó dos puestos de control. Nadie lo detuvo, nadie sospechó nada. Entró al patio, vio a Pacho Herrera, se le acercó por la espalda y le descargó siete tiros en la cabeza con una pistola de fabricación alemana. Hasta hoy, el IMPEC no pudo explicar cómo entró esa arma al penal.
Los compañeros de Pacho lo cazaron y casi lo matan a golpes. Un comando policial tuvo que entrar a rescatarlo. Al día siguiente, Uribe Cerna salía en silla de ruedas rumbo a Bogotá. Ante la fiscalía, dijo que Pacho lo había amenazado, que lo obligó a intentar matar al esmeraldero Víctor Carranza, que cuando no pudo cumplir la misión, su vida quedó en juego.
Nadie le creyó. Las autoridades sabían que era un libreto preparado para no dejar rastro de quien ordenó el crimen. 12 horas después, tres personas cercanas a Herrera fueron asesinadas en una céntrica calle de Cali. era la mano del cartel del norte del valle cobrando una deuda. 8 días después, como ya contamos al inicio, José Manuel Herrera vengó a su medio hermano matando a Orlando en la cárcel, La Modelo.
Dicen que la forma en que José Manuel se ganó la confianza del hombre del overall fue aseverando que él también tenía disputas con su hermano Pacho, por lo cual su muerte le era totalmente indiferente. Hace pocos minutos se presentó un en el pabellón de alta seguridad de la cárcel modelo de Bogotá. Jorge Orlando Montoya, cuñado del Iván Urdinola, fue asado al parecer por José Manuel Herrera, hermano del también Pacho Herrera.
Jorge Orlando Nao Montoya se entregó a la justicia el 29 de septiembre de 1997. Las primeras versiones aseguran que el entre el presunto Orlando de Nao Montoya, señalado por las autoridades como jefe del norte del Valle y José Manuel Herrera, quien se encuentra herido, se produjo como venganza del contra Pacho Herrera. se acerca a don Orlando y le dice, “Don Orlando, siquiera mataron ese hijo de de mi hermano.
Él me dejó solo en el accidente. Él nunca me ha ayudado. Se quedó con mi dinero. Yo tengo gran odio por él. Yo nunca le había dicho esto. No me interesa quiénes lo haya matado. Juan Manuel ya le había dado dulce a un hombre como el hombre del overall. Increíble que se haya comido ese dulce. El 13 de noviembre de 1998, lapidario para la familia Nao.
Todo el mundo sube a la parte alta del edificio en alta seguridad a jugar basquetbol y don Orlando se queda haciendo unos lapiceritos que él hacía ahí con con cositas, lo marcaba y cosas y se queda también Juan Manuel. Juan Manuel se acerca en su silla de ruedas y por la espalda le pega seis tiros con un revólver a Orlando Enao Montoa.
El caso es que con la muerte de Orlando Enao, el hombre del overall, el capo de capos del cartel del norte del valle, todo empezó a derrumbarse progresivamente. La muerte de Orlando Ennao dejó un vacío de poder que nadie pudo llenar. Como explican Boris Salazar y sus colegas en su investigación sobre la red del norte del Valle, el cartel pasó de ser una organización de línea jerárquica con un orden basado en la existencia de un líder que los cohesionaba a todos.
Hacer una agrupación desordenada de jefes iguales, cada uno al mando de sus propias redes productivas, comerciales, militares y políticas. La organización no tenía reglas para reemplazar al jefe desaparecido. No existía una comisión de jefes como en las mafias italianas. que pudiera arbitrar la sucesión. El resultado fue lo que los investigadores llamaron un estado de tensión permanente.
Con todo esto, la organización se convirtió en una red cambiante de varias fuerzas que se expandía y se encogía de acuerdo con las presiones, conflictos, diferencias y alianzas que emergían. Una red que sencillamente podía ser usada dependiendo de las necesidades. Iván Urdinola, aún desde la cárcel, era respetado por todas las facciones, así que logró funcionar durante un tiempo como garante de un mínimo de unidad entre las facciones.
El enano, cofundador del cartel, cuñado de Orlando Enao, era el único al que todos escuchaban, capturado desde 1992 y condenado dos veces. Primero por narcotráfico, luego por su participación en la masacre de Trujillo, nunca volvería a ver las calles libres. El 24 de febrero de 2002, los guardias de Itagi fueron a buscarlo para el conteo habitual.
