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A los 80 años, José Luis Perales nombró a los cinco cantantes que más odia.

A los 80 años, José Luis Perales nombró a los cinco cantantes que más odia.

¿Y por qué llevas 6 años en silencio? 6 años. Bueno, yo creo que el autor tiene que tomarse sus descansos. Nadie lo esperaba de él. Durante décadas fue el rostro más sereno de la música española. Un poeta discreto, un caballero en un mundo de egos encendidos. Pero a los 80 años, José Luis Perales rompió su silencio y dejó al país entero con la boca abierta.

 En una conversación íntima fuera de cámaras y sin intención de hacer titulares, confesó algo que llevaba guardado en el alma desde hace décadas. No fue una crítica al sistema, no fue un lamento sobre la industria, fue algo mucho más humano. Nombró uno a uno a cinco cantantes a los que nunca pudo perdonar. No usó insultos, no hubo ira, solo un tono calmo casi nostálgico que hacía aún más incómoda la revelación.

Porque cuando alguien tan respetado como él habla desde la herida, es imposible no escuchar. ¿Qué ocurrió detrás de las luces? ¿Qué traiciones, desplantes o silencios marcaron su camino? ¿Qué verdades ocultas se arrastraban bajo el escenario de la música española? Hoy esas respuestas salen a la luz y cambian por completo la imagen que teníamos del hombre que todos creían incapaz de odiar.

 José Luis Perales nació en 1945 en un pequeño pueblo de Guadalajara llamado Castejón. Alejado del bullicio de las grandes ciudades, creció en una familia modesta, rodeado de silencios largos, campos infinitos y una sensibilidad que lo diferenciaba del resto. No soñaba con la fama ni con multitudes gritando su nombre. soñaba con escribir y con decir cosas que otros no sabían cómo decir.

 Su ascenso no fue meteórico, fue lento y profundo. A finales de los años 60 irrumpió en la escena musical con una propuesta distinta. Mientras otros cantaban con fuerza, él lo hacía con ternura. Mientras otros llenaban titulares con romances y excesos, él llenaba corazones con frases simples que hablaban de amor, ausencia y tiempo. Y cómo es él, te quiero.

 Un velero llamado libertad. No eran solo canciones, eran parte de la memoria emocional de un país entero. Su estilo discreto y su rechazo a los focos mediáticos lo convirtieron en un enigma fascinante. No aparecía en portadas de revistas del corazón, no opinaba en debates políticos, no se involucraba en polémicas y quizás por eso mismo su figura crecía aún más.

Durante los años 70 y 80, Perales se transformó en uno de los compositores más importantes de habla hispana. No solo cantaba, escribía para otros y muchos de esos otros fueron grandes. Rafael Rocío Jurado, Isabel Pantoja, Julio Iglesias. Su pluma estaba detrás de varios de los mayores éxitos de la música española, pero no todo era armonía.

 El mundo de la música, como él mismo reconocería años después, estaba lleno de máscaras, sonrisas ensayadas, abrazos vacíos, promesas incumplidas. Aunque evitaba el conflicto, Perales no era ingenuo. Vio como algunos cantantes a los que él admiraba se aprovechaban de su humildad, cómo otros callaban cuando debían defenderlo y cómo ciertos gestos pequeños se convirtieron con el tiempo en heridas imposibles de olvidar.

 Su rechazo a los excesos del espectáculo lo alejaba de ciertos círculos. Mientras otros cultivaban fama, él cultivaba silencio. Mientras otros competían por estar en el centro, él se sentaba a un lado, pero desde ese lado observaba todo, guardaba, recordaba y también sufría. Años más tarde, cuando el ruido bajó y ya no había nada que demostrar, Perales decidió hablar, no por venganza, sino por necesidad.

 Y en ese momento de lucidez amarga, reveló algo que pocos esperaban. Había cinco nombres que jamás pudo perdonar. El inicio de la carrera de José Luis Perales fue sereno, casi invisible. Mientras otros buscaban los focos, él se refugió en los estudios de grabación. comenzó escribiendo para otros, firmando éxitos que muchas veces no llevaban su nombre en los créditos, pero su talento era imposible de ocultar.

 Su forma de construir versos sencillos y profundos captó la atención de productores y artistas por igual. En pocos años, su nombre ya era respetado en los pasillos más influyentes de la música española. El verdadero punto de inflexión llegó en los años 70. con su disco Mis canciones Perales, no solo encontró su voz como intérprete, sino también un lugar en el corazón del público.

 El éxito fue inmediato, pero discreto como todo en él. No causaba euforia, causaba conexión y esa conexión era más fuerte que cualquier escándalo. A medida que su figura crecía, también crecían las tensiones. La industria musical de la época era un campo minado. Las discográficas negociaban artistas como si fueran piezas de ajedrez.

 Las envidias entre cantantes eran constantes y Perales, por más que intentara mantenerse al margen, no estaba inmune a ese juego. El primer incidente serio ocurrió con un artista al que había admirado profundamente. Según fuentes cercanas, Perales le ofreció una canción que escribió con dedicación y afecto.

 El artista aceptó, pero nunca lo acreditó públicamente. El tema se convirtió en un éxito. Y Perales, con su estilo habitual no protestó, pero guardó silencio. Un silencio que se volvería más pesado con los años. Otro episodio que marcó su historia fue la ruptura de una colaboración soñada. Se trataba de un dueto con una cantante mítica ya fallecida.

Todo estaba listo, la letra, la melodía, el estudio reservado. Pero en el último momento ella se negó. Según los rumores, fue aconsejada por su entorno para no rebajarse a cantar con alguien tan tranquilo, tampoco mediático. Esa frase, según allegados, dolió como pocas cosas en su vida. Y así poco a poco el poeta fue coleccionando decepciones, algunas pequeñas, otras devastadoras, pero todas reales.

 Lo más curioso es que el público jamás lo supo. Mientras las cámaras mostraban a un hombre sereno, la realidad era otra. En privado, Perales vivía con la tensión constante de sentirse incomprendido en un mundo que premiaba lo ruidoso, de ver como algunos de sus colegas recibían aplausos por canciones que él había escrito en soledad, de observar como el sistema ignoraba su contribución silenciosa.

El clímax emocional de esta etapa llegó cuando en una entrega de premios en los años 90, uno de los galardones más importantes fue otorgado a un cantante que utilizó sin autorización fragmentos de una melodía suya en su álbum. Perales, sentado en la misma sala, aplaudió. No dijo nada, pero quienes lo conocen aseguran que ese día algo dentro de él se quebró.

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