Posted in

Los Invasores de Nuevo León: La Noche que Lalo Mora y Javier Ríos Dejaron de Hablarse para Siempre

embargo todo se decidió. Y la que más  duele entender, la última, lo que dijo Lalo Mora en una entrevista de televisión 32 años después, una sola vez, casi sin querer. ¿Y por qué esas pocas palabras son la confesión más honesta que cualquiera  de los dos hizo en toda su vida? Todo eso tiene respuesta en esta historia y las tres van a sorprenderte.

 Empecemos por los orígenes. Los invasores de Nuevo León no nacieron siendo los invasores de Nuevo León. Nacieron siendo una idea, una apuesta, un conjunto de hombres que creían que el norteño podía sonar diferente. Eso fue en los primeros años de la década de los 70, en una Monterrey que olía a acero, a tortilla de maíz en comal de barro y a ambición de rancho convertida en ciudad.

 El noreste de México vivía esos años con una energía particular.  La industria crecía. La migración interna traía gente de Tamaulipas, de San Luis Potosí,  de Zacatecas y con esa gente llegaba su música, sus costumbres, sus canciones que hablaban de amor y de tierra y de traición. En ese  contexto apareció un jovencito de nombre Lalo Mora, nacido  en Jerécuaro, Guanajuato, en 1952.

Guadalupe Mora Reina llegó al mundo en una familia donde el dinero  nunca sobró, pero la música siempre estuvo. Su padre cantaba corridos en las fiestas del pueblo. Su madre tarareaba rancheras mientras lavaba la ropa en el río. Lalo creció escuchando esas voces antes de saber leer y cuando aprendió a leer, ya tenía la música  tan adentro que nunca pudo separar las dos cosas.

 No era el muchacho más  llamativo del pueblo. Era delgado, de mirada intensa, con esa voz que todavía no era la que México iba a conocer después, pero que ya tenía algo, un timbre, una forma de quebrar la nota que hacía que la gente volteara. En el rancho, cuando Lalo cantaba en las posadas o en los bailes de 15 años, los viejos decían que ese muchacho tenía el don.

 El don no se explica, el don se reconoce, pero el don solo no te lleva a ningún lado. Para llegar algún lado, necesitas encontrar a alguien que también tenga algo. Y eso fue exactamente lo que pasó cuando Lalo Mora llegó a Monterrey. Javier Ríos no era de Nuevo León tampoco, era de Matamoros, Tamaulipas, ciudad frontera, ciudad de dos mundos, ciudad donde el español y el inglés se mezclan en las calles y donde la música norteña suena desde los bares  hasta las iglesias, sin que nadie vea contradicción en eso.

 Javier Ríos había llegado a Monterrey buscando lo mismo que buscaba todo el mundo en aquellos años. una oportunidad. Tenía voz de tenor limpio, el tipo de voz que se lleva bien con la segunda voz, que armoniza sin pelear, que sube donde la otra baja y baja donde la otra sube. En música norteña eso vale oro. Cuando Lalo y Javier se conocieron, la versión que circula es  que fue en una cantina del centro de Monterrey.

Mesa de madera, cerveza tibia, un hombre cantando algo en una esquina. La versión más exacta la que los músicos del grupo de aquellos años contaron en privado, es que se conocieron en una audición para un grupo que ya existía y  que al final se disolvió antes de que ninguno de los dos grabara nada con él.

Pero el dato que importa no es dónde se conocieron. El  dato que importa es lo que pasó cuando cantaron juntos por primera  vez. Hay voces que se encuentran, no se eligen, no se buscan, se encuentran y cuando lo hacen, nadie en el cuarto puede ignorarlo.  Así fue con Lalo y Javier.

 El primero tenía el brillo,  la fuerza, la capacidad de llenar un escenario solo con la voz. El segundo tenía la estructura, la armonía, el soporte que hace que la voz principal suene todavía más grande. Eran la combinación perfecta y los dos lo supieron desde la primera vez. Los invasores de Nuevo León se formaron oficialmente en 1976.

El nombre  lo propuso uno de los músicos fundadores del grupo, un acordeonista de nombre Gilberto Arévalo, que había nacido en Linares y que decía que si iban a tocar en todo México tenían que llevar el nombre de su tierra con orgullo, Nuevo León, el estado que en ese entonces se sentía diferente al resto, más industrializado, más conectado  con la frontera, más consciente de su identidad norteña.

El nombre no era solo un nombre de grupo, era una declaración. La alineación original no incluía solo a Lalo y a Javier. Estaba también  el bajo sexto, el acordeón, la batería y el contrabajo. El sonido  era limpio, disciplinado, construido para las pistas de baile de los salones que en aquellos años llenaban los fines de semana en todo el noreste.

 Pero la voz era el centro y el centro eran dos voces, las de Lalo y las de Javier. Pero desde ese primer día, aunque ninguno de los dos podía saberlo todavía, había algo en esa dinámica que iba a decidir cómo terminar la historia, algo que no era el talento,  algo más pequeño y bastante más peligroso que el talento.

 Antes de que esto continúe, si llegaste hasta aquí es porque esto te importa. En este canal, cada video tiene algo que no vas a encontrar en ningún otro sitio. Suscríbete si todavía no lo has hecho. Lo que viene es igual de importante que lo que acabas de escuchar. Sigamos. Los primeros años fueron duros. No porque el talento faltara, sino porque el camino siempre es duro cuando empiezas desde cero.

 Las disqueras grandes no te abren la puerta de entrada de buenas  a primeras. Primero tienes que demostrar que la gente te sigue, que llenaste el salón tres veces seguidas, que la gente paga por escucharte, aunque todavía no tengas disco grabado.  Los invasores hicieron ese camino con las manos. Tocaron en cantinas donde el sudor del  techo caía sobre los instrumentos.

 Tocaron en fiestas de rancho donde el piso era tierra apisonada  y las sillas eran cajones de madera vuelta al revés.  Tocaron en salones donde la mitad del público no sabía todavía quiénes eran y la otra mitad había ido a escuchar a otro grupo que canceló. Pero en cada lugar que tocaban pasaba lo mismo. La gente se quedaba. Eso no se compra.

Eso no se fuerza. La gente se quedaba porque había algo en ese sonido que no podían ignorar y había algo en esas dos voces juntas que llegaba a un lugar donde las otras voces no llegaban. Y si tú creciste escuchando a los invasores, si alguna vez en una  fiesta de tu familia esa música sonó de fondo y te quedaste sin saber bien por qué no podías irte, ya sabes de  lo que estoy hablando.

 No era técnica, era algo más que la técnica. Y ese algo sin que ninguno de los dos lo supiera todavía era también la semilla  del problema que venía. Y lo que viene a continuación cambia completamente el sentido de todo lo que acabas de escuchar. La primera grabación seria del grupo llegó a principios de 1978. No fue en una disquera grande, fue en un estudio pequeño de Monterrey con un productor que se llamaba Rubén Garza y que tenía fama de ser el hombre que podía escuchar una canción.

Read More