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El Crítico le Tendió Una Trampa a Pedro Infante Para FRACASAR EN VIVO, Pero Pedro Lo Hizo Renunciar

Su rostro no mostraba nada, ni miedo ni furia, solo una calma extraña  que desconcertó a Castelar, quien esperaba ver pánico. ¿Quiere que la cante ahora mismo?, preguntó Infante con la voz baja. Si puede, respondió Castelar sin disimular la sonrisa. Aunque entiendo si no puede, no todos  tienen formación verdadera. No hay vergüenza en admitir que usted es solamente un artista popular, no un músico.

Lo que Aurelio  Castelar no sabía, lo que casi nadie en ese estudio sabía, era que Pedro Infante llevaba años tomando clases de canto en secreto, no con un maestro famoso, no en un conservatorio de la capital, sino con un viejo profesor italiano  exiliado en la ciudad de México, un hombre llamado Vitorio Eni, que había cantado  en escenarios europeos antes de la guerra y que ahora sobrevivía dando clases particulares a quien pudiera pagarlas.

Pedro pagaba esas clases con el dinero  que ganaba en sus primeras películas, cuando todavía no era nadie reconocido. Iba después del rodaje, cansado, sin que los estudios lo supieran, porque admitirlo rompería la imagen que el público amaba de él. El charro espontáneo, el cantante natural, que no necesitaba enseñanza, solo corazón.

La verdad era distinta. Pedro soñaba en secreto  con cantar ópera algún día. Lo consideraba una fantasía imposible para un muchacho de Mazatlán que había llegado a la capital sin nada, pero seguía estudiando, seguía practicando, seguía soñando, aunque nunca lo dijera en público.

Sentado ahí con la partitura de Nesunma  entre las manos, con la sonrisa de Castelar quemándole el orgullo y con todo un país escuchando,  Pedro Infante tomó una decisión. “La voy a cantar”, dijo levantándose, “pero necesito que la orquesta me siga a mí, no yo a ella. El director musical de la estación, un hombre llamado Rafael Buen día, tomó la partitura con manos nerviosas, la revisó rápido y miró a Infante con  genuina preocupación.

Esto es muy difícil, Pedro. ¿Estás seguro? Sí. Respondió Infante sin titubear. El estudio quedó en absoluto silencio. Se podía sentir la tensión como un peso físico en el aire. Castelar volvió a sentarse, brazos cruzados,  esa sonrisa todavía en su rostro. Estaba a punto de ver, según él, el fin de la carrera de su enemigo.

Esto era la revancha que había esperado  durante años. Pedro Infante se acercó al micrófono, cerró los ojos un segundo y cuando los abrió algo había cambiado en él. El charro sonriente había desaparecido. En su lugar había  alguien más, alguien que casi nadie en México había visto jamás. Rafael Buen día dio la entrada  y la pequeña orquesta de la estación comenzó los primeros acordes de Nesundma.

Es una pieza hermosa, pero despiadada. La melodía exige un  control de respiración casi sobrehumano, un manejo del italiano impecable y una capacidad de sostener tensión dramática durante minutos sin que la voz traicione ni  un instante de cansancio. Es el tipo de área que separa a los cantantes  entrenados de los aficionados con suerte.

En los primeros compases, Pedro Infante comenzó a cantar y el estudio entero se  quedó congelado. No era el silencio educado de quien escucha una actuación, era el silencio atónito de gente que está  presenciando algo que jamás imaginó posible. Su voz era completamente distinta a la que México conocía. No era el Pedro  de las rancheras alegres ni el de los boleros sentimentales de sus películas.

Era una voz formada, cuidada, construida con años  de disciplina invisible. Su respiración era perfecta, su italiano casi sin acento, pero más allá de la técnica había algo más profundo, emoción real. No solo estaba dando las notas correctas, les estaba dando un significado.  La cámara imaginaria del estudio, porque aunque era radio, todos en la sala sentían que estaban frente a algo que merecía ser visto, se posó en el rostro  de Aurelio Castelar.

La sonrisa había desaparecido por completo. Tenía la boca ligeramente  abierta. Parecía un hombre viendo cómo se derrumbaba en tiempo real todo en lo que había  creído. Pedro continuó construyendo hacia el clímax del área ese momento donde el tenor debe sostener una nota alta mientras la orquesta crece  detrás de él.

Es el instante que puede consagrar o destruir una interpretación. Pedro Infante sostuvo esa nota. Pura, fuerte, interminable. La orquesta creció a su  alrededor y cuando finalmente liberó el sonido para entrar en la frase final, vincero, vincero, había lágrimas visibles en su rostro, no de esfuerzo, de algo  más antiguo y más profundo.

Para él ese no era solo un reto ganado. Era la prueba de años de clases escondidas con  el maestro Ency de noches después del rodaje estudiando solfeo en silencio, del sueño que nunca había podido confesarle a nadie, ni siquiera a su madre. Cuando la última  nota se desvaneció en el aire del estudio, hubo un silencio de casi 3 segundos completos. Después, la sala explotó.

La gente se puso de pie llorando, aplaudiendo, gritando su nombre. Los músicos de la orquesta  se levantaron de sus sillas para aplaudir también. El conductor del programa tuvo que esperar  casi un minuto antes de poder hablar de nuevo. “Señoras y señores,” dijo finalmente con la voz temblorosa,  “cabamos de presenciar historia.

La radio buscó la reacción de Aurelio Castelar esperando algún comentario, algo de aquella confianza  que lo había caracterizado toda la noche. Pero el crítico no aplaudía. Estaba sentado, pálido, mirando a Pedro  Infante como si lo viera por primera vez en su vida. El conductor, sintiendo que el  momento merecía ser marcado, se acercó al micrófono junto a Castelar.

Bien, señor Castellar, ¿qué opina ahora? califica el señor infante como un verdadero músico. Castelar no respondió  de inmediato. Cuando finalmente habló, su voz apenas era audible para los micrófonos. Estaba equivocado, dijo. Se levantó con piernas temblorosas y caminó hacia Pedro Infante.

El estudio volvió a quedarse  en silencio, todos preguntándose qué iba a pasar. “Señor Infante”, dijo Castelar con la voz quebrándose, “le debo una disculpa.” Una disculpa profunda. Yo creía saber lo que era la música verdadera. Creía entender  lo que hacía a alguien un artista real, pero solo era un hombre con un título, protegiendo su propio mundo pequeño. Extendió la mano.

Usted no es solo un actor que canta. Es uno de los mejores cantantes que he escuchado en  mi vida y me da vergüenza cada palabra que escribí en su contra. Pedro Infante le estrechó la mano sin rencor en el rostro. Se lo agradezco, señor, significa mucho. El programa terminó poco después, pero el impacto de  lo ocurrido se extendió de inmediato por toda la ciudad.

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