PARTE 1: EL DESIERTO EN EL SALÓN
Eran las cuatro de la tarde de un martes de agosto en Madrid.
El aire en la calle no era aire, era una bofetada de realidad térmica.
El asfalto parecía estar en estado líquido, o al menos lo suficientemente blando como para atrapar los tacones de las señoras más valientes.
En el interior del piso de Elena, el ambiente era muy distinto.
O al menos, ella intentaba que lo fuera.
Elena estaba sentada en el sofá de lino, con los pies descalzos apoyados en la mesa de centro.
Tenía un vaso de agua con tanto hielo que los cubitos golpeaban el cristal con un sonido musical.
El aparato de aire acondicionado, un modelo japonés de última generación que le había costado un riñón y parte del otro, zumbaba con una eficiencia silenciosa.
En la pantalla del mando a distancia, un número brillaba con luz propia: 24.
Para Elena, el 24 no era solo una cifra.
Era un dogma de fe.
Era el equilibrio perfecto entre no morir de un golpe de calor y no arruinarse con la factura de la luz.
Era la temperatura que marcaba la civilización.
Sin embargo, al otro lado del salón, la atmósfera era radicalmente distinta.
Doña Paquita, su suegra, estaba sentada en el sillón de orejas, el que Elena siempre había querido tapizar y nunca se atrevió.
Paquita no estaba disfrutando del frescor.
Paquita estaba en pie de guerra, aunque de momento solo era una guerra de gestos.
Llevaba una rebeca de punto fino sobre los hombros, a pesar de que fuera los pájaros caían fritos al suelo.
Se frotaba los brazos con una energía sospechosa.
Suspiraba con una profundidad que solo las madres españolas de cierta generación saben ejecutar.
Eran suspiros que contenían siglos de historia, de sacrificios y de frío acumulado en las iglesias de Burgos.
Elena cerró los ojos, intentando ignorar la presencia de su suegra.
Sabía lo que venía.
Conocía perfectamente el guion de la película que estaba a punto de empezar.
Paquita se recolocó la rebeca, subiéndola hasta el cuello.
—Elena, hija —dijo Paquita, con una voz que vibraba ligeramente, como si estuviera en mitad de una ventisca en el Everest.
Elena no abrió los ojos.
—Dígame, suegra.
—¿Tú no notas como un airecillo? —preguntó la mujer, mirando al techo con desconfianza.
—Es el aire acondicionado, Paquita, de eso se trata —respondió Elena, manteniendo la calma.
—No, si yo sé lo que es, pero es que esto no es aire, esto es un dardo de hielo directo a mis lumbares.
Paquita se levantó con una lentitud dramática.
Caminó por el pasillo como si estuviera atravesando la tundra siberiana.
—Parece que estamos en el pasillo de los congelados del supermercado —murmuró, lo suficientemente alto para que se oyera.
Elena suspiró y bebió un sorbo de su agua helada.
—Está a 24 grados, suegra, es la temperatura legal y lógica para no asfixiarnos.
Paquita se detuvo en seco y se giró, con una mano en el pecho.
—¿Legal? ¿Desde cuándo poner la casa como una cueva de osos polares es legal?
—Es lo que recomiendan los expertos para el ahorro energético y el confort térmico —explicó Elena, abriendo por fin los ojos.
—A mí los expertos me van a tener que pagar el fisioterapeuta cuando se me bloquee el cuello —replicó Paquita.
Se acercó a la rejilla del aire y puso la mano delante.
—¡Virgen del Camino! Si esto sale con escarcha.
—No sale con escarcha, Paquita, está refrescando la estancia.
—Refrescando dice… Esto parece el Polo Norte, Elena.
La suegra se sentó de nuevo, pero esta vez se envolvió en la rebeca como si fuera una manta de supervivencia.
—Me va a dar una pulmonía, te lo digo yo.
—Nadie coge una pulmonía por estar a 24 grados en agosto —dijo Elena, empezando a notar cómo la tensión subía por su espalda.
—Mi tía Encarna se quedó tiesa un verano por culpa de una corriente —sentenció Paquita.
—Su tía Encarna tenía 95 años y estaba en una boda en una bodega de Valladolid, suegra.
—Pues por eso mismo, el frío es traicionero, no avisa.
Elena miró el mando que descansaba sobre la mesa.
Sentía la tentación de bajarlo a 22 solo por ver qué pasaba.
Pero no quería una guerra abierta, todavía no.
—Paquita, fuera hace 42 grados, si lo apago, nos vamos a desmayar las dos.
—Yo prefiero desmayarme de calor que morir congelada en vida —afirmó la mujer con solemnidad.
Se frotó las manos y sopló sobre ellas.
