un hombre que tenía conexiones con el fútbol profesional. Lo que ese hombre hizo ese día desencadenaría una cadena de eventos que terminaría décadas después si con 312 goles en un país que no era el de él. Pero primero tienes que entender el camino que tomó para llegar ahí, Brasil, el camino antes de México.
A los 16 años, Evanaldo se fue a San Paulo. Entró al fútbol profesional por la puerta pequeña. América de Río Preto, un club modesto del interior de Sao Paulo, no era exactamente la vitrina que soñaba cualquier joven de Bahía. No era el Flamengo, no era el Atlético Mineiro, era un club de provincia que necesitaba un delantero joven y barato y que encontró en Evando Castro las dos cosas.
Pero Cabiño en esa época ya no era el niño malo del barrio. Años de pelotas de calcetín, años de practicar solo en la playa, años de la disciplina que le entró a la sangre en los cuarteles de su tío. Habían convertido a ese chico en algo que los entrenadores de Sao Paulo empezaban a notar. marcaba consistentemente, sin aspavientos, sin celebraciones largas.
Entraba al área, yo encontraba el espacio, disparaba y la pelota entraba. De ahí pasó al Flamengo, el club más popular de Brasil, el más visto, el más seguido, uno de los más grandes del continente y parecía que todo estaba en su lugar. El niño de los balones de Calcetín entrenando en Río de Janeiro con la camiseta roja y negra que la mitad del país amaba.
Pero la historia no fue tan simple. De lo que nadie te cuenta es que en el fútbol brasileño de los años 60 y 70 había demasiados cracks esperando su turno. Pelee todavía jugaba. Garrincha seguía siendo leyenda viva. Tostam, ribelino, jairciño. El fútbol brasileño era el mejor del mundo en esa época y la competencia interna feroz, de una manera que resultaba difícil imaginar desde afuera.
Evando pasó por el Flamengo, el Atlético Mineiro, el Portuguesa. En cada uno dejó buenas temporadas, goles, aportes reales, pero en ninguno llegó a ser el primero. Era bueno, muy bueno. Pero en el Brasil de esa época, muy bueno no alcanzaba para ser el primero de la fila. Piensa en esto. El hombre que se convertiría en el mayor goleador de México en toda su historia no pudo imponerse en su propio país, no porque fuera mediocre, sino porque Brasil en esa época era demasiado extraordinario.
La liga más talentosa del planeta en ese momento histórico. Y cabi necesitaba otro escenario donde pudiera ser simplemente a el mejor. Y entonces llegó la llamada que cambiaría todo. Un compatriota suyo, Carlito Petters, que ya jugaba en el fútbol mexicano, le habló de un club de Ciudad de México que buscaba un delantero.
Club Universidad Nacional, Los Pumas de la UNAM. Evanivaldo no tenía mucho que perder. En Brasil ya había tocado puertas que no se abrían del todo. El fútbol mexicano no era el brasileño, eso lo sabía, pero era profesional, era real. No y era una oportunidad de probar algo que su cabeza le decía que podía hacer. Agarró una maleta.
El 19 de julio de 1974, con 26 años cumplidos y sin saber una palabra de español, aterrizó en la Ciudad de México, sin saber que esa ciudad lo iba a hacer inmortal. Pero antes de entrar a lo que Cabiño hizo en México, quiero que guardes algo. El hombre que lo recomendó, Carlito Peters, hizo algo más que una recomendación de trabajo.
Él cambió el curso de un deporte entero y ni él mismo lo sabía. llega a México el extranjero que asustó a todos 1974, Liga Mayor de México. El fútbol mexicano era sólido, competitivo, apasionado, pero no era Brasil. Era un fútbol de orden, de trabajo físico, de colectivos bien organizados. Los grandes goleadores marcaban 10, 12, 15 goles por temporada.
El que llegaba a 20 era señalado como un fenómeno. Ecño llegó el primer torneo y metió 16 goles y además ganó el título de goleo de la Copa México con 15 anotaciones más. La gente en Ciudad de México no sabía cómo verlo. Era alto para los estándares de la época, fuerte como toro, veloz de arranque, un cabezazo que mandaba la pelota al fondo de la red con la misma fuerza con la que otros disparaban con el pie y un disparo con los dos pies, derecho e izquierdo, que los porteros tardaron años en aprender a leer correctamente y
quienes lo vieron en esa época lo describieron siempre de la misma manera. un animal del área. No era un driblador de postal, no gambeteaba para la galería. Era directo, efectivo, calculado y brutal. Se metía en los espacios que la defensa dejaba sin querer y ahí esperaba quieto, como si el tiempo no le importara y cuando llegaba el balón simplemente no fallaba.
