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Jenni Rivera: la cruel traición de su propia familia que Lupillo acaba de revelar

Jenni Rivera: la cruel traición de su propia familia que Lupillo acaba de revelar

La madrugada que murió Jenny Rivera, su hermano Lupillo Rivera, ofreció su propia vida a líderes del narcotráfico mexicano para que se la cambiaran por la de su hermana. La frase exacta que Lupillo Rivera le dijo a cada uno de los jefes de plaza con quien habló aquella madrugada del 9 de diciembre de 2012.

 Según confesó el mismo en septiembre de 2025 dentro de su libro Tragos amargos fue la siguiente. Si la tienen, échame la mano y cambiamos el lugar. Yo voy por ella y me quedo yo. Lo que esos líderes del narcotráfico mexicano le respondieron a Lupillo Rivera durante los siguientes 47 minutos es el secreto que la familia Rivera ha guardado durante los siguientes 13 años de su vida.

Lupillo lo confesó por primera vez en septiembre de 2025 dentro de su libro Tragos amargos. Su hermana menor, Rossy Rivera, leyó el manuscrito completo dos semanas antes de la imprenta y según contó la propia Rosy en una transmisión en vivo, esa misma noche le hizo a Lupillo una pregunta de cuatro palabras que rompió definitivamente la relación entre los dos hermanos.

 ¿Vas a publicar esto? América Latina lloró a Jenny Rivera durante 13 años como la diva más vendida del regional mexicano. Pero el hermano que la enterró aquella semana de diciembre de 2012 sospecha públicamente desde la publicación del libro que lo que ocurrió dentro de la sierra de Nuevo León aquella madrugada fue algo más complejo que un fallo mecánico fortuito del avión.

 y tiene una razón concreta, una grabación de audio del control aéreo del aeropuerto de Monterrey, en la que una voz del control de tierra le insistía al piloto de Learget 25 que el avión tenía que despegar inmediatamente. “Quédate hasta el final. Vas a saber qué le respondieron los jefes de plaza a Lupillo Rivera durante aquellos 47 minutos.

 vas a saber qué dice exactamente la grabación de la torre de Monterrey y vas a entender por qué la familia Rivera ha mantenido en privado durante 13 años el nombre de una persona del entorno inmediato de Jenny Rivera, que según las dos referencias indirectas del libro Tragos Amargos sigue activa hoy y sigue vinculada profesionalmente a la estructura del crimen organizado mexicano, que aquella madrugada le respondió a Lupillo Rivera por teléfono.

 Pero para entender por qué Lupillo Rivera, en el momento más doloroso de la historia de la familia Rivera, decidió marcar un número de teléfono que ninguna persona común debería tener guardado en su agenda. Hay que volver a aquella misma cartera de cuero negro que Lupillo llevaba en el bolsillo trasero del pantalón la madrugada del 9 de diciembre de 2012.

Dentro de esa cartera, en uno de los compartimentos pequeños del fondo, había una tarjeta de papel doblada en cuatro partes. La tarjeta no tenía nombre, no tenía membrete, tenía solamente un número de teléfono mexicano escrito a mano con tinta azul. Lupillo Rivera había recibido esa tarjeta 24 años antes, en marzo de 1989, dentro de un restaurante del este de Los Ángeles, de manos de un hombre cuyo nombre nunca llegó a confirmarse, pero cuya afiliación profesional pertenecía a una de las organizaciones criminales más

activas del noroeste de México en aquellos años. Lupillo tenía 17 años aquella noche y acababa de cerrar el primer contrato grande de su vida. Ese contrato es el que explica por qué la familia Rivera, 24 años después tenía dentro de su casa a la única persona del entorno público de Jenny con un canal directo, abierto y operativo a líderes del narcotráfico mexicano.

 ¿Y por qué nadie más en la familia se enteró de que ese canal existía hasta que Lupillo lo publicó en su libro Tragos amargos? En septiembre de 2025, el restaurante de aquella noche de marzo de 1989 se llamaba El Parián. Estaba en la avenida Vermont del Este de Los Ángeles. Lupillo Rivera había llegado a las 10:30 de la noche acompañado de un solo socio.

Su padre Pedro Rivera, el fundador de Cintas Acuario, la disquera familiar que dos años antes había empezado a operar desde el garaje reconvertido de la casa de la familia en Long Beach. Pedro Rivera, según contó años después un testigo de aquella reunión, se sentó en una mesa apartada del fondo del restaurante junto con su hijo de 17 años. Pidió dos Coca-Colas y esperó.

A las 11:10 de la noche entró Chalino Sánchez por la puerta principal del restaurante. Detrás de él entraron tres hombres vestidos con camisa blanca, pantalón oscuro y botas vaqueras. Los tres se sentaron en la mesa de al lado de la de los Rivera sin saludar a nadie y permanecieron en silencio durante las dos horas que duró la negociación entre Chalino y los dos miembros de la familia Rivera.

Chalino Sánchez firmó esa noche con cintas Acuario su primer contrato profesional formal. La firma cambió la historia del narco mexicano para siempre. Y antes de levantarse de la mesa, uno de los tres hombres de la mesa de al lado se acercó a Lupillo Rivera, le tendió la mano y le entregó la tarjeta doblada con el número de teléfono manuscrito.

Lupillo la guardó en la cartera y, según contó él mismo décadas más tarde, nunca llegó a marcar ese número durante los siguientes 24 años. La primera vez que Lupillo Rivera marcó ese número, dos décadas y media después de haberlo recibido, fue la madrugada del 9 de diciembre de 2012 cuando el avión de su hermana Jenny acababa de estrellarse.

 Pero entre aquella noche de marzo de 1989 y la madrugada del 9 de diciembre de 2012 pasaron muchas otras cosas y la mayoría tuvieron que ver con la transformación de Lupillo Rivera durante la década siguiente en el manager más conectado del narco mexicano americano. Y cada uno de los artistas que Lupillo Rivera firmó durante aquellos 10 años es lo que iba a determinar dos décadas después la lista exacta de jefes de Plaza del Narcotráfico mexicano que el propio Lupillo marcaría durante los 47 minutos posteriores a la desaparición

del avión de Jenny Rivera de los radares mexicanos. Entre 1990 y 2002, Lupillo Rivera firmó con cintas Acuario a más de 40 artistas del regional mexicano. La mayoría eran corridistas y la mayoría, según pudieron comprobar después distintos investigadores del periodismo cultural mexicano americano, tenía algún nivel de vinculación profesional con organizaciones criminales del norte de México.

 Algunas vinculaciones eran indirectas. El cantante recibía dinero de un empresario que blanqueaba para un cártel, cobraba por presentarse en fiestas privadas de líderes regionales o grababa corridos por encargo para celebrar la trayectoria de un capo determinado. Otras eran directas. El cantante era familiar de un narco, había trabajado como mensajero de una organización o había sido detenido en algún momento por la DEA en operaciones relacionadas con tráfico.

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