Pero lo que Margarita vio al entrar cambiaría todo para siempre. Pedro estaba acostado abrazándose el estómago. Cuando lo volteó, lo vio en condiciones terribles. Margarita habló a la ambulancia inmediatamente y pidió ayuda con uno de sus vecinos. El vecino le pidió una toalla para parar las hemorragias que Pedro presentaba.
Mientras esperaba a la ambulancia, Margarita se sentó a su lado y lo abrazó. Pedro lloraba y pedía ayuda desesperadamente. Cuando llegaron los paramédicos y la policía, encontraron evidencia de lo que había ocurrido. El acta de defunción certificada por el estado de California lo confirmaría después. 9 a 12 puñaladas autoinfligidas en el abdomen.

Para entender como el hijo del máximo ídolo de México terminó en esa situación, tenemos que retroceder 59 años. Pedro Infante Junior nació el 31 de marzo de 1950 en la Ciudad de México. Era idéntico a su padre. Los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma voz. Parecía que el destino lo había marcado para continuar el legado.
Antes de dedicarse al espectáculo, se tituló como arquitecto en la Universidad La Sayle, pero las luces del escenario lo llamaban. Decía que me parecía mucho a mi padre. contaba en entrevistas. Lo único malo es que no sé cuándo lo vaya a conocer. Y es que Pedro Infante, el ídolo de Huamuchil, murió en un accidente de avión el 15 de abril de 1957 cuando el Junior tenía apenas 7 años.
Ese último marzo de 1957, Pedro Infante Padre pasó una semana completa con sus dos hijos mayores, Pedro y Lupita, en Mérida. Los paseó en su Mercedes deportivo, los llenó de amor. Regresó a sus pequeños a la Ciudad de México el 5 de abril. Habló con Lupita Torrentera, la mamá de los niños, mostrándole fotos de lo bien que la habían pasado.
10 días después moriría en ese accidente que consternó a todo México. Pero ese recuerdo feliz con su padre pronto se convertiría en una carga insoportable. El junior realizó más de 80 películas Destino Sangriento, Los Verduleros, El Hijo del Palenque, La Tumba del Mojado. Hizo giras por Latinoamérica y Estados Unidos. En cualquier lugar donde llegaba, el recuerdo de su padre hacía que fuera recibido con cariño.
Se enfocó en cantar las canciones de su padre. Era idéntico en todos los sentidos. La voz, los gestos, la forma de tocar la guitarra. Los fans del ídolo de Huamuchil podían seguir con la leyenda, pero había un problema que nadie veía. Pedro Junior nunca pudo ser Pedro Junior. Siempre fue el hijo de Cada vez que intentaba hacer su propia carrera, le decían, “Nunca vas a ser como tu padre.
” Y eso lo destrozaba por dentro. Estaba orgulloso de su apellido. Comía de ese nombre, pero sufría cada vez que lo comparaban. A finales de los años 70, el cine mexicano entró en crisis. Las oportunidades se cerraron. Pedro pensó que en Estados Unidos las cosas serían diferentes, que allá podría brillar con luz propia, pero lo que encontró en California fue mucho peor que el fracaso.
Pedro llegó a California a los 26 años, dejando todo en México. Su esposa Claudia González y sus tres hijos mayores, Pedro, Paulina y Pamela. Allá conoció a Marisol Esparza, una inmigrante de Zacatecas con quien tuvo a Lupita. Se casó con ella, aunque nunca se divorció legalmente de Claudia. Tuvo también otro hijo, Julio Infante, de otra relación.
En total, cinco hijos reconocidos. Pero las oportunidades que esperaba nunca llegaron. Hollywood no lo quería. Las disqueras no le abrían las puertas y ahí comenzó su descenso al infierno. Fue víctima de las adicciones, explicaría después Marisol. De todo y tocó fondo. El acta médica menciona posible ingestión de sustancias cáusticas durante sus años de adicción, lo que le causó daños severos en el estómago, esófago y pulmones.
Nunca hizo dinero en Estados Unidos, nunca tuvo grandes ingresos. Vivía de las regalías que le enviaban desde México de las películas de su padre, $1,000 mensuales. No pudo comprar ni su propia casa. En 2004 ingresó a un centro de rehabilitación. Parecía que lo había logrado. Decía tener 3 años limpio. Aprendí todo sobre la enfermedad.
Contaba en entrevistas. Mi intención es llevar ese testimonio. Me estoy convirtiendo a la religión cristiana. Pero la enfermedad era más fuerte que él y el final estaba cerca. Para ese momento, Pedro estaba completamente solo, separado de Marisol, sin hablar con sus hijos. Si iba a México, no lo dejaban entrar a su casa.
Su esposa Claudia lo corría. Vivía en las calles de California. dormía en la banca de un parque hasta que Margarita Philp lo recogió. Esta mujer, movida por la compasión le permitió dormir en uno de los cinco cuartos de su casa sin pagarle renta. Pedro la amaba como a una madre. Sally, la hija de Margarita, se convirtió en su pareja durante un tiempo, pero en sus últimos años, según testimonios recogidos por medios en 2009, conoció a una mujer inmigrante de Guatemala con dos hijas.
A esta mujer, cuyo nombre real protegeremos por privacidad, la llamaremos Gladis. Ella no sabía quién era Pedro, no lo relacionaba con su padre. Lo ayudó por compasión. Tocó puertas, llamó a disqueras, buscó oportunidades para él. Pedro se enamoró. Según relatos de testigos, le escribía cartas constantemente, le daba tarjetas, le llevaba rosas, le hacía llaveros con sus fotos.
Quería que siempre lo llevara presente. Recordarían después. Le prometió que en 2010 se casarían. Quería vestirse de blanco y llegar en una carroza tirada por caballos. me dijo que había tenido muchas mujeres antes, pero que hasta que por fin me encontró fue feliz, contaría ella en entrevistas posteriores. En una de sus cartas, Pedro le agradeció por haberle dado de comer cuando tenía días sin probar bocado.
Le pidió perdón por estar desesperado, por ver la vida de otro modo. Los problemas económicos lo ponían de mal humor. “No quiero ser una carga”, decía constantemente. Y entonces llegó ese fatídico domingo de febrero. Lo que pasó ese domingo primero de febrero de 2009 quedó registrado en documentos oficiales del condado de los Ángeles.
Cuando llegaron la ambulancia y la policía encontraron a Pedro en estado crítico. Los paramédicos lo atendieron mientras los agentes documentaban la escena. Margarita explicó lo que había encontrado. La policía confirmó que no había signos de violencia externa. Pedro mismo había tomado esa decisión. Lo llevaron a un hospital en Los Ángeles.
Avisaron a Marisol Esparza, su exesposa, quien fue la única que pagó la hospitalización gracias a su seguro médico como empleada de servicios educativos en Estados Unidos. Durante 60 días, Pedro estuvo hospitalizado. Los costos superaron el millón y medio de dólares. El seguro de Marisol cubrió todo.