El teatro era digno de un premio Goya.
—Fíjate, Elena, tengo las uñas moradas.
—Están pintadas de color berenjena, suegra, se las pintó usted ayer.
—Bueno, pues debajo de la pintura están moradas, lo noto en el hueso.
Elena se levantó y caminó hacia la cocina.
—¿Quiere un té caliente? A ver si así se le pasa el drama.
—Un té dice… Lo que quiero es vivir para ver el sorteo de Navidad.
Desde la cocina, Elena escuchaba el rechinar de dientes fingido de su suegra.
Era un sonido rítmico, irritante y perfectamente calculado.
Abrió la nevera y se quedó un momento frente al ventilador del electrodoméstico.
Pensó en su marido, Ricardo, que en ese momento estaba trabajando en una oficina con el aire a 19 grados y tan feliz.
Él se libraba de esto.
Él no tenía que gestionar el termostato emocional de su madre.
—¡Elena! —gritó Paquita desde el salón.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Me puedes traer los calcetines gordos de lana que me regaló mi hermana?
—¡Que es agosto, suegra!
—¡Y yo estoy tiritando!
Elena volvió al salón con el vaso de agua y se sentó frente a ella.
—Escúcheme bien, Paquita.
La suegra la miró con ojos de corderito degollado.
—Dime, hija, dime, si es que todavía puedo articular palabra.
—No vamos a tocar el aire.
Paquita abrió la boca para protestar, pero Elena levantó una mano.
—Está a la temperatura justa.
—¡Ponlo a 27 o apágalo! —exclamó la mujer, perdiendo un poco la compostura de víctima.
—A 27 grados lo que tenemos es un horno con ventilador —rebatió Elena.
—A 27 se está divinamente, como en la gloria, como en una tarde de paseo por el Retiro.
—En el Retiro a las seis de la tarde no se está divinamente, se está sufriendo.
Paquita se cruzó de brazos, lo que hizo que la rebeca se le subiera hasta las orejas.
—Eres una exagerada, Elena, siempre has sido muy calurosa.
—Y usted siempre ha sido muy friolera, parece que nació en un iglú.
—Nací en una casa de piedra donde el invierno duraba nueve meses, y aquí estoy, sana como una manzana.
—Pues use esa resistencia genética para aguantar los 24 grados —sentenció Elena.
La tensión en el salón era casi sólida.
Se podía cortar con un cuchillo de esos que anuncian en la tele.
Paquita empezó a golpear el suelo con el pie.
—Tengo los pies como témpanos —murmuró.
—Pues póngase las zapatillas.
—No puedo, el frío me ha entumecido las articulaciones.
Elena se frotó las sienes.
Sabía que esto era solo el principio.
La tarde iba a ser muy larga.
Y el aire acondicionado iba a ser el protagonista absoluto de una tragedia griega en tres actos.
Paquita miró el mando a distancia como si fuera un arma cargada.
Elena sabía que, en cuanto ella se despistara, la mano de la suegra volaría hacia el botón de subir temperatura.
Era un juego de gatos y ratones.
Un duelo al sol, pero con sombra y refrigeración.
—¿Sabes qué pasa, Elena? —dijo Paquita de repente, con un tono más suave.
—¿Qué pasa?
—Que vosotras las jóvenes no respetáis el equilibrio del cuerpo.
—¿Qué equilibrio?
—El de fuera y el de dentro. No se puede estar a 40 grados en la calle y entrar aquí y que se te congele la glotis.
—No se le va a congelar la glotis, suegra, de verdad.
—Se me está cerrando el pecho, lo noto.
Paquita se llevó la mano a la garganta.
—Voy a por un pañuelo, que me está dando carraspera.
Elena observó cómo su suegra se retiraba al dormitorio principal con el paso de un pingüino en una pista de patinaje.
Sabía que no iba a por un pañuelo.
Iba a por más ropa.
Y probablemente a por una estrategia de contraataque.
Elena se recostó en el sofá y suspiró.
Miró el aparato de aire.
“Aguanta, compañero”, pensó.
“Tú y yo contra el mundo”.
Porque en esa casa, el verano no se combatía con abanicos.
Se combatía con argumentos, paciencia y un dedo pegado al mando a distancia.
La batalla por el control del clima doméstico acababa de empezar.
Y Paquita no se rendía fácilmente.
Era una mujer que había sobrevivido a la posguerra, a tres hijos y a cinco mudanzas.
Un chorro de aire frío no iba a ser lo que la doblegara.
Elena se preparó mentalmente para el siguiente asalto.
Porque sabía que, en menos de cinco minutos, Paquita volvería.
Y no volvería sola.