Grábate este número. 34. Ese fue el número de goles que Cabiño metió en una sola temporada con Pumas. Lo vamos a necesitar para entender exactamente lo que estaba haciendo en esa liga. Te prometí al principio que había un campeonato de goleo que en realidad le negaron. Estamos llegando a él, pero primero necesitas ver la gloria completa.
Porque para entender cómo te quitan algo, primero tienes que saber cuánto valía. El extranjero que llegó sin nombre a México estaba a punto de convertirse en el hombre más temido de cada defensa de la liga. Lo que ninguno de sus rivales sospechaba era hasta dónde iba a llegar ese brasileño de Bahía que hacía pelotas de calcetín.
La gloria, la noche del gol más importante. Esta es la primera revelación que te prometí al principio. Lo que pasó la noche del gol más importante de su vida. 19 de junio de 1977, Estadio Azteca, Ciudad de México. Más de 80,000 personas llenando cada rincón del estadio más grande del continente. El partido de vuelta de la final del campeonato mexicano, Pumas contra los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara.
El partido de ida había terminado 0 a cer. Nadie había marcado. La vuelta era todo. Un solo gol podía definir quién se llevaba el primer campeonato de la historia de Pumas. Un club universitario que llevaba décadas sin poder gritar que era campeón. Pues lo que nadie sabía esa noche era lo que había pasado en las horas previas al partido.
Días antes de esa final, Evando había llegado a los entrenamientos con una molestia que trataba de ocultar, una incomodidad en el tobillo izquierdo que los médicos del club monitoreaban con atención, pero sin alarma. No era una lesión grave que lo dejara en cama, pero tampoco era el cuerpo al 100% que uno necesita para una final de campeonato.
El cuerpo técnico de Pumas. El técnico Jorge Marcos dudó si arriesgarlo de titular. La mañana del partido, Marcos lo llamó aparte en el hotel de concentración. ¿Cómo estás, Evanibaldo? Estoy bien, dijo Cabiño. Y no agregó más. Lo que tenía lo guardó para sí mismo. La verdad es que no estaba del todo bien, pero había una final, su final.
Y Evando Castro Silva no había cruzado el Atlántico, no había dejado Brasil, no había pasado 3 años aprendiendo un idioma extraño y adaptándose a una liga extraña para perderse el momento más grande que ese fútbol podía darle. 85 minutos de partido, 0 a cer. El Azteca entero con la respiración contenida. 85 minutos de defensa apretada, de ataques que no encontraban el camino, de una tensión que se podía cortar con un cuchillo y entonces llegó la pelota.
Spencer Coelo hizo un pase casi sin mirar de esos que solo salen del instinto puro sin calcular. Cabiño apareció como siempre aparecía, donde más dolía, en el lugar exacto donde la defensa no había puesto los ojos. Un disparo limpio, sin dudar. El portero de los leones negros se lanzó, pero no llegó. 1 a0.
Pumas campeón por primera vez en su historia. 80,000 personas gritando un solo gol, un solo nombre. El nombre del brasileño de Bahía que hacía pelotas de calcetín porque no tenía dinero para una de verdad. Después del partido en el vestuario lleno de cerveza y de gritos y de jugadores llorando de alegría, o uno de sus compañeros le preguntó por el tobillo si le dolía, si había jugado aguantando algo.

Cabiño lo miró y sonrió con esa sonrisa tranquila que siempre tuvo. El fútbol es así, dijo. Cuando tienes que estar, estás el rey de los goles, los números que nadie ha roto. Después de ese campeonato, Cabiño ya no era el extranjero que prometía, era la figura más importante del fútbol mexicano. Y los números que vinieron en los años siguientes confirmaron que lo de 1977 no había sido accidente ni suerte.
