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ERIK ‘EL TERRIBLE’ MORALES: La ASQUEROSA VERDAD detrás de la MUERTE DE SU HIJO

Lo que vas a escuchar en los próximos minutos va más allá de la crónica de una pelea. Es la historia de un padre y un hijo, de promesas que se hicieron en la cocina de una casa y de respuestas que ya nunca llegaron, de un campeón mundial que pasó toda su carrera cargando guantes Clet Reyes y que esa misma noche se quedó cargando un peso que ningún cinturón del mundo podía preparar.

A unos metros de la habitación donde su hijo se quedó solo, su familia ponía la mesa. Ángel, el hermano mayor, subió las escaleras alrededor de las 8 de la noche llamándolo para cenar. Tocó la puerta, no hubo respuesta, la empujó y entonces vio lo que ningún hermano debería ver jamás.

Pero a ese instante exacto vamos a llegar más adelante, porque para entenderlo, primero hay que entender quién era Fern. No te vayas porque aún no has escuchado lo peor. En este video vas a comprender por qué este caso pesa distinto en el corazón del boxeo mexicano. Y si tú recuerdas a Eric Morales arriba de un ring, cuéntame desde qué parte del país nos están viendo y qué pelea suya guardas en la memoria, porque esta historia se respira distinto dependiendo del rincón de México donde uno la escuche.

El muchacho se llamaba José Fernando Morales Anaya, pero en la casa de Eric nadie lo llamaba así. Le decían Ferni, era el primer hijo varón del terrible. Tenía 23 años recién cumplidos y dentro del mundo cerrado del boxeo mexicano, su nombre se mencionaba con una mezcla de respeto y curiosidad. La curiosidad de saber si algún día iba a seguir los pasos del padre, la aspiración natural de un hijo que crece viendo a su papá.

recibir cinturones de oro frente a 15,000 personas que rugen al mismo tiempo. Pero Eric no quería. Ese fue durante años el verdadero conflicto en aquella casa. Eric no quería que Ferny boxeara, lo decía sin rodeos. quería que estudiara. Quería que su muchacho construyera una vida fuera del cuadrilátero, lejos del peso del apellido, lejos de los promotores, lejos de los aplausos que después se vuelven silencio.

Sin embargo, Ferny insistió y como buen hijo de un campeón mundial, no lo hizo con palabras, lo hizo con guantes. Eric, después de mucho discutirlo, terminó cediendo. Lo dejó entrenar, pero lo hizo a su manera. lo mandó lejos a gimnasios de Aguascalientes, a gimnasios de la Ciudad de México, a su propia Tijuana, incluso a otro continente.

Por casi dos meses, José Fernando estuvo entrenando en Azerbaiyán, un país que para la mayoría de los muchachos de su edad solamente existía en los mapas y en las olimpiadas. El terrible quería que su hijo midiera el sacrificio real del boxeo profesional antes de tomar la decisión definitiva. Y al final, después de meses fuera, la decisión llegó.

Ferny no iba a pelear profesionalmente, pero iba a seguir entrenando. Lo hacía por gusto, por orgullo, por el simple placer de saber que era hijo de su padre. Aquel viaje a Azerbaián fue en cierto modo el último capítulo formativo de Ferni. llegó a Bakú con una maleta pequeña, dos guantes nuevos, el celular siempre encendido para hablar con su madre y la curiosidad de un muchacho mexicano que sabía que tenía la oportunidad de medirse lejos de la sombra del apellido.

En los gimnasios locales, donde casi nadie reconocía el nombre Morales, simplemente lo presentaban como el chamaco mexicano. tuvo que ganarse el respeto de sus sparrings desde cero, sin promotores, sin reflectores, sin la marca de un cinturón colgando del techo. Los entrenadores azerbaiyanos que cruzó en aquel periodo recuerdan hasta hoy a un peleador joven con un físico impresionante, una mecánica todavía verde y una sonrisa que se le abría cada vez que mencionaba la palabra Tijuana.

Cuando regresó a México, regresó con dos cosas. con un conocimiento técnico más amplio y con la convicción interna de que aquello que había soñado como vida profesional iba a quedarse de ahora en adelante en la zona del gimnasio y no en la del cuadrilátero pagado. Esa fue la última gran charla que tuvieron sobre el tema.

Y para Eric, durante años esa fue su victoria silenciosa. Su muchacho se quedaba lejos del oficio peligroso, pero conservaba el respeto por la disciplina. era, según las palabras del propio terrible, un chamaco muy alegre, muy contento, una buena persona. Y eso en una familia donde los pleitos siempre se midieron con guantes, valía más que cualquier cinturón.

Para entender lo que ocurrió aquel primero de diciembre, hay que viajar primero a la Tijuana de los años 70, a la zona norte, una calle de cemento agrietado, gimnasios que servían de iglesia y un niño que aprendía a hacerse hombre a base de sudor, vendas reutilizadas y costales colgando del techo.

Allí nació el primero de septiembre de 1976 Eric Isaac Morales Elvira. Su padre, don José Morales, había sido boxeador. En esa casa el boxeo no se discutía, se respiraba. Era un idioma, era una manera de cenar. A los 5 años, Eric ya tiraba combinaciones. A los 12 ya sabía que iba a vivir del cuadrilátero. A los 16 debutó como profesional, derrotando por knockout a José Oregel en dos asaltos.

A los 21, en 1997, conquistó su primer campeonato mundial. Tijuana se le rindió. México empezó a mirarlo y un apodo todavía tímido comenzó a colgarse de su nombre como una segunda piel, el terrible. Lo que vino después fue una década entera de gloria pura, combates que paralizaron al país, trilogías que hoy se estudian y por encima de cualquier otra historia, una rivalidad que marcó la memoria emocional de toda una generación de aficionados al boxeo mexicano.

La rivalidad contra Marco Antonio Barrera, el bebé del pueblo, el sofisticado peleador del Distrito Federal contra el norteño Bronco de Tijuana. 19 de febrero del 2000, Mandalay Bay Event Center, Las Vegas. La noche en que el orgullo regional mexicano se subió a un ring envuelto en banderas. Morales llegaba invicto con récord de 35 victorias y cero derrotas.

Barrera traía 56 victorias y la calma quirúrgica de quien ya había peleado contra todos. La conferencia de prensa terminó en gritos, las miradas, en advertencias. Y cuando sonó la primera campana, el público entero entendió que esa pelea no iba a ser solamente un campeonato, iba a ser un duelo por el alma misma del boxeo mexicano.

12 asaltos, 1800 golpes lanzados entre los dos, cortes, caídas, castigo a las costillas, castigo al rostro y al final una decisión dividida que terminó dándole el triunfo al terrible. La controversia fue inmediata. La afición se partió en dos y nació esa misma noche, una trilogía que todavía hoy, más de 25 años después, sigue siendo materia de discusión en las cantinas y en los noticieros.

Barrera ganó la segunda, Barrera ganó la tercera, pero el primero, la primera guerra, ese cinturón emocional se quedó para siempre con el terrible. Conviene detenerse un instante en lo que significó aquella primera pelea para la gente común. En las casas de Tijuana se cerraban las cortinas.

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