La Misteriosa Vida de DOLORES DEL RÍO en su Mansión| La Escena PROHIBIDA en Hollywood, Amores y Máss
En el barrio de Santa Catarina, en Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, hay una cazona de cantera que abarca casi una manzana entera. Tiene un portón enorme de madera con herrería, muros cubiertos de enredaderas que le dan un aspecto de castillo olvidado en medio de la ciudad y una placa en la fachada que dice algo que detiene a cualquiera que pase caminando por ahí.
La placa dice, “Aquí vivió de 1943 a 1983 Dolores del Río.” Eximia, actriz mexicana, Gloria Nacional. 40 años vivió ahí la mujer que el mundo entero conoció como la más bella del cine. 40 años en una casa que ella bautizó como la escondida, porque eso era exactamente lo que necesitaba cuando la compró, un lugar donde esconderse del mundo después de que el hombre que ella creyó que era el amor de su vida la traicionó en Brasil con las primeras mujeres que se le cruzaron mientras ella le mandaba cartas y telegramas que él nunca contestó. Pero
eso lo vamos a contar en su momento. Hoy vas a conocer la historia de Dolores del Río. Vas a saber como una niña de Durango que nació en una hacienda rodeada de lujo tuvo que huir de la Revolución Mexicana con su madre a los 5 años. Vas a conocer al hombre 18 años mayor que ella con quien se casó a los 15 y que le dio el apellido con el que el mundo la conocería para siempre.
Vas a saber como un director de Hollywood la descubrió en una fiesta en México y la convirtió en la primera latina en conquistar la industria más poderosa del entretenimiento mundial. Vas a entender como Hollywood la usó, la encasilló, la hizo nadar deuda en una película que escandalizó a Estados Unidos, la puso a bailar tango con Fredas Tire, la hizo interpretar francesas, rusas, nativas de los mares del sur, todo menos lo que ella era, una mujer mexicana.
Vas a conocer al genio del cine que la amó desde que era adolescente, que la persiguió durante años hasta conquistarla, que filmó a su lado la mejor película de la historia del cine, que le prometió matrimonio y que después la abandonó sin una sola palabra desde Brasil mientras se acostaba con medio Río de Janeiro.
Vas a saber por qué el gobierno de Estados Unidos le negó el permiso de trabajo acusándola de comunista. Vas a conocer al hombre que la esperó 10 años para casarse con ella y que fue el único que le dio paz. Y vas a saber qué pasó con la escondida, esa cazona de Coyoacán, donde Frida Calo y Diego Rivera iban a comer los domingos, donde María Félix y John Wayne cruzaron la misma puerta, donde los poetas y los pintores más importantes de México se codeaban con las estrellas del cine, mientras Dolores presidía la mesa con esa elegancia que nadie le enseñó, que
simplemente traía puesta desde que nació. Pero para entender esa casa hay que entender a la mujer que la eligió y para eso hay que empezar en Durango. María de los Dolores Azuno y López Negrete nació el 3 de agosto de 1904 en Victoria de Durango, la capital del estado de Durango, al norte de México. Y desde el primer dato de su vida, la historia tiene un peso que no es común.
[música] Su padre se llamaba Jesús Leonardo Azun Solo. Era ganadero, banquero, director del Banco de Durango. Un hombre de posición económica sólida en una época en que tener posición en México significaba pertenecer a una élite muy pequeña y muy poderosa. Su madre se llamaba Antonia López Negrete y venía de una de las familias más distinguidas del país, una estirpe que descendía de la nobleza virreinal.
Era aristocracia mexicana pura del tipo [música] que existía durante el porfiriato, cuando las familias ricas de México vivían mirando hacia Europa y educaban a sus hijos como si fueran parte de la corte francesa. Hay un dato que casi nadie conecta cuando habla de Dolores del Río y que, sin embargo, dice mucho sobre la dimensión de la familia de la que venía.
Su madre estaba emparentada con Francisco y Madero, el hombre que encendió la revolución mexicana. El presidente que fue asesinado en 1913 durante la decena trágica. Dolores del Río era sobrina de un presidente de México. Eso no es un dato menor. Significa que desde antes de nacer su vida estaba conectada con el poder, con la política, con la historia del país, de una manera que muy pocas personas pueden decir.
Los primeros años de Dolores transcurrieron en la Hacienda de la Concepción. una propiedad familiar en Durango, donde la vida tenía esa calma particular de los lugares grandes, con tierras [música] que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, con sirvientes, con una rutina que parecía inamovible.
Pero en 1910, cuando Dolores tenía 5 años, el mundo que conocía se derrumbó. Estalló la Revolución Mexicana y el ejército villista avanzaba por la región de Durango con una fuerza que no respetaba haciendas ni apellidos. La madre de Dolores tomó a su hija y huyó a la ciudad de México. El padre escapó a Estados Unidos y no se reunió con ellas hasta 1912.
La hacienda, las tierras, la vida que habían conocido, todo quedó atrás. La familia perdió casi todo durante la revolución. Ya en la Ciudad de México, Dolores fue inscrita en el colegio San José, un convento de monjas francesas donde recibió educación elemental. Aprendió francés, sobre todo aprendió a bailar. La danza fue lo primero que Dolores hizo bien, lo primero que la distinguió, lo primero que hizo que la gente la mirara de una manera diferente.
Desde niña tenía un talento natural para el movimiento, una gracia que no se aprende, que se tiene o no se tiene y que décadas después haría que los directores de Hollywood y los fotógrafos de moda de París se obsesionaran con la manera en que ocupaba el espacio frente a una cámara. Pero hay algo que casi nadie sabe. Siendo niña, Dolores tenía complejos.
Creía que no era bella. Es difícil de imaginar cuando uno ve las fotografías que vinieron después, cuando uno sabe que el escritor Carlos Fuentes la definió como la poseedora de los huesos faciales más perfectos de mestizaje indomediterráneo, cuando uno sabe que Erich María Remarque, el autor de sin novedad en el frente, la comparaba con Greta Garbo y decía que una mujer perfecta sería una fusión entre ambas, pero de niña Dolores no veía eso en el espejo.
Eso vino después, cuando el mundo se lo mostró. A los 15 años, Dolores conoció al hombre que le daría el apellido con el que la historia la recuerda. Se llamaba Jaime Martínez del Río. Era abogado, escritor, hijo de una familia rica con propiedades en Durango, 18 años mayor que ella. Se conocieron en el ambiente social de la élite capitalina, en esas reuniones donde las familias con dinero y con hombres se cruzaban constantemente.
Se casaron en 1921, cuando ella apenas tenía 17 años. Fue una boda grande del tipo que correspondía a las familias de esa posición y la luna de miel duró 2 años. Dos años viajando por España, Francia e Inglaterra. Dos años en los que Dolores vio Europa por primera vez, absorbió su cultura, aprendió sus códigos, se movió entre salones y museos y teatros con la naturalidad de alguien que estaba hecha para ese mundo, aunque hubiera nacido en una hacienda de Durango.