Era la naturaleza de un hombre que llevaba toda su vida preparándose para ser el mejor en algo. Temporada 7576, 29 goles. Primer título de goleo oficial de la liga. Temporada 76-77, 34 goles. Campeón con Pumas. Temporada 778, 33 goles. Segundo año, arriba de todos. Temporada 7879, 26 goles. Cuarto título consecutivo, cuatro títulos de goleos seguidos sin perder uno, sin bajar del nivel que él mismo había fijado como estándar, solo para que dimensiones lo que estaba haciendo.
En la temporada 767, Cabiño marcó 34 goles. El segundo mejor goleador de esa misma temporada marcó 16. 16. La mitad. Eso no es ser el mejor de la liga, eso es estar en una categoría diferente a todos los demás. La gente que cubría el fútbol mexicano en esa época empezó a decir cosas que nunca se habían dicho sobre un jugador en esta liga, que era el mejor que había llegado jamás de otro país, que sus números no tenían comparación con nada que se hubiera visto antes, que si seguía así, el récord de goles de la liga iba a quedar en sus pies y
probablemente ahí se quedaría para siempre. No se equivocaron y en esa época había un joven delantero en el equipo que lo observaba entrenar, que lo seguía con los ojos durante los partidos, que aprendía de su movimiento, de su posicionamiento, de su manera de encontrar los espacios que los demás no veían.
Ese joven se llamaba Hugo Sánchez. Sí, ese Hugo Sánchez, el que años después ganaría el Balón de Oro europeo, el que se convertiría en el ídolo máximo del fútbol mexicano de todos los tiempos, el que marcó para el Real Madrid en cinco temporadas seguidas, siendo el mejor goleador de Europa. Ese Hugo Sánchez empezó su carrera profesional con los Pumas cuando Cabiño ya era la estrella indiscutida del equipo.
Compartían delantera, entrenaban juntos y en la última temporada que Evando tuvo con los Pumas, los dos terminaron empatados en el número de goles. Empatados, Cabiño y el que después fue considerado el mejor jugador latinoamericano de su generación. Ese detalle de Hugo Sánchez parece menor ahora no lo es.
Más adelante vas a entender por qué. Porque lo que México decidió hacer con cada uno después de que se retiraron explica una de las mayores injusticias que este deporte ha cometido. El Atlante. El milagro continúa. En 1979, Cabiño salió de Pumas. No fue por una pelea pública, no fue por un escándalo, e fue porque los potros del Atlante llegaron con una propuesta económica que Pumas, con su estructura universitaria y sus presupuestos institucionales, no podía igualar.
Y el hombre que había hecho campeón a los Pumas se puso la camiseta rojinegra de los potros de hierro. El fútbol mexicano lo esperaba con los brazos abiertos del otro lado. Lo que pasó en Atlante fue simplemente la continuación natural de lo que ya venía ocurriendo y porque Vanibaldo Castro no tenía un interruptor que le bajara el nivel.
Cuando estaba sano marcaba y en el Atlante estuvo sano. Temporada 7980, 30 goles. Quinto título de goleo, temporada 8081, 29 goles. Sexto título, temporada 8182, 32 goles, séptimo título consecutivo, siete títulos de goleo seguidos. Desde que entró a la liga hasta ese año, Tu cabiño había ganado el premio al goleador todos los años sin excepción en la liga regular.
Un hombre ya con más de 30 años marcando 30 goles por temporada. mientras sus contemporáneos en el fútbol europeo empezaban a hablar del retiro. Y ese año del 82 el Atlante llegó a la final del campeonato contra Tigres de la UANL. Guarda ese partido. La final de 1982, Atlante contra Tigres, va a aparecer de nuevo y tiene más que ver con la historia de Caviño de lo que imaginas ahora mismo, el campeonato que le negaron.
Esta es la segunda revelación que te prometí al principio, el campeonato de goleo que en realidad le negaron. Esta historia casi no se conoce fuera de los que siguieron el fútbol mexicano, de esa época muy de cerca. En la temporada 74-75, el primer año completo de Caviño en la Liga Mexicana, el brasileño terminó siendo el máximo goleador del torneo regular.
Pero la Federación Mexicana tenía en esa época una forma particular de otorgar el título de goleo que generó controversia. El premio oficial se calculaba sumando los goles de la fase regular más los anotados en la fase final o liguilla. Y en esa liguilla de ese primer año, otro jugador alcanzó o superó el total acumulado de cabiño.
