La Antártida es el lugar más hostil y solitario del planeta. Un continente entero de hielo donde el frío puede matarte en minutos. El viento sopla a más de 300 km porh y durante meses el sol no llega a salir. Un sitio que no perdona ni un solo error y que se ha cobrado la vida de exploradores y científicos de las formas más brutales que puedas imaginar.
Hoy vas a conocer ocho historias reales y muy poco conocidas del continente blanco. La del explorador, que tuvo que comerse a sus propios perros y caminar solo con las plantas de los pies desprendidas. La de los primeros hombres que pasaron un invierno atrapados en el hielo y empezaron a perder la cabeza. Y la del hombre que salió a hacer un trayecto de media hora y se desvaneció en el hielo para no volver a ser visto jamás.
Relájate, ponte cómodo y bienvenidos a Detrás de la historia. Douglas Moon. La historia real del explorador que sobrevivió solo en la Antártida comiéndose a sus perros. Douglas Monon tuvo que comerse a sus propios perros uno a uno para no morir de hambre. vio a uno de sus compañeros desaparecer tragado por una grieta en el hielo y al otro morir delirando a su lado.
Y ya completamente solo, caminó cientos de kilómetros de vuelta a casa, mientras su cuerpo se deshacía y las plantas de los pies se le desprendían. Esto no es una novela de terror. Le ocurrió de verdad a un explorador australiano en la Antártida y es una de las historias de supervivencia más brutales que se han documentado jamás. Para entender cómo llegó a ese punto, hay que volver al día en que todo se torció en cuestión de segundos.
Moon era un geólogo australiano de 30 años. En 1911 lideró la Expedición Antártica Australasiana, un ambicioso proyecto científico que montó su base principal en Cabo Denison, en la bahía Commonwealth, y no eligieron un lugar cualquiera. Aquel rincón resultó ser uno de los puntos más ventosos del planeta, un sitio donde el viento soplaba de media a 80 km porh y donde las rachas podían superar los 300.
Vivir allí ya era una batalla diaria contra los elementos. Aún así, era una expedición puntera para su época. Llegó a establecer la primera comunicación por radio entre el Antártida y el mundo exterior, e incluso llevó un avión para emplearlo como tractor sobre el hielo. Pero lo que de verdad iba a poner a prueba a Mauson no era la base, sino lo que ocurriría lejos de ella.
A finales de 1912, Mauson organizó varias partidas para explorar y cartografiar la costa. Él se reservó la más dura y ambiciosa, conocida como la partida del lejano este. El plan era avanzar rápido hacia el este, unos 500 km, aprovechando trineos tirados por perros. Lo acompañaron dos hombres muy distintos entre sí.
Belgrave Nimis era un joven teniente del ejército británico, encargado de los perros, querido por todos. Xavier Mertz era un campeón suizo de esquí y experto montañero, alegre y vitalista. Tres hombres, 17 perros groenlandeses y dos trineos cargados se internaron en lo desconocido el 10 de noviembre. Durante semanas el avance fue bueno.

Cruzaron dos enormes glaciares y se adentraron en un territorio que ningún ser humano había pisado jamás. El gran enemigo de aquella ruta eran las grietas, profundas hendiduras en el hielo a veces de decenas de metros, ocultas bajo finos puentes de nieve que parecían suelo firme. Cruzar una de esas zonas era como caminar sobre un campo de minas invisible.
Por eso Mauson había repartido la carga con un cálculo que visto después resultaría trágico. Pensando que el trineo de cabeza correría más peligro, cargó el de Ninis, que iba detrás y sobre terreno ya pisado, con lo más valioso, la tienda principal y casi toda la comida. El 14 de diciembre, a más de 500 km de la base, ocurrió la catástrofe.
Mertz iba adelante esquiando y señaló una grieta más. Una de tantas. Mauson la cruzó sobre su trineo sin problema, pero Ninis, que caminaba junto al suyo, en lugar de ir montado, concentró todo su peso en un punto y el frágil puente de nieve cedió bajo él. Cuando Mauson y Mertz se giraron, Ninis, su trineo y su tiro de perros simplemente habían desaparecido.
Donde un instante antes había un compañero, ahora solo quedaba un boquete oscuro en el hielo. Se asomaron al abismo. Muy abajo, sobre una repisa, a unos 45 m de profundidad, alcanzaron a ver a un perro malherido gimiendo con el lomo aparentemente roto. Más allá, solo oscuridad. Llamaron a Ninis a gritos durante más de tres horas.