Cuando regresaron a México, [música] el matrimonio se instaló en las tierras de la familia de Jaime en Durango. Intentaron sacarle provecho al rancho, pero una sequía terrible arruinó todo. se mudaron a la ciudad de México y comenzaron a frecuentar las reuniones sociales de la élite capitalina. Esas cenas y tertulias donde los artistas, los intelectuales y los empresarios se mezclaban con la naturalidad que da el dinero y la educación.
Y fue en una de esas reuniones a principios de 1925 donde todo cambió. Un director de cine estadounidense llamado Edwin Carweé estaba visitando México. Había venido a hacer negocios y a disfrutar su luna de miel. Alguien lo invitó a una reunión social donde estaban Dolores y Jaime. Caregue vio a Dolores y lo que sintió fue algo que describiría después como un golpe.
No era solo su belleza, que era extraordinaria. Era la manera en que se movía, la manera en que hablaba, la manera en que ocupaba la habitación sin esfuerzo. Quedó tan impresionado que les propuso a ambos, a Dolores y a su marido, que fueran a Hollywood a probar suerte. Él se encargaría de todo. Él la convertiría en estrella.
La pareja lo pensó y aceptó. Era una aventura, un salto al vacío, una apuesta que iba en contra de todo lo que la clase conservadora mexicana esperaba de una mujer de su posición. Las señoras de sociedad no se iban a Hollywood a hacer películas, pero Dolores no era cualquier señora de sociedad, aunque todavía no lo supiera del todo.
A finales de 1925, Dolores ya estaba en Hollywood interpretando un papel secundario en la película Johana, dirigida por Cargüwe. Y fue en ese momento cuando tomó una decisión que definiría su identidad para siempre. dejó el apellido Asun solo y adoptó el de su marido. Desde entonces fue Dolores del Río, un nombre que no era el suyo de nacimiento, pero que se convirtió en el nombre más famoso que ese apellido llevaría jamás en toda su historia.
Muy pronto le llegó su primer protagónico. Raoul Wals, uno de los directores más importantes de Hollywood, la eligió para el precio de la gloria en 1926. No la eligió para hacer de mexicana, la eligió para hacer de francesa. Y ahí está el primer dato que revela cómo funcionaba Hollywood con los actores latinos en esa época. No les daban papeles de lo que eran, les daban papeles de lo que Hollywood imaginaba que podían ser.
Dolores hizo de francesa, de rusa, de gitana, de nativa de los mares del sur, todo menos mexicana, porque para Hollywood ser mexicana no vendía. Lo exótico vendía, pero solo si venía disfrazado de otra cosa. Después vinieron Resurrección en 1927 y Ramona en 1928, la película que la catapultó al estrellato internacional.
Ramona fue uno de los primeros filmes estadounidenses con efectos de sonido y dolores demostró que podía cantar. Su voz sorprendió al público. Era una actriz del cinemudo que podía hacer la transición al cine sonoro, algo que destruyó la carrera de muchas estrellas de esa época que simplemente no sonaban tan bien como se veían.
Pero mientras su carrera subía como un cohete, su vida personal se desmoronaba. El matrimonio con Jaime Martínez del Río se había convertido en algo insostenible. Hollywood era un mundo demasiado diferente al que Jaime conocía, demasiado rápido, demasiado intenso. Y estaba Carwe. El director que la había descubierto se había obsesionado con ella de una manera que iba mucho más allá de lo profesional.
La acosaba constantemente, intentaba conquistarla, le hacía imposible separar lo laboral de lo personal. La prensa de la época los relacionó sentimentalmente y Dolores. Harta de los rumores y del acoso, tomó una decisión drástica. cortó toda relación personal y laboral con Carwe.
El 8 de junio de 1928, Dolores y Jaime firmaron el divorcio. Unos meses después, Jaime murió en Alemania. Dolores se quedó sola en Hollywood con 24 años, divorciada, con una carrera en ascenso y un hombre obsesionado persiguiéndola. Era el tipo de situación que destruye a la mayoría de la gente. Dolores no era la mayoría de la gente. En 1929, United Artists organizó una reunión en el bungaló de Mary Pickford.
Estaban ahí Douglas Fairbanks, Charles Chaplin, Gloria Swanson, John Barry More y estaba Dolores. La reunión era para demostrar que las estrellas del cine mudo podían hablar, que podían funcionar en el nuevo formato sonoro. Dolores cantó Ramona frente al micrófono de radio y el público se enamoró de su voz.
Había pasado la prueba que tantas otras no pasaron. A partir de 1930, Dolores comenzó a frecuentar a un hombre que le ofrecía algo que Carwen nunca pudo ofrecerle. estabilidad, sofisticación y una puerta a lo más exclusivo de Hollywood. Se llamaba Cedric Hibons. Era el director artístico de la Metro Gold Wimmer, uno de los hombres más influyentes de la industria del cine, el diseñador que creó la estatuilla del Óscar.
Se casaron en 1930 y durante una década fueron una de las parejas más elegantes de Hollywood. Vivían en una casa de estilo art deco en Pacific Palestats, en la avenida [música] Kingman 757, diseñada por Gibons, donde organizaban almuerzos dominicales que eran el evento social de la semana para la élite de Hollywood.
Pero la carrera de Dolores en los años 30 fue una montaña rusa. En 1932, el productor Davides llamó al director King Bidor y le dijo algo que resume perfectamente cómo funcionaba Hollywood con las actrices latinas. le dijo que quería a Dolores del Río y a Joel M. Secrea en una historia de amor en los Mares del Sur, que no tenía historia para la película, pero que se asegurara de que terminara con ella saltando a un volcán.
Eso era lo que Hollywood quería de Dolores. No su talento, no su capacidad dramática, su belleza exótica saltando a un volcán. La película [música] se llamó Ave del Paraíso. Se filmó en Hawaii y creó un escándalo monumental cuando se estrenó el 13 de septiembre de 1932 en Nueva York. Había una escena donde Dolores y MC crea nadaban de El público enloqueció.
Las quejas fueron clamorosas. La película se filmó justo antes de que se aplicara estrictamente el código HAS que regulaba el contenido moral del cine estadounidense. Unos meses después esa escena hubiera sido imposible. Y hay algo en esa película que conecta con una historia que viene después, una historia que involucra a un adolescente en algún lugar de Estados Unidos que vio a Dolores del Río nadando en esa película y quedó tan impactado que su vida cambió para siempre.
Ese adolescente se llamaba Orson Wells. Tenía 11 años cuando vio Ave del Paraíso y quedó obsesionado. Años después lo confesaría con sus propias palabras. Dijo que ella salía en esa película muda con escenas submarinas, que iba más ligera de ropa que cualquier otra actriz que hubiera visto en el cine, que era guapa con locura y que aquello le cambió la vida.
Dijo que se limitó a esperar hasta encontrarla y la encontró. Pero eso viene después. En 1933, Dolores protagonizó volando a Río de Janeiro, un musical donde bailó tango con Fredire. La película fue un éxito, pero irónicamente fue más recordada por ser la primera vez que Astre y Jinger Rollers aparecieron juntos en pantalla que por la actuación de Dolores.
