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Eduardo Nájera: 36 million wasn’t enough… the disgusting secret of his mental breakdown

Los padres que saben que su hijo está al borde de rendirse y que le mandan lo único que tienen a la mano para ayudarlo a aguantar y él aguanta. Piensa en eso un momento. Todo lo que vino después, los 12 años en la NBA, los 36 millones de dólar, los 59 partidos de postemporada, los contratos multimillonarios. Todo eso existió porque un chico de Meoki se quedó un año más en Norman, Oklahoma aprendiendo inglés con una televisión que le mandaron sus papás desde Chihuahua.

Las historias más grandes del deporte a veces se sostienen sobre los momentos más pequeños. Cuando Nera finalmente pudo jugar en la Universidad de Oklahoma, lo que hizo en cuatro temporadas entre 1997 y 2000, no fue el trabajo de alguien que llegó a llenar un espacio. Terminó como el tercero en tiempo de juego de toda la historia de la universidad con 3856 minutos jugados, el cuarto en robos con 193, el quinto en rebotes con 910, el sexto en tiros rechazados con 89.

En 2000 ganó el Chip Hilton Player of the Year, un reconocimiento que premia no solo el rendimiento deportivo, sino también la conducta dentro y fuera de la cancha. Ayudó al equipo de Oklahoma a cuatro apariciones consecutivas en el torneo de la NCAA y fue seleccionado al equipo ideal defensivo de la Big Dose Conference.

Los números de Oklahoma son los de un jugador que trabajó más que cualquiera del equipo, que encontró una manera de ser determinante sin ser la figura principal y que construyó su lugar en la alineación a base de hacer las cosas que nadie más quería hacer. defender al mejor jugador del rival, buscar el rebote cuando todos esperan que alguien más lo atrape.

Poner el cuerpo en el bloqueo que abre el espacio para que el compañero anode el canasto fácil. Ese era Eduardo Nájera en Oklahoma y ese fue Eduardo Nájera en la NBA durante 12 años. Lo peor aún no había llegado. Esta es la primera revelación que te prometí. el draft del año 2000 y lo que significa ser el segundo.

La noche del 28 de junio del año 2000, en el MCI Center de Washington DC, la NBA celebró el draft anual. La primera ronda estuvo dominada por nombres que la historia del basketbol recordaría durante décadas. Kenyon Martin, Stromile Swift, Darius Miles, Marcus Pfizer, Mike Miller. En la segunda ronda, en la selección número 38 del total, los Houston Rockets eligieron a Eduardo Alonso Nagera Pérez de la Universidad de Oklahoma.

El segundo mexicano en ser drafteado en la historia de la NBA. El primero en ser elegido en el draft porque Manuel Raga en 1966 había llegado a través de un mecanismo diferente. Esa misma noche, antes de que Náera pudiera procesar completamente lo que acababa de ocurrir, los Rockets lo traspasaron a los Dallas Mavericks, de Houston a Dallas en la misma noche del draft.

Bienvenido a la NBA, donde las decisiones sobre tu vida las toman personas en salas de conferencias y tú te enteras por una llamada telefónica. Dallas en el año 2000 era un equipo en construcción acelerada. Mark Kuban había comprado la franquicia en enero de ese año y estaba transformando a los Mavericks de un equipo mediocre en lo que pronto sería uno de los más emocionantes de la liga.

Dirk Novitski ya estaba ahí. Steve Nash llegaría pronto. La pieza central de los Mavericks era el crecimiento de Dirk en un sistema que iba a exigir a cada jugador del roster hacer su trabajo específico con excelencia. Y el trabajo específico de Eduardo Nájera en ese equipo era el que pocos quieren, pero todos necesitan.

defender, rebotar, poner el cuerpo, ser el que absorbe el impacto físico para que los jugadores con contratos más grandes y mejores números puedan hacer su trabajo. Grábate esto. En su segunda temporada con los Mavericks, la 2001 hasta 2002, Nera promedió 6.5 puntos por partido, 5.5 rebotes y 0.9 robos. Para un jugador de la segunda ronda del draft, esos números en una franquicia que ese año terminó con récord de 57 hasta 25 son exactamente lo que una organización exitosa necesita de su banco.

En los playoffs de esa temporada, Nagera jugó en los ocho partidos que disputaron los Mavericks. Era parte del equipo, era confiable y en la temporada 2002 hasta 2003, la que tal vez fue su mejor año en Dallas, promedió 6.7 7 puntos, 4.6 rebotes y 0.8 robos en temporada regular. Pero la postemporada es donde Nagera brilló de una manera que los números no capturan completamente.

Jugó 19 partidos de playoffs ese año, empezando muchos de ellos como titular, promediando 6.2 puntos y 3.9 rebotes en esa postemporada. Los Mavericks llegaron a las finales de la Conferencia Oeste, donde perdieron ante los San Antonio Spurs en seis partidos. El mejor equipo del este año era San Antonio y Dallas los llevó a seis partidos con Eduardo Nager haciendo una pieza real del engranaje.

Esos 59 partidos de playoffs que jugó a lo largo de su carrera representan el 70% de los partidos de postemporada que México ha jugado en la historia de la NBA. Ese número es la manera más honesta de medir el impacto de Nágera, no en el All Star, no en los titulares del marcador de la noche, sino en la fase donde los equipos juegan por algo real.

y donde cada minuto en la cancha exige el máximo. Lo peor aún no había llegado. Esta es la segunda revelación que te prometí. El precio de ser el segundo, el pionero, el emblema de todo un país. Hay una carga específica que los deportistas pioneros cargan y que los que vienen después de ellos no tienen que cargar de la misma manera.

Es la carga de la representación total. Cuando eres el primero o el segundo mexicano en jugar en la NBA, no eres solo tú el que juega. Cada vez que pones un pie en la cancha, México entra contigo. Cada rebote que atrapas es un rebote de México. Cada punto que anotas es un punto de México. Y cada partido que pierdes, cada noche en que el equipo no funcionó, cada error en la cancha tiene la misma carga de representación, pero en sentido contrario.

Eduardo Nagera no era la estrella de los Maverics. Ese rol le pertenecía a Dirk Novitski, que en esos años se estaba convirtiendo en uno de los mejores jugadores del mundo. El trabajo de Nera era ser la pieza que Dirk necesitaba a su alrededor. Alguien que defendiera, que compitiera por los rebotes, que pusiera el cuerpo en las situaciones físicas que un jugador exterior como Dirk no podía resolver por sí solo.

Ese trabajo es indispensable para cualquier equipo ganador, pero es invisible para el público que llena los estadios. El público aplaude los triples de Dirk. El trabajo de Nera lo ven los entrenadores y los compañeros. Y en México, donde el basketbol no tiene la penetración cultural del fútbol, la historia de Náera en la NBA se contaba principalmente a través de su presencia, de que estaba ahí, de que un mexicano jugaba en la liga más dura del mundo.

La narrativa era la del guerrero mexicano que se había ganado un lugar entre los mejores, no la del quinto o sexto hombre del banco, que es una figura necesaria, pero que el relato nacional no sabe cómo contar con el mismo entusiasmo que el del héroe central. Escucha esto, Nera. estudió psicología en la Universidad de Oklahoma.

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