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Jayne Mansfield: Todos Creían Conocerla… Hasta Aquella Última Noche

Porque Jane Mansfield comprendió, muy joven y muy bien, una regla brutal del mundo que le tocó vivir, que una mujer hermosa podía abrir con su cuerpo puertas que jamás abriría con su cabeza y tomó una decisión consciente, fría, casi de ajedrecista. decidió usar esa regla a su favor, aunque el precio fuera que nadie nunca jamás la tomara del todo en serio.

Pero el sueño y el matrimonio no tardan en chocar de frente. Paul es un joven serio, de buena familia, que quiere una vida normal, un hogar tranquilo, un empleo seguro, una esposa que lo espere cada noche. Jane quiere algo que no cabe dentro de ninguna casa. Cuando estalla la guerra de Corea y Paul es llamado al frente, ella se queda sola en Texas con su bebé y en lugar de esperar resignada a que pase el tiempo, aprovecha cada hora libre para prepararse: clases, ensayos, concursos, cualquier cosa que la acerque 1 milímetro a su meta. Cuando

Paul por fin regresa de la guerra, Jane le pone las cartas sobre la mesa. Quiere irse a California, quiere intentarlo de verdad. Él acepta a regañadientes porque la ama y porque cree ingenuamente que se le va a pasar. No se le pasó. Lo que Paul aún no sabía es que aquel acuerdo era también el principio del fin de su matrimonio.

Hollywood iba a darle a Jane todo lo que ella había pedido y a cambio le iba a quitar casi todo lo demás. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. En 1954, Jane hace las maletas, toma a su hija pequeña y se lanza de cabeza hacia el lugar con el que llevaba soñando desde que tenía memoria.

Hollywood llega sin contactos, sin dinero, sin nada más que una determinación que daba un poco de miedo. Otras chicas guapas aterrizaban en Los Ángeles y esperaban sentadas a que alguien las descubriera, a que un productor mágico se cruzara por casualidad en su camino. Jane no esperaba nada de nadie. salía a la calle a cazar su destino con sus propias manos todos los días sin descanso.

Y aquí empieza una de las campañas de autopromoción más asombrosas en la historia del cine. Para hacerse notar, Jane empieza a coleccionar títulos de concursos de belleza uno tras otro, sin importar lo absurdos que sonaran. se convierte en Miss Photoflash en Miss Lámpara de magnesio, en reina de no se sabe cuántas ferias y promociones.

Acumula coronas ridículas como quien junta peldaños para subir. Y según se cuenta, llegó a rechazar un título solo porque le pareció que no encajaba con la imagen glamorosa que estaba construyendo el de Miss Queso Rockford. Hasta para sus locuras tenía un plan. Después viene el golpe maestro.

En un viaje de prensa organizado para promocionar a otra actriz, una estrella ya consagrada, Jane aparece de la nada con un traje de baño imposiblemente pequeño y se mete al agua delante de todos los fotógrafos. Las cámaras que habían viajado hasta allí para retratar a otra se voltean en bloque hacia ella. Al día siguiente, su rostro está en los periódicos de medio país.

Acababa de robarse otra vez una fiesta que no era suya. Jane entendió algo que casi nadie de su generación había comprendido todavía, que la fama no se consigue solo actuando bien, sino apareciendo, apareciendo en todas partes, todo el tiempo, sin vergüenza y sin pausa. Inventó una imagen, una marca, un producto y se lo vendió al mundo con una constancia de obrera.

Sus medidas exactas circulaban en los diarios como si fueran cotizaciones de la bolsa. Su melena platino, su risa, su vocecita aguda y juguetona, todo formaba parte de un personaje minuciosamente diseñado por una mujer mucho más calculadora de lo que jamás dejó ver. La estrategia funciona. Un estudio le ofrece un primer contrato y la mete en papeles pequeños, secundarios junto a actores consagrados.

Son apenas migajas, pero a ella le bastan para aprender el oficio por dentro, para estudiar cómo se mueve la cámara, cómo se ilumina un rostro, cómo se roba un plano. Pero detrás de cada foto en el periódico hay un esfuerzo que nadie ve. Los primeros años en Los Ángeles son durísimos. Jane toca puertas que no se abren. Va a audiciones de las que sale con un no seco o peor todavía con una risita a sus espaldas.

Los productores la miran y ven un cuerpo, no una actriz. Le ofrecen papeles de una sola línea, de una sola pose, de un instante decorativo y nada más. Y ella, que sabe que el desprecio es parte del peaje, sonríe, da las gracias y vuelve a la calle al día siguiente como si nada. Trabaja sin red, cría a su hija, paga el alquiler como puede y dedica cada minuto libre a estudiar el oficio y a fabricar oportunidades donde no las hay.

Se aprende de memoria los nombres de todos los fotógrafos de la ciudad. Averigua a qué hora salen los reporteros, en qué restaurantes almuerzan los ejecutivos, dónde hay que dejarse ver para que una foto termine en el lugar correcto. No deja nada librado al azar. Hay algo casi heroico en esa terquedad, porque mientras media ciudad se ríe de la rubia que se muere por salir en el diario, esa misma rubia está construyendo ladrillo a ladrillo, una carrera que muchos actores con más talento y menos hambre jamás llegarían a tener. No tiene padrinos, no

tiene fortuna, solo tiene una idea fija y una disciplina de hierro escondida debajo del maquillaje. Gran salto, sin embargo, llega sobre un escenario de teatro. En 1955 consigue un papel en una comedia de Broadway titulada Will Success Spoil Rock Hunter. interpreta a una estrella de cine exuberante, tonta y deslumbrante, una especie de parodia de sí misma antes incluso de ser famosa.

El público estalla en carcajadas noche tras noche. Los críticos la notan y entonces ocurre exactamente lo que ella había planeado desde el principio. El Hollywood de verdad, el de los grandes estudios, voltea por fin a mirarla. La noche del estreno en Broadway. Jane está aterrada y eufórica al mismo tiempo. Sabe que se juega años de esfuerzo en un par de horas.

Cuando sale a escena y suelta sus primeras frases como la estrella tonta y deslumbrante de la obra, el teatro entero se rinde. Las risas llegan en oleadas. Al caer el telón, los aplausos no terminan nunca. Y esa misma noche entre bambalinas, la chica de Dallas, que pegaba fotos de estrellas en la pared de su cuarto, comprende que acaba de cruzar una puerta que ya no se va a cerrar.

A la mañana siguiente, su nombre aparece en los periódicos de Nueva York, ya no como la rubia de los concursos absurdos, sino como una auténtica revelación. Por primera vez, el mundo del espectáculo la toma, aunque sea por un momento completamente en serio. La 20th Century Fox, una de las maquinarias más poderosas del cine mundial, le pone delante un contrato, pero hay un problema y ese problema tiene nombre y apellido. Marilyn Monro.

A mediados de los años 50, Marilyn es la rubia más famosa del planeta, la diosa absoluta, y trabaja precisamente para la Fox. El estudio la adora y al mismo tiempo le tiene pánico porque Marilyn llega tarde, discute, se enferma, desaparece, hace temblar presupuestos millonarios y entonces a los ejecutivos se les ocurre una idea fría, muy propia de aquella industria.

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