Así funcionaba Hollywood. Te usaba para lanzar a otros y después te dejaba atrás. Y hay un dato que mucha gente desconoce. [música] Dolores fue considerada para el papel de Dalila en la legendaria película Sansón y Dalila de Cecil De la quería a ella, pero la producción se pospuso hasta 1949 y el papel terminó siendo para Eddie Lamar.
Si la película se hubiera filmado cuando estaba planeada originalmente, Dolores del Río habría sido Dalida, uno de los personajes más icónicos del cine bíblico de Hollywood. Otra puerta que el destino cerró. Los años siguientes fueron de caída lenta. Madame Duberry en 1934, musicales supervisados por Bushby Verkeley para la Warner.
Películas donde su talento quedaba relegado a papeles secundarios o eclipsado por sus compañeros. La industria empezaba a cambiar. Nuevas actrices llegaban más jóvenes, más americanas, más fáciles de encasillar en los moldes que los estudios necesitaban. Hollywood no sabía qué hacer con Dolores. Era demasiado bella para ignorarla, demasiado latina para darle los papeles que merecía, demasiado talentosa para los papeles que le ofrecían.
Y su acento, que en el cine mudo no importaba, ahora era un problema. El público estadounidense no terminaba de aceptar a los actores que no dominaran el inglés con acento americano. Hay algo que Dolores hizo durante esos años que dice mucho sobre quién era ella más allá de las cámaras. fue la primera actriz del cine que dejó de pintarse los labios en forma de corazón.
Esa moda que todas las actrices de Hollywood seguían como un mandamiento. Dolores simplemente decidió que no le gustaba y dejó de hacerlo, y la industria de la moda la siguió. El diseñador Travis Vanton, que la vestía para Paramont, dijo algo revelador sobre ella. contó que una vez le metió el cuerpo en un jersey porque ella no quería ningún detalle que estropeara la línea.
Cuando terminó de drapearla, se convirtió en una diosa griega, caminó frente al espejo y dijo en un susurro, “Jesús, soy hermosa.” Vanton admitió que probablemente era narcisista, pero que tenía razón. Se veía hermosa. Eso era Dolores del Río. Una mujer que sabía exactamente lo que valía y que no fingía no saberlo. En una época en que se esperaba que las mujeres fueran modestas sobre su propia belleza, ella se miraba al espejo y decía la verdad.
Mientras tanto, su matrimonio con Gibons se deterioraba. Los compromisos profesionales de él, que prácticamente vivía en los estudios de la MGM, habían creado una distancia que ningún almuerzo dominical podía reparar. Dolores estaba sola en esa casa de Pacific Palesads con una carrera que se apagaba y un matrimonio que se enfriaba.
Y entonces llegó él en 1939, en una fiesta en casa del productor Darry Lefes Sanok, Dolores del Río conoció a Orson Wells. Él tenía 24 años, ella tenía 35. Él era el hombre más carismático de Hollywood, el genio que acababa de aterrorizar a Estados Unidos con su programa de radio sobre una invasión marciana que hizo creer a 12 millones de personas que el mundo se acababa.
Ella era la actriz mexicana más famosa del mundo, la mujer de los huesos faciales más perfectos que Hollywood había visto. La atracción fue inmediata y demoledora. Al día siguiente coincidieron de nuevo en casa de Sanok. Dolores estaba nadando en la alberca. Orson se metió al agua directamente, vestido [música] y todo según algunas versiones, y empezó a hablar con ella.
No esperó, no fue sutil, no le importó que ella estuviera casada, le dijo lo que sentía. Wells había estado obsesionado con ella desde que la vio en ave del paraíso a los 11 años. Según la biógrafa Barbara Leaming, él estaba convencido de que cuando llegara a la cima, Dolores del Río sería su [música] conquista y ahora estaba frente a ella en una alberca diciéndole exactamente eso.
Empezaron una relación discreta que no tardó en dejar de ser discreta. Iban a fiestas donde se les veía bailando rumba o conversando en rincones, mientras Gibons no aparecía por ningún lado. Para mediados de 1940, [música] la relación era pública. Diego Rivera, amigo de Dolores, le escribió una carta desde San Francisco, donde se refería a Wells como el más feliz de los locutores de radio que envidiaban todos los pintores del mundo.
Marlen Dietrich, otra leyenda de Hollywood que conocía bien a Wells, dijo algo que da una idea perfecta del encantó que ese hombre era capaz de desplegar. [música] Dijo que después de verlo y de hablar con él se sentía como una planta que ha sido regada. Eso era Orson Wells, un hombre que hacía sentir a las personas más extraordinarias del mundo como si les estuviera dando algo que necesitaban desesperadamente.
[música] Y Dolores cayó no porque fuera débil, cayó porque era humana y porque el hombre que tenía frente a ella era probablemente el ser humano más brillante y más carismático que Hollywood había producido en ese momento. Tenía 24 años y ya había aterrorizado a un país entero con un programa de radio. Tenía 24 años y estaba a punto de filmar la película más importante de la historia del cine.
¿Qué mujer en el mundo no habría caído? Dolores acompañó a Wes durante todo el proceso de creación del ciudadano Kane. No era una presencia pasiva, era su apoyo, su ancla, la persona que lo calmaba cuando la presión de Earst amenazaba con destruirlo todo. Wells tenía la visión. Dolores tenía la fortaleza emocional que él necesitaba para ejecutarla.
Sin ella a su lado durante esos meses, es legítimo preguntarse si el ciudadano Kan hubiera existido tal como la conocemos. Incluso intentaron hacer proyectos juntos. Wills diseñó una película llamada Mexican Melodrama, donde interpretaría a un hombre que pierde la memoria y se ve envuelto en una conspiración para derrocar al gobierno de México.
El guion de 136 páginas describía al personaje de Dolores como la muchacha más hermosa del mundo. Wells escribió eso en el guion, así sin comillas, como una instrucción para el equipo de producción. La película nunca se filmó, pero el guion existe como documento de lo que pudo haber sido la colaboración artística más extraordinaria del cine de esa época.
También la hizo su colaboradora en una serie de programas radiofónicos sobre Miguel Hidalgo y la independencia de México, y fue su asistente en un espectáculo de magia en vivo donde la cortaba en dos frente al público. Orson cortando a Dolores en dos en un escenario como metáfora involuntaria de lo que vendría después.
En octubre de 1941, Wells viajó a la ciudad de México para visitar a Dolores. Salvador Novo, el cronista más famoso de la ciudad y Dolores lo esperaron en el aeropuerto. Cuando Orson bajó del avión, le dio a Dolores un beso sonoro y largo en la boca frente a todos los fotógrafos. Después ella lo raptó para ir a ver a la Virgen del Tepellac, porque [música] así era Dolores, capaz de mezclar lo sagrado y lo mundano con la misma naturalidad.