Juntaron todas las cuerdas que tenían, pero ni siquiera llegaban a la repisa del perro. No hubo respuesta ni la habría. Leyeron una oración del libro de Mauson y aceptaron lo inevitable. Pero el horror de aquel momento no era solo la pérdida del amigo. En esa grieta se habían ido también los seis perros más fuertes, la tienda, casi todos los víveres y la ropa de repuesto.
Paraacmo, aunque conservaban una funda de tienda de repuesto, se habían quedado sin los palos ni la estructura interior, de modo que ni siquiera podrían montar un refugio en condiciones. Tendrían que improvisar uno con los esquíes y los restos del trineo. A dos hombres, a más de 500 km de casa, les quedaba comida para unos 10 días y a los seis perros que les quedaban no les quedaba prácticamente nada que comer.
El viaje de vuelta iba a durar al menos un mes. Acababan de quedar atrapados en una cuenta atrás imposible de ganar. Para no morir de hambre, empezaron a comerse a sus propios perros uno a uno. Era la única fuente de comida que les quedaba. Así que a medida que los animales se agotaban de tirar del trineo medio vacíos de fuerzas, los iban sacrificando y repartiendo su carne entre los hombres y los perros supervivientes.
En realidad, usar los perros como alimento formaba parte del plan desde el principio, igual que hacía el noruego Amunsen. Pero la tragedia de la grieta lo había convertido en su única tabla de salvación. Aprovechaban absolutamente todo, hervían durante horas aquella carne correosa para poder tragarla y no desperdiciaban nada, ni las patas ni la piel, intentando exprimir hasta la última caloría.
No era una carne apetitosa. Mouson anotó que uno de ellos era puro tendón y sabía fatal y que lo único que se agradecía era el hígado, porque al menos resultaba blando y fácil de masticar. Aquel detalle, en apariencia menor, escondía una trampa mortal que ninguno de los dos podía sospechar. El problema es que el hígado de los perros groenlandes contiene cantidades altísimas de vitamina A.
En dosis normales esa vitamina es necesaria, pero en exceso se vuelve tóxica para el ser humano y provoca un cuadro grave conocido como hipervitaminosis A. Sin saberlo, al devorar precisamente la parte más fácil de comer, Moon y Mertz podían estarse envenenando poco a poco. Conviene ser honestos en este punto.
Esta es la explicación más aceptada durante décadas, pero algunos investigadores la discuten y sostienen que en realidad lo que acabó con ellos fue sobre todo el hambre extrema y en el caso de Mertz, el brusco cambio de una dieta casi vegetariana a una basada por completo en carne de perro. Sea cual fuera la causa exacta, el resultado fue el mismo.
Los dos hombres empezaron a deteriorarse a una velocidad alarmante. Quien peor lo llevó fue Mertz. Merece la pena recordar quién era. El único miembro de la expedición que no representaba al imperio británico y el primer suizo en invernar en la Antártida, un hombre rebosante de vida cuyo diario personal se interrumpe de golpe en los primeros días de enero.
El suizo, que había sido un atleta vigoroso, comenzó a sufrir dolores de estómago, náuseas, diarrea y un agotamiento profundo. La piel se le empezó a desprender en tiras, sobre todo en las piernas, pero lo más inquietante fue el deterioro mental. Mert, antes alegre y enérgico, se fue apagando, perdiendo la cabeza poco a poco.
El 5 de enero, Moon escribió en su diario que su compañero estaba en muy mal estado, con la piel cayéndose y que se temía lo peor. Mertz insistía en que un día de descanso lo recuperaría, así que pasaron 24 horas metidos en los sacos de dormir. Un lujo de tiempo que no podían permitirse.
La situación era desesperada y Mauson lo sabía. El 6 de enero dejó escrita una de las frases más angustiosas de todo el episodio. Si Mertz no era capaz de avanzar al menos 8 o 10 km al día, en cuestión de jornadas estarían los dos condenados. y añadió algo que retrata su carácter. Él, con las provisiones que les quedaban, quizá podría salvarse solo, pero no era capaz de abandonar a su compañero.
Para colmo, las ventiscas los clavaban en el sitio durante días enteros dentro de aquel refugio improvisado. Intentó incluso tirar de Mertz subido al trineo, arrastrando su peso muerto sobre el hielo, pero apenas lograba avanzar. El suizo ya no tenía fuerzas ni para sostenerse y su mente se hundía en el delirio.