Traería consigo toda la artillería pesada del “manual de la suegra ofendida”.
El sol seguía castigando las persianas bajadas, pero dentro, la temperatura emocional estaba a punto de ebullición.
A pesar de los 24 grados.
A pesar del silencio.
A pesar de la lógica.
Porque en una familia española, la lógica siempre es lo primero que sale por la ventana cuando entra el aire acondicionado.
PARTE 2: EL CONTRAATAQUE DEL PUNTO Y LA LANA
Como Elena había predicho, la ausencia de Paquita no fue larga.
La puerta del dormitorio crujió ligeramente.
Elena se mantuvo inmóvil, con la mirada fija en un punto inexistente de la televisión apagada.
Cuando Paquita reapareció en el salón, la visión era casi surrealista.
No solo llevaba la rebeca de punto fino.
Ahora lucía también un chal de ganchillo grueso, de esos que pesan tres kilos y tienen flecos que barren el suelo.
Llevaba unos calcetines de deporte blancos subidos hasta media pantorrilla por encima de las medias de descanso.
Y, para rematar el conjunto, se había anudado un pañuelo de seda al cuello.
Parecía una cebolla de lana lista para una expedición al Himalaya.
Se sentó en su sillón con una rigidez que rozaba lo cómico.
—Ahora sí —dijo Paquita, con la barbilla alta—. Ahora que venga el frío, que me encuentre preparada.
Elena no pudo evitar una pequeña risa nerviosa.
—Suegra, parece que va a subir al Aneto.
—Mejor parecer una montañera que acabar en urgencias con una parálisis facial, Elena.
—¿Parálisis facial? ¿Pero de dónde saca esas cosas?
—Lo dijeron en las noticias. Un muchacho joven, fuerte como un roble, se quedó dormido con el aire puesto y se despertó con la boca en la oreja izquierda.
—Eso sería porque tenía una corriente directa y el aire a 16 grados, Paquita.
—El aire es aire, y el frío entra por los poros sin pedir permiso.
Elena se levantó para dejar el vaso en la cocina, pero al pasar junto al mando, notó algo raro.
El mando no estaba donde ella lo había dejado.
Estaba unos centímetros más a la derecha.
Miró a su suegra de reojo.
Paquita estaba mirando una mancha invisible en la pared con una inocencia exagerada.
—¿Ha tocado el mando, suegra?
—¿Yo? ¿Para qué voy a tocar yo ese aparato del demonio? Si no sé ni cómo se enciende la tele nueva, ¿voy a saber yo manejar el ordenador ese de la pared?
Elena cogió el mando y miró la pantalla.
Seguía en 24.
“Qué raro”, pensó.
—Pues me ha parecido que se había movido.
—Serán las alucinaciones por la hipotermia —replicó Paquita sin inmutarse.
Elena volvió a sentarse, pero esta vez con el mando en la mano, como si fuera un cetro real.
—No hace frío, Paquita, de verdad. Mire, abra la persiana un segundo para que vea lo que hay ahí fuera.
—¡Ni se te ocurra! —gritó la suegra—. Si abres la persiana entra el “fuego”.
—Pues entonces quédese con el fresquito.
—Es que esto no es fresco, Elena, esto es un clima artificial que no es natural para el cuerpo humano.
—¿Y el calor de 45 grados es natural?
—Es el calor de Dios, el de toda la vida. Se suda, se bebe agua de botijo y se espera a que caiga el sol.
Elena suspiró, sintiendo cómo el sudor (o la falta de él) se convertía en un debate filosófico.
—El botijo ya no se lleva, suegra. Ahora tenemos tecnología.
—Pues vuestra tecnología nos va a volver a todos de cristal.
Paquita empezó a hurgar en los bolsillos de su rebeca y sacó un termómetro de farmacia.
Elena alucinó.
—¿Qué va a hacer con eso?
—Voy a comprobar mi temperatura basal. Siento que me está bajando por momentos.
—No puede estar tomándose la temperatura cada cinco minutos, es una obsesión.
—Es prevención, hija, prevención.
Paquita se puso el termómetro debajo del brazo con una destreza envidiable.
Se quedó allí, quieta, como una estatua de la resistencia antifrío.
—¿Sabes qué decía mi madre? —preguntó Paquita tras un minuto de silencio sepulcral.
—No sé qué decía, pero me lo imagino.
—Decía que el cuerpo es como un puchero. Si le echas agua fría de golpe cuando está hirviendo, el barro se raja.
—Nosotras no somos de barro, suegra.
—Somos de carne y hueso, que es más delicado todavía.
El termómetro pitó.
Paquita lo sacó con la solemnidad de quien lee un testamento.