Lo encontraron en el piso de su celda botando espuma blanca por la boca, convulsionando. El IMPEC difundió de inmediato la hipótesis de un envenenamiento. Se crea una leyenda urbana en el mundo de la mafia de que doña Lorena envenenó a Iván Ordinó las Grajales. Cuando don Iván murió estaba totalmente falso. Empezaban a decir que le había mandado una crema dental con veneno.
Eso no existe. El veneno es un arte. Es muy difícil envenenar una persona. Un hombre muy importante del norte del valle, muy rico, le mandó a sacar muestras a Iván Ordinolas grajales de riñón, hígado y cerebro. Le sacó tres pares de muestras. Unas muestras de estas fueron enviadas a una universidad de Cali, donde unos patólogos muy importantes las analizaron y no dijo nada este señor importante.

Envió también otro grupo de muestras a los Estados Unidos de Norteamérica, unas a Houston, Texas. Llegaron los dos resultados. ¿Cuál fue el resultado? De que no hubo envenenamiento. Este hombre importante del norte del Valle se gastó una fortuna en estos exámenes. Total, don Iván Urdinó la Grajales científicamente murió de un infarto.
Por cierto, Iván Urdinola escribió un libro por esos tiempos. Este libro se llamó La historia de mi vida, un ejemplar sin editorial y que a la fecha es muy difícil de conseguir. Estas son algunas de las páginas que se logran encontrar. La guerra no estalló ese día, pero cuando Urdinola murió, la cohesión que se había mantenido saltó en pedazos.
Ya no había árbitro, solo quedaban los que querían mandar. Todo el caos ya se vislumbraba, pues desde la segunda mitad de los años 90, Estados Unidos había cambiado su estrategia para combatir el narcotráfico colombiano. Pasaron de la guerra de aniquilación total como la que acabó con Pablo Escobar y metió presa a la cúpula de Calia una política de negociación individual.
La justicia estadounidense ofrecía rebajas de penas a narcotraficantes que delataran a sus socios, entregaran propiedades y cooperaran en procesos judiciales. Para una red basada en la confianza mutua entre criminales, eso fue una bomba nuclear. La simple posibilidad de que un socio estuviera negociando con la DEA, entregando nombres, rutas, laboratorios y contactos generaba una paranoia que solo podía resolverse de una manera, matando al sospechoso antes de que hablara y matando también a sus abogados, contadores, testaferros,
familiares y amigos, para que no quedara nadie que pudiera confirmar lo que el delator hubiera dicho. De hecho, para esa época, varios miembros importantes del cartel del norte del Valle gestionaron la posibilidad de realizar una negociación masiva con el gobierno norteamericano, incluyendo además a personajes como Don Berna y Carlos Castaño.
Pero esto finalmente no llegó a buen puerto. en Cartago, en la en el Vergel, estuvo de acuerdo Chupeta, don Diego, Varela, Arcángel, Miguel Solano, eh Berna, Carlos Castaño, todo el mundo estaba de acuerdo en que se diera esa situación, pero pues después esas cosas se fueron al piso porque Carlos no pudo hacer nada y estaba muy loco. Él estaba muy loco.
Sí, ya Carlos estaba muy loco. ¿Qué es? ¿Por qué? ¿Por qué decía una cosa por la mañana, al mediodía otra y por la noche otra? Entonces ya nadie le creía lo que él decía. Y yo cometí un error en esa cuestión de que nosotros estábamos manejando para un sometimiento masivo, buscando un sometimiento masivo al gobierno americano.
Invitamos a Carlos y Carlos filtró eso por todas partes y era lo primero que han pedido, que eso no se podía filtrar. Entonces, perdimos credibilidad. La amenaza de lación mutua condujo a una violencia creciente que se extendió a las redes de amigos, socios, familiares y conocidos de los delatores, presuntos o reales, alcanzando registros de varios centenares anuales en los peores años.
Esto es lo que transformó al cartel del norte del Valle en el cartel de los sapos. Los narcotraficantes, en su afán por sobrevivir encontraron en su enemigo más temible, el gobierno de Estados Unidos, un aliado contra sus propios socios. La delción se convirtió en arma de guerra. alias Jabón sería quien aprovecharía bastante todos estos cambios operacionales, ganándose aún más la confianza de la familia ENAO, pues sabía que él, como jefe de seguridad de su expatrón, conocía a fondo cómo se movía la organización y tenía bajo su mando
a más de 20 oficinas de cobro que trabajaban para él. Esto le llevó a escalar inmediatamente dentro de la familia ENA, convirtiéndose así en la cabeza principal del cartel, tomándose atribuciones muchas veces sin contar con los demás nodos. existentes. Inicia entonces su régimen de terror, fumigando a todo aquel que se interpusiera en su camino de crimen o con aquellos que continuaran afectando a la organización, delatando a sus socios con la DEA.