La noche del 7 al 8 de enero, Merzch entró en un delirio total. En sus últimas horas perdió por completo el contacto con la realidad y según el relato llegó a sufrir convulsiones y entonces simplemente se apagó. murió dentro del saco, en aquella tienda improvisada, a más de 150 km de cualquier otro ser humano. Mauson estaba ahora completamente solo, en uno de los lugares más hostiles del planeta, enfermo, hambriento y con su segundo compañero muerto a su lado en cuestión de tres semanas, lo que hizo a continuación dice mucho de su determinación.
No se rindió. Pasó un día velando el cuerpo de Merzch y construyendo un pequeño túmulo para cubrirlo. Después tomó una decisión drástica para sobrevivir. Con una sierra o una navaja cortó el trineo por la mitad para reducir el peso, ya que ahora tenía que tirar de todo él solo. se quedó con lo imprescindible y con el cuerpo empezando a desmoronarse y la moral por los suelos, se ató a arnés y echó a andar hacia una base que estaba a más de 150 km, sin saber si llegaría vivo ni si encontraría a alguien esperándolo.
Empezaba la parte más increíble de toda la historia. Una noche, al quitarse las botas, Mouson descubrió que las plantas de los pies se le habían desprendido por completo, separándose de la carne viva de debajo. En lugar de rendirse, se untó las heridas, se volvió a colocar las suelas de piel muerta como si fueran plantillas, se vendó los pies por encima y siguió caminando.
Ese gesto resume mejor que ningún otro la voluntad de hierro que mantuvo vivo a Douglas Mouson durante el mes más infernal de su vida. Su cuerpo se estaba deshaciendo, el pelo se le caía a mechones, los dedos le supuraban, varios dedos de los pies se le ennegrecían y se le infectaban, y la piel se le desprendía a tiras.
Y aún así, no dejó de avanzar. El terreno seguía siendo una trampa mortal sembrada de grietas y ahora estaba solo para enfrentarse a ellas. El 17 de enero ocurrió lo que más temía. Un puente de nieve cedió bajo sus pies y cayó al vacío. Lo único que le salvó la vida fue el arnés que lo unía al trineo, que quedó milagrosamente encajado en la nieve de la superficie.
Mauson se encontró colgando en el aire dentro de la grieta, balanceándose sobre un abismo negro al final de una cuerda de unos 4 m, sin nada a lo que agarrarse. Demasiado agotado y herido, pensó en soltarse y acabar de una vez con el sufrimiento, pero entonces le vino a la cabeza un verso de su poeta favorito, que venía a decir que lo fácil es morir, que lo difícil es seguir viviendo.
Esas palabras le dieron un último empujón. Reuniendo una fuerza que no sabía que tenía, fue trepando por la cuerda, nudo a nudo, hasta alcanzar el borde de la grieta. Y entonces, justo cuando creía estar a salvo, el labio de nieve se rompió y volvió a caer hasta el final de la cuerda. Tuvo que repetir todo el ascenso una segunda vez.
Cuando por fin logró arrastrarse fuera, se desplomó y perdió el conocimiento. Aquella experiencia le enseñó algo. Esa misma noche se fabricó una especie de escala de cuerda y se la ató al arnés, de modo que si volvía a caer, pudiera trepar con más facilidad. La idea le salvaría la vida en las siguientes caídas porque las hubo.
Su avance era desesperadamente lento, a veces apenas unos kilómetros al día, porque buena parte del tiempo se le iba en curarse las heridas y en montar el campamento con sus manos destrozadas. En su diario dejó frases que estremecen. Escribió que sentía que estaba solo en la inmensa orilla del mundo y que su tienda cargada de nieve se había encogido hasta tener el tamaño de un ataúd, una imagen que él mismo reconocía que le hacía estremecer.
Cada jornada era una pelea entre la muerte casi segura y una terquedad sobrehumana por llegar a casa. El 29 de enero, casi sin provisiones, encontró algo que le devolvió la esperanza. un montículo de nieve con comida y una nota levantado por un equipo de búsqueda de sus compañeros. Pero la nota traía una punzada cruel.
Aquellos hombres habían pasado por allí dejando el depósito apenas unas horas antes. Los había perdido por muy poco. La nota le informaba de que el barco, el aurora, estaba esperando y de que un refugio con provisiones, la llamada cueva de Aladino, quedaba a unos 34 km. Estaba cerca, pero el clima volvió a hundirlo. Tardó tres días en llegar a la cueva y allí una ventisca lo retuvo encerrado otra