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La prueba más difícil de León XIV acaba de comenzar

 Pero el problema es que el lobo, hermanos míos, ya está rondando y son varios lobos y vienen por distintos lados. Y antes de seguir contándoles cómo se está enfrentando a esto, antes de revelarles algo que muchos no han notado todavía, déjenme detenerme un momento aquí porque quizá usted que me escucha ahora mismo está sintiendo algo parecido en su propia vida y eso es lo que quiero que no se nos olvide.

 Quizá usted también está intentando mantener unida a su familia. Quizá usted también es la persona del medio, la que llama al hijo que se peleó con el otro hijo, la que invita a comer a la nuera o al yerno que dejó de venir, la que le manda mensajes al hermano o a la hermana que se alejó hace años.

 Quizá usted es ese pastor sin sombrero, sin bastón, sin reconocimiento, que carga sobre sus hombros la unidad de los suyos y nadie se lo agradece, nadie se da cuenta. Pero usted lo sigue haciendo porque sabe que si usted lo deja, todo se desmorona. Si usted sabe lo que se siente, entonces va a entender perfectamente lo que está cargando el hombre del que les estoy hablando, porque al final la prueba más difícil de la vida casi nunca es la prueba que se ve.

 Es la prueba de seguir queriendo a todos cuando todos quieren tirar para lados distintos. Y de esa prueba, créanme, sí que sabe Dios. De esa prueba habla la Biblia. De esa prueba están llenas las páginas del evangelio. Ahora vuelvan conmigo a Roma porque quiero contarles tres cosas que están pasando ahora mismo. Tres pruebas concretas que tiene este papa entre las manos. Tres lobos que están rondando.

 Y al final de cada una, déjenme decirles, vamos a sacar una enseñanza para nuestra propia vida, porque para eso estamos aquí, no para chismosear sobre el Vaticano. No, no, no. Estamos aquí para mirar lo que ocurre allá en lo grande y aprender a vivir lo que nos toca a nosotros en lo pequeño. Porque al final, hermanos míos, todos tenemos un rebaño, aunque sea pequeñito, aunque sea solo nuestra familia y todos somos pastores, quizás sin saberlo, quizás sin quererlo, pero lo somos.

 Vamos con la primera prueba. La primera prueba tiene un nombre y ese nombre es la unidad. La unidad de los cristianos. ¿Saben ustedes que en este momento, en este preciso momento, mientras hablamos, hay dentro de la propia Iglesia Católica un grupo de obispos en otro país, lejos de Roma, que está tomando decisiones por su cuenta, decisiones sobre temas delicados, decisiones que no han sido aprobadas por el Papa.

 Y al mismo tiempo hay otro grupo, en el otro extremo, una fraternidad de sacerdotes muy tradicionalistas que está preparando ordenaciones de obispos sin permiso del Papa. Es decir, por un lado se quieren ir hacia adelante demasiado rápido y por el otro se quieren ir hacia atrás demasiado rápido y los dos sin pedirle permiso al pastor.

 ¿Saben lo que eso significa? Que la casa, la casa de la iglesia podría empezar a a tener fisuras serias. Y un papa, un papa de verdad no puede permitir que eso ocurra, pero al mismo tiempo no puede aplastar con mano dura ni a unos ni a otros, porque si aplasta a los de un lado se le van y si aplasta a los del otro también se le van.

Homilía del Papa León XIV en la Misa de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo de 2026 | ACI Prensa

 ¿Y entonces qué hace? Pues hace lo que han hecho siempre los grandes pastores cuando el rebaño quiere irse para distintos lados. Reza, habla, escucha, vuelve a hablar, escribe cartas. recibe en audiencia, llama por teléfono, manda recados y mientras tanto sostiene la oración, sostiene la misa, sostiene el centro para que aunque las ovejas estiren para lados, el centro no se mueva, para que haya un punto fijo al que todas, tarde o temprano puedan volver.

 Y aquí, hermanos y hermanas, hay una lección enorme para nuestras vidas. Cuántas veces nosotros en nuestras casas, en nuestras familias, hemos querido resolver los problemas con mano dura. Cuántas veces hemos pensado que si gritáramos un poquito más fuerte, si nos pusiéramos un poquito más firmes, si dijéramos por fin la verdad sin medirla, todo se iba a arreglar.

 ¿Y qué ha pasado cada vez que lo hemos intentado? ¿Que se ha roto más? ¿Que la grieta se ha vuelto más grande? que el silencio se ha vuelto más espeso, porque las personas, las personas vivas no se arreglan a gritos, se arreglan con paciencia, se arreglan con tiempo, se arreglan con oración, igual que la iglesia, igual que el rebaño, igual que todo lo que importa de verdad.

 Recuerden lo que dice el evangelio. El buen pastor da la vida por sus ovejas, no las arrea, no las castiga, da la vida por ellas. Eso es lo que le toca a León XIV. Y eso es también a su escala humilde, a nuestra medida pequeña, lo que nos toca a nosotros con los que queremos dar la vida, no en una cruz, en el día a día, en cada llamada que cuesta, en cada perdón que duele, en cada silencio que se traga.

 Eso también es ser pastor. Vamos con la segunda prueba y esta es quizás la más visible porque esta prueba tiene cámaras encima todo el tiempo y tiene titulares y tiene políticos. Esta es la prueba de hablar al mundo sin pelearse con el mundo, pero hablándole con la verdad. Y déjenme explicarles algo, porque a veces viendo las noticias no nos damos cuenta de la inmensidad de esto.

 León XIV es el primer papa de los Estados Unidos, el primero, después de 2000 años. Y eso que parece un dato curioso, en realidad es un peso enorme. ¿Saben por qué? Porque mucha gente espera de él que sea amigo del presidente de su país. Y otra mucha gente espera de él que sea enemigo del presidente de su país.

 ¿Y él qué hace? Él tiene que ser papa. No tiene que ser ni amigo ni enemigo. Tiene que ser papa. Tiene que decir la verdad del evangelio, aunque eso le cueste. Tiene que defender a los migrantes, aunque eso le cueste. Tiene que hablar a favor de los pobres. aunque eso le cueste. Tiene que llamar a la paz, aunque eso le cueste.

 Y tiene, sobre todo, que hacerlo sin meterse en pleitos personales, sin gritar, sin perder la calma, sin caer en la trampa de convertirse en un personaje político. Ya ha tenido sus encontronazos, ya le han buscado las cosquillas, ya ha habido momentos en que el mundo entero contuvo la respiración esperando a ver qué decía y él cada vez ha respondido lo mismo.

con dos frases breves, con una mirada serena, recordando que su trabajo es anunciar a Cristo, no otra cosa, no es ganar discusiones, no es lucirse en redes sociales, es anunciar a Cristo y ya está. Y eso, hermanos míos, parece poco, pero es muchísimo. Porque para una persona, aguantar la presión de medio mundo intentando arrastrarla a una pelea y seguir hablando solo del evangelio hace falta una fuerza que no es humana.

Hace falta algo más. Hace falta lo que tenía María al pie de la cruz. Hace falta lo que tenía nuestro Señor cuando lo escupían y no decía nada. Y saben qué, aquí va otra enseñanza para nuestra propia vida, para la suya, para la mía. Cuántas veces en nuestras casas, en nuestros barrios, en nuestras familias nos quieren meter en peleas que no son nuestras.

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