Esto conlleva a que se empiecen a generar nuevos roces dentro de los miembros del cartel del norte del valle, pues notaron que alias Jabón cada vez operaba con su estilo de gatillero sin importarle los códigos, expropiando a todo aquel que se le torciera y dejando todas las propiedades como botín de guerra.
Esto llevaría a que muchos miembros del cartel del norte quisieran aliarse a su bando para no tenerlo como un potencial enemigo. Las fuerzas que aún existían alrededor del núcleo del cartel del norte del Valle al final se fraccionaron en dos grupos, algo que ya se veía venir, pero que estalló a raíz de los soplones que estaban trabajando para la DEA.
Todo empezó con Miguel Solano, alias Miguelito, quien fue en su momento el hombre de confianza de alias don Diego y que estuvo gestionando arreglos con la justicia de Estados Unidos para delatar a Capos a cambio de algunos beneficios. Wilberela, quien siguió los mismos lineamientos de su expatrón, de no mantener sapos dentro de su organización, decide que cualquier delator, sin importar quién fuese, sería fumigado y sus propiedades pasarían a ser un botín de guerra.
Por tanto, la eliminación de Miguel Solano, narcotraficante y amigo cercano de don Diego, se ejecutó en una discoteca de Cartagena en diciembre de 2002, partiendo la estructura del cartel del norte del Valle en dos mitades definitivamente irreconciliables. De un lado, Wilber Varela, alias Jabón, y del otro lado, Diego Montoya, alias Don Diego.
Empiezan así las nuevas alianzas dentro de cada bando. A raíz de nuevas rencillas y traiciones. Por el lado de alias Rasguño, decide fortalecer sus relaciones con Wilberela. Esto a raíz del robo originado por un cargamento de 500 kg de coca por parte de alias Laiguana, sobrino del fallecido Iván Urdinola. El clan Urdinola, por su parte, recurre entonces a la ayuda y el respaldo de su viejo socio, el capo Diego Montoya.
Las alianzas de Wilver Varela son más eficaces. pues con su régimen de terror logra aliarse con los demás miembros del cartel del norte del Valle, como la familia Enao, con la que ya contaba con su voto de confianza, con alias Chupeta, quien para esa fecha había logrado la libertad, aunque nuevamente se encontraba solicitado y prófugo con alias Tocayo, medio hermano de Patiño Fomeque, y con el coronel ya retirado Danilo González.
Pero por disputas internas o casos ajenos se va desintegrando su grupo delictivo. Por un lado, alias Jabón da la orden de asesinar a Juan Carlos Ortiz, alias Cuchilla, el mejor amigo de Chupeta. Esto aparentemente a raíz de un complot orquestado en su contra. Más adelante ocurre algo similar, pero en este caso sería alias Chupeta quien descubre que el hermano de Tokayo está colaborando con la DEA, por lo cual Chupeta le exige a Jabón que acabe con su mejor amigo por traidor y delator.
Las consecuencias fueron devastadoras. Chupeta desató una vendeta en contra de Víctor Patiño Fomeque que no perdonó a nadie. Según registros encontrados en los computadores de chupeta, entre febrero de 2004 y marzo de 2006 pagó 3,113 millones de pesos colombianos para asesinar a 82 personas vinculadas a la organización de Patiño.
Cayeron familiares de Patiño, todos menos su madre, abogados, contadores, testaferros, sicarios, amigos. La venganza arrasó con prácticamente toda la antigua vecindad del delator. Estos roces entre alias jabón y chupeta llevan a que su sociedad se acabe, iniciando un enfrentamiento en donde Chupeta se convierte en objetivo militar para Wilberela, razón por la cual Chupeta decide huir a Brasil.
Por su lado, Rasguño también decide salir del país ante la tensa guerra que se vivía. Con este panorama, la guerra casada se enfoca en dos personajes únicamente. Wilberela por un lado y don Diego por el otro. La guerra fue total. En Cali, las disputas tomaron cuerpo a través de las oficinas de cobro.
