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HÉCTOR ESPINO: el Babe Ruth mexicano que el GOBIERNO abandonó… el asqueroso FINAL de una leyenda

Desde muy pequeño quedó claro que entre los ocho hermanos había uno diferente a los demás, no [música] en el tamaño. Héctor medía 1,70 cuando llegó a ser jugador profesional y su peso de competencia era de 192 libras. [música] No es el perfil físico que imaginas cuando piensas en el mayor jonronero de la historia del béisbol a nivel mundial.

No es la complexión imponente de un Hank Aaron ni la potencia bruta de un Barry Bonds. Era un hombre de tamaño normal. Bien construido, sin el físico intimidante que la gente asocia de manera automática con los grandes bateadores de poder. Lo que tenía Héctor Espino era algo de una naturaleza completamente diferente, algo que sus entrenadores, sus compañeros de equipo a lo largo de toda su carrera y sus rivales tardaron años en poder describir con palabras precisas porque no había [música] palabras completamente

adecuadas para lo que veían. Leía el lanzamiento antes de que la pelota saliera de la mano del pitcher. Lo veía. Procesaba los movimientos del cuerpo del lanzador con una velocidad que sus contemporáneos describían constantemente como sobrenatural, como algo que escapaba a la explicación racional. Parecía saber exactamente qué tipo de lanzamiento venía antes de que el piter empezara siquiera el movimiento de entrega.

Si era una recta, una curva, un cambio de velocidad. Lo leía con una certeza que ningún entrenamiento puede fabricar porque ese tipo de visión deportiva o la tienes o no la tienes. Y esa fracción de segundo adicional que ganaba con esa lectura era exactamente la diferencia entre un turno de bateo ordinario y un cuadrangular que dejaba en silencio al estadio por un instante completo, antes de que el rugido de 15 o 20,000 gargantas explotara al mismo tiempo.

Los solares de tierra de la colonia Dale, cuando todavía era adolescente, ese muchacho practicaba durante horas solo o con quien quisiera acompañarlo. Bateaba piedras con palos cuando no había pelotas disponibles. Porque en una colonia obrera de Chihuahua en los años 50 las pelotas de béisbol no eran fáciles de conseguir y el muchacho no podía permitirse el lujo de esperar.

desarrollaba ese timing perfecto entre el ojo y la muñeca, esa sincronización que sería la base estructural de toda su carrera. Su hermano mayor Abel recordó más tarde que Héctor era un hombre muy centrado, [música] que nunca se peleaba ni con los árbitros, que era tranquilo y decidido, un hombre de pocas palabras en el campo, pero de acciones que decían todo lo que [música] necesitaban decir, que fue buen hijo, buen esposo, buen padre, que nunca renegó de Chihuahua, aunque sus mayores glorias deportivas las viviera fuera de

ahí, que siempre reconoció todo lo que le debía a esa colonia, a ese barrio, a [música] esa comunidad que le había formado el carácter. Esa condición de hombre tranquilo, leal, sin escándalos, que no hacía ruido público cuando las condiciones eran injustas, iba a ser en el futuro exactamente el mecanismo que el sistema explotaría sin ningún pudor.

A finales de los años 50, el manager Guillermo Memo Garibay lo vio jugar en un partido local [música] y lo que observó fue suficiente para actuar de inmediato. En 1959, [música] con 20 años de edad, Héctor Espino debutó en el béisbol profesional con los Dorados de Chihuahua en la Liga Nacional.

Primer año de béisbol de [música] paga, nueve cuadrangulares. En el invierno de ese mismo año, jugando con Acámbaro en la Liga del Bajío, conectó 16 jonrones más, 25 cuadrangulares en el primer año profesional. Eso es lo que el talento puro hace cuando no tiene límites. Crece a una velocidad que nadie puede predecir.

Y lo que [música] Héctor Espino construyó en esos primeros años en las ligas menores del béisbol mexicano fue algo que los entrenadores que lo vieron describieron siempre de la misma manera. No parecía que estaba aprendiendo el béisbol profesional. Parecía que lo había sabido hacer toda la vida. El béisbol de primera categoría era simplemente el lugar donde su talento naturalmente tenía el espacio suficiente para mostrarse.

Sus compañeros de equipo en esos primeros años lo describieron como alguien que estudiaba el partido con una concentración que no encajaba con la edad que tenía. En el dugaut, entre entrada y entrada, [música] observaba a los pitchers rivales con esa mirada fija y calculadora que sus contemporáneos aprenderían a reconocer como la señal de que Espino ya había procesado lo que venía, ya sabía lo que iba a hacer antes de que llegara su turno al bate y cuando llegaba lo hacía sin nervios, sin la ansiedad del jugador joven que siente el

peso de las expectativas. Solo el swing perfecto y la pelota saliendo hacia las gradas. Grábate este contexto porque lo necesitas para entender la magnitud de lo que viene después. El béisbol mexicano de esa época era un circuito de primer nivel en América Latina. No era la MLB, pero tampoco era un circuito menor sin importancia.

producía jugadores de calidad real, con picheo de alta exigencia, con defensas sólidas, con la clase de competencia que ponía a prueba a los mejores. Y en ese contexto, en ese circuito de primera categoría latinoamericana, Héctor Espino era el más dominante de todos desde su primer día.

Eso no es un accidente, eso es la definición del talento generacional. sin academia, sin entrenamiento formal de alto rendimiento, sin que nadie lo hubiera descubierto hasta que Memo Garibó por casualidad frente a un partido de barrio en la colonia Dale y vio algo que no podía ignorar. [música] En 1960 su trayectoria ascendió otro peldaño decisivo.

Lo enviaron a los tuneros de San Luis Potosí en la Liga Central Mexicana, franquicia subsidiaria de los Sultanes de Monterrey. En 63 juegos bateó punto 362 con 20 cuadrangulares en solo 229 [música] turnos al bate, liderando el slagging con 729. Un número de slugin de 729 es absolutamente extraordinario a cualquier nivel del béisbol profesional.

Significa que en promedio Héctor Espino avanzaba casi tres cuartas partes de una base por cada turno al bate. Significa que la probabilidad estadística de que algo espectacular ocurriera cada vez que ese hombre se paraba en la caja de bateo era matemáticamente abrumadora. Ese mismo invierno en la Liga Invernal de Sonora con los Naranjeros de Hermosillo ganó el título de bateo con 380 y lideró en cuadrangulares con 10, en carreras anotadas con 37, en imparables con 70, en bases por bolas con 38, en total de bases con 113. No tenía todavía 21 años

y ya era el mejor bateador de dos ligas distintas [música] en dos temporadas distintas. Los directivos de los sultanes de Monterrey, que lo [música] tenían bajo contrato a través de los tuneros, empezaban a entender que tenían en sus manos el activo más valioso que el béisbol mexicano había producido en décadas, tal vez en toda su historia.

Y esa comprensión fue el primer paso del patrón de explotación que se repetiría sistemáticamente durante [música] los siguientes 24 años. Hay una historia de cómo llegó a los Naranjeros de Hermosillo que dice todo lo que necesita saber sobre el nivel de formalidad contractual con que el béisbol mexicano de esa época manejaba el futuro de sus jugadores.

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