La industria no supo cómo explicarlo. Los oyentes tampoco la pegaron igual. Todavía no puedes escucharla sin que algo en el cerebro se encienda sin pedirte permiso. Número 13, The Beatles. Twist and Shout. ¿Cómo grabas la mejor toma de tu carrera con la garganta destrozada? John Lennon tenía fiebre y la garganta destruida.
Ese día le avisaron que era la única toma posible. Si repetían, la voz no aguantaba. Busca el momento donde la voz raspa más. Eso que escuchaste era el sonido de alguien en el límite físico de lo que podía hacer. No fue intención artística, fue urgencia real. Por eso suena como algo que no podría haber salido de otra manera. Lo que viene ahora también llegó casi por error.

El director de la película no lo quería adentro. Número 12, Elvis Presley. Can’t help falling in love. Esta canción casi no entró en la película para la que fue hecha. Elvis la grabó para una película que la industria daba por perdida. El director la consideraba demasiado lenta para el ritmo del film y no quería incluirla. La dejaron casi por descuido.
Una canción que nadie quería incluir se convirtió en la más versionada de todo su catálogo, más que cualquier canción que Elvis haya defendido desde el principio. El que viene ahora también nació en 20 minutos y el autor lo supo de inmediato. Número 11, Roy Orbison o Pretty Woman. 20 minutos.
Eso fue todo lo que necesitó para escribirla. Orbison la compuso mientras su esposa salía a hacer las compras. Cuando ella volvió, le dijo que ya no hacía falta el dinero. La canción estaba lista. Sientes cuando el reif entra como algo inevitable. Hay algo en ese rif de apertura que el cerebro reconoce antes de que la canción empiece de verdad. Orbison lo sabía.
esa tarde. Lo que había escrito en 20 minutos no necesitaba más tiempo del que tenía. ¿Te acuerdas la primera vez que ese rif te detuvo en lo que estabas haciendo? Número 10, The Beach Boys, Surfing U. ¿A quién le pertenece esta canción? La respuesta no es la que esperas. Los Beach Boys la construyeron sobre la melodía exacta de una canción de Chuck Berry sin pedirle permiso.
Cuando Berry lo descubrió, exigió aparecer como coautor. Hoy la canción figura como compuesta por él. Eso que escuchaste terminó siendo propiedad legal de alguien que nunca estuvo en el estudio. Berry no se dio. Su canción más conocida lleva otro nombre en los créditos hasta hoy. Lo que viene ahora también fue una canción que la industria no sabía cómo clasificar, pero por otra razón.
Número nueve, Angélica María. Eddie, Edy. 15 años y la industria mexicana no sabía qué hacer con ella. Todas desean con él y pasear. Tenía 15 años cuando la grabó. Nadie sabía cómo clasificar a una adolescente cantando en ese estilo. La llamaron la novia de México como forma de contenerla en algo que no la limitara.
Lo que nadie sabía entonces es que esa etiqueta inventada para clasificarla se convirtió en el título más duradero de su carrera. No fue una categoría, fue una corona que nadie le pidió que se pusiera. Vive para mí con su guitarra. La que viene ahora también llegó a toda Latinoamérica por el cuerpo antes que por el nombre.
Número ocho. The contours. Do you love me? Esta canción fue el segundo plato de alguien y llegó más lejos que el primero. Motown la había escrito para su artista principal y se la dio a de contours casi como consuelo. El artista para quien la escribieron nunca tuvo un hit tan grande. Ese momento que acabas de escuchar era el sonido de una segunda oportunidad que nadie había planeado dar.
En Latinoamérica se instaló en cada salón de baile sin que nadie supiera que era el plan B de otra persona. Lo que viene ahora también fue rechazado cuatro veces. A la quinta todo cambió. Número siete, The Four Seasons, Sherry. Cuatro nombres distintos, cuatro rechazos.
Con el quinto llegaron al número uno. Habían grabado bajo cuatro nombres distintos y habían sido rechazados por cada sello al que fueron. Con Sherry llegaron al número uno en la primera semana. Fíjate cuando el falsete entra sin pedir permiso. El quinto intento era idéntico en forma y energía a los cuatro anteriores.
No cambiaron la fórmula, cambiaron el nombre y esa vez alguien que podía decir que sí estaba escuchando. Cuatro veces que alguien dijo que no. Una que alguien escuchó distinto. Número seis, Sam de Sham y los Ferrow, Woolly Bully. Cu la letra no tiene ningún sentido. Eso no le importó a nadie en toda América.
Nadie en la banda supo explicar qué significaba ni de dónde salió. La grabaron en una tarde sin plan y se convirtió en una de las más vendidas del año en todo el continente. Lo que nadie sabía entonces es que el sin sentido era parte del plan sin que nadie lo hubiera planeado.

Una canción que no dice nada concreto no puede envejecer. No hay nada que se vuelva obsoleto. La que viene ahora costó $90,000 y 6 meses. El resultado también es imposible de explicar. Número cinco, The Beach Boys Good Vibrations. Fue la grabación más cara de la historia hasta ese momento y se nota. Brian Wilson la grabó en 17 sesiones a lo largo de 6 meses.
Los fragmentos nunca estuvieron en el mismo estudio. Al mismo tiempo. la armó como un rompecabezas que nadie más podía ver completo. El resultado fue algo que la radio no sabía cómo clasificar. No era surf, no era pop, no era nada que tuviera nombre todavía. Wilson lo llamó una sinfonía de bolsillo.
Bien gastados. La primera vez que la escuchaste pudiste identificar en qué momento la melodía te atrapó. Número cuatro, Tommy James y los Shondells. My ¿Cómo se llama una canción cuando el autor no tiene idea del nombre? Tommy James buscaba un nombre y no encontraba ninguno.
Se asomó por la ventana en Nueva York y vio el cartel del edificio Mutual of New York. Las siglas eran M O N I. Eso que escuchaste terminó llevando el nombre de un edificio de seguros que ya no existe. La canción sigue, el edificio no. Hay algo casi perfecto en que el título más repetitivo del año naciera de algo tan accidental.