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La Triste Historia de Julieta Venegas, Tomé La peor decision de Mi Carrera

La Triste Historia de Julieta Venegas, Tomé La peor decision de Mi Carrera

Julieta Venegas, entre romances y polémicas. Una decisión equivocada, una canción que muchos sintieron fuera de lugar y un acercamiento con la presidenta de México hicieron que Julieta Venegas se pusiera de pechito en el ojo del huracán.  Y fíjense, amigos, no estamos hablando de cualquier artista,  estamos hablando de una mujer con más de dos décadas de carrera, premios internacionales, escenarios llenos y canciones que medio mundo ha cantado con el corazón destrozado, pero bastó una polémica relacionada con el mundial 2026

para que se armara la rebambaramba, porque para algunos aquello fue una canción con un mensaje bonito, pero Para otros fue una metida de pata en una carrera que por años había caminado derechita, sin tanto escándalo barato y sin andar vendiendo su vida privada como pan caliente. Una niña no  puede jugar fútbol, eso los niños del salón.

 Y pues cuando una artista tan reservada termina metida en tremendo borlote, la gente no tarda nada en voltear a ver todo lo demás, sus amores, sus conflictos, sus secretos y esa vida privada donde no entran los aplausos ni las luces del escenario. Hoy vamos a hablar de Julieta Venegas, pero no solamente de la cantante dulce, del acordeón, de los premios  y de los éxitos.

 Hoy vamos a entrar a la parte que casi nunca se cuenta. Sus romances, sus decisiones más comentadas, los amores que pasaron por su vida, las canciones que muchos creen que tenían destinatario escondido y las polémicas que la han seguido, aunque ella siempre haya querido mantenerse lejos del ruido. Porque una cosa es cantar arriba de un escenario y otra muy distinta es vivir las historias que pudieron haber inspirado esas despedidas.

Así que pónganse cómodos porque esta historia trae música, amor, desamor, críticas, rumores y una Julieta Venegas mucho más compleja de lo que muchos imaginan. Como siempre, si aún no están suscritos a nuestro canal, les invitamos a hacerlo. Activen la campanita, déjenos su like y compartan este video para que más personas conozcan estas historias que no siempre se cuentan sobre sus artistas favoritos.

 Pero ahora sí, sin más preámbulo, vámonos a lo que te truje, Chencha. La tímida, que no gritaba, pero dejaba huella.  Mucho antes de los premios, los escenarios llenos y las canciones que terminaron acompañando a media Latinoamérica, Julieta Venegas era una niña tímida que encontró en el piano un refugio y en la música una manera de decir lo que tal vez con palabras no le salía.

 Julieta nació en Estados Unidos, pero se crió en Tijuana. Como decía la india María, no era ni de aquí ni de allá, sino todo lo contrario. Vivía entre dos mundos, cruzando fronteras, escuchando cosas de un lado y del otro, creciendo con esa mezcla que después se le notaría hasta en la forma de cantar. Además es muy chistoso porque siempre he habido como una cosa en mi familia de vivir en los dos lados de la frontera, o sea, mi hermano, sus padres, José Luis Venegas y Julia Persebolt trabajaban en la fotografía.

Así que en su casa el arte no era cosa extraña. Había cámaras, retratos, eventos, trabajo y una familia grande donde seguramente el silencio era artículo de lujo. Julieta creció entre varios hermanos y además con su hermana gemela Ivón, quien también terminó metida en el mundo artístico,  pero desde la fotografía.

Vivíamos en una casita toda chiquita en playas, no cabíamos y decíamos, “¿Cómo se te ocurre? Además, ¿cómo le hicieron?” Pero el hecho de ser gemela no siempre fue un cuento bonito. Con su hermana hubo comparaciones, diferencias y momentos complicados. Una era de una forma, la otra de otra. Y ya saben cómo son las familias.

 A veces sin querer comparan como si estuvieran escogiendo fruta en el mercado. Desde niña la metieron a clases de muchas cosas: baile, pintura, natación, cocina y piano. Pero no todo se le daba igual. En algunas actividades no brillaba tanto, pero el piano fue otra historia. Ahí sí se quedó.  Y mire nada más cómo son las vueltas de la vida.

 Ese piano llegó a la casa como parte del pago de un trabajo de su papá. No llegó con anuncio de destino ni con música celestial.  Llegó como llegan muchas cosas importantes, casi de rebote. Todos los hermanos fueron a clases, pero poco a poco se fueron bajando del barco. La que se quedó fue Julieta.  No, era un piano usado.

 Además, me acuerdo perfecto del piano cuando llegó, que era un piano, además era bit como su maestra Margarita fue fundamental. Para Julieta, ir a clases de piano era lo mejor de la semana. Ahí se sentía segura. Ahí no necesitaba ser la más simpática ni la más habladora. solo tenía que tocar. Y cuando su papá le dijo que el piano era suyo, aquello fue como entregarle una llave.

 Una llave chiquita, pero capaz de abrirle la vida entera. Pero en casa también había mano dura. Su papá era estricto. Una vez, porque los hijos no lo saludaron como él esperaba, agarró la televisión y se la llevó. Y así como llegó el castigo, se quedó. La tele no volvió. Para cualquier niño, eso era una tragedia nacional.

 Pero con el tiempo esa ausencia también le abrió espacio a otras cosas: leer, tocar, imaginar y meterse más en su propio mundo. Imagínate, pero cómo se la llevó. Un día estábamos viendo la tele todos ahí felices y llegó y como no lo saludamos, entonces pum, agarró, entró y se llevó la tele y se fue. También desde adolescente empezó a marcar su estilo.

 Le gustaba comprar ropa en tiendas de segunda mano y armar sus propios vestuarios. Nada de seguir la moda porque sí, ella quería vestirse a su manera, pero un día llegó a su casa y encontró el closet vacío. Su mamá le había sacado la ropa porque no le gustaba cómo se vestía. Y ahí sí se armó la buena. Ni que me dijeran cómo me tenía que vestir, ni que la moda me lo dictara, ni que nadie me lo dictara.

 Yo como que me inventaba mis look. Julieta dejó de hablarle durante un mes. Para muchos podrá sonar exagerado, pero a esa edad la ropa no es solo ropa, es identidad, es carácter. Es decir, aquí estoy, aunque me dé pena. Y Julieta, tímida como era, también tenía su genio. Porque como dice el dicho, de que el agua es mansa, no te confíes, también ahoga.

 Con el tiempo, esa niña del piano empezó a acercarse a las bandas. Primero como tecladista, no como cantante. La primera vez que cantó fue casi porque hacía falta alguien que agarrara el micrófono. No empezó creyéndose diva ni descubierta por los ángeles. Empezó probando, equivocándose, gritando más de la cuenta y aprendiendo sobre la marcha.

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