—Treinta y seis con dos —anunció, con tono de tragedia—. Estoy empezando a enfriarme.
—¡Eso es una temperatura perfectamente normal! —exclamó Elena.
—Para ti será normal, yo suelo estar en treinta y seis con siete. Es medio grado, Elena. Medio grado es la diferencia entre la vida y el inicio del fin.
Elena dejó caer la cabeza hacia atrás en el sofá.
—Me rindo. De verdad, me rindo.
—¿Entonces lo vas a subir a 27? —preguntó Paquita con un brillo de esperanza en los ojos.
—No.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Voy a ignorar el hecho de que mi suegra se está convirtiendo en un esquimal en mi propio salón.
—Eres muy tozuda, de verdad te lo digo. Igualita que tu madre, que en paz descanse, que también era de armas tomar.
—Mi madre ponía el aire a 20 grados y dormía con edredón en agosto, no me compare.
—¡Qué barbaridad! Así salió ella de lo suyo…
—¡Suegra, por favor!
Paquita se encogió de hombros, ajustándose el pañuelo de seda.
—Solo digo que los excesos se pagan.
En ese momento, el motor del aire acondicionado hizo un pequeño ruido, un cambio de ciclo.
Paquita dio un respingo en el sillón.
—¿Qué ha sido eso? ¿Ha explotado?
—No, simplemente ha llegado a la temperatura seleccionada y se detiene un momento el compresor.
—¿Ves? Hasta la máquina está cansada de trabajar tanto para enfriar este palacio de hielo.
—No está cansada, está siendo eficiente.
—Eficiente… Esa es la palabra que usáis ahora para todo. Antes se decía “ahorrar”.
—Pues por eso mismo lo tengo a 24, para ahorrar.
—Si lo pusieras a 27, el motor no sufriría tanto.
—Si lo pongo a 27, la que sufro soy yo, que me salen sarpullidos del calor.
Paquita hizo un gesto de desprecio con la mano.
—Sarpullidos… En mis tiempos los sarpullidos se curaban con polvos de talco y un poco de paciencia.
—Pues yo prefiero curarlos con aire acondicionado.
Hubo otro silencio, roto solo por el lejano sonido de una ambulancia en la calle.
Elena miraba a su suegra y no podía evitar sentir una mezcla de irritación y ternura.
Paquita estaba allí, blindada contra el confort moderno, defendiendo su derecho a pasar un calor soberano.
—¿Te acuerdas cuando veraneábamos en el pueblo? —preguntó Paquita de repente.
Elena asintió. Era un recuerdo recurrente.
—Dormíamos en la gloria con las ventanas abiertas de par en par.
—Y nos comían los mosquitos, suegra. Y no corría ni una gota de aire.
—Pero era aire de verdad, no este aire procesado que sabe a plástico.
—El aire no tiene sabor, Paquita.
—Este sí. Sabe a oficina y a hospital.
Elena se levantó para ir al baño, pero antes de salir del salón, se giró.
—No toque el mando.
—¿Yo? Ni que fuera un juguete.
Elena se fue, pero dejó la puerta del baño entornada.
Escuchó un movimiento rápido de telas de lana.
Escuchó el “clic” inconfundible de un plástico chocando contra una mesa de madera.
Salió del baño a toda velocidad.
Paquita estaba sentada exactamente igual que antes, pero el mando estaba en el suelo.
—Se ha caído solo —dijo la suegra con una rapidez sospechosa—. Se habrá resbalado con la humedad del ambiente.
Elena recogió el mando.
La pantalla marcaba 27.
—¡Suegra!
—¡Ha sido el espíritu santo, Elena! Yo no me he movido de aquí, que tengo las piernas dormidas por la congelación.
Elena suspiró, volvió a poner el 24 y se guardó el mando en el bolsillo del pantalón.
—A partir de ahora, el mando viene conmigo.
—¡Eso es dictadura! —protestó Paquita—. ¡En esta casa hay una dictadura climática!
—Es mi casa, suegra.
—Y yo soy la madre de tu marido, que es el que paga la mitad de este aire.
—Y mi marido dice que 24 es la gloria bendita.
—Ricardo dice eso porque le tienes comido el coco. Ese niño siempre fue de tener frío. De pequeño le tenía que poner tres mantas.
—Pues ha evolucionado, Paquita. Se ha adaptado al siglo veintiuno.
Paquita se hundió en su sillón de orejas, haciendo que los flecos de su chal bailaran.
—Está bien. No digas más. Me callo.
—Gracias.
—Me callo y me consumo.
—No se va a consumir.
—Si mañana no me levanto, que sepas que mis últimas palabras fueron para pedir un poco de humanidad térmica.