Compraron gorditas azucaradas. Cenaron en el restaurante Manolo, fueron a las luchas, recorrieron los cabarets del centro de la ciudad hasta las 5 de la madrugada. Era el tipo de noche que dos personas enamoradas tienen cuando todavía no saben que les queda poco tiempo juntos. El 30 de julio de 1940, Wells comenzó a filmar el ciudadano Kane.
Dolores estuvo a su lado en cada etapa de la filmación. Cuando las cosas no salían como él quería, cuando la furia lo consumía, ella lo calmaba. Lo admiraba de una manera que no ocultaba. Le dijo a un reportero con esa seguridad suya que no dejaba espacio para la duda, que Orson era un genio a la altura de cualquiera, incluso de Shakespeare.
El 27 de febrero de 1941, Dolores se divorció de Cedric Hivons. El camino estaba libre. Ella y Orson anunciaron su compromiso. [música] Iban a casarse, iban a filmar juntos, iban a construir algo que duraría para siempre. El primero de mayo de 1941, el ciudadano Kan se estrenó en el teatro Palacio de Nueva York.
[música] Dolores y Orson llegaron juntos a la premiere. La sonrisa de ambos era evidente. La prensa reportó [música] que estaban comprometidos. Todo parecía perfecto, pero la película, que hoy es considerada la mejor de la historia del cine, provocó un escándalo brutal al criticar abiertamente al magnate William Randall Pears, que comenzó a boicotear todo lo que Wells tocaba.
Y ese boicot salpicó a Dolores. Su personaje en la siguiente película que hicieron juntos, Jerney Inuar, fue drásticamente reducido. La máquina de Hollywood estaba aplastando a Orson y a todo lo que estaba cerca de él y entonces vino el golpe que partió la historia en dos. En 1942, el gobierno de Estados Unidos envió a Orson Wells a Brasil para filmar una película como parte de la política de buena vecindad con América Latina.
Era un encargo oficial. Will se fue prometiendo que volvería pronto, que se casarían al regreso. Dolores se quedó esperando. Las cartas empezaron a llegar sin respuesta. Los telegramas se acumulaban sin contestación. Las llamadas telefónicas se perdían en el silencio. Mientras Dolores le escribía desde Hollywood, Orson estaba en Río de Janeiro enloquecido con las brasileñas.
Se comportó de manera promiscua, según las fuentes de la época, con una desfachattez que no se molestó en ocultar. La noticia llegó a Estados Unidos con la velocidad con que viajan los escándalos cuando involucran a personas famosas. Dolores se enteró. Ofendida, indignada, destruida por dentro, pero intacta por fuera, tomó una decisión.
Le envió un telegrama dando por terminada la relación. Orson nunca contestó. 3 años de amor, de promesas, de una vida construida juntos terminaron con un telegrama que cruzó el océano y se estrelló contra el silencio. Wsó después con Rita Ashworth, a quien la prensa bautizó como la nueva Dolores del Río de Hollywood.
Pero Wells nunca la superó, nunca. Hasta el final de su vida, según su propia hija Rebeca, sintió por dolores una especie de obsesión. De vez en cuando viajaba a México intentando verla, generalmente sin éxito. Enviaba a sus hijos. Rebecca Wells, la hija que tuvo con Rita Ashworth, viajó a México cuando cumplió 18 años para conocer a Dolores.
La recibió en su casa de Acapulco y después de ese encuentro, Rebecca dijo algo que resume todo. Dijo que su padre consideraba a Dolores el gran amor de su vida. Dolores conservó durante el resto de su vida una tarjeta que Orson le había hecho. Tenía dos hermosos ojos rasgados, fácilmente identificables como los de ella, un dibujo de una paloma y una palabra escrita a lo largo de un estandarte.
La palabra era siempre firmado, Orson. Eso es lo que queda cuando un genio ama a una diosa y no tiene la madurez para merecerla. En 1943, con el corazón roto, pero la dignidad intacta, Dolores del Río tomó la decisión más importante de la segunda mitad de su vida. Regresó a México y hay que entender lo que eso significaba. Dolores no solo dejaba Hollywood, dejaba una vida entera.
Había vivido en Estados Unidos durante 18 años. Había construido una carrera, un nombre, una identidad en esa industria. Tenía una estrella con su nombre, contratos, una casa en Pacific Pales y lo dejó todo porque el hombre que amaba la había traicionado, porque Hollywood la estaba reduciendo a papeles que no merecía, porque la industria que la había hecho famosa estaba empezando a tratarla como un mueble que ya no combinaba con la decoración nueva.
Pero había algo más. Dolores siempre fue mexicana. No importaba cuántos años viviera en Hollywood, no importaba cuántos idiomas hablara, no importaba cuántas fiestas con estrellas americanas frecuentara. Por dentro era la niña de Durango, que había huído de la revolución con su madre, la sobrina de Francisco y Madero.
La herederá de una estirpe que se hundía en la historia de México como raíces de un árbol viejo. Volver a México no era un retroceso, era un regreso a lo que siempre había sido. No fue un regreso fácil. La prensa mexicana la había criticado por haberse ido a Hollywood. Era una aristócrata que había abandonado su país para hacer películas con los gringos.
La llamaron malinchista, vendida, traidora cultural. Y ahora que volvía, la criticaban también por volver. Decían que volvía porque Hollywood ya no la quería, que regresaba con la cola entre las patas. Era el tipo de trampa en la que caen las personas que se atreven a hacer algo que los demás no se atreven, que son castigadas tanto por irse como por regresar.
Y además estaba el asunto de su imagen. En Hollywood, Dolores había sido la estrella glamorosa, la mujer de los vestidos de diseñador y las joyas deslumbrantes. México necesitaba otra cosa. México estaba en medio de una época en que el cine construía una identidad nacional basada en lo popular, en lo indígena, en lo campesino. Si Dolores quería funcionar en el cine mexicano, tenía que reinventarse completamente. Y lo hizo.
Se puso las trenzas, el reboso, la blusa de manta y se convirtió en algo que nadie esperaba. En la encarnación más bella y más dolorosa de la mujer indígena mexicana que el cine haya producido jamás. Era una aristócrata que había abandonado su país para hacer películas con los gringos, pero alguien la estaba esperando.
Se llamaba Emilio Fernández, el indio Fernández, el director que iba a cambiar la historia del cine mexicano. Fernández era admirador de Dolores desde que había trabajado como extra en una de sus películas de Hollywood años antes. Cuando ella regresó a México, le ofreció el papel protagónico de Flor Sylvester junto a Pedro Armendaris y con la fotografía de Gabriel Figueroa.
era el equipo perfecto, el director más visionario de México, [música] el actor más carismático, el fotógrafo más brillante y la actriz más hermosa del mundo. Flor Silvestre fue un éxito rotundo, [música] pero la afilmación reveló algo que muy pocos mencionan. Emilio Fernández estaba enamorado de Dolores y no era un enamoramiento discreto ni respetuoso, era un amor obsesivo, violento, que se manifestaba en arrebatos durante el rodaje.