El resultado, el título se otorgó al otro. Era la letra del reglamento. Probablemente sí, según cómo estuviera escrito. Era justo con lo que Cabiño había demostrado durante la mayor parte del torneo. Eso es lo que los periodistas de la época discutieron durante semanas. Lo que nadie pudo discutir es la reacción de Vanivaldo Castro cuando se enteró.
No reclamó en conferencia de prensa, no amenazó con irse. No habló de injusticia ante los medios. Solo dijo una cosa en privado de a los que estaban cerca. Así es el fútbol. El fútbol es así. La misma frase que le enseñó un soldado viejo en el mercado de Bahía cuando era niño.
Ahora volvía, pero con el peso de un título que sentía que había ganado y que otro tenía en las manos. Evanivaldo no hizo drama, siguió entrenando, siguió marcando y al año siguiente ganó el título sin discusión posible. Pero lo que vino después de su retiro fue mucho peor que un título de goleo perdido, porque lo que México le hizo a cabiño al final de su carrera no fue quitarle un premio deportivo, fue quitarle algo que ningún reglamento puede regular, el reconocimiento, el lugar, la dignidad de ser recordado como lo que era.
Cuando un hombre da 13 años de su vida a un país que no es el suyo, cuando pone en ese país los mejores años de su carrera, sus mejores goles, su nombre, lo mínimo que ese país puede hacer es no olvidarlo. Lo que le pasó a Cabiño fue exactamente lo contrario. Y empieza exactamente en el momento en que dejó de marcar goles.
La caída, el principio del fin. León y Tigres, 1983. Cabiño sale del Atlante. Llega al Club León en el estado de Guanajuato. Tiene 35 años. En el fútbol esa edad ya es la antesala del retiro para la gran mayoría. Luego los cuerpos de los delanteros empiezan a cobrar sus deudas después de décadas de arranques explosivos, de caídas al suelo, de disputas físicas que acumulan daño, aunque no siempre duelan en el momento.
Pero Cabiño no era la mayoría. Con el león tuvo una temporada que muchos delanteros de 20 años hubieran firmado sin pensarlo. 23 goles en la temporada 80 y 485. Octavo título de goleo de su carrera. El último ayudó al león a llegar a las semifinales del campeonato. Ahí se encontró de nuevo con los Pumas. Los mismos Pumas a los que había dado el primer título de su historia atrás, esta vez no pudo con ellos.
Los Pumas ganaron la semifinal y el león quedó fuera. Evanivaldo miró ese resultado y entendió algo que no le había dicho a nadie. El cuerpo ya no respondía igual. No era una lesión espectacular, no era un colapso dramático que se pudiera contar como una historia de tragedia médica. Era lo que le pasa a todos los seres humanos que llevan más de 15 años dándole al límite de sus posibilidades físicas.
El motor va perdiendo fuerza. Los arranques no son tan explosivos. El tiempo de recuperación entre partidos se alarga. La consistencia que durante años había sido su firma empieza a tener grietas. Los 30 goles por temporada ya no eran posibles, no porque la cabeza no quisiera, sino porque el cuerpo ya cobró su deuda.
En 1986, ese fue un año a Brasil, al Paisandú, una especie de respiro, un tiempo para mirarse de lejos y decidir si todavía valía la pena seguir y decidió que sí. En 1987 regresó a México a los Tigres de la Juanle para una última temporada. Nueve goles, 33 partidos y después silencio. ¿Qué hace un hombre que durante 13 años fue el más grande de su liga? El hombre que ninguna defensa podía detener, el que tenía récords que nadie se acercaba a romper.
Cuando ese mundo le cierra la puerta, ¿a dónde va el rey cuando ya no hay trono? El retiro y el sueño que nunca llegó. 1987. Cabiño se retira del fútbol activo. 312 anotaciones en México. Más que nadie, más que todos los que vinieron antes y más que todos los que han llegado después. Casi 40 años de que se fue y ese récord sigue intacto sin que nadie se haya acercado de verdad.