Elena se volvió a sentar, esta vez con una sonrisa triunfal.
Pero la victoria en una discusión con una suegra nunca es definitiva.
Es solo una tregua disfrazada.
Y Paquita ya estaba tramando el siguiente paso.
Lo supo porque la mujer empezó a canturrear una copla muy bajito.
“Tengo frío, tengo frío, que me lleven al río…”
Elena cerró los ojos.
Esto no era una tarde de verano.
Era una guerra de desgaste.
Y el enemigo tenía mucha lana y mucho tiempo libre.
PARTE 3: EL SÍNDROME DE LA VENTANA ABIERTA
La tarde avanzaba con la lentitud de un caracol sobre una plancha caliente.
A pesar de que el salón de Elena seguía a sus rigurosos 24 grados, el ambiente estaba cargado de una electricidad estática que nada tenía que ver con el aparato de aire acondicionado.
Paquita había cambiado de táctica.
Ya no protestaba de viva voz.
Ahora practicaba el arte de la “resistencia pasiva-agresiva”.
Se dedicaba a suspirar de forma rítmica, coincidiendo con las oscilaciones de las lamas del aparato.
Cada vez que el chorro de aire se movía hacia su dirección, ella se tapaba la boca con el pañuelo de seda y fingía una tos seca y cavernosa.
—Ejem… ejem…
Elena intentaba leer un libro, pero era imposible concentrarse.
—¿Quiere un caramelo de menta, suegra?
—No, no… —respondió Paquita con voz quebrada—. Lo que necesito es aire puro. Siento que mis pulmones se están cristalizando.
—No exagere, Paquita.
—No exagero. Es que este aire está viciado. Estamos respirando lo mismo una y otra vez. Es poco higiénico.
Elena levantó la vista de su libro.
—Tiene filtros de última generación, atrapa hasta el polen de las flores que no tenemos.
—A saber lo que se cría ahí dentro —replicó la suegra, señalando el aparato con un dedo acusador—. Ahí dentro debe de haber familias de bacterias viviendo como marqueses en el frío.
—He pasado la revisión el mes pasado.
—Las máquinas mienten, Elena. Las máquinas están hechas para engañarnos.
De repente, Paquita se levantó con una agilidad sorprendente para alguien que decía tener las articulaciones de corcho.
Se dirigió hacia la ventana del balcón.
—¿Qué va a hacer? —preguntó Elena, poniéndose en guardia.
—Solo voy a abrir un poquito, para que entre oxígeno.
—¡No! ¡Ni se le ocurra!
—Solo un dedo, para que circule la vida.
—Si abre un dedo, entra el aire de la calle que está a cuarenta grados y el aparato se vuelve loco intentando compensar. ¡Va a saltar el diferencial!
Paquita ya tenía la mano en el tirador.
—Es que me asfixio, hija. Me asfixio de frío y de falta de ventilación.
—¡Es una contradicción técnica! No se puede uno asfixiar de frío y querer aire caliente.
—Es que el calor de fuera es aire vivo, este es aire muerto.
Elena se levantó y se puso delante de la ventana, bloqueando el paso.
—Suegra, por favor, siéntese.
—No me voy a sentar hasta que no respire algo que no haya pasado por un tubo de cobre.
—Paquita, la calle es un horno. ¿Usted ha visto cómo está el perro de la vecina? No quiere ni salir a hacer sus cosas.
—El perro de la vecina es un flojo, como todos los de su raza.
Las dos mujeres se quedaron mirando fijamente, separadas por apenas unos centímetros.
Era un duelo al amanecer, solo que eran las cinco y media de la tarde y el sol todavía pegaba con saña contra el cristal.
—Si abro la ventana —dijo Elena con voz pausada—, apago el aire.
—¡Pues apágalo! —desafió Paquita—. Apágalo y verás qué alegría para el cuerpo.
Elena, en un arrebato de orgullo, sacó el mando del bolsillo y pulsó el botón de “OFF”.
El ligero zumbido cesó al instante.
El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
—Muy bien —dijo Elena—. Ventana abierta.
Abrió la corredera con un movimiento enérgico.
Al instante, una ráfaga de aire que parecía provenir del mismísimo Sahara entró en el salón.
No era una brisa.
Era una masa de aire sólido, denso, caliente y con un ligero olor a asfalto recalentado y a protector solar de los vecinos de abajo.
Paquita se quedó quieta un momento, recibiendo el impacto.
Elena cruzó los brazos y esperó.
En menos de diez segundos, el sudor empezó a perlar la frente de Paquita.
El chal de ganchillo, que hacía un minuto era un escudo necesario, empezó a parecer una tortura medieval.
