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El día que MURIÓ CHALINO Sanchez – La Voz que el Narco SILENCIÓ

El astro guardó la nota y continuó con su repertorio, pero todos notaron que ya no era el mismo. No lograba disimular que algo se había apagado en él, aunque faltaban algunas canciones, la fiesta había terminado. La inquietud de Chalino también fue evidente para su equipo cuando se reunió con él en el camarín luego del show. Alguno de sus músicos le preguntaron si se sentía mal.

Respondió que estaba bien y sonrió, aunque no sonaba convencido. Nadie imaginaba que aquel enigma era apenas el prólogo de un hecho espantoso. Pero no nos adelantemos. La relación entre la música y el narcotráfico no es novedosa. Incluso hay géneros musicales que abordan esa temática con crudeza, honestidad y polémica como el hip hop, el reggaetón y, sobre todo el corrido.

Este último suele ser elegido para contar abiertamente historias de personajes o eventos del ambiente narco con una fuerte carga de épica, a veces hasta reivindicativa. A principios de los 90 hubo un cantante mexicano que llevó los corridos a un nuevo nivel. En muy poco tiempo consiguió fama, bienestar económico, admiradores y respeto.

Sin embargo, convivía con un lado oscuro que terminó por devorarlo. ¿Había caso Chalino dejado atrás su pasado criminal? Componer canciones para narcos selló su destino. ¿Qué relación hubo entre el atentado que acabó con su vida y un ataque previo que le había dejado graves secuelas? Para descubrir las respuestas a estas y otras preguntas, nos vamos a remontar hasta el 16 de mayo de 1992, el día que murió Chalino Sánchez.

Rosalino Sánchez Félix nació el 30 de agosto de 1960 en Rancho El Guayabo, perteneciente al municipio de Culiacán, Sinaloa, una porción de México asociada al peligro y la criminalidad. El protagonista de esta historia lo entendió desde la cuna, pero antes de lidiar con el mundo exterior Rosalino, conoció el sufrimiento en su propia casa.

Sus padres trabajaban de sol a sol para que él y sus nueve hermanos al menos pudieran comer. Todo empeoró cuando cumplió 6 años y su progenitor falleció luego de un accidente al caerse de un árbol. La situación económica se volvió alarmante, por lo que todos debieron trabajar de lo que fuera con tal de sostener el hogar. Siendo apenas un niño Rosalino abandonó la escuela para ayudar en la cosecha del maíz.

Era un entorno difícil donde todos eran más grandes y más fuertes que él. Contaba con Armando, su hermano mayor devenido en figura paterna, pero igual debió adoptar un carácter duro para sobrevivir. Para empezar, odiaba que lo llamaran por su nombre, por eso adoptó el apodochalino. Pese a todo, no dejó que aquel ambiente hostil consumiera.

De chico se negó a que su vida se limitara a subsistir. Tenía que haber algo más afuera y lo descubrió a través de la música. En el rancho siempre son los corridos que solían conmover incluso a los más rudos. El pequeño también quedó cautivado por esas melodías y letras que narraban proezas y acontecimientos fuera de serie.

Pronto él también las estaba cantando en cumpleaños, quermes y otras festividades de la zona. Chalino soñaba con ser como los protagonistas de los corridos y lo lograría, pero no sin antes atravesar ciertas pesadillas. A los 15 años, Chalino, se enteró que Juana, una de sus hermanas, había sido abusada. El joven no tuvo problemas en conseguir un arma, como tampoco le tembló el pulso a la hora de quitarle la vida al agresor.

Así se convirtió en otro personaje oscuro del rancho y eso lo atormentó. Para evitar ajustes de cuentas, él y sus hermanos debieron abandonar la ciudad. Su destino inmediato fue Tijuana. Allí ganó algo de dinero ayudando a contrabandear inmigrantes indocumentados a Estados Unidos. Él mismo emigró ilegalmente al cumplir los 17 años.

Del otro lado de la frontera había otro ambiente igual de áspero, aunque nuevamente se las ingenió para salir adelante. Pasó por diferentes ciudades de Washington y Oregon, donde hizo toda clase de trabajos a los que podía acceder un latino recién llegado al país. En 1983 pudo instalarse con una tía en Inglegut, una ciudad al suroeste de Los Ángeles.

Si bien trabajó como lavaplatos y vendedor de autos, ganaba más billetes como traficante de sustancias prohibidas. Cuando no se dedicaba a comercializarlas, él mismo las consumía. Durante esos duros años en Estados Unidos, Chalino nunca dejó de lado la música, siempre estaba escribiendo y cantando. También hayó otro motivo de felicidad cuando a través de un primo conoció a Maricela Vallejos, de quien se enamoró.

Pero meses más tarde la situación se complicó aún más. Su amada tenía 4 meses de embarazo cuando decidieron contraer matrimonio. La espera de su primer hijo generó más presión sobre los hombros de Chalino, quien intentó sacar adelante a su familia. Una vez más tuvo que elegir combatir el hambre rápido o hacerlo correcto.

Su decisión no sería quizás la más acertada. Junto a su hermano Armando aceptaron trabajar en la frontera como coyotes. En otras palabras, eran los encargados de ingresar por vía ilegal a personas indocumentadas al país norteamericano. Pero eso no duró mucho tiempo. A principios de 1984, ambos fueron detenidos y obligados a pasar una temporada en prisión.

Perderse el nacimiento de su hijo por estar tras las rejas fue una de las cosas que Chalino no pudo perdonarse. Por ese motivo, cuando fue liberado 10 meses más tarde, se propuso tomar las riendas de su vida y dejar los vicios. Luego de épocas de huida e incertidumbre, Chalino había encontrado alegría en la música y en la familia que acababa de formar, ahora con dos hijos, Adam y Cynthia.

Sin embargo, el horror volvió a noquearlo. El 5 de diciembre de 1984, su hermano Armando fue abatido en un hotel de Tijuana. El culpable parecía ser el antiguo socio con intenciones de venganza. A Chalino solo le importaba que le habían quitado a su figura paterna y quedó destrozado, pero esta vez usó esos sentimientos para hacer música.

Así compuso el corrido Armando, que terminaría siendo una de sus composiciones más emblemáticas y la clave para escalar a la gloria. En medio de los shows y los aplausos, Chalino aún debía sobrevivir como podía. No era sencillo mantener a su familia y el dinero nunca era suficiente. Continuó incurriendo en delitos menores hasta que fue atrapado por la policía.

Debió cumplir unos meses de cárcel en la penitenciaría estatal de la mesa en Tijuana. Tras las rejas, Chalino dejó en claro que era fuerte y nadie podía meterse con él, pero también terminó de revelar su costado sensible. Para canalizar el dolor y la rabia, compuso nuevos corridos. No contaba hazañas, sino historias de supervivencia.

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