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María Cristina de Austria: el rey murió y todo dependía de ella

Imagina que tienes 27 años, llevas apenas seis de casada, tienes dos hijas pequeñas y una mañana de noviembre el hombre que te convirtió en reina cierra los ojos para siempre mientras tú con el vientre crecido le lavas el cuerpo con tus propias manos, preparas su cadáver entre soyosos contenidos y sabes con una claridad devastadora que a partir de ese momento el destino de una nación entera depende de ti y del hijo que aún no ha nacido.

Esa mañana no fue el final de una historia, fue el principio de una de las más extraordinarias gestas de resistencia femenina que conoce la historia moderna de Europa. Hola a todos y bienvenidos. Hoy te invito a un viaje al corazón de una España convulsa, romántica y al borde del abismo para descubrir a una mujer que la historia trató de olvidar, pero que fue sin ninguna duda la columna vertebral de una monarquía que sin ella habría colapsado.

Si algo en esta historia te recuerda a alguien que conoces o si ya sabías algo sobre María Cristina de Austria, cuéntamelo en los comentarios. Me encantaría leer tu opinión. Para entender a María Cristina hay que volver al principio, a las raíces de una joven que no nació para ser reina de España, sino para ser una pieza más en el complejo tablero matrimonial del siglo XIX europeo.

El 21 de julio de 1858, en la ciudad de Gross Selovits, en la región de Moravia, hoy perteneciente a la República Checa, nació una niña con un nombre larguísimo que nadie usaba en su totalidad. María Cristina Deiré Henriet Felicitas, Rainiera vonsburg Lotringen. Era hija del archiduque Carlos Fernando de Austria y de la archiduquesa Isabel de Austria este Modena.

y descendía directamente de una de las casas reales más antiguas y poderosas de Europa, Losburgo. Esa sangre azul que durante siglos había tejido alianzas, guerras, imperios y tragedias. Pero si los apellidos pesaban como plomo, la infancia de María Cristina fue relativamente tranquila para los estándares de la realeza.

Criada en el ambiente austero y disciplinado de la corte bienesa, aprendió desde niña que una princesa de su rango no existía para sí misma, existía para cumplir una función, una función que en aquella época tenía un nombre muy concreto, el matrimonio dinástico. Su vida, su futuro, sus posibilidades eran moneda de cambio en la diplomacia entre coronas.

Nadie le preguntó qué soñaba. Nadie necesitaba saberlo. Cuando era adolescente, los cortesanos que la observaban describían a María Cristina como una joven seria, discreta, inteligente y de una rectitud moral casi incómoda para quienes la rodeaban. No era la más llamativa de las archiduquesas. No tenía el fuego espontáneo que atrae las miradas en los salones, pero tenía algo que en política vale mucho más que la belleza o el encanto.

Tenía carácter, tenía una voluntad de hierro envuelta en terciopelo y tenía una capacidad inusual para aguantar el dolor sin quebrarse. La fortaleza interior que nadie valoró entonces sería años más tarde la única razón por la que España no se hundió en el caos. Pero antes de llegar a España, la historia tiene que pasar por un hombre, por un rey joven, apuesto, simpático y profundamente enamorado de otra mujer.

Alfonso Duod España subió al trono en enero de 1875, después de años de exilio y de una guerra carlista que había dejado el país en carne viva. Tenía 17 años cuando fue proclamado rey y llegó como una promesa de estabilidad después del desastre de la Primera República. El pueblo español lo recibió con entusiasmo y él les devolvió ese cariño con una sonrisa perpetua y una presencia cercana que hacía tiempo no se veía en la familia real.

era el rey soldado, el rey joven, el rey del que España quería enamorarse. Y Alfonso también quería enamorarse. De hecho, ya lo estaba desde mucho antes de ponerse la corona. El nombre de esa persona era María de las Mercedes de Orleans, su prima, la hija de los duques de Montpensier. Había luchado contra todos, incluyendo a su propia madre, la exreina Isabel II, para poder casarse con ella y lo consiguió.

El 28 de enero de 1878, Alfonso y Mercedes contrajeron matrimonio en Madrid en medio de una celebración popular que parecía el inicio de un cuento de hadas. Duró 5 meses. El 26 de junio de 1878, María de las Mercedes murió de fiebre tifoidea. Tenía 18 años. Alfonso quedó destrozado. Dicen quienes lo conocieron que nunca se recuperó del todo de esa pérdida, que durante el resto de su vida siguió amando a Mercedes en silencio con esa nostalgia incurable que deja el amor que no tiene tiempo de volverse cotidiano.

Y fue en ese contexto de duelo real y de urgencia dinástica que el nombre de María Cristina de Asburgo Lorena, comenzó a circular por los pasillos del poder. España necesitaba herederos, el trono necesitaba continuidad y un rey viudo a los 21 años necesitaba, guste o no, una nueva esposa. Los diplomáticos se pusieron a trabajar, los asesores evaluaron opciones y entre todas las candidatas posibles, la archiduquesa María Cristina de Austria fue la elegida, no por amor, desde luego, sino por cálculo político, por

linaje, por la necesidad de estrechar lazos entre la monarquía española y la casa imperial de los Absburgos. Alguien tomó esa decisión en un despacho. Alguien firmó un papel y el destino de una joven de 21 años quedó sellado para siempre. María Cristina llegó a España en noviembre de 1879. El 29 de ese mismo mes en Madrid se celebró la boda.

No fue un matrimonio de amor, al menos no en ese primer momento. Alfonso era educado, amable, pero su corazón seguía en otro lugar. María Cristina lo sabía y, a pesar de todo cumplió su papel con una dignidad que con el tiempo se convertiría en algo más que un deber. Lo que nadie podía imaginar entonces era que esa muchacha seria y reservada que llegó de Austria sin que nadie la pidiera de verdad, sin que nadie la amara todavía, iba a convertirse en la mujer más importante de la historia contemporánea de España.

Pero para llegar ahí, primero tenía que sobrevivir. Los primeros años de matrimonio entre Alfonso XI y María Cristina no fueron fáciles, aunque tampoco fueron un desastre. La corte madrileña era un mundo muy distinto al de Viena. En Austria, María Cristina había crecido en un ambiente de rigidez formal, de protocolos claros y silenciosos.

En España, la corte era más ruidosa, más apasionada, más impredecible. Los españoles hablaban alto, reían alto, discutían alto y María Cristina, con su carácter contenido y su acento extranjero, no tardó en convertirse en blanco de los comentarios más crueles de los salones madrileños. La llamaban la austríaca, con un tono que no era precisamente cariñoso.

La comparaban constantemente con Mercedes, que había muerto joven y hermosa, y por eso se había convertido en un mito intocable. Cómo competir con un fantasma, cómo ganarse el afecto de un pueblo que todavía lloraba a la reina anterior. María Cristina no intentó competir. Esa fue su primera gran decisión estratégica, aunque quizás ni ella misma la percibiera como tal en aquel momento.

Simplemente fue lo que era, seria, trabajadora, discreta. Y fue esa discreción la que poco a poco comenzó a danarle un respeto que el cariño espontáneo nunca le había dado. Alfonso, por su parte, no era un marido fácil. Era un hombre de su tiempo con las contradicciones propias de los reyes del siglo XIX, capaz de grandes gestos de generosidad y al mismo tiempo incapaz de la fidelidad que su esposa merecía.

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