—¿Ves? —dijo Paquita, aunque su voz ya no sonaba tan firme—. ¿Ves cómo se nota el oxígeno?
—Se nota la combustión espontánea, suegra.
Paquita se pasó el pañuelo por la frente.
—Bueno, es que ha entrado de golpe. Hay que dejar que se estabilice.
—A 42 grados no se estabiliza nada, se funde.
Elena sentía cómo su propia camiseta empezaba a pegársele a la espalda.
La temperatura en el salón subía por segundos.
Era como si el calor estuviera esperando en la puerta para asaltar la casa.
Paquita se quitó el chal con un movimiento disimulado.
Luego, la rebeca.
Y finalmente, se desanudó el pañuelo de seda.
—Hace un poquito de bochorno, ¿no? —admitió la suegra, abanicándose con la mano.
—Es el aire vivo que tanto le gusta.
—Bueno, es que a lo mejor hoy el aire de la calle está un poco más rebelde de lo normal.
Elena no dijo nada. Se limitó a observar cómo su suegra empezaba a ponerse de un color rojo similar al de un tomate maduro.
—¿Sabes qué pasa? —dijo Paquita, sentándose de nuevo en el sillón—. Que el aire acondicionado ha dejado el ambiente tan frío que el contraste ahora es mayor.
—No, suegra, lo que pasa es que fuera hace un calor de mil demonios.
Paquita empezó a resoplar.
Ya no era el suspiro de la víctima del frío, era el resoplido del náufrago buscando agua.
—¿No tendrás por ahí un abanico, Elena?
—Están en el cajón de la entrada.
Paquita se levantó, pero esta vez con pesadez.
Fue por el abanico y volvió moviéndolo a una velocidad que habría hecho despegar a un helicóptero.
—¡Ay, qué aire más caliente viene de la calle! —se quejó.
—Es que es el oxígeno que usted quería.
—¡Pero si parece que me están dando con un secador de pelo en la cara!
Elena sonrió para sus adentros.
—¿Cerramos la ventana y volvemos a los 24 grados?
Paquita dudó. Su orgullo era una roca difícil de mover.
—Bueno… tampoco hay que precipitarse. A lo mejor si pongo un poco de agua en el suelo…
—¡Suegra, por Dios! Que esto es un piso, no una corrala de los años cincuenta.
—Es que así se refrescaba el ambiente antes.
—Y antes también íbamos en burro y mire qué bien se va en metro con aire acondicionado.
Paquita se detuvo un momento. El sudor ya le bajaba por las sienes.
—Está bien —cedió por fin—. Cierra. Pero ponlo a 26.
—A 24.
—¡25 y no se hable más! Es el punto medio de la concordia nacional.
Elena suspiró.
—Acepto 25, pero solo si se quita los calcetines de lana. Me da calor solo de mirarla.
Paquita se miró los pies como si no supiera que llevaba calcetines.
—¡Ay, es verdad! Con el lío de la ventilación se me ha olvidado que los llevaba puestos.
Elena cerró la ventana, sintiendo el alivio inmediato de bloquear el fuego exterior.
Pulsó el mando.
25 grados.
El aparato volvió a la vida con un sonido que a Elena le pareció celestial.
Paquita se quitó los calcetines y los escondió debajo del sillón.
Se quedó en silencio un rato, disfrutando del descenso gradual de la temperatura.
—¿Ves, Elena? —dijo de pronto—. A 25 se está mucho mejor.
—Es un grado de diferencia, suegra. Apenas se nota.
—¡Cómo que no se nota! Se nota la humanidad. Se nota que no estamos en una cámara frigorífica.
Elena no quiso discutir. A veces, ganar una batalla consiste en dejar que el otro crea que ha ganado algo.
Sin embargo, la paz duró poco.
Porque Paquita, una vez recuperada del susto del calor extremo, volvió a su estado natural: el análisis crítico del entorno.
—Oye, Elena…
—¿Qué pasa ahora?
—¿No te parece que el aire hace ahora un ruido diferente? Como un… ¿ñic, ñic?
Elena cerró los ojos con fuerza.
—Es el sonido del aire fluyendo, Paquita.
—No, no… eso es que algo se ha roto al apagarlo y encenderlo tan rápido.
—No se ha roto nada.
—Yo lo noto en el oído interno. Es un zumbido que me va a dar dolor de cabeza.
Elena se levantó y se fue a la cocina a por otro vaso de agua.
—¡Ricardo! —gritó Paquita al teléfono, que acababa de coger de la mesa—. ¡Ricardo, hijo, ven pronto a casa que aquí vamos a acabar todos locos con el aparato este!
Elena se detuvo en seco.
“Madre mía”, pensó. “Ha llamado a los refuerzos”.