La oficina de los Varela, liderada por Lisandro Quintero González, alias Chano, tenía su centro de operaciones en el barrio Mariano Ramos. La oficina de los gillos al servicio de Diego Montoya operaba con unos 50 hombres y se movía entre Mariano Ramos y Ciudad Jardín. La oficina de tres puntillas o la negra, primero creada por el hijo de Miguel Rodríguez Orejuela y después heredada por Varela, dejaba una marca macabra en sus víctimas.
Tres puntillas clavadas en el cráneo. Como estas, existían otras llamadas oficinas al servicio de los diferentes bandos del cartel del norte del Valle que hicieron parte de la vendeta entre Wilberela y Diego Montoya. El 13 de octubre de 2003, un grupo de pistoleros irrumpió en la discoteca Cañandonga en Cali y asesinó a ocho personas.
En los meses siguientes se registraron siete masacres más que dejaron 40 víctimas adicionales. Al final del mismo año, la Policía Metropolitana de Cali reconoció que el 30% de los 2,111 asesinatos cometidos en la ciudad respondieron a ajustes de cuentas del narcotráfico. En el norte del valle, la pelea era por el cañón del garrapatas y sus cristalizaderos y laboratorios.
Don Diego con su ejército privado, un grupo armado al que apodaron Autodefensas Unidas del Valle o los Machos y Wilber Varela con otro grupo narcoparamilitar conocido como los rastrojos. Se enfrentaron pueblo por pueblo y vereda por vera. Esta guerra a muerte entre ambos bandos fue por viejas deudas pendientes, pero además tenía un trasfondo, el de quedarse con el poder absoluto del negocio, por lo cual querían apoderarse del cañón del garrapatas, una zona clave.
para el tráfico de drogas. Dentro de toda esta vendeta también cayó acribillado Julio Fabio Urdinola en 2004, hermano de Iván Urdinola, quien se desplazaba en una camioneta en inmediaciones del barrio Nicolás de Federman en el occidente de Bogotá. Para ese mismo año, ante tanta presión, el coronel retirado Danilo González gestionaba negociaciones con el gobierno americano y el día que se disponía a viajar a los Estados Unidos fue asesinado.
Un pacto temporal entre ambos bandos mediado por Carlos Mario Jiménez, alias Macaco, un jefe paramilitar, logró bajar la violencia entre 2005 y 2006. Pero fue solo una tregua. La guerra se reanudó hasta que las capturas y muertes de los jefes principales fueron desmantelando la organización.
Primero con la captura y extradición de Diego Montoya, luego con la huida de Wilver Varela a Venezuela, donde aparentemente terminaría asesinado. La destrucción del cartel del norte del Valle fue todo un proceso. Los capos cayeron uno por uno durante varios años. Rasguño fue capturado en Cuba en 2004 y extraditado a Estados Unidos.
donde negoció con la justicia. El hombre que más conexiones tenía en toda la red desapareció del tablero. Víctor Patiño negoció con Estados Unidos y se convirtió en informante. Su traición y la venganza de Chupeta aceleró la espiral de violencia. Por su colaboración, salió de prisión en el 2010 y su paradero aún es incierto.
Algunos dicen que se encuentra en un tercer país viviendo en el anonimato, pero otros aseguran que en su momento formó nuevas alianzas para acabar con los rastrojos. Henry Loaisa Ceballos, alias el Alacrán, fue uno de los primeros en salir del tablero. Se entregó a las autoridades en 1995 y fue condenado por 43 homicidios, 22 secuestros y un desaparecido, hechos relacionados con la masacre de Trujillo.
Cumplió su condena, salió y volvió a delinquir. En 2019 fue capturado en Putumayo, donde al parecer usaba la construcción de una iglesia como fachada para sus operaciones criminales. En 2023 cayó de nuevo. El alacrán nunca pudo salirse del negocio, pero sigue vivo. Lorena Enao Montoya, alias la viuda de la mafia, hermana de Orlando Enao y esposa de Iván Urdinola, no fue una figura decorativa del cartel.
Con su esposo preso y su hermano muerto, tomó las riendas de los negocios. Algunos afirman, pero otros desmienten su alianza con Varela para sobrevivir dentro de la guerra. Capturada en Panamá en 2004, fue condenada por concierto para delinquir y testaferrato. Salió de la cárcel en 2011, un año y medio después, el 27 de diciembre de 2012, sicarios la interceptaron en la vía entre Armenia y Latida.
murió de un tiro. En la tarde de hoy fue asesinada Lorena Eno Montoya, viuda del narcotraficante Iván Urdinola Grajales. El hecho se presentó cuando salía de una hacienda ubicada entre la Tebaida y Armenia en el departamento del Quindío. Hombres fuertemente armados en una motocicleta, según las autoridades, le propinaron varios disparos en su cuerpo, causándole la muerte así mismo al hombre que la acompañaba, una menor de 12 años de edad resulté en el ataque.
Los móviles de su asesinato siguen siendo un misterio. Algunos aseguran que fue asesinada por el hijo de Julio, Fabio Urdinola, en venganza porque ella había dado la orden de asesinar a este último. Aunque su hija afirma que el día del atentado no iban por ella, iban por su compañero sentimental del momento.
Mi mamá tenía una pareja que se llama Lucio Quintero. Era primo segundo de mi papá y nadie y en momento que mi papá y mi mamá estuvieron juntos, él interminó en esa relación y eso nadie lo perdonó. Y él hizo cosas muy mal hechas y lo querían matar. Y a mi mamá se le se le dijo 50,000 veces, eh, Lorena, no ande con ese señor.
Lorena, no ande con ese señor. Lorena, no ande con ese señor. Y ella andaba con él para arriba y para abajo. A él lo iban a matar. Y en el momento que mataron a mi mamá, lo iban a matar era él. A él le metieron como nueve tiros y a mi mamá un tiro en la a la altura del del axila. Ella alzó el brazo seguro para defenderse y un solo tiro le perforó el pulmón y el corazón.
En el cementerio de paz de Dobio, que los narcotraficantes Iván y Julio Fabio Urdinola mandaron a construir, hay varias tumbas en serie en las que están enterrados ellos mismos y otros familiares que pagaron el precio de las venganzas. Por las calles decían en ese tiempo que la banda criminal Los Rastrojos hizo saber que no dejarían vivo a ningún descendiente de los Urdinola, acusándolos de promover a la banda de los machos.
Diego Montoya, don Diego, fue capturado en septiembre de 2007 tras años de persecución. Su hermano, Eugenio había caído meses antes. Posteriormente fue extraditado a Estados Unidos. Chupeta fue capturado en Brasil en agosto de 2007. se había sometido a múltiples cirugías plásticas para cambiar su apariencia. Fue extraditado y condenado en Estados Unidos.
Agentes de la DEA y la policía brasileña rodearon este lujoso condominio donde hace una semana habrán localizado a Juan Carlos Ramírez Abadía alias Chupeta, el narcotraficante más buscado del mundo. Juan Carlos Cambado. El propio Chupeta reconoció que él era la persona que perseguían desde hace más de 10 años las autoridades internacionales.
Y precisamente lo que más sorprende hoy a las autoridades son los muchos rostros de Juan Carlos Ramírez Abadía. 11 cirugías en la cara, alias Chupeta se había convertido en un mito, pues más de una vez el mismo capo se había encargado de hacer correr el rumor de su muerte. Las primeras imágenes reveladas por la policía dejan en evidencia las cirugías plásticas a las que se sometió alias Chupeta para cambiar su rostro y despistar a las autoridades.
Wilberela pareció emerger como el Gran Triunfador. Había matado más rivales, se había apoderado de los bienes de sus víctimas, había impuesto su ley a sangre y fuego, pero el estado de guerra permanente terminó devorándolo también. Como mencionamos antes, en enero de 2008 fue encontrado muerto en Mérida, Venezuela.
Su muerte siempre quedará marcada por la duda, pues algunos dicen que efectivamente murió ejecutado por sus propios hombres de confianza, los líderes de su grupo narco para militar los rastrojos, los hermanos Calle Cerna. La otra teoría dice que fingió su muerte como ya lo había intentado en el pasado. Mucha atención.
El director de la Oficina Nacional Antidrogas de Venezuela acaba de confirmar que sí es el cuerpo de Wilberela, alias Jabón, uno de los encontrados en un hotel de la ciudad de Mérida. El fiscal primero del Circuito Judicial Penal del Estado de Mérida, Venezuela, dictó orden de captura por la muerte de Varela contra Walid Mclet García, alias el árabe, el vicepresidente de la Asociación de Comerciantes de Venezuela, el nuevo dueño de la aerolínea aeropostal y un cercano amigo del general Luis Acosta Carlés, escudero del presidente Hugo Chávez.