Carlos Hermosillo llegó a 294, Jaret Borgetti a 263, Andre Pierre Jigñ. El récord de Caviño es, en términos futbolísticos, un récord prácticamente inalcanzable, del tipo que los libros de historia dejan en el capítulo de casi imposible de romper. Y Evando tenía 40 años, energía, casi un sueño muy claro de lo que quería hacer con el resto de su vida futbolística.
Quería dirigir a los Pumas, el club que lo había convertido en leyenda, el club donde entregó el gol del primer campeonato, el club que había puesto su nombre en la historia del fútbol mexicano para siempre. Esperó la llamada. 1987, nada. 88, nada. Los años 90 llegaron y Cabiño siguió esperando. No de manera pasiva, sentado sin hacer nada.
Siguió cerca del fútbol, es buscando formas de conectar, demostrar que quería dirigir, de dejar claro que su conocimiento de la Liga Mexicana era algo que ningún entrenador importado de Europa podía igualar. Pero la respuesta de los dirigentes siempre era la misma variación del mismo tema. Ya veremos, ya te llamamos, te tenemos en mente, ya te avisamos.
Nunca llegó la llamada de los Pumas. No llegó la del Atlante, no la del león, no la de los Tigres. Solo para que lo pongas en perspectiva real. Entre 1987 y los años 2000, más de 12 años, ningún club del fútbol mexicano le ofreció a Cabiño trabajo como técnico en serio. 12 años. El mayor goleador de la historia de la liga, sin trabajo, sin proyecto, sin nada.

Mientras otros entrenadores llegaban de Europa con metodologías modernas y nombres desconocidos. El problema fue que en el fútbol mexicano de los años 90 había llegado una nueva moda de los técnicos argentinos, uruguayos, españoles con títulos universitarios de entrenador, nomenclatura táctica europea, metodologías de papel, periodizaciones escritas en pizarrones.
Y Cabiño no encajaba en ese perfil, no porque no tuviera conocimiento, sino porque el tipo de conocimiento que él tenía era el que no cabe en un título universitario ni en un PowerPoint. Era el conocimiento del que vivió 13 años dentro de esa liga. Y en el fútbol moderno eso a veces vale menos de lo que debería. El regreso que nadie esperaba.
Esta es la tercera revelación que te prometí al principio, el único intento real que tuvo de dirigir en México, lo que encontró cuando llegó. 1998. Cabiño lleva 11 años esperando una oportunidad para ser técnico y entonces llegó. No de los Pumas, no del Atlante, no de ninguno de los equipos donde había sido leyenda.
Llegó de los lobos de la Boap el equipo universitario de Puebla, un club modesto que buscaba un nombre para generar expectativa e ilusión entre su afición. Alguien tuvo la idea de llamar a Evando Castro, el mayor goleador de la historia de la liga disponible con experiencia, con nombre, con historia. Sobre el papel parecía perfecto.
Cabiño llegó con ilusión genuina con todo lo que había aprendido en 13 años de jugar al máximo nivel. Pes con la cabeza llena de ideas concretas sobre cómo un delantero debe moverse dentro del área, cómo un equipo debe atacar los espacios, cómo se construye una delantera que genere peligro real. El problema fue que nadie había pensado bien lo que implicaba esa propuesta.
Los lobos Buab tenían los jugadores para ejecutar lo que Cabiño imaginaba. No tenían la infraestructura de entrenamiento. No tenían el presupuesto para refuerzos. Es si la verdad más incómoda de decir, no tenían la paciencia institucional para esperar a que un técnico nuevo construya algo desde cero.
En el fútbol mexicano de esa época y en muchos clubes del mundo en ese momento, cuando los resultados no llegaban en las primeras semanas, la solución era siempre la misma, cambiar al técnico. cabiño. Duró muy poco, semanas, no meses. Lo que nunca se contó después es lo que Evando Castro llevó de regreso a Brasil después de esa experiencia.
Lo único que me falta para ser completamente feliz es dirigir a los Pumas, dijo en una entrevista de 2014. Lo dijo con esa voz tranquila que siempre mantuvo en público, sin rencor visible, sin acusaciones directas. Pero quienes lo conocían de cerca y escucharon esa frase sabían exactamente lo que había detrás.
