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El Funeral Sin Ataúd en Ronda

El sol de julio caía sobre la ciudad de Ronda con la ferocidad de un castigo divino. El aire, denso y cargado con el aroma a polvo, incienso y sudor frío, parecía asfixiar a las docenas de personas congregadas en el antiguo cementerio de San Lorenzo, al borde del precipicio del Tajo. Allí, donde la tierra se abría en una garganta vertiginosa de más de cien metros de profundidad, la élite de Andalucía se había reunido para despedir a Alejandro Valdivia, el patriarca de un imperio comercial que se extendía desde los olivares del sur de España hasta los puertos mercantes de Tánger y Marsella.

Alejandro había sido un hombre temido y reverenciado a partes iguales. Su muerte, un infarto fulminante en la soledad de su biblioteca dos noches atrás, había dejado un vacío de poder que ya empezaba a agrietar los cimientos de la familia. Mateo, su hijo mayor, permanecía de pie en primera fila, con el rostro tallado en la misma piedra pálida que las lápidas que los rodeaban. Llevaba un traje negro de corte impecable, pero por dentro, una tormenta de alivio y terror amenazaba con devorarlo. Su padre estaba muerto. El monstruo que había controlado cada aspecto de sus vidas finalmente descansaba. O eso creían.

Seis hombres, elegidos entre los socios más cercanos y el propio Mateo, se acercaron al imponente féretro de caoba maciza adornado con herrajes de plata esterlina. El sacerdote, un hombre anciano de voz temblorosa, pronunciaba las últimas palabras en latín mientras el sudor le resbalaba por la frente.

—Requiem aeternam dona ei, Domine…

Mateo agarró el asa fría de plata. Esperaba el peso aplastante de la madera noble y el cuerpo inerte de su padre. Sin embargo, al dar la señal para levantar, ocurrió lo impensable. El ataúd se alzó del suelo con una facilidad grotesca, casi cómica. Los seis hombres, impulsando una fuerza innecesaria, perdieron el equilibrio. El féretro, desprovisto de su ancla gravitacional, se inclinó bruscamente hacia la izquierda. La tapa, que el sepulturero aún no había atornillado del todo por exigencias de última hora de la viuda, cedió ante la física.

El crujido de la madera al deslizarse resonó como un disparo en el silencio absoluto del cementerio. La tapa cayó al suelo polvoriento levantando una nube de tierra ocre.

Un grito desgarrador, agudo y primitivo, cortó el aire. Fue la madrastra de Mateo, Isabella, quien se llevó las manos al rostro, desfigurado por el horror.

El ataúd estaba vacío.

No había cuerpo. No había mortaja. Solo el impecable y ridículo forro de seda blanca, impoluto, burlándose de los presentes. Cientos de ojos pasaron de la caja vacía al rostro estupefacto de Mateo, y luego al precipicio del Tajo, como si esperaran que el cadáver del magnate hubiera decidido arrojarse por el abismo en un último acto de rebeldía póstuma.

El murmullo estalló. La alta sociedad, los políticos corruptos, los rivales comerciales, todos rompieron el protocolo funerario en un caos de voces histéricas y especulaciones. ¿Robo de cadáveres? ¿Un macabro mensaje de la mafia marroquí? Mateo retrocedió, el corazón golpeándole las costillas con la fuerza de un martillo. Su mente racional buscaba una explicación. Él mismo había visto el cuerpo de su padre en la morgue privada de la finca antes de que los funerarios lo sellaran.

Entonces, sintió algo que lo paralizó por completo.

Una vibración rítmica y ahogada contra su muslo derecho. Su teléfono móvil.

Nadie en su sano juicio recibiría una llamada en medio del funeral de su propio padre, mucho menos la atendería. Pero la vibración persistía, insistente, como el latido de un corazón enterrado. Con manos temblorosas, mientras a su alrededor el cementerio se convertía en un circo de pánico y los guardaespaldas de la familia sacaban sus armas temiendo un atentado, Mateo deslizó la mano en el bolsillo de su pantalón.

Sacó el dispositivo y miró la pantalla a través del resplandor abrasador del sol andaluz. La sangre se le heló en las venas. El mundo entero dejó de girar. El sonido a su alrededor se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos.

El identificador de llamadas mostraba un nombre que debería haber estado borrado para siempre de la red de los vivos: “Padre”.

No era una llamada. Era un mensaje de texto.

Mateo tragó saliva, sintiendo que su garganta estaba llena de cristales rotos. Deslizó el dedo por la pantalla y abrió el mensaje. Las palabras, simples y crudas, estaban escritas con la urgencia de un moribundo:

«Mateo. No sé cómo. No puedo respirar. Oscuridad total. Hay agua goteando. Piedra vieja. El aire se acaba. Batería al 3%. Sácame de aquí. Es el nivel inferior. El Puente. Ayúdame.»

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