[música] El temperamento bronco de Fernández afloró en varias ocasiones y Dolores estuvo a punto de abandonar la película. Las súplicas de sus compañeros y su profesionalismo la convencieron de quedarse, pero la relación con el director se volvió distante y entonces vino María Candelaria. Fernández sabía que le debía algo a Dolores por el maltrato durante Flor Silvestre y le hizo un regalo que ningún hombre le había hecho antes.
Una noche, sentado en un restaurante sin dinero para comprarle un regalo de cumpleaños, escribió el guion de María Candelaria en 13 servilletas. 13 servilletas que contenían la historia de una indígena de Sochimilco despreciada por su pueblo. Una historia de amor y tragedia que se convertiría en una de las películas más importantes del cine mexicano.
Ese guion escrito en Servilletas fue el regalo de cumpleaños. La filmación se hizo completamente en Sochimilco. Dolores interpretó a una mujer indígena con trenzas, blusa de manta y reboso, lo opuesto absoluto a la glamorosa estrella de Hollywood que había sido durante 20 años. Y lo hizo con una verdad que dejó al público sin palabras.
Ya no era la belleza exótica que Hollywood disfrazaba de francesa o de rusa. Era una mujer mexicana interpretando a una mujer mexicana con una dignidad y una profundidad que ninguno de sus papeles de Hollywood le había permitido mostrar. María Candelaria ganó el Grand Prix del Festival de Canes en 1946, convirtiéndose en la primera película latinoamericana en recibir ese honor.
Dolores del Río estaba en Canes con 42 años viendo como la película que le habían regalado escrita en servilletas ganaba el premio más importante del cine mundial y esta vez no estaba interpretando a una nativa exótica para satisfacer las fantasías de un productor de Hollywood. estaba representando a México, a su México, y Canes no terminó ahí para Dolores.
11 años después, en 1957, recibió una invitación que ninguna mujer había recibido antes en la historia de ese festival. La invitaron a ser miembro del jurado, no solo miembro, la nombraron vicepresidenta del jurado junto a figuras como J. Cocteo y André Maurois. La primera mujer en ser jurado de canes era mexicana, era Dolores del Río.
Durante el festival, los jurados fueron prácticamente secuestrados por la organización. Las jornadas eran interminables. Dolores declaró al periódico El Universal que prácticamente no tenían tiempo ni para comer, que los habían secuestrado, pero estaba ahí en el corazón del cine mundial, decidiendo quién merecía los premios con la autoridad que le daban más de 30 años de carrera y una palma de oro en su filmografía.
Es importante detenerse un momento aquí para entender algo que a veces se pierde en la narrativa. Dolores del río no era simplemente una cara bonita que tuvo suerte. Era una profesional obsesiva. Estudiaba sus papeles con una disciplina que impresionaba a los directores más exigentes. Se preparaba durante semanas antes de una filmación.
Aprendía acentos, estudiaba la psicología de sus personajes, ensayaba frente al espejo hasta que cada gesto fuera perfecto. Cuando filmó María Candelaria, pasó tiempo con las mujeres de Sochimilko para observar cómo caminaban, cómo hablaban, cómo llevaban el reboso. No imitó a una mujer indígena, se convirtió en una.
Y la prueba de eso es que el público mexicano, que sabía perfectamente quién era Dolores del Río y de dónde venía, le creyó. Le creyeron que era María Candelaria, una indígena pobre de Sochimilco. Eso no se logra con belleza, eso se logra con oficio. Y hay un detalle de esa película que generó controversia durante décadas. En la trama, un pintor le pide a María Candelaria que posee.
[música] Ella se niega. El pintor entonces usa el rostro de María con el cuerpo de de otra mujer. Cuando el pueblo ve el cuadro, asume que es María Candelaria quien posó desnud y la lapidan hasta esa escena del cuadro con el desnud circuló durante años con la leyenda de que era Dolores del Río la que aparecía. No era ella, era otra modelo.
Pero el rumor persistió décadas y Dolores tuvo que desmentirlo más de una vez. Después de María Candelaria, la carrera de Dolores en México fue imparable. Las abandonadas en 1944, Bugambilia en 1945, La Malquerida en 1949. Ganó tres premios Ariel a la mejor actriz. Se convirtió en la máxima diva del cine mexicano, compartiendo ese trono solo con [música] María Félix, la otra mujer que dominaba el espectáculo en ese país.
Y aquí hay que hablar de algo que México nunca dejó de comentar. La relación entre Dolores del Río y María Félix eran las dos mujeres más poderosas del cine mexicano, las dos más bellas, las dos más admiradas. Y la prensa, como siempre hace la prensa, las puso frente a frente como rivales. Dolores era elegancia, sobriedad, clase, mesura.
María era fuego, provocación, arrogancia, escándalo. Eran polos opuestos y el [música] público disfrutaba imaginando que se odiaban. La realidad era más compleja. Se respetaban, no eran amigas íntimas, pero se reconocían mutuamente como lo que eran dos mujeres extraordinarias en un mundo que no estaba hecho para mujeres extraordinarias.
María iba a comer a la escondida. Dolores nunca habló mal de María en público. Había una distancia cortés entre ellas, del tipo que existe entre dos personas que saben que son las mejores en lo que hacen y que no necesitan competir porque el espacio es suficientemente grande para las dos. En 1958, esa tensión implícita se resolvió de la manera más cinematográfica posible.
Las pusieron juntas en una película. Se llamaba La cucaracha, dirigida por Ismael Rodríguez. Las dos divas del cine mexicano en la misma pantalla por primera vez. México entero fue a verla, no tanto por la historia que era un drama ambientado en la Revolución Mexicana, sino por ver cómo se comportaban Dolores y María frente a frente, y ambas estuvieron a la altura.
Ninguna opacó a la otra, ninguna se dio terreno. [música] Fue el tipo de película que solo se puede hacer cuando tienes a dos personas que son exactamente iguales en talento e intensidad, aunque sean completamente diferentes en todo lo demás. Hay una diferencia entre ellas que la gente de la época notaba y que dice mucho sobre quién era cada una.
Alguien lo resumió en redes sociales décadas después con una precisión que vale la pena repetir. Dolores del Río prefirió tener una casa enorme en Coyoacán que abarcaba casi una manzana. María Félix prefirió tener joyas y una casa en Polanco que era elegante, pero mucho más pequeña. Dolores invertía en tierra, en espacio, en paredes que duraran.
María invertía en lo que brillaba, en lo que podía llevar puesto, en lo que el mundo veía cuando ella entraba a un cuarto. Dos filosofías de vida completamente distintas en dos mujeres igualmente extraordinarias. Y mientras todo eso pasaba, Dolores compró la escondida. Era un antiguo rancho en el barrio de Santa Catarina de Coyoacán en la calle Salvador Novo.
Cuando lo compró en 1943 era un terreno extenso con una construcción de dos pisos en medio de un territorio amplio. Lo transformó en su hogar, en su refugio, [música] en el centro de su vida mexicana. La cazola de cantera, con ese portón enorme de madera y herrería, se convirtió en el lugar más exclusivo del mundo artístico e intelectual de México.
