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ROBERTO “piojo” ALVARADO: De la POBREZA a SER TITULAR en el MUNDIAL 2026

El proceso se complicó con problemas de documentación y requisitos administrativos. Entre los papeles que le exigieron había uno tan absurdo como demoledor para su situación, un simple comprobante de domicilio que en aquellas condiciones no pudo presentar. A eso se sumó una reglamentación de la FIFA que prohíbe el fichaje de menores de edad bajo ciertas circunstancias.

El resultado fue inapelable. Lo peor es que la historia volvió a repetirse. Posteriormente realizó nuevas pruebas en Inglaterra y otra vez dejó buenas sensaciones. Otra vez demostró que tenía nivel y otra vez las restricciones para fichar menores se interpusieron entre él y el fútbol europeo. Dos veces tocó la puerta, dos veces se la cerraron en la cara por algo que no dependía de su talento.

Regresó a México frustrado, cargando una mezcla de orgullo y rabia difícil de explicar. Por un lado, ¿sabía algo que pocos mexicanos de su edad podían presumir? Había comprobado en carne propia que podía competir contra los mejores talentos juveniles del mundo. Por otro, debía aceptar que ese conocimiento no le servía de nada en el papeleo de un club inglés.

Volvía siendo al mismo tiempo más fuerte y más herido. Con la herida inglesa todavía abierta, Roberto tomó una decisión que definiría su vida. Si Europa no lo quería por un papel, él construiría su nombre en su propia tierra. y en 2016 dio el salto que necesitaba al ser transferido al Pachuca, uno de los clubes más serios en la formación de jóvenes en México.

Allí, sin embargo, las oportunidades no llegaron a montones. Tuvo que esperar, pelear desde abajo, aprender a tener paciencia. Aún así, formó parte de aquel plantel que conquistó el título continental de la CONCACAF y empezó a sonar para las elecciones juveniles mexicanas, llegando incluso a ser subcampeón en un prestigioso torneo internacional de promesas.

El nombre del piojo volvía a circular, esta vez por la puerta de adelante. Para foguearse de verdad, fue cedido al Necaxa y fue ahí donde estalló. Mientras otros futbolistas se peleaban por unos minutos, él se adueñó de una temporada completa disputando más de 30 partidos, repartiendo asistencias, marcando, levantando un título de copa con los rayos.

ya no era el chico de las pruebas frustradas, era un jugador que decidía partidos y un equipo grande tomó nota. Ese equipo fue el Cruz Azul, que en 2018 hizo una apuesta valiente por un joven de apenas 19 años. La máquina lo recibió y en cuestión de meses el piojo se convirtió en una de las piezas más importantes y en uno de los talentos jóvenes más prometedores de todo el país.

Aquel mismo año cumplió un sueño que de niño parecía imposible, vestir por primera vez la camiseta de la selección mexicana mayor. Lo que vino después fue una avalancha de gloria. con Cruz Azul levantó trofeo tras trofeo y sobre todo formó parte del equipo que rompió una sequía de 23 años sin ser campeón de liga, una hazaña que lo convirtió en ídolo para toda una afición.

Con la selección se colgó medallas y celebró títulos continentales. Vivió en pocos años el ascenso con el que tantas veces soñó en aquella casa de Salamanca. Parecía que por fin el destino le pagaba todo lo que le había quitado, pero el fútbol mexicano estaba a punto de plantearle una pregunta incómoda, una que ningún título podía responder del todo.

Realmente merecía estar donde estaba. La difícil decisión, cruzar de bando. A finales de 2021, el Piojo protagonizó uno de esos movimientos que el aficionado mexicano nunca olvida. fue parte de un intercambio entre Cruz Azul y Chivas, una operación en la que un jugador se fue hacia un lado y él viajó hacia el otro rumbo a Guadalajara.

Cambiar de camiseta en México nunca es un simple trámite y menos cuando del otro lado está el club más popular del país. Lejos de hundirlo, el cambio lo elevó. En Chivas encontró algo que va más allá de lo futbolístico, el cariño inmediato de una afición que lo adoptó como suyo. Se transformó en uno de los pilares del proyecto rojiblanco, asumió galones de liderazgo y se acostumbró a aparecer en los momentos que pesan.

Fue clave en una campaña que llevó al rebaño hasta una final, donde incluso marcó, aunque el título se escapara de la manera más dolorosa. Y en más de un torneo terminó como el máximo goleador de su equipo, cargando el ataque sobre sus espaldas. En su club, el Piojo juega liberado, con permiso para meterse hacia dentro, asociarse, buscar el gol, explotar todo ese talento que de niño rompía vidrios.

Pero en la selección mexicana el panorama es muy distinto. Allí lo plantan pegado a la banda derecha, encargado de dar amplitud, de cumplir un sacrificado trabajo defensivo en los repliegues, de correr hacia atrás tanto como hacia delante. Es decir, en el tri se le pide sobre todo lo que menos lo hace brillar.

Y de ahí salta la gran cuestión que divide a México. Si su mejor versión es la del extremo desequilibrante y goleador que se ve con Chivas, ¿por qué entonces ocupa un lugar en el 11 donde se le exige justamente lo contrario? ¿Está en la selección por lo que aporta o por lo que el entrenador imagina que puede aportar? Los críticos afilan el cuchillo con comparaciones.

Señalan que México tiene futbolistas de ataque que se desempeñan en ligas más competitivas, que el extremo derecho es una de las posiciones con más candidatos y que regalar de inicio un puesto tan valioso en un mundial a un jugador cuyo rol principal será defender y centrar resulta cuando menos discutible.

En un país que vive obsesionado con la eterna disputa entre los que juegan en la Liga MX y los que triunfan en Europa, el Piojo quedó parado justo en el centro de ese campo de batalla. Sus defensores, en cambio, responden con argumentos que no son menores. Dicen que el fútbol moderno no se gana solo con los 11 que más driblan, sino con los que mejor cumplen una función.

Dicen que su entrega en la marca, su recorrido por la banda y su capacidad para asociarse lo vuelven un engranaje perfecto para un equipo que necesita equilibrio. Dicen que sus recortes hacia dentro para sacar el centro o el disparo cruzado siguen siendo un arma real. Y sobre todo, ¿recuerdan algo que los números a veces esconden, que aparece cuando hay que aparecer? Lo cierto es que a esta altura de su carrera, el Piojo ya no es un proyecto ni una joven promesa.

Es un futbolista experimentado, con cientos de partidos en las piernas, con títulos de club y de selección, con la cicatriz de aquellas puertas europeas cerradas y la madurez que solo dan los golpes. No llega al Mundial como un debutante ilusionado, sino como un hombre que conoce el peso de la camiseta. Pero ni toda esa experiencia logró silenciar el ruido.

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