Años de puertas cerradas y silencio que pesaban demasiado para seguir ignorándolos. El fútbol es así. había dicho de joven cuando no lo dejaban jugar en la playa de Bahía. No, el fútbol es así cuando le quitaron el título de goleo en su primer año. El fútbol es así cuando esperó 12 años que nunca llegaron. A los 65 años, la frase ya no sonaba a filosofía de vida, sonaba a resignación de alguien que ha entendido que las reglas nunca estuvieron hechas para él.
Pero lo peor no fue que México no le diera trabajo de técnico. Lo peor fue lo que pasó cuando se quedó completamente solo. Y ese momento llegó más pronto y más duro de lo que él mismo esperaba. El olvido. El capítulo más duro. A partir de los años 2000, Cabiño desapareció del fútbol mexicano.
No hubo escándalo que lo sacara. No hubo declaración polémica, no hubo pelea pública con ningún directivo, simplemente dejó de aparecer y el fútbol mexicano siguió girando con sus nuevos héroes, sus nuevas estrellas, sus nuevos goleadores que se acercaban un poco al récord de 312, pero nunca llegaban. Y los años pasaron. Los aficionados jóvenes empezaron a crecer sin saber quién era Cabiño, sin haber visto un partido de Pumas con él adentro, sin conocer qué significaban 34 goles en una sola temporada para una liga que en esa época raramente veía a alguien
llegar a 20. Evando regresó a Salvador de Bahía a la ciudad donde nació, donde de niño hacía pelotas de calcetín porque no tenía dinero para comprar una de verdad. Y ahí se quedó viviendo solo, sin la familia extensa de Bahía que ya tenía sus propios caminos, sin los compañeros del vestuario que se habían dispersado a sus vidas, sin los dirigentes que décadas atrás lo habían contratado con grandes palabras sobre lo que significaba para sus clubes, sin los aficionados que gritaban su nombre en el estadio Azteca.
solo y con diabetes. Una enfermedad que para cuando los periodistas lo encontraron en 2016 ya era parte central de su vida cotidiana. La dieta estricta, los medicamentos diarios, los cuidados que alguien debe hacer con precisión, que cuando uno lo hace solo, sin familia cerca que ayude o que recuerde o que esté pendiente, es una carga diferente, una carga más pesada.
Existe una entrevista que cambió la percepción de mucha gente sobre este caso. Tres periodistas mexicanos que lo buscaron durante semanas en Brasil, que siguieron pistas, que preguntaron en el barrio, que finalmente llegaron a la panadería del barrio de Bahía, donde el dueño le señaló una calle. Lo que encontraron cuando llegaron a su puerta describe mejor que cualquier dato lo que México le hizo a este hombre.
¿Recuerdas el cuarto caramelo que sembré al principio? El regreso a México para dirigir. Hay algo más de ese regreso que todavía no te conté. La entrevista de 2016, la verdad completa. Julio de 2016. Salvador de Bahía Brasil. Los periodistas René Tobar, Alejandro de la Rosa y Milton Aguirre del portal de ESPN México llegaron a la ciudad buscando a un hombre que el fútbol mexicano había olvidado por completo.
Llegar a él no fue fácil. Evan Ibaldo no atendía llamadas de números desconocidos y no tenía representante ni agente que facilitar el contacto. Había construido un muro de silencio a su alrededor después de tantos años en los que nadie lo buscaba. Y cuando alguien lo buscaba, era para hacerle preguntas y después desaparecer.
Fue el dueño de la panadería cercana a su casa, quien finalmente les dijo dónde vivía. un panadero del barrio, no un dirigente, no un club, no la federación, un panadero. Lo que encontraron fue un hombre de 68 años que vivía solo, pero en septiembre de 2014, Cabiño había regresado a Ciudad de México. Los Pumas lo invitaron con motivo de los 60 años del club, un homenaje a sus leyendas.
fotos, aplausos, discursos sobre lo que significó para la institución. Evando llegó con emoción genuina. Convivió con la nueva generación universitaria. Mandó mensajes de cariño a los aficionados y después se fue de regreso a Bahía sin que nadie le ofreciera trabajo, no sin que nadie le preguntara qué podría aportar al club al que había dado el primer campeonato.
Sin que ninguna conversación seria sobre su futuro vinculado a los Pumas. llegara a suceder el homenaje de los aplausos y la foto, y el silencio de vuelta. Fue después de ese viaje que algo en Evanivaldo terminó de romperse por dentro. No dramáticamente, no de golpe. Fue despacio, como cuando uno espera tanto tiempo algo que siente que merece y finalmente acepta que ese algo no va a llegar.