La tarde, que ya era complicada, estaba a punto de entrar en su fase más crítica.
El choque generacional ya no era solo entre nuera y suegra.
Ahora entraba en juego el hijo, el mediador, el hombre que intentaba contentar a las dos y que siempre acababa siendo el que más sudaba de todos.
Elena escuchó la voz de su marido al otro lado del teléfono, intentando calmar a su madre.
—Sí, hijo… sí… Tu mujer tiene esto puesto que parece el Castillo de Hielo de la película esa de los dibujos…
Elena volvió al salón con una mirada de “prepárate para lo que viene”.
Paquita colgó el teléfono con una sonrisa de suficiencia.
—Dice Ricardo que ahora viene. Y que va a traer una cosa para medir la humedad, que dice que eso también influye.
Elena se sentó y miró fijamente el aparato de aire acondicionado.
Si la máquina pudiera hablar, probablemente pediría la baja por estrés laboral.
Porque en esa casa, el termostato no medía solo grados centígrados.
Medía la paciencia, el afecto y la capacidad de supervivencia de una familia española en pleno agosto.
PARTE 4: LA CUMBRE DEL TERMOSTATO Y EL JUICIO FINAL
La llegada de Ricardo a casa fue como la de un mediador de la ONU entrando en una zona de conflicto de alta intensidad.
Entró por la puerta con la cara roja, la camisa pegada al cuerpo y un maletín que soltó con un suspiro de alivio.
—¡Por fin! —exclamó—. Fuera se puede freír un huevo en el capó de un taxi.
Paquita se levantó de un salto, olvidando por completo sus supuestos dolores articulares.
—¡Hijo! ¡Menos mal que llegas! Dile a tu mujer que me tiene aquí como a un pingüino en una nevera.
Ricardo miró a Elena, que seguía con el mando en la mano como si fuera un escudo.
Luego miró el aparato.
—¿A cuánto está? —preguntó con cautela.
—A 25 —dijo Elena—. Estaba a 24, pero tu madre ha hecho una huelga de hambre de aire y lo he subido.
—¡A 25 dice! —protestó Paquita—. ¡Si hace un rato ha abierto la ventana y casi nos achicharramos vivas!
Ricardo se pasó la mano por la frente, secándose el sudor.
—Mamá, si Elena lo tiene a 25, está muy bien. En mi oficina estamos a 21 y tengo que llevar chaqueta.
—¡Pues eso es pecado! —sentenció la suegra—. Eso es tentar a la suerte y a los bronquios.
Ricardo se acercó al termostato de la pared, ese que Elena rara vez tocaba porque prefería el mando.
—A ver… la temperatura real del salón ahora mismo es de 25,4 grados —anunció como un notario—. La humedad está al 40%. Es, técnicamente, el confort ideal.
—A mí el confort ideal me lo da mi cuerpo, no un cacharro con luces —replicó Paquita, cruzándose de brazos—. Yo os digo que tengo frío. Y punto.
Elena se levantó y se puso al lado de su marido.
—Ricardo, explícale que si lo subimos a 27, el aire deja de enfriar y solo mueve aire caliente.
—Mamá, es verdad. A 27 grados, con el calor que hace fuera, el aparato no sirve de nada. Estaríamos gastando luz para nada.
—¿Y mi salud? ¿Es que mi salud no vale nada? —preguntó Paquita con ese tono de “me estáis abandonando en un asilo” que tan bien dominaba.
Ricardo miró a Elena con cara de súplica.
Elena conocía esa mirada. Era la mirada de “por favor, hazlo por la paz familiar”.
Pero Elena también tenía sus principios.
—Está bien —dijo Elena—. Vamos a hacer un experimento.
—¿Qué experimento? —preguntó Paquita con desconfianza.
—Voy a ponerlo a 27 grados durante media hora —propuso Elena—. Si en media hora usted no está sudando y pidiendo por favor que lo baje, lo dejamos así toda la tarde.
Paquita aceptó el reto con una sonrisa triunfal.
—Hecho. Ya veréis qué bien se está. Como en una tarde de mayo en el pueblo.
Elena pulsó el botón. 27 grados.
Ricardo se quitó la camisa, quedándose en camiseta interior, y se sentó en el sofá al lado de su madre.
—Bueno, pues a esperar —dijo.
Los primeros cinco minutos pasaron bien.
Paquita abanicaba con parsimonia, comentando lo “natural” que se sentía el ambiente.
—¿Ves? Ahora se puede respirar. El aire ya no entra como un cuchillo.
Elena no decía nada. Solo miraba el reloj.
A los diez minutos, el silencio se rompió por el sonido del abanico de Paquita, que empezaba a moverse un poco más rápido.
