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Lauren Bacall: El Mundo la Creyó Fría e Invencible, y en Realidad la Habían Roto

Fascinada por esa mujer que en la pantalla no era dulce ni sumisa, sino fuerte, mordaz, dueña de sí misma, sentada sola en la sala, repetía sus gestos, memorizaba sus frases. No quería ser amada como las heroínas de moda, quería ser temida y respetada como Bet Davis. guarda este detalle porque décadas más tarde el destino le devolverá esta historia de la manera más asombrosa.

Para acercarse al teatro hizo de todo. Estudió un año en la Academia Americana de Arte Dramático hasta que el dinero se acabó. Después, mientras seguía modelando, trabajó como acomodadora en los teatros de Broadway, acompañando a su butaca a la gente elegante que podía pagar lo que ella no. Vendía las revistas del espectáculo por la calle, en el distrito de los teatros.

Bailaba con los soldados en los centros del abuso durante la guerra. cualquier cosa, cualquier puerta, cualquier oportunidad de estar cerca, aunque fuera de rodillas, del mundo que soñaba. Y entonces llegó el golpe de suerte que ella misma había provocado a fuerza de insistir. Una noche, en un club, un amigo la presentó a un editor de la revista Harper Bazar.

Alor bastó mirarla. Al día siguiente la mandó a ver a Dian of Reeland, una de las mujeres más influyentes de la moda americana. Y de pronto la cara de aquella chica del Bronx empezó a aparecer en las páginas de una de las revistas más importantes del país. Hubo un pequeño detalle que ella misma decidió. Le añadió una segunda L a su apellido, Bacal, para que la gente no lo pronunciara mal.

Cuidaba cada detalle. sabía, sin que nadie se lo dijera, que solo iba a tener una oportunidad. Empezó a trabajar como modelo. No era la modelo más cotizada de Nueva York, era una más, una entre cientos de chicas hermosas que llamaban a las puertas de las agencias buscando que alguien las mirara. Posaba para catálogos, para revistas pequeñas, por unos pocos dólares que entregaba en casa.

Tenía una belleza distinta, no la dulzura redonda que estaba de moda, sino algo más anguloso, más felino, más adulto de lo que correspondía a su edad. Una belleza que muchos no entendían todavía. Por las noches volvía al departamento, se quitaba los zapatos que le destrozaban los pies y le contaba a su madre los rechazos del día, porque eran sobre todo rechazos, puertas cerradas, miradas de arriba a abajo.

La frase de siempre no es lo que buscamos. Y Natalie cada noche le decía lo mismo. Sigue una más. Mañana otra vez. Lo que ninguna de las dos sabía es que toda esa hambre, todo ese frío, todos esos zapatos rotos y todas esas puertas cerradas estaban a punto de servir para algo, que una sola fotografía en una sola revista iba a cambiarlo absolutamente todo, y que la niña del Bronx estaba a meses de dejar de existir para convertirse en otra persona.

Antes de seguir, queremos pedirte una cosa. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Marzo de 1943. Betty tiene 18 años y aparece en la portada de Harper Bazar, una de las revistas de moda más importantes de América. No es la portada de una superestrella.

Es una foto de una chica desconocida con un vestido sencillo de pie frente a la oficina de la Cruz Roja. Una foto más en una revista más. O eso parecía. Pero hay algo en esa cara, algo que detiene a quien la mira. Y a más de 4,000 km de distancia en California, esa portada cae en las manos de una mujer llamada Slim, la esposa del director Howard Hawks, uno de los hombres más poderosos de Hollywood.

Slim mir la foto y le dice a su marido tres palabras que cambiarán una vida. Contrata a esa chica. Howard Hawks no era un hombre cualquiera, era un cazador de estrellas. Había hecho carreras de la nada. Y cuando vio aquella fotografía, vio lo mismo que su esposa, no una belleza más, sino una presencia. Mandó llamar a Betty Persky a Hollywood, una desconocida del Bronx, sin un solo papel en su currículum, recibió un boleto de tren hacia el otro extremo del país y hacia otra vida.

Le hicieron una sola prueba de cámara, una. Y con esa única prueba, la chica de 19 años sin experiencia firmó un contrato de 7 años, pero no con un estudio, con el propio Howard Hawks en persona. Él era su dueño, podía moldearla, podía prestarla, podía venderla a otro estudio si quería. Recuerda bien esto, porque ese papel firmado por una principiante ilusionada se convertiría poco después en la correa con la que un hombre poderoso intentaría controlar su corazón.

Lo que vino después fue un experimento porque Hawks no quería simplemente filmarla, quería construirla. Le cambió el nombre Betty John Persky. Desapareció y nació Lauren Bacal. le trabajaron la voz. La de ella era grave, pero Hawks la quería todavía más profunda, más ronca, más imposible de olvidar.

Cuenta la leyenda que la mandó a leer en voz alta durante horas sola, subida a las colinas de Hollywood, gritando para forzar la garganta hasta que la voz se le instalara abajo en ese registro de terciopelo oscuro que sería su firma para siempre. Y luego estaba la mirada, la famosa mirada que el mundo entero conocería como the look, esa manera de bajar la barbilla y levantar los ojos, mirando al hombre desde abajo con una mezcla de desafío y promesa.

Hollywood la vendió como el colmo de la seguridad, como la mujer más dueña de sí misma que se hubiera visto en pantalla. Todo esto tenía un precio que nadie mencionaba para construir a Lauren BCall. Había que borrar a Betty Persky, la voz natural, el nombre de su familia, hasta la manera de moverse, todo fue corregido, pulido, sustituido por algo más vendible.

A los 19 años, una desconocida sin poder firmó la entrega de sí misma a un hombre que la convertiría en una creación suya. Funcionó. Nació una estrella. Pero también nació una pregunta que la perseguiría toda la vida. ¿Dónde terminaba el personaje? ¿Y dónde empezaba la mujer? ¿Cuánto de aquella seguridad de hielo era ella? ¿Y cuánto era una máscara que le habían colocado y que ya no podía quitarse? El mundo se enamoró de la mirada.

Casi nadie quiso conocer a la chica que había detrás. La verdad, según ella misma confesaría años después. era exactamente la contraria. En su primera película estaba aterrada. Tenía 19 años. No había actuado nunca y temblaba tanto frente a la cámara que la cabeza le vibraba. Para que no se notara, descubrió que si bajaba la barbilla y pegaba el mentón al pecho, podía sostener la cabeza quieta.

Solo le quedaba libre la mirada que tenía que levantar para ver al actor. Y así, del puro pánico de una principiante, nació el gesto más icónico de su generación. La seguridad legendaria de Lauren Bacall nació en realidad del miedo. La película era To have and have not. basada en una novela de Ernest Hemingway y su pareja en la pantalla era una de las estrellas más grandes y más duras de Hollywood, Humfrey Bogert.

Él tenía 44 años, ella 19. Él era una leyenda viva, el hombre de Casa Blanca, el rostro más imitado del cine. Ella era una desconocida en su primer día de rodaje. Bacal estaba aterrada de conocerlo. Esperaba a un hombre frío, distante, una estrella inalcanzable. Lo que encontró fue lo contrario. Según ella misma recordó siempre, Bogart se acercó a la chica temblorosa, le dijo que había visto su prueba de cámara y que iban a divertirse mucho juntos.

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