Posted in

Panadero en Italia cuenta lo que Carlo Acutis dijo 8 horas antes que horno explotara… salvó su vida

PARTE 1

Han pasado casi 20 años desde aquella tarde de marzo, cuando un muchacho entró a mi panadería y cambió todo, 20 años desde que escuché. Palabras que no entendí completamente en ese momento, pero que me salvaron la vida. Ese muchacho se llamaba Carlo Acutis. Tenía 15 años. Estaba vivo entonces caminando por las calles de Asís como cualquier adolescente y 7 meses después de conocerlo moriría de leucemia.

Pero antes de morir me salvó y necesito contar cómo sucedió. Me llamo Yuspe Marquetti y tengo 72 años. Mis manos todavía huelen a levadura, aunque dejé de amasar pan. Hace 5 años cuando finalmente me retiré y le pasé la panadería a mi hijo. Marco a mi cabello es completamente blanco. Ahora camino más despacio de lo que solía caminar, pero estoy vivo en vivo para ver crecer a mis siete nietos.

Vivo para celebrar 46 años de matrimonio. Con Elenan vivo para contar esta historia que he guardado durante tanto tiempo. Porque si no hubiera escuchado a ese muchacho, si no hubiera hecho lo que me pidió, estaría muerto desde marzo de 2006. Mi esposa sería viuda. Mis hijos habrían crecido sin padre. Esta panadería familiar que existe desde 1893 habría terminado conmigo.

Pero estoy aquí necesito que entiendan por qué. Necesito que conozcan a Carlo, no el santo canonizado que todo el mundo celebra ahora, sino el adolescente que conocí una tarde de marzo, el muchacho real que entró a mi panadería con una sudadera roja y me dijo algo que sonaba simple, pero que resultó ser la cosa más importante que alguien me ha dicho en mi vida.

Todo comenzó el 13 de marzo de 2006, un lunes. Recuerdo el día exacto porque fue el último día de mi vida anterior, el último día en que fui el yuspe, que había sido durante 30 años. Después de ese día, todo cambió. Tenía 52 años. Entonces, llevaba más de tres décadas siendo panadero en Asís, esta ciudad antigua donde cada piedra guarda siglos de historia.

Mi panadería estaba en la vía San Francisco número 237, a exactamente 400 m del santuario de la espogleacione, donde San Francisco se despojó de todo. Las mismas paredes que están ahí ahora, aunque reconstruidas, el mismo piso de piedra desgastado por cuatro generaciones de pies, Marquetti caminando los mismos pasos cada madrugada.

Mi vida entonces era completamente predecible, completamente juchinaría. Y yo pensaba que eso era bueno. Pensaba que la consistencia era virtud, que la disciplina era lo que separaba a los hombres serios de los soñadores. Cada día me levantaba a las 3:30 de la madrugada. Cada día sin excepción, ni siquiera los domingos, porque los domingos preparaba la masa para el lunes.

En 30 años había faltado exactamente dos días. Uno cuando nació Tomaso, mi hijo menor, y Elena tuvo complicaciones en el parto. Otro cuando mi padre murió y tuve que organizar el funeral. Me levantaba en la oscuridad. Me vestía sin encender la luz para no despertar a Elena en pantalones de trabajo, camisa blanca en el delantal que me pondría al llegar.

En invierno una chaqueta. En verano solo la camisa bajaba las escaleras sin hacer ruido, tomaba las llaves del auto del gancho junto a la puerta y conducía las cinco cuadras hasta la panadería, aunque perfectamente podría haber caminado, pero me gustaban esos 5 minutos en el auto. Eran los únicos minutos de completo silencio en todo mi día.

An sin clientes, sin familia, an sin responsabilidades. Solo yo, el volante, las calles vacías de Asís antes del amanecer y el sonido del motor de mi viejo Fiot llegaba a la panadería a las 3:40. Estacionaba en el callejón lateral, desbloqueaba la puerta trasera de metal que rechinaba sin importar cuántas veces le pusiera aceite a las bisagras.

Ese sonido era parte de mi rutina. El chirrido metálico que anunciaba el comienzo del día. Entraban, encendía las luces que siempre parpadeaban dos veces antes de quedarse encendidas. Problema eléctrico que nunca me molesté en arreglar porque ya estaba acostumbrado. Ponía agua a hervir para mi primer café del día. Mientras el agua se calentaba, encendía el horno.

El horno. Necesito hablar del horno porque es importante para entender lo que vino después. Era un monstruo de hierro fundido alemán que mi padre había instalado en 1968. Pesaba 2,300 kg. Medía casi 3 m de largo por dos de profundidad. Podía hornear 120 barras de pan. Simultáneamente, mi padre había ahorrado durante 7 años para comprarlo.

7 años de guardar cada lira extra. 7 años de soñar con tener el mejor horno de Asís. Cuando finalmente lo instalaron. Recuerdo que mi padre lloró. Yo tenía 14 años y nunca había visto a mi padre llorar. Pero ese día, viendo ese horno encenderse por primera vez, las lágrimas corrieron por su cara. Este horno va a alimentar a nuestra familia por generaciones.

Yusepe me dijo, “Cuídalo, An, respétalo y él te cuidará a ti, An, durante 38 años. Ese horno nunca me falló a ni una sola vez. Funcionaba perfectamente, porneaba perfectamente, era completamente confiable, como un miembro más de la familia, como un viejo amigo que siempre está ahí. Después de encender el horno, preparaba mi café expreso fuerte y amargo, sin azúcar an sin leche.

Lo tomaba de pie junto al mostrador mientras esperaba que el horno alcanzara la temperatura correcta. 220ºC, ni más ni menos del mientras el horno se calentaba. Comenzaba con la masa. La masa que preparo hoy es el pan de mañana. El pan que horneo hoy lo preparé ayer. Siempre un día adelante, siempre planeando el futuro mientras trabajo en él.

Presentan harina, nawan, sal, levadura en las proporciones exactas que mi padre me enseñó y que su padre le enseñó a él al 50 kg de harina, tipo cerr de agua a temperatura ambiente, 1,200 g de sal, 800 g de levadura fresca. Mezclaba todo en la amasadora industrial. 12 minutos ya más dado. Ni 11 ni 13, 12 exactos. Después dejaba reposar la masa 45 minutos cubierta con un paño húmedo.

Mientras reposaba, horneaba el pan del día anterior que ya había leudado durante la noche. A las 6 de la mañana el olor a pan fresco llenaba toda la panadería. Ese olor que se mete en las paredes, en la madera, en tu ropa, en tu piel. Ese olor que nunca te abandona sin importar cuántas veces te duches. An. Yo no lo notaba ya.

Read More