Ricardo tenía una gota de sudor bajándole por la sien.
—Hace un pelín de calor, ¿no? —comentó él, intentando ser diplomático.
—Es el calorcito de la vida, hijo —dijo Paquita, aunque ya se estaba pasando el pañuelo por el cuello de nuevo.
A los quince minutos, el salón se había convertido en un invernadero.
El aire a 27 grados no era aire, era una manta invisible que pesaba sobre los hombros.
Paquita ya no sonreía tanto.
Se movía en el sillón, buscando una zona del tapizado que no estuviera caliente.
—¿Cuánto tiempo queda, Elena? —preguntó Ricardo, que ya estaba visiblemente agobiado.
—Quedan quince minutos. Hay que cumplir el trato.
—Es que… se nota el bochorno —admitió Paquita, abriéndose el primer botón de la blusa.
—¿Quiere el chal, suegra? —preguntó Elena con una ironía fina—. Por si refresca.
—No hace falta, hija, no hace falta… Que me he movido mucho y he entrado en calor.
A los veinte minutos, la situación era insostenible.
Incluso Paquita estaba resoplando como una locomotora a vapor.
—Oye… —dijo la suegra de repente—. ¿No será que el aparato se ha roto al ponerlo tan alto?
—No se ha roto, Paquita. Es que en Madrid, en agosto, a 27 grados dentro de un piso, se está mal —explicó Ricardo con toda la paciencia que le quedaba.
—Es que parece que no sale nada —insistió ella—. Dale un golpe, a ver si se ha atascado.
—No hay nada atascado, suegra. Es la temperatura que usted quería.
Paquita se quedó callada tres minutos más.
El sudor ya le empapaba el pelo.
Finalmente, cerró el abanico con un golpe seco.
—Está bien, bajadlo.
—¿Cómo? —preguntó Elena, disfrutando el momento.
—Que lo bajéis, leche. Que parece que estamos en una sauna y no me han dado ni la toalla.
Elena no tardó ni un segundo.
Pulsó el botón de “Turbo” y lo bajó directamente a 23 grados.
El chorro de aire frío salió con una fuerza renovada, como una bendición del cielo.
Ricardo soltó un suspiro de puro placer.
Paquita cerró los ojos y dejó que el aire le diera directamente en la cara.
Ya no había menciones a la pulmonía.
Ya no había noticias sobre parálisis faciales.
Ya no había tías Encarnas congeladas en bodas de Valladolid.
Solo había tres personas en un salón de Madrid, rindiéndose a la evidencia de que el verano español es un enemigo demasiado poderoso para combatirlo con orgullo y lana.
—A 24 estaba bien, ¿verdad? —preguntó Paquita al cabo de un rato, con una humildad inusual.
—A 24 es la gloria, mamá —dijo Ricardo.
—Bueno… admito que a lo mejor me he pasado un poco de precavida. Pero es que el frío me da respeto.
Elena sonrió y dejó el mando sobre la mesa, a la vista de todos.
—No pasa nada, suegra. El próximo día le compro un pijama de esquimal y todos contentos.
—No te burles, que una ya tiene una edad.
La paz volvió por fin al hogar.
El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de un color naranja intenso, pero dentro del piso el clima era estable, lógico y, sobre todo, civilizado.
Ricardo se quedó dormido en el sofá, con el murmullo del aire de fondo.
Elena y Paquita se quedaron mirando un concurso de la tele en silencio, compartiendo el mismo aire a la misma temperatura.
Ya no había bandos.
Solo había una familia sobreviviendo al agosto madrileño.
Porque al final del día, no importa quién tenga el mando.
Lo que importa es que nadie se quede pegado al sofá por el calor.
Y que, por una vez, la lógica de los 24 grados se impusiera sobre el drama de la rebeca.
Elena miró a su suegra de reojo.
Paquita estaba tranquila, pero de vez en cuando miraba el aparato con una mezcla de respeto y sospecha.
Sabía que la tregua duraría hasta que Ricardo se despertara o hasta que alguien mencionara que la cena tenía que ser “algo calentito”.
Pero por ahora, el termostato marcaba la victoria de la cordura.
O al menos, la victoria de la supervivencia.
Porque en España, el aire acondicionado no es un electrodoméstico.
Es un miembro más de la familia, con el que hay que negociar, al que hay que entender y al que, sobre todo, nunca hay que dejar de vigilar.
La noche caía sobre la ciudad, y el zumbido del aparato seguía ahí, fiel, manteniendo a raya el desierto que rugía al otro lado de la ventana.
Y Elena, por fin, pudo relajarse.
Había ganado la guerra del frío.
Al menos, por hoy.