Y en esa entrevista de SPN en 2016 lo dijo. He llorado miles de veces, dijo con voz baja. No fue un grito, no fue una acusación fuerte, fue una voz tranquila que de alguna manera dolía más que si hubiera gritado. No me trataron como merecía ser tratado. Fuera de la cancha era una buena persona. Me dolió hasta las lágrimas ese olvido.
Y entonces agregó la frase que lleva años siendo lo más honesto que cualquier exjugador le ha dicho al fútbol mexicano en público. El fútbol es así. Cuando estás bien te besan los pies. Cuando ya no, te dan una patada por la cola. Ahí están las cuatro palabras que te prometí desde el inicio. Me dolió hasta las lágrimas.
No las dijo con amargura performativa, las dijo con la honestidad de un hombre que ya no tenía nada que perder ocultando la verdad. Pero lo que más duele de todo esto no es el olvido en sí mismo. Lo que más duele es entender por qué pasó. Eso es lo que vamos a ver ahora. El contraste devastador, 1977, Estadio Azteca.
Más de 80,000 personas de pie. El gol que le dio a los Pumas el primer campeonato de su historia. Te cabiño alzando el trofeo. Los jugadores cargándolo en hombros. El brasileño que cruzó el océano y devolvió la gloria a un club universitario de México. 2016. Salvador de Bahía, un departamento solo, un hombre de 68 años con diabetes que le dice llorando a tres periodistas que tuvo que ir a una panadería del barrio para que alguien le dijera a esos periodistas dónde vivía.
39 años entre esas dos imágenes. 39 años. Ese es el precio que México le cobró a Cabiño por 312 goles. ¿Cómo se explica eso? ¿Cómo un país que tiene estadios que se llenan cada fin de semana, que llora cuando pierde en el mundial, que recuerda de memoria los goles de sus ídolos históricos, pudo olvidar al hombre que tiene más goles que nadie, absolutamente nadie en toda su historia.
La respuesta es incómoda y tiene que ver con algo que el fútbol hace con casi todos, pero que con cabiño fue especialmente cruel. ¿Por qué México lo olvidó? Esta es la cuarta revelación que te prometí al principio. La razón real por la que México no le dio el lugar que merecía. Mira, esto es lo que pasó realmente y hay que decirlo con claridad.
Cabiño tenía todo para ser una figura permanente del fútbol mexicano después de su retiro. Experiencia interna, nombre que abría puertas, conocimiento de la liga que nadie importado podía igualar y una manera de comunicar el juego que los que lo conocieron de cerca describían como clara y directa. Pero había factores que jugaban en su contra y que nadie tuvo el valor de decirle de frente.
Gay, el primero era el idioma. Evando había aprendido español en México, funcional y correcto para la comunicación cotidiana, pero con el acento y las particularidades del portugués que nunca desaparecieron del todo. No en un vestuario de jugadores jóvenes, en reuniones de directivos, en conferencias de prensa, ese detalle importaba más de lo que debería importar.
El segundo era el momento histórico. Los años 90 en el fútbol mexicano fueron la época de la modernización táctica. Los técnicos que llegaban con metodologías europeas, con periodizaciones escritas, con sistemas de videoanálisis, era la moda del momento. Y Cabiño no era ese tipo de técnico. era el técnico de la experiencia vivida, del ejemplo directo, del saber que viene de haber estado adentro durante más de una década, que es en muchos casos el más valioso, pero el más difícil de vender a una directiva que quiere ver papeles y
presentaciones. El tercero era el más incómodo de todos y tiene que ver con algo del carácter de Evanivaldo. Cavño nunca fue de los que tocan puertas. Toda su vida esperó que el fútbol lo llamara por lo que había hecho adentro de la cancha. Cuando marcaba 34 goles en una temporada, no necesitaba ir a convencer a nadie de que era el mejor.
Los números hablaban solos, pero en el mundo de las direcciones técnicas las cosas no funcionan así. Tosariro. Los que consiguen trabajo de técnico en el fútbol no son necesariamente los que más saben. Son los que mejor se mueven, los que tienen los contactos correctos, los que aparecen en el momento justo y en el lugar justo.