Las comidas en la escondida eran famosas. Dolores presidía una mesa a la que llegaban las personas más importantes del país. Frida Calo y Diego Rivera, que vivían a pocas cuadras en Coyoacán, eran visitantes habituales. Rivera, que había pintado a Dolores en 1938 en un retrato que se convirtió en uno de sus cuadros favoritos, era aficionado tanto a la comida de Dolores como a la propia Dolores, según las versiones que circulaban entre los asistentes.
Salvador Novo, el cronista más ácido de la Ciudad de México, era su vecino y compañero constante de tertulias. María Félix, su rival y al mismo tiempo su par, también cruzaba ese portón. John Wayne, cuando venía a México, iba a comer a la escondida. La lista de personas que comieron en esa mesa es un resumen de lo más importante que produjo el siglo XX en materia de arte, cine, literatura y poder.
Y fue en esos años cuando ocurrió algo que Dolores no se esperaba. Emilio Elindio Fernández, el director que la había maltratado durante flor silvestre, que le había regalado María Candelaria escrita en servilletas, se mudó al barrio de Santa Catarina de Coyoacán. Se fue a vivir cerca de ella, no al lado, pero si lo suficientemente cerca como para poder estar siempre ahí.
Fernández estuvo enamorado de Dolores durante una buena parte de su vida. Era un amor que ella no correspondía, al menos no de la manera en que él quería, pero que existió como una presencia constante, como una sombra que la acompañó durante décadas en las calles de Coyoacán. Mientras tanto, Dolores también tenía romances que la prensa registraba con mayor o menor discreción.
fue relacionada con el director John Farrow, con el actor Erol Fle, con el escritor Erich María Remarque, con el Playboy dominicano Porfirio Rubirosa, con el productor mexicano Archivaldo Buns, con los actores Tito Junco y Fernando Casanova. Dolores del Río no era una mujer que se quedara sola mucho tiempo.
Tenía esa capacidad que tienen algunas personas de atraer sin esfuerzo, de hacer que los hombres más interesantes del mundo quisieran estar a su lado. En 1949 en Acapulcoció al hombre que cambiaría los últimos 30 años de su vida. Se llamaba Luis Harry. Era un millonario y empresario teatral estadounidense, conocido en el medio de Hollywood por haber sido miembro del Hollywood Kanteen, una organización que las estrellas de cine habían creado para apoyar a los damnificados de la Segunda Guerra Mundial.
Releay tenido un romance con Bet Davis. Era un hombre que sabía lo que era estar con mujeres extraordinarias, pero Riley no se casó con Dolores de inmediato. Se conocieron en 1949 y no se casaron hasta 1959. 10 años. 10 años en los que fueron pareja, en los que construyeron algo juntos, en los que Releay esperó con una paciencia que dice mucho sobre el tipo de hombre que era.
Se casaron en Nueva York y se instalaron en la escondida, Laona de Coyoacán. Dolores” dijo después que fue la relación que más equilibrio [música] emocional le brindó. Muchos afirman que el gran amor de su vida fue Orson Wells. Pero lo que Dolores necesitaba no era un gran amor que la incendiara y la destruyera. Necesitaba un amor que la dejara ser quien era sin exigirle más de lo que quería dar.
Y eso fue Relay. Pero antes de Relay, antes de la paz, hubo un capítulo oscuro que muy pocos conocen. En 1954, la Fox contactó a Dolores para interpretar a la esposa de Spencer Tracy en la película Broken Lance. Era un papel importante, una oportunidad de volver a Hollywood con un proyecto de primer nivel, pero el gobierno de Estados Unidos le negó el permiso de trabajo.
La acusaron de ser simpatizante del comunismo internacional. Era la época del macartismo, la casa de brujas que paralizó a Hollywood durante años. Las listas negras destruyeron carreras enteras. Actores, directores, guionistas, [música] cualquiera que hubiera sido visto cerca de algo que oliera a comunismo era destruido profesionalmente y Dolores del Río quedó atrapada en esa máquina.
Las razones que usaron contra ella eran absurdas para cualquiera que conociera su historia, pero perfectamente funcionales para una burocracia paranoica. La acusaron de haber apoyado a refugiados españoles antifranquistas durante la guerra civil española. La acusaron de tener relación con figuras asociadas al comunismo internacional como Orson Wells, Diego Rivera y Frida Calo.
Eran sus amigos, sus colegas, las personas que formaban parte de su vida y por eso le cerraron la puerta del país donde había construido la primera mitad de su carrera. Dolores no podía entrar a Estados Unidos a trabajar. La primera latina que había conquistado Hollywood estaba vetada por el mismo Hollywood que la había creado.
La ironía era brutal y Dolores la vivió con esa dignidad que la caracterizaba, sin hacer escándalo público, sin pedir perdón por haber sido amiga de las personas que fue amiga, sin agachar la cabeza. No fue hasta 1960, 6 años después que la situación se resolvió y Dolores pudo volver a Hollywood. Y cuando volvió, volvió por la puerta grande, como ella misma había prometido 35 años antes.
La Fox la llamó para protagonizar junto a Elvis Presley la película Estrella de Fuego, dirigida por Don Ciegel. Dolores interpretaría a la madre de Presley en la película. Tenía 56 años y cuando llegó al set de filmación, algo extraordinario pasó. Elvis Presley, el hombre más famoso del rock and roll, el artista que llenaba estadios y hacía gritar a millones de mujeres, llegó al set con un ramo de flores y se acercó a Dolores con una reverencia que nadie esperaba.
le dijo, “Señora, yo sé perfectamente quién es usted. Es un honor trabajar con una de las leyendas más grandes y respetadas del Hollywood clásico y le pidió permiso para que su oftalmólogo le hiciera unos lentes de contacto que imitaran el color de sus ojos, porque como ella iba a ser su madre en la película, quería que sus ojos se parecieran.
” Dolores le tomó de inmediato un afecto materno. [música] Elvis Presley, el rey del rock, arrodillándose ante una mujer de Durango que había conquistado Hollywood antes de que él naciera. Eso es Dolores del Río. En 1962, la tragedia tocó su puerta. Su madre, Antonia murió durante el montaje de la obra de Teatro Spectros de Henry Gibsen que Dolores estaba protagonizando.
Y Dolores hizo algo que definió para siempre quién era ella. No canceló las funciones, no suspendió la temporada, trabajó el mismo día del sepelio. “El show debe continuar”, dijo. [música] Y continuó, “porque Dolores del Río era de esas personas que procesan el dolor trabajando, que no se permiten detenerse porque saben que si se detienen quizás no puedan volver a empezar.
” En 1964, John Fort, el legendario director de Western, la llamó para participar en el ocaso de los Chaoens, un filme multiestelar que fue una de las últimas grandes producciones del viejo Hollywood. Dolores estaba ahí, a los 60 años trabajando con el mismo nivel que a los 25. El tiempo no la tocaba de la manera en que toca a los demás.
