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PIOJO HERRERA : CONFESÓ POR QUÉ LE PEGÓ A MARTINOLI

Estadio Azteca, 104,000 personas en el global. Cruz Azul iba 2 a0 arriba, faltando 5 minutos para el final. El piojo pateó la banca, pateó las botellas de agua, gritó a los jugadores que se metieran hasta el último minuto y mientras Cruz Azul empezaba la celebración anticipada, el América marcó dos goles en el minuto 90 y 91.

Llevaron el partido a tiempos extras y luego a penales, donde el América ganó su primer título de Liga MX. Esa noche el piojo en la cancha del Estadio Azteca cargado por sus jugadores, gritó una frase que se hizo viral esa misma noche. Gritó, “¡Soy el dueño del Azteca” y lo dijo mirando a la prensa que lo había criticado, a los directivos que habían dudado de él, a los aficionados que habían pedido su cabeza tres meses antes.

A partir de esa noche, el piojo se convirtió en el personaje más mediático del  fútbol mexicano. Sus celebraciones eufóricas en la banca daban la vuelta al mundo. Su forma de abrazar a los jugadores después de cada gol se hizo costumbre de cada partido.  Su personalidad frontal, combativa, sin filtros, empezó a llenar las pantallas de todos los hogares mexicanos y un día de octubre de  2013 la Federación Mexicana lo llamó.

Le ofrecieron una cosa que ningún director técnico  mexicano había soñado en 10 años. Le ofrecieron dirigir a la selección mexicana en el repechaje contra Nueva Zelanda para clasificar al Mundial de Brasil  2014. México estaba en crisis. Habían despedido a tres entrenadores en 6 meses.

Estaban a dos partidos  de quedarse sin Mundial por primera vez en 24 años. La federación necesitaba un héroe  que apagara el fuego y el piojo aceptó. 13 y 20 de noviembre de 2013. Dos partidos en 10 días.  México contra Nueva Zelanda en el repechaje, en el Estadio Azteca y en Wellington.

México ganó 5 a 1 en la ida,  4 a 2 en la vuelta, 9 a 3 en el global. Clasificación asegurada para Brasil 2014.  Y el Piojo, esa noche en Wellington lloró frente a las cámaras por primera vez en su carrera. Lloró de felicidad, lloró de orgullo, lloró porque había salvado al fútbol mexicano de su peor crisis en décadas y la federación lo confirmó como director técnico para el mundial.

Sueldo 60 millones de pesos al año. Más bonos por clasificación, más bonos por victorias, más bonos por publicidad, más derechos de imagen. El Piojo llegó a ser el director técnico mejor pagado en la historia del fútbol  mexicano y por primera vez en sus 45 años, Miguel Ernesto Herrera Aguirre tuvo más dinero del que podía contar.

Compró una casa en Talpan, una camioneta cherokei, relojes, trajes. Compró una vida que su padre, trabajador de Cuautepec, nunca había podido soñar y compró algo más, algo que iba a hacer la perdición total de su carrera. Compró la idea de que era intocable. Brasil 2014, Mundial de fútbol. México en el grupo A, junto a Brasil, Croacia y Camerún.

Nadie daba un peso por México. Llegaban mal preparados con un entrenador improvisado, con una directiva  en crisis. Pero el Piojo salió al campo el 13 de junio de 2014, Estadio Das Dunas, Natal, México contra Camerún. Y el equipo presentó una de las exhibiciones más completas de fútbol mexicano en 10  años.

Ganaron 1 a0, gol de Oribe Peralta. 5 días después, Brasil contra México, Estadio Castelán, Fortaleza, empate sin goles con Memo Ochoa atajando cinco pelotas imposibles frente a Neymar, Hulk y Fred.  La portería mexicana era una muralla y el Piojo en la banca saltaba, pateaba, abrazaba a los suplentes cada vez que Ochoa hacía una atajada.

Las cámaras lo enfocaban más a él que a los jugadores. Se convirtió en el rostro del Mundial de Brasil para los mexicanos. México pasó a octavos de final por primera vez en 4 años  con seis puntos sin recibir goles contra el favorito del torneo. Y el Piojo, la noche que clasificaron llamó por teléfono a su esposa Claudia en la  Ciudad de México y le dijo una sola frase.

Le dijo, “Estamos arriba del mundo, pero el universo tenía otra cosa preparada.” 29 de junio de 2014, Estadio Castelán, otra vez, Fortaleza. Octavos de final, México contra Holanda. Las llamadas naranjas mecánicas con Roben, Sneider,  Van Pery, Wesley Sneider frente a Memo Ochoa y un país de 125 millones de personas pegado al televisor. Minuto 48.

Giovanni Dos Santos marcó el 1 a0 para México y todo el estadio, toda Tlalpan, toda la Ciudad de México, toda la República estallaron de alegría. Faltando 10 minutos, Holanda empató. Wesley Snider, disparo de fuera del área. Memo Ochoa no pudo hacer nada. Tiempo extra.  Minuto 94. Argen Roben entró al área, se tiró.

El árbitro Pedro Proencapitó. Clas Jan Juntelar lo cobró 2 a 1. Holanda eliminó a México  y el piojo en la banca lloró como un niño mientras las cámaras lo enfocaban a él, a él, a él. Y los mexicanos esa noche lloraron con él porque el piojo había llevado a México más cerca de los cuartos de final de un mundial en 20 años.

Y porque por primera vez en décadas el director técnico lloraba como un aficionado más, sin posar ni actuar ni filtros, con dolor real. Esa noche la federación decidió confirmarlo como director técnico de la selección hasta el siguiente mundial, Rusia 2018. El piojo era intocable en la opinión pública mexicana. Y aquí es donde tienes que entender algo que nadie en la prensa mexicana se atrevió a escribir en ese momento, porque el piojo después del mundial cambió.

cambió su forma de hablar con la prensa, su forma de responder a las críticas, su forma de manejar su imagen, su forma de mirar a los periodistas que durante años lo habían criticado. Ahora tenía 60 millones de pesos al año, todo México apoyándolo. Una camioneta nueva, una casa nueva, una vida nueva. Ahora era el dueño del fútbol  mexicano y un día de junio de 2015 decidió que ningún periodista iba a humillarlo nunca más en público, aunque tuviera que arriesgarlo todo para defenderse.

Esa decisión le costó la selección mexicana, su sueldo, su imagen, su credibilidad y 22 años de carrera construidos con esfuerzo. Vamos a esa parte ahora. Copa América Chile 2015, mes de junio. La selección mexicana llegaba como subcampeona de la Copa Oro anterior con el Piojo como técnico. La afición esperaba una buena actuación y mientras tanto, en los estudios de TV Azteca en la Ciudad de México, un comentarista empezaba a afilar sus declaraciones.

Su nombre era Cristian Martinoli, 45 años, la voz más reconocible del fútbol mexicano por televisión, director del área deportiva de TV Azteca. Un hombre con un micrófono y una opinión que llegaba a 10 millones de personas cada vez que abría la boca. Y Martinoli tenía un problema con el piojo desde hacía meses.

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