Cabiño esperó que lo llamaran y en México lar el silencio se leyó como desinterés solo para poner en contexto lo que México decidió con cada quien. Hugo Sánchez, que empezó su carrera compartiendo titularidad con Cabiño en los Pumas, dirigió a la selección mexicana, dirigió al Real Madrid, al Necaxa, a clubes en España.
Cabiño dirigió a los lobos Boab por unas pocas semanas. Eso es lo que el fútbol mexicano decidió que merecía cada uno y los dos empezaron en el mismo vestuario, en el mismo club, en la misma época. Evanivaldo Castro Silva Cabiño tiene 77 años en 2025. Sigue viviendo en Salvador de Bahía, la ciudad donde nació, la ciudad donde de niño hacía pelotas de calcetín.
En 2018 abrió una página de Facebook donde sube contenido apoyando principalmente a los Pumas. Comparte fotos de su época, comenta partidos, responde mensajes de aficionados que lo buscan desde México y que le recuerdan que no todo el mundo lo olvidó. En 2020 abrió su cuenta de Twitter Ahora X con la misma finalidad. El hombre que tiene el récord de goleador de la Liga MX comunica con sus aficionados a través de redes sociales porque es la única plataforma donde México todavía le habla.
Sigue enseñando fútbol a niños en los barrios de Bahía. 400 pequeños que reciben clases del mayor goleador de la historia del fútbol mexicano, sin que muchos de sus padres sepan exactamente quién es ese señor que les enseña a patear bien una pelota. Evando les habla de disciplina, de amor por los colores, de lo que significa respetar el juego.
Lo mismo que su tío militar le enseñó en los cuarteles de Bahía cuando era un niño sin padres y con más tercedad que talento. No, la gente no sabe que en el fútbol hay dos tipos de olvido. El primero es el olvido natural. El tiempo pasa, los ídolos cambian, las generaciones nuevas no conocen los nombres de antes.
Eso le pasa a todos en todos los deportes, en todos los países. Ningún récord protege a nadie del tiempo. El segundo es el olvido activo, el que ocurre cuando una institución, un deporte, un país entero decide que alguien que debería estar en el centro ya no es conveniente o ya no encaja en la nueva imagen, ya no sirve para algo concreto y lo deja afuera sin explicación y sin cuidado.
Cabiño sufrió los dos y el segundo fue el que lo hizo llorar en Bahía. frente a tres periodistas que fueron los únicos que tuvieron la decencia de ir a buscarlo. Cuántos hombres conoces que dieron todo por algo y terminaron sin que ese algo lo recordara. El fútbol es así, dijo Cabiño toda su vida.
Y cuando de niño hacía pelotas de calcetín porque no lo dejaban jugar. El fútbol es así. cuando llegó a un país extraño y tuvo que ganárselo gol por gol durante 13 años. El fútbol es así. Cuando le negaron un título de goleo que sentía que había ganado, el fútbol es así. Cuando esperó 12 años, un trabajo que nunca llegó. El fútbol es así. Cuando volvió a México para el homenaje y se fue con un aplauso y sin nada más.
El fútbol es así. Cuando lloró solo en Bahía, enfermo, es delante de tres periodistas que tardaron semanas en encontrarlo. El fútbol es así. La verdad es que sí, el fútbol es así, pero no tenía que serlo con él. 312 goles, ocho títulos. El salón de la fama internacional del fútbol en 2011.
El primer campeonato de Pumas, el hombre que Hugo Sánchez vio entrenar cuando era un joven que aprendía a jugar y el panadero del barrio que tuvo que decirle a tres periodistas dónde vivía. Si esta historia te movió algo y si ahora ves diferente lo que significan esos 312 goles, ayúdame a que más personas la conozcan. Un like, una suscripción para que historias como esta no se queden en el mismo olvido que sufrió él.
La próxima semana, Hugo Sánchez, el hombre que aprendió al lado de Cabiño y se convirtió en el ídolo que México sí recordó. Pero lo que pasó detrás de las cinco temporadas seguidas ganando el pichichi en España, lo que su familia pagó, lo que nadie te contó de sus conflictos en el Real Madrid, eso es una historia diferente. Nos vemos ahí.
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