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CABINHO : Como Vive a sus 76 Años es MUY TRISTE

CABINHO : Como Vive a sus 76 Años es MUY TRISTE

La verdad salió a la luz 312 goles, ocho títulos de goleo, récords que llevan casi 40 años sin romperse. El mejor goleador extranjero en la historia completa del fútbol mexicano. Y un hombre llorando solo en Salvador de Bahía, enfermo, olvidado, que en 2016 le dijo a un periodista, “Me dolió hasta las lágrimas ese olvido.

Nadie lo, nadie lo llamó, nadie preguntó cómo estaba, mientras el país que él hizo grande seguía jugando fútbol como si él nunca hubiera existido. Su nombre era Evanivaldo Castro Silva. En México lo conocieron como Cabiño, el cabota, el soldado del gol y lo que el fútbol mexicano le hizo después de que les dio todo nunca se contó completo.

Hasta hoy, en los próximos 55 minutos, vas a conocer cuatro cosas que nunca te contaron sobre Cabiño. Primera, el primer campeonato de goleo que en realidad le negaron, el torneo donde metió más goles que nadie y la federación le dio el título a otro. Esto casi nunca salió en los periódicos grandes de la época.

 Segunda, lo que pasó la noche del gol más importante de su vida, la final de 1977, el momento exacto donde Pumas ganó su primer campeonato. Hay algo que ocurrió horas antes de ese partido que cambia cómo ves esa noche para siempre. Tercera, ¿por qué México nunca le dio trabajo de entrenador? El único intento que tuvo, lo que encontró cuando llegó.

 ¿Y por qué regresó a Brasil convencido de que este país no lo quería? Y la cuarta, la frase exacta que dijo llorando en 2016 solo en su casa de bahía cuando un periodista logró encontrarlo después de semanas de buscarlo. Cuatro palabras que resumen todo lo que le hicieron. Esa te la guardo para el final. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Si te vas antes, te pierdes la respuesta a por qué el hombre con más goles en la historia de este país terminó completamente solo. Guarda esto. Hay una frase que dijo ese día. Cuatro palabras. Ya llegamos a ellas. Salvador de Bahía, Brasil, 1948. Una ciudad de mar azul y pobreza real. Una ciudad donde el sol golpea fuerte desde las 6 de la mañana y donde los niños aprenden muy rápido que nadie les va a regalar nada.

 Evanivaldo Castro Silva nació el 28 de abril de ese año en una familia de 14 hermanos. 14. No de padre y madre diferentes. Del mismo padre Evaristo, que en total tuvo 38 hijos con distintas mujeres a lo largo de su vida. 38. Una familia tan grande que ni siquiera todos se conocían entre sí. Lo primero que Evando aprendió en esta vida es que en una familia así tienes que ganarte tu lugar todos los días.

Que nadie te espera en la mesa con tu plato servido. Que si no llegas rápido no hay comida. Que si no eres el más fuerte, el más terco o el más rápido, te quedas afuera. Eligió las tres. La verdad es que Evando nunca tuvo infancia tranquila. Muy chico, perdió a sus padres. Los detalles exactos de cómo fue eso nunca los contó completos en ninguna entrevista.

Solo dijo una vez de pasada que de un momento a otro se quedó solo y que su tío lo tomó a su cargo. Ese tío era comandante de la policía militar de Bahía, un hombre de uniforme, de disciplina, de órdenes que se cumplen sin preguntar y sin explicar. No, un hombre que despertaba a las 5 de la mañana y esperaba que todos en su casa hicieran lo mismo, que no entendía la pereza, que creía que el carácter se forma con exigencia, no con cariño.

Así creció Evanivaldo entre cuarteles, entre soldados, entre el olor a cuero y metal y pólvora. Y de ahí le vino el apodo que lo acompañaría toda su vida. Los soldados empezaron a llamarlo cabo, primero en broma, después en serio, por la manera en que vestía. Al niño le gustaba ponerse ropa de camuflaje. Le gustaba la parafernalia militar, los uniformes, las botas, los colores verde y café del ejército.

El niño sin padres, que se crió entre uniformes, encontró en esa ropa algo que lo hacía sentir que pertenecía a algo grande. Cabo, después cabito con el tiempo y el cariño del barrio. cabiño. El apodo que México entero terminaría gritando décadas después en el estadio Azteca. El problema fue que Cabiño no nació para ser soldado e nació para meter goles.

¿Qué hace un niño huérfano sin dinero en una ciudad como Salvador de Bahía en los años 50? lo que puede, lo que sabe. Y Evando sabía una sola cosa con certeza absoluta, que cuando tenía un balón en los pies, nadie en el barrio podía quitárselo. El niño que hacía sus propias pelotas, che, la verdad es que al principio no era tan bueno.

 El propio cabño lo confesó muchos años después, ¿no? En una entrevista con la jornada de México, riéndose de sí mismo con esa carcajada amplia que tenía. Era muy malo, la verdad. Siempre era el último en ser elegido en el barrio. Nadie me quería en su equipo. Nadie. El futuro máximo goleador de la historia de la Liga MX era el último en ser elegido en los picaditos de la playa de Bahía.

Pero había algo que lo diferenciaba de todos los demás. Era terco. Terco como pocos. Terco como solo lo son los que saben que no tienen otra opción. Cuando los otros niños de Bahía no lo dejaban jugar, Evando no se iba a su casa a llorar. Hacía sus propias pelotas, calcetines rellenos de ropa vieja, buches de puercos repletos de papel periódico apretado y amarrados con hilo de costura, balones caseros que rodaban chueco, que picaban raros sobre la arena, que no servían para el fútbol de verdad, pero que a él le servían para practicar solo

en la playa bajo el sol de las 4 de la tarde, cuando los demás ya habían han ido a descansar solo, sin público, sin rivales, solo él y ese balón defectuoso y la misma repetición de siempre. Disparar, recuperar, disparar, recuperar. Lo que me llevó a convertirme en un gran goleador, dijo muchos años después con la voz tranquila de quien ha procesado todo.

 Fue la terquedad de cumplir mis sueños en el fútbol. No el talento, la terquedad y también lo que aprendió al lado de su madre antes de quedarse sin ella. Doña Evaristo vendía comida en el mercado a los soldados del cuartel del tío. Y ese niño que la acompañaba, el que cargaba las ollas pesadas de frijoles y arroz, el que repartía los platos, el que recibía los centavos de propina con una sonrisa educada, ese niño observaba como los militares hablaban entre sí de disciplina, de entrenamiento, de repetición diaria, de que nada grande se construye de un día para el otro.

Un soldado viejo le dijo una vez y sin saber que le estaba cambiando la vida. El fútbol es así, muchacho. El que más practica gana. El fútbol es así. Evanivaldo lo grabó en ese lugar de la cabeza donde no se olvidan las cosas importantes y empezó a practicar de verdad. A los 16 años alguien fue a verlo jugar.

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