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Los Sicarios Más Letales del Chapo Guzmán

 

 ¿Crees que el poder de Joaquín Guzmán Loera, se construyó sobre túneles,  avionetas y maletas de billetes. Piensas en el AKA chapado en oro, en las dos fugas imposibles, en el imperio que movía toneladas a través de medio continente. Pero ningún imperio de ese tamaño se sostiene sobre la logística.

 Se sostiene sobre los hombres dispuestos a eliminar por él. Y el Chapo reunió a los más letales que jamás pisaron Sinaloa. Esta es la historia de sus pistoleros más temidos, los nombres que ejecutaban lo que el capo apenas insinuaba. Uno de ellos cuidó su vida  y noche durante años. Conocía sus rutas, sus refugios, sus secretos.

Su historia cierra este vídeo y cuando llegues a ella entenderás por qué ninguna fortaleza pudo salvar al hombre más buscado del mundo. El ondeado, el sicario que perdió la cabeza por un hijo. Manuel Torres Félix tenía un apodo antes de volverse leyenda. Lo llamaban el M1, el número uno entre los pistoleros del cártel de Sinaloa.

Nació en 1958 en un pueblo perdido de Coszalá, en plena sierra, y entró al negocio del tráfico de sustancias en 1990 a la sombra de su hermano mayor, Javier, el famoso JT, lugar teniente de confianza del mayo Zambada. Mientras Javier mandaba, Manuel aprendía rutas, contactos, la forma de mover cargamentos que llegaban desde Sudamérica y la manera de proteger cada eslabón con plomo.

 Era el alumno paciente que observaba desde la segunda fila, pero cuando Javier cayó preso en 2004, Manuel heredó algo más que un puesto. Heredó una guerra entera. El número uno tenía un punto débil y tardaría años en descubrirlo. Durante el resto de la década fue el brazo ejecutor que ni el Chapo ni el Mayo querían tener enfrente. Un hombre metódico, frío, capaz de organizar una emboscada como quien ordena una agenda de oficina.

Supervisaba el ingreso de mercancía ilegal por la sierra, imponía orden con plomo y disciplina y se ganó un lugar entre los nombres que se pronunciaban en voz baja en Culiacán. Los corridos empezaron a cantarlo. La gente lo respetaba y lo temía en la misma proporción porque entendía que un favor del M1 valía oro y que una mala mirada podía costar la vida.

 El ejército lo colocó entre sus objetivos prioritarios. Era disciplina pura, cálculo sin emoción, hasta que la emoción lo encontró a él. Para entonces, el M1 ya pesaba en la estructura mucho más de lo que su perfil dejaba ver. Lo conocían también como el 14. Y según las autoridades, supervisaba el ingreso de cargamentos que llegaban desde Sudamérica, moviéndose entre la sierra y la ciudad con una red de operadores que respondían únicamente a él.

 No era un simple gatillero, era un administrador de la violencia, alguien que decidía cuándo apretar el gatillo y cuándo esperar a gazapado. Esa capacidad de cálculo lo hacía doblemente peligroso porque combinaba la frialdad del estratega con el poder de fuego de un pequeño ejército. En el cártel de Sinaloa, donde abundaban los hombres dispuestos a disparar, escaseaban los que sabían cuándo no hacerlo.

 El ondeado sabía las dos cosas. En 2008, la alianza del cártel de Sinaloa con los Beltrán Leiva se rompió y desató una de las guerras internas más feroces que se recuerden. En medio de ese fuego cruzado cayó su hijo, conocido como el Tachio, un operador joven que había crecido entre rancho y rancho, sabiendo perfectamente el riesgo que corría.

 La pérdida del muchacho rompió algo dentro de Manuel Torres que jamás volvió a recomponerse. Cuentan que llegó a colocarse en un retén con un fusil esperando a los responsables, ofreciéndose como blanco con tal de cobrar venganza. A partir de ahí nació el segundo apodo, el que de verdad lo definiría, el ondeado, el que perdió el juicio.

 La sierra empezó a contar historias sobre él en voz baja. Un padre roto es la peor clase de enemigo. Se lanzó a una cacería sin freno contra todos los responsables, reales o imaginarios. A varios los sometió a interrogatorios violentos en su propia casa de Culiacán, convirtiendo el duelo en una represalia que no distinguía culpables de sospechosos.

 Los ZTA, sus enemigos, le respondieron con burlas. Dejaron vehículos abandonados con mantas firmadas para recordarle a su muerto, provocándolo, sabiendo que la rabia lo volvía descuidado. El gobierno estadounidense lo incluyó en su lista de objetivos prioritarios en 2011 junto a otro pistolero del que hablaremos en un momento y la Procuraduría ofreció 3 millones de pesos por su captura.

 Pero alondeado no lo detuvo una orden judicial, lo detuvo el plomo. Fue el ejército mexicano la madrugada del 13 de octubre de 2012 en un camino de terracería rumbo al poblado de Oso Viejo, cerca de Quilá. Murió como había vivido los últimos años, a tiros en un enfrentamiento que duró apenas minutos. Lo enterraron en los jardines de Lumaya, el cementerio donde reposan los capos de Sinaloa bajo mausoleos con aire acondicionado y cúpulas de mármol que valen más que cualquier casa del pueblo donde nació. Y aquel día de muertos

sobre su tumba apareció una corona de rosas rojas con una cinta a nombre de Joaquín Guzmán lo era. El Chapo no mandaba flores a cualquiera, las mandaba a quien había temido. El siguiente nombre de esta lista también recibió la atención personal del Chapo, pero no en forma de flores. El macho [ __ ] el pistolero que cometió el error imperdonable.

Gonzalo Insunza. Sunza nació en Culiacán el 17 de agosto de 1971 y creció en la colonia Morelos con una herencia mínima y temprana. Cuando su padre murió, le dejó un gran marquís y una pistola. Con eso le bastó para empezar. Se hizo un nombre por su carácter explosivo, por su nula paciencia y por una regla que aplicaba sin matices.

 Quien lo contradecía desaparecía. Su historia con el cártel empezó por una venganza propia. persiguió durante años a un hombre apellidado Delgadillo, al que llegó a buscar incluso en una fiesta infantil en Culiacán en 2001, donde el blanco logró escapar entre los invitados. Esa obstinación llamó la atención del mayo Zambada.

 El que persigue así a un enemigo sirve mejor a un patrón. El mayo lo sentó a negociar y lo convirtió en jefe de sus pistoleros con un nivel de autonomía que pocos tenían dentro de la organización que el Chapo lideraba junto al propio Mayo. Le decían el MP, el 11, el Apache y manejaba varias identidades falsas para moverse sin dejar rastro.

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