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SALVADOR SÁNCHEZ: AL FIN LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ

SALVADOR SÁNCHEZ: AL FIN LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ

fue el boxeador mexicano que a los 21 años se convirtió en campeón mundial peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Fue el hombre que humilló a Wilfredo Gómez. 44 victorias, 32 por knockout. Y ese mismo hombre, muerto con el cráneo destrozado en la carretera. Las autoridades cerraron el expediente en cuatro miserables días.

 Le robaron toda su fortuna y su entrenador, Cristóbal Rosas se llevó el silencio a la tumba. Esto no fue un accidente. Hoy la verdad completa sobre Salvador Sánchez salió a la luz. Hoy vas a saber la oscura verdad de quién mató a Salvador Sánchez. Lo peor de todo, lo que encontraron en la carretera aquella madrugada que jamás debió estar ahí. Aún más oscuro.

 ¿Por qué se dejó de investigar después de cuatro miserables días? Y lo peor de toda su vida, ¿quién le robó los millones de dólares que había ganado sobre el ring? Pero antes de todo eso, tienes que saber cómo llegó Salvador Sánchez a lo más alto del boxeo mundial. Santiago Tianguistenco, Estado de México. 26 de enero de 1959.

En una casa de adobe, sobre un colchón puesto directo en el piso de tierra, María Luisa Narváez Arcos dio a luz a su tercer hijo. Lo llamaron Salvador en honor al patrono del pueblo. El padre Felipe Sánchez Guerrero, trabajaba la tierra desde antes de que amaneciera. sembraba maíz, frijol, algo de calabaza.

La madre atendía a los cinco hijos y remendaba ropa ajena para completar el gasto. Salvador creció sin zapatos hasta los 7 años. Comía frijoles con tortilla dos veces al día, a veces tres, a veces solo una. Nadie en esa casa hubiera imaginado que ese niño flaco, callado, de mirada seria, terminaría rodeado de estrellas de Hollywood en Las Vegas.

 ni que millonarios estadounidenses pagarían fortunas por transmitir sus peleas en cadena nacional, ni que 23 años después terminaría muerto en una carretera, solo con el cráneo destrozado y con la fortuna desaparecida. Salvador era el quinto de siete hermanos. Julio, el mayor sería el que más años lo acompañaría en el boxeo, cuidándolo, protegiéndolo, guardando sus secretos.

Paula, la hermana, más tarde administraría con la madre el pequeño salón de belleza que Salvador les compró con sus primeros dólares ganado sobre el ring. Desde muy niño, Salvador tuvo dos amores, la lucha libre y las peleas de rancho. Le fascinaban los luchadores enmascarados que veía por las tardes en el televisor blanco y negro del vecino.

Blue Demon, el santo. 1000 máscaras. Se ponía trapos en la cara y peleaba contra sus primos en el patio imitando las llaves que veía en la pantalla. Pero un día alguien lo vio pelear y su vida cambió para siempre. Ese alguien se llamaba Agustín Palacios Rivera, un descubridor de talentos con ojo clínico para encontrar boxeadores.

 El mismo hombre que años antes había descubierto a Rubén, el Púas Olivares, el mismo hombre que había llevado a Chucho Castillo a ganar títulos mundiales. Don Agustín pasaba por Tianguistenco cuando vio al niño Sánchez peleando con otros dos chamacos en la calle. se detuvo, observó y esa misma tarde fue a buscar a Felipe Sánchez para hablar con él.

 Su hijo tiene manos, su hijo tiene ojo. Su hijo puede ser campeón del mundo si me lo deja llevar. Decis, Descis, Descisí, Descisí. Felipe se negó. La madre María Luisa se negó. En esa casa nadie quería que Salvador se dedicara a golpear gente por dinero, pero Salvador insistió, lloró, se escapó de la casa dos veces para ir al gimnasio.

 La tercera vez los padres se dieron. Tenía 13 años. Empezó a pelear como Amateur. Nueve combates, nueve victorias, todas antes del cuarto asalto. Su compañero de infancia, José Sosa, fue quien lo acompañó a esos primeros gimnasios de la Ciudad de México. Salvador dormía en el suelo del vestidor, comía lo que le regalaban, corría de 8 a 10 millas en la montaña, seis días a la semana.

 Debutó profesionalmente el 4 de mayo de 1975. Tenía 16 años. Su rival fue un boxeador de nombre Algardeno en Veracruz. Salvador lo noqueó en el tercer asalto. Pelea uno, knockout. La segunda, knockout. La tercera, knockout. 18 peleas en menos de 2 años. 18 victorias por knockout. Una racha que hasta los cronistas más veteranos del boxeo mexicano no habían visto desde los tiempos de El Púas Olivares.

 Pero en septiembre de 1977 en Mazatlán, Sinaloa, Salvador subió al ring contra Antonio Becerra. En juego el título mexicano de peso gallo. Salvador perdió por decisión dividida. Fue la única derrota de su carrera profesional. La única vez que un juez levantó la mano de otro boxeador frente a él. Salvador tenía 18 años y esa derrota lo marcó.

 No lloró frente a las cámaras, no dio entrevistas amargas. Volvió a Tianguistenco, empacó su ropa y le dijo a Agustín Palacios que quería cambiar de entrenador. Esa decisión tomada en silencio dentro de su cuarto sería la que cambiaría el rumbo de la historia del boxeo mexicano, porque Salvador contrató a un hombre que años después también entrenaría a Julio César Chávez.

Ese hombre se llamaba Cristóbal Rosas. Guarda ese nombre en tu mente porque Cristóbal Rosas es una de las figuras más importantes de esta historia y también una de las más silenciosas. Cristóbal Rosas era originario del mismo pueblo de Salvador, un hombre callado, terco, con una disciplina militar dentro del gimnasio.

 Cuando aceptó entrenarlo, le puso una condición. Nada de fiestas, nada de mujeres, nada de dinero prestado a nadie. Salvador aceptó todo bajo Cristóbal Rosas, Salvador subió de peso gallo a peso pluma. Empezó a estudiar a sus rivales en video. Empezó a lanzar combinaciones que jamás había ensayado como Amateur, un yaba, un contragolpe con la derecha que tumbaba y sobre todo una capacidad de resistencia que asombraba a los cronistas.

 Salvador podía pelear 15 asaltos completos sin que su ritmo bajara un solo segundo. En 1978 ganó cinco peleas y empató una. En 1979 ganó nueve, todas y en enero de 1980 llegó la llamada que cambiaría su vida. El presidente del Consejo Mundial de Boxeo, José Sulaimán, lo llamó personalmente al pequeño teléfono de la casa de su madre en Tianguistenco.

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