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EL DESIERTO EN EL SALÓN

PARTE 1: EL DESIERTO EN EL SALÓN

Eran las cuatro de la tarde de un martes de agosto en Madrid.

El aire en la calle no era aire, era una bofetada de realidad térmica.

El asfalto parecía estar en estado líquido, o al menos lo suficientemente blando como para atrapar los tacones de las señoras más valientes.

En el interior del piso de Elena, el ambiente era muy distinto.

O al menos, ella intentaba que lo fuera.

Elena estaba sentada en el sofá de lino, con los pies descalzos apoyados en la mesa de centro.

Tenía un vaso de agua con tanto hielo que los cubitos golpeaban el cristal con un sonido musical.

El aparato de aire acondicionado, un modelo japonés de última generación que le había costado un riñón y parte del otro, zumbaba con una eficiencia silenciosa.

En la pantalla del mando a distancia, un número brillaba con luz propia: 24.

Para Elena, el 24 no era solo una cifra.

Era un dogma de fe.

Era el equilibrio perfecto entre no morir de un golpe de calor y no arruinarse con la factura de la luz.

Era la temperatura que marcaba la civilización.

Sin embargo, al otro lado del salón, la atmósfera era radicalmente distinta.

Doña Paquita, su suegra, estaba sentada en el sillón de orejas, el que Elena siempre había querido tapizar y nunca se atrevió.

Paquita no estaba disfrutando del frescor.

Paquita estaba en pie de guerra, aunque de momento solo era una guerra de gestos.

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