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EL VIENTO AÚLLA EN LOS MOLINOS DE LA MANCHA

¿Sangre o tinta? La distinción había perdido todo significado en la asfixiante oscuridad del molino. Mateo se miró las manos temblorosas. Un líquido espeso y carmesí goteaba de sus yemas, manchando las crujientes y astilladas tablas del suelo centenario. Afuera, el viento no soplaba; gritaba. Era un aullido gutural, casi humano, que desgarraba la aridez de la llanura de Castilla-La Mancha. Las colosales aspas del molino de viento crujían con una violencia inaudita, un clac-clac-clac rítmico y ensordecedor que no sonaba a maquinaria vieja, sino al latido furioso de un titán enterrado vivo.

No había viento. Mateo lo sabía. Había mirado por la estrecha ventana hace apenas unos minutos: la noche manchega estaba petrificada, bajo un cielo sin estrellas, el aire tan estancado y pesado que ahogaba. Sin embargo, las aspas giraban a una velocidad vertiginosa, impulsadas por una fuerza invisible, diabólica.

—No estás escribiendo la historia, Mateo. La historia te está escribiendo a ti… —susurró una voz.

No venía de la puerta, ni de la ventana. Venía de la madera misma, de las vigas podridas que se alzaban sobre su cabeza como las costillas de un leviatán. Era una voz rasposa, arcaica, cargada con el polvo de cuatrocientos años de encierro.

Mateo retrocedió, con los ojos desorbitados por el pánico, tropezando con su propio escritorio. Su moderno ordenador portátil había dejado de funcionar días atrás, sustituido por una pesada máquina de escribir antigua que había encontrado en el desván. La máquina cayó al suelo con un estrépito metálico que hizo eco en las paredes circulares. El papel que estaba en el rodillo se desenrolló lentamente. A la luz parpadeante y amarillenta de un candil de aceite, vio lo que había estado “escribiendo”.

No eran sus palabras. Él había viajado a La Mancha desde Madrid para escribir la secuela definitiva y moderna de Don Quijote, una brillante deconstrucción literaria sobre la locura, las fake news y la posverdad. Una obra que le garantizaría el Premio Planeta. Pero la página que yacía en el suelo no estaba impresa con las teclas de la máquina. Estaba escrita a mano, con una caligrafía puntiaguda y elegante del siglo XVII. Y la tinta fresca brillaba con un tono rojizo, con un inconfundible olor a hierro y cobre, idéntico al fluido que manchaba sus propias manos.

Leyó, temblando, la última línea: «Y así, el pobre hidalgo de las letras modernas, creyéndose dueño y señor de su narrativa, descubrió demasiado tarde que la pluma era su espada, el molino su prisión, y la locura su único final inevitable».

—¡Basta! —gritó Mateo, llevándose las manos a los oídos, manchándose el pelo de aquel líquido oscuro—. ¡Esto es una alucinación! ¡Es el aislamiento! ¡El síndrome de la cabaña! ¡No es real!

Pero el eco de su propia voz fue engullido por una carcajada grotesca, polifónica, que pareció emanar directamente del interior del gigantesco engranaje de piedra que tenía frente a él. El molino no era un refugio. Era una entidad viva. Una trampa psicológica. Mateo corrió hacia la pesada puerta de roble de la base, arañando el cerrojo de hierro oxidado con desesperación, rompiéndose las uñas hasta hacerlas sangrar de verdad, pero la puerta estaba sellada desde fuera. No, desde dentro. O quizás no existía puerta alguna ya.

Atrapado. Atrapado en el vientre del monstruo. La oscuridad pareció espesarse en torno a él, y en las sombras proyectadas por el candil, juró ver la figura alargada y esquelética de un anciano con una armadura oxidada, cuyos ojos ardían con el fuego de una demencia inextinguible. El espectro levantó una lanza invisible, larga y afilada, y apuntó directamente al pecho de Mateo.

La mente del joven escritor se fracturó en ese preciso instante. El terror más absoluto e irracional se apoderó de sus entrañas al comprender la macabra, la imposible y devastadora verdad: no había venido a La Mancha a resucitar a Don Quijote en el papel. Había sido llamado para reemplazarlo en la carne. El alma de Alonso Quijano exigía un nuevo recipiente, y las aspas del molino eran los engranajes que trituraban la cordura para dejar paso al delirio.

I. El Descenso a La Mancha

Todo había comenzado tres semanas antes, bajo el sol implacable de agosto. Mateo, con treinta y dos años y el ego inflado por el éxito de su primera novela urbana, conducía su coche de alquiler por las carreteras interminables de Castilla-La Mancha. El paisaje era un océano de tierra ocre y viñedos sedientos que vibraban bajo la bruma del calor.

Buscaba aislamiento. Buscaba autenticidad. El editor le había adelantado una suma obscena de dinero por el pitch de su nuevo libro: “El Quijote del siglo XXI”. Para ello, Mateo había alquilado por internet un antiguo molino de viento reformado, situado en las afueras de un pueblo tan pequeño que apenas figuraba en los mapas de Google: Campo de Criptana de las Sombras.

Al llegar al pueblo, paró en la única taberna abierta para recoger las llaves. El lugar olía a vino rancio, a queso curado y a siglos de monotonía. Un grupo de ancianos de piel curtida como el cuero jugaba a las cartas en una mesa de madera grasienta. Cuando Mateo mencionó que iba a hospedarse en el “Molino del Alto”, el silencio cayó sobre la taberna como una losa de plomo.

El dueño, un hombre tuerto llamado Tomás, le entregó una pesada llave de hierro negro. Sus manos, ásperas y llenas de cicatrices, temblaron ligeramente al rozar las suaves manos de ciudad de Mateo.

—No debería ir allí, forastero —dijo Tomás, con una voz apenas superior a un susurro—. Ese molino no fue restaurado para que viva la gente. Fue cerrado para que lo que está dentro no salga. Mateo soltó una carcajada condescendiente, acomodándose las gafas de diseño. —Agradezco la advertencia, amigo. Pero vengo buscando precisamente leyendas y folclore. Un poco de misterio rural es excelente para la inspiración. Soy escritor, ¿sabe? El anciano tuerto lo miró con un ojo que parecía ver más allá de la arrogancia de Mateo, directamente hacia su perdición. —Cervantes también lo era. Y mire cómo terminó su personaje. El molino del Alto no muele grano, señor escritor. Muele mentes.

Mateo ignoró la advertencia, tachándola de superstición pueblerina diseñada para asustar a los turistas madrileños. Condujo hasta la colina. Allí, recortándose contra el cielo ardiente del atardecer, se alzaba el molino. Su estructura cilíndrica de piedra encalada estaba descascarillada, revelando ladrillos oscuros que parecían heridas abiertas. Las cuatro inmensas aspas de madera estaban quietas, atadas con gruesas cuerdas. A diferencia de los otros molinos turísticos de la región, este no tenía ese aire pintoresco e inofensivo. Emanaba una hostilidad palpable, una presencia pesada y antigua.

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