Sus contemporáneos de la época dorada de Hollywood se sorprendían con su belleza y juventud duradera. Circulaban rumores absurdos que ella misma desmentía con humor. Decían que su dieta consistía en pétalos de orquídeas y que dormía 16 horas al día. Dolores se reía y respondía que nadie puede vivir comiendo solo pétalos de flores y que además era una mujer con múltiples ocupaciones, que como iba a dormir tanto tiempo si el día solo tiene 24 horas.
Hay un episodio que casi nadie cuenta y que revela otra faceta de dolores. En 1975 fue jurado del festival de Canes, el mismo festival donde María Candelaria había ganado el Gran Prix 30 años antes. Fue la primera mujer en ocupar ese puesto. Y durante el festival, cuando se proyectó la película mexicana El Pando, Dolores se levantó de su asiento visiblemente disgustada.
Consideró que la película era una por ropada con la bandera mexicana. Su reacción generó un escándalo y, según algunas versiones, le negó a la película la oportunidad de ser premiada. Era Dolores del Río ejerciendo su criterio sin importarle las consecuencias, siendo ella misma en un contexto donde la diplomacia hubiera exigido silencio.
En los últimos años de su vida, Dolores dedicó gran parte de su tiempo a la filantropía. Fundó la Estancia infantil de la Anda, una institución para cuidar a los hijos de los actores y trabajadores del espectáculo. Era su manera de devolver algo a la industria que la había hecho quién era. No era la primera vez que usaba su nombre y su influencia para algo que iba más allá de ella misma.
Fue una de las fundadoras del Festival Internacional de Cine y trabajó activamente para la Asociación Nacional de Actores. En 1978 fue diagnosticada con osteomielitis. En 1981 le diagnosticaron hepatitis B después de recibir una inyección de vitaminas contaminada. También sufría de artritis.
El cuerpo que el mundo había admirado durante más de medio siglo empezaba a fallar de maneras que ninguna elegancia podía disimular. En 1981 asistió a un homenaje realizado en su honor por el Círculo de Críticos de San Francisco. La ceremonia fue presidida por Francis Ford Copola, Mervin Leroy y George Cucor. Tres directores legendarios rindiéndole honores a la mujer de Durango que había llegado a Hollywood sin saber actuar y había terminado siendo una de las figuras más importantes que esa industria había producido. Fue su última aparición
pública. [música] En 1982 recibió el premio George Eastman otorgado por la George Eastman House por su contribución a la industria del cine y ese mismo año recibió una invitación que nunca pudo aceptar. La invitaron a ser presentadora de los premios Ócar, la ceremonia más importante del cine mundial quería que Dolores del Río subiera a ese escenario, pero su salud ya no se lo permitía.
El 11 de abril de 1983, Dolores del Río murió en Euport Beach, California. a causa de insuficiencia hepática. Tenía 78 años. Su cuerpo fue cremado y sus cenizas fueron repatriadas a México porque Dolores, aunque había vivido entre dos países toda su vida, era mexicana hasta el último átomo. fue sepultada inicialmente en el panteón francés de San Joaquín en la Ciudad de México, pero en 2006, [música] 23 años después de su muerte, sus restos fueron exhumados y trasladados a la rotonda de las personas ilustres, el
panteón donde México guarda a sus figuras más importantes, a sus héroes, a las personas que considera parte del patrimonio de la nación. Dolores del Río está enterrada donde están los presidentes, los generales, los artistas más grandes de la historia de México. Ese es el lugar que el país le dio, porque eso es lo que fue.
Y hay algo que Vincent Price, el legendario actor de terror, hizo durante los últimos años de su vida, que resume mejor que cualquier homenaje oficial lo que Dolores del Río significó para quienes la conocieron. Price solía firmar sus autógrafos como Dolores del Río. Cuando le preguntaban por qué, respondía con toda [música] seriedad.
le prometía dolores en su lecho de muerte que no iba a permitir que la olvidaran. La escondida sigue ahí en Coyoacán, en la calle Salvador Novo. El portón de madera y herrería sigue en su lugar. Las enredaderas siguen cubriendo los muros. La placa sigue diciendo lo que dice. Hoy se desconoce públicamente quién es el dueño. El acceso no está permitido al público general, pero la casa está ahí, como estuvo durante 40 años mientras Dolores vivía dentro de ella, recibiendo al mundo en su mesa, guardando los secretos de una vida que abarcó dos continentes,
tres matrimonios, un amor que nunca la soltó del todo, una carrera que empezó en el cine mudo y terminó trabajando con Elvis Presley, un veto del gobierno más poderoso del mundo y un regreso triunfal que demostró que nadie podía mantener a Dolores del Río fuera de ningún lugar donde ella quisiera. estar.
El diseñador francés Jan Patou diseñó un vestido inspirado en ella y lo llamó Dolores. En 1952 fue galardonada con el premio Neyman Marcus y fue llamada la mujer mejor vestida de América. En 1995, el diseñador Yon Gallano creó una colección completa de otoño e invierno inspirada en su vida. En 2017, Google le dedicó un doodle en el aniversario de su nacimiento.
En [música] 2015, el American Film Institute la eligió como la imagen de su festival y su rostro engalanó espectaculares por toda la ciudad de Los Ángeles. Tiene una estrella en el paseo de la fama de Hollywood en el 1630 de Vine Street, otorgada el 8 de febrero de 1960, la misma época en que le habían negado el permiso de trabajo por comunista.
Hollywood la vetó y después le puso una estrella en el piso. Eso también es la historia de Dolores del Río, la historia de un lugar que nunca supo bien qué hacer con ella, pero que tampoco pudo olvidarla. Y hay que hablar de algo que no se menciona mucho, pero que dice algo profundo sobre la herencia que Dolores dejó más allá del cine.
Dolores no tuvo hijos, nunca fue madre. Es uno de los datos más llamativos de su biografía y uno de los que menos se discuten. Hubo rumores de embarazos durante sus años con Orson Wells que no llegaron a término, pero nada fue confirmado públicamente. Sin embargo, su legado familiar existe de otra manera. Diana Bracho, una de las actrices más respetadas de la televisión y el cine mexicano contemporáneo, es su sobrina.
La tradición artística de la familia continuó a través de la sangre López Negrete, esa misma estirpe de nobleza virreinal de la que Dolores venía y su casa de los ángeles, la que compartió con Cedric Hibons en Pacific Palesats. Esa casa de estilo art deco que él diseñó fue declarada monumento histórico.
Una casa en California donde vivió una mujer mexicana es monumento histórico de Estados Unidos. Eso tampoco le pasa a cualquiera. Su legado también vive en un lugar que casi nadie visita, pero que existe gracias a ella. La estancia infantil de la Anda, esa guardería para hijos de actores y trabajadores del espectáculo que Dolores fundó en sus últimos años sigue funcionando.
Generaciones de niños crecieron ahí mientras sus padres trabajaban en sets de filmación, en teatros, en estudios de televisión. Dolores del río cuidando a los hijos de los actores que vinieron después de ella. No hay gesto más generoso ni más silencioso que ese. Diego Rivera la pintó. José Clemente Orosco la pintó. Miguel Cobarrubias la pintó.
