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Sandra se miró en el espejo del recibidor por decimocuarta vez en menos de diez minutos.

PARTE 1

Sandra se miró en el espejo del recibidor por decimocuarta vez en menos de diez minutos.

Había algo en su reflejo que le devolvía una imagen de autoridad, de vanguardia, de mujer que sabe lo que se hace en el Sephora.

O eso quería creer ella.

Sus cejas, antes discretas y algo ralas por los excesos de las pinzas en los años dos mil, ahora apuntaban al cielo.

Cada pelo estaba individualmente peinado hacia arriba, fijado con una precisión casi arquitectónica.

Parecían dos abanicos rígidos escoltando su frente.

—¿No crees que brillan demasiado? —preguntó Javi desde el pasillo, mientras se peleaba con el nudo de la corbata.

Javi era el tipo de hombre que consideraba que ponerse crema hidratante era un deporte de riesgo.

Para él, el concepto de “laminado” solo se aplicaba al parqué del salón o a los carnets de conducir antiguos.

Sandra no desvió la mirada del cristal.

Se humedeció el dedo índice y trató de aplastar un pelito rebelde que amenazaba con tocarle el nacimiento del pelo.

—No brillan, Javi, tienen “glow” —corrigió ella con una suficiencia que ocultaba un ligero rastro de pánico—.

—Se llama efecto “wet look”, es lo que llevan todas en Milán ahora mismo.

—Ya, pero es que no estamos en Milán, cari —respondió Javi, asomando la cabeza por el marco de la puerta—.

—Estamos en Alcorcón.

—Y vamos a comer a casa de mi madre.

Sandra suspiró, sintiendo cómo la fijación del laminado tiraba ligeramente de su piel.

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