Un informe secreto de la policía del estado Mérida señala que el empresario tenía una cita con Varela porque aparentemente el venezolano le debía dinero. Dice el documento que durante el encuentro el narcotraficante recibió tres impactos de bala. Según se conoció, los restos serán recibidos en esta ciudad y llevado a cal.
Sobre quién contrató el servicio y desde dónde nadie quiere hablar. ¿Lo llamaron ustedes de Mérida o de Cali o de dónde para contratar el servicio? No, realmente no sé quién contrató el servicio. Esta fotografía tomada el pasado 7 de febrero por el pool de abogados de Varela comprueba la muerte del capo.
Los abogados viajaron a Venezuela para reclamar el cuerpo y presentar la autorización para que la funeraria Servicios Previsivos Especiales El Remanso reclamara el cadáver. Pero Varela fue sepultado en la ciudad de Tobar en Venezuela. Con Varela Muerto y Montoya extraditado, los hermanos Calle Cerna, Luis Enrique y Javier Antonio se quedaron con lo que quedaba de los rastrojos.
Y por otro lado, Héctor Mario Urdinola, alias Chicho o El Sarco, uno de los últimos vestigios del clan Urdinola, tomaba el control de los machos en alianza con los llamados urabeños, pero ya no era un cartel, era un conjunto de redes fragmentadas que se dedicaban cada vez más a la extorsión, el microtráfico y la violencia urbana. Los comba expandieron los rastrojos desde el suroccidente colombiano en Nariño hasta el Bajo Cauca Antioqueño, Córdoba y Catatumbo.
En Cali mantuvieron bajo su control varias oficinas de cobro, la de alias Niño Malo, la de los tíos y la de Chocolate, entre otras, pero incluso ellos al final negociaron. Javier Antonio Calle CNA se entregó a las autoridades en el primer semestre de 2012 y su hermano Luis Enrique lo hizo a finales del mismo año.
Ambos buscaban evitar la suerte de sus predecesores, una bala o una cadena perpetua sin negociación. Y mientras los combas se entregaban, antiguos aliados de Diego Montoya como Greil Fernando Varón, alias Martín Bala, regresaron a la escena, esta vez aliados con los urabeños para intentar recuperar territorios y bienes perdidos.
En 2013, en una entrevista que le hicieron a Sirleni Urdinola, familiar de Iván Urdinola, expresó lo siguiente. Todo empezó entre alias Jabón y la viuda de Iván, Lorena, porque ella empezó a reclamar bienes que él había regalado. Jabón mató a un sobrino mío y se desató la guerra, más que todo por la envidia entre los hombres, machos, rastrojos, todo viene desde allá.
Y también tienen que ver las desmovilizaciones de paramilitares sin que quedaran con algo que hacer. Simplemente cambiaron de nombre y para rematar se aliaron con los viciosos y la escoria de las ciudades, unos desgraciados que obligan a las señoras que venden arepas a darles 3,000 pesos diarios. El coeficiente de clustering de la red del norte del Valle, un indicador de qué tan interconectados están los miembros, era de 0,681, un valor alto que muestra una red bastante condensada.
Todos estaban cerca de todos. Eso hacía que los negocios fueran eficientes, pero también que la violencia se propagara como un virus. Y cuando la red original fue destruida, los fragmentos mutaron en nuevas redes, más pequeñas, más locales, más violentas, con menor capacidad de exportación, pero mayor incidencia en la vida cotidiana de las ciudades.
Las estrategias de destrucción que funcionaban para una red específica resultaban inútiles contra las redes mutantes que surgen de los restos de las destruidas. La historia del cartel del norte del Valle no es solo la historia de unos narcotraficantes, es la historia de un país que nunca ha podido o no ha querido resolver las condiciones que hacen posible que organizaciones como esta nazcan, crezcan, se destruyan y vuelvan a nacer una y otra vez bajo formas distintas, pero con la misma lógica brutal. Y si quieren que
profundicemos en alguno de los personajes de esta historia, la vida de Wilver Varela. La guerra entre los machos y los rastrojos o la historia de las oficinas de cobro en Cali. Déjenlo saber en los comentarios. Este tema da para mucho más. No olviden suscribirse al canal. Nos vemos en el próximo. No.
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