Alfredo Ramos Martínez la retrató cuando tenía 11 años. Los artistas más grandes de México vieron en su rostro algo que necesitaban inmortalizar, algo que no encontraban en ningún otro lugar, algo que Carlos Fuentes llamó los huesos faciales más perfectos del mestizaje indomediterráneo y que Octavio Paz reconoció con la misma seriedad con que reconocía las obras de la literatura universal.
Dolores del Río nació el 3 de agosto de 1904 en una hacienda de Durango. Huyó de la revolución a los 5 años. Se casó a los 15 con un hombre 18 años mayor. Llegó a Hollywood a los 21 sin saber actuar. La hicieron nadar de bailar tango con Fredas Tire, saltar a volcanes y hacer de francesa, de rusa, de nativa de los Mares del Sur, de todo menos de lo que era.
Se enamoró de un genio que la abandonó desde Brasil sin contestar un telegrama. Fue vetada por el macartismo por ser amiga de las personas equivocadas. Volvió a México con el corazón roto y filmó la primera película latinoamericana en ganar en Canes. Compró un rancho en Coyoacán y lo convirtió en el centro del mundo artístico de México.
Se casó con un hombre que la esperó 10 años. Hizo que Elvis Presley se arrodillara con flores en un set de filmación. fundó una estancia para los hijos de los actores. Murió en California y sus cenizas volvieron a México, donde las pusieron junto a los héroes de la patría, porque eso es lo que fue. Y en Coyoacán, detrás de ese portón de madera y herrería, la escondida sigue guardando el eco de las comidas donde Frida Calo y Diego Rivera se sentaban a la mesa con María Félix y John Wayne, donde los poetas y los pintores más importantes de un país
entero se reunían porque una mujer de Durango los había invitado a su casa y nadie, absolutamente nadie, le decía que no a Dolores del Río. Hay algo más que hay que contar sobre sus últimos años, porque la vida de dolores del río no perdió intensidad ni siquiera cuando el cuerpo empezó a fallar. En 1967, ya con 63 años, participó en la coproducción italoamericana Mordana Miracle junto [música] a Sofia Lauren.
Era el tipo de película que confirmaba que Dolores podía trabajar con cualquiera en cualquier idioma, a cualquier edad. Sofia Loren, la actriz europea más famosa de su generación, compartiendo pantalla con una mujer mexicana que había empezado en el cine mudo 40 años antes. El arco de la carrera de Dolores del Río es de una amplitud que muy pocos artistas en la historia del cine pueden igualar.
En el teatro, que fue el espacio donde Dolores se sintió más libre durante sus últimas décadas, hizo cosas notables. Protagonizó Anastasia en 1956 en Broadway, el abanico de Lady Windermere en 1958, Camino a Roma en 1959, La Dama de las Camelias en 1968. Cada obra era una prueba de que Dolores no era solo una cara bonita, como Hollywood había querido reducirla durante años.
Era una actriz de verdad, con técnica, con profundidad, con la capacidad de sostener un personaje durante 2 horas frente a un público vivo que no perdona errores. Y hay un dato sobre su patrimonio que revela la inteligencia financiera que Dolores tuvo durante toda su vida. No era solo una actriz, era una mujer que sabía administrar su dinero, que invertía con cuidado, que nunca dependió económicamente de ninguno de sus maridos. La escondida.
Esa propiedad de casi una manzana en uno de los barrios más cotizados de la Ciudad de México fue suya. [música] La casa de Neoport Beach en California, donde pasó sus últimos días, fue suya. No era una fortuna escandalosa como la de María Félix, pero era un patrimonio sólido construido con disciplina y visión. En 1952 fue nombrada la mujer mejor [música] vestida de América por Neyman Marcus, la mujer mejor vestida de todo un continente.
Y no era por el dinero que gastaba en ropa, era por como la usaba, por como convertía cualquier cosa que se pusiera encima en algo que parecía hecho exclusivamente para ella. Leis Releay, su último esposo, murió en [música] 1983, el mismo año que ella. Algunos dicen que poco antes la pareja que se había encontrado en Acapulco 34 años antes partió casi al mismo tiempo, como si uno no pudiera existir sin el otro.
Cuando Dolores murió, el mundo del cine respondió de una manera que confirmó lo que todos sabían, pero que a veces hacía falta que alguien dijera en voz alta. No era simplemente una actriz mexicana que había triunfado en Hollywood. era una pionera, la primera latina en conquistar la industria del cine más poderosa del mundo.
La primera en demostrar que una mujer de América Latina podía pararse frente a las cámaras de Hollywood y ser la protagonista, no la exótica del fondo, no la sirvienta con acento, no la bailarina de relleno. La protagonista abrió el camino para cada actriz latina que vino después. Cada una de ellas, desde Salmac hasta Penélope Cruz, camina sobre un terreno que Dolores del Río desbrozó primero.
Ella llegó cuando no había camino. Ella lo hizo. Hay una frase que ella dijo en una de sus últimas entrevistas que resume quien fue con una precisión que no necesita adornos. Le preguntaron por su filosofía de vida y ella respondió con la sencillez de quien ha vivido lo suficiente como para no necesitar frases largas.
dijo, [música] “Siempre he sido gente de trabajo, de lucha constante, que a pesar de mi edad nunca me ha gustado ver hacia atrás, sino invariablemente hacia el futuro, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante. Eso es Dolores del Río.” La mujer que nunca miró hacia atrás porque lo que tenía por delante siempre fue más grande que lo que dejaba atrás.
La niña de Durango que huyó de la revolución, que conquistó Hollywood, que lo perdió, que volvió a México, que ganó canes, que fue vetada, que regresó, que envejeció con una gracia que el tiempo no pudo tocar y que murió el mismo año en que le habían pedido que presentara a los Ócar, porque así es la vida.
te ofrece todo al mismo tiempo y te pide que elijas que puedes tomar antes de que se acabe el tiempo. Y el tiempo de Dolores del Río se acabó el 11 de abril de 1983, pero lo que construyó sigue ahí. en las películas que se pueden ver en cualquier plataforma, en la estrella del Paseo de la Fama que millones de turistas pisan sin saber quién fue, en la rotonda de las personas ilustres donde México guarda a sus mejores, en los cuadros de Rivera y Orosco que cuelgan en museos del mundo, en las colecciones de moda que todavía hoy se inspiran en su
imagen, en la promesa que Vincent Price cumplió firmando autógrafos con su nombre para que nadie la olvidara. Y en la escondida, en Coyoacán, detrás de las enredaderas y el portón, donde la placa dice lo que dice y la casa guarda lo que guarda, porque las casas que se llenan con una vida así no se vacían nunca del todo. Gracias por llegar hasta aquí.
Si conoces algún dato, alguna anécdota, algún detalle de la vida de Dolores del Río que no mencionamos, déjalo en los comentarios porque esta historia es de todos. Y si te gustó este recorrido por la vida de una de las mujeres más extraordinarias que ha dado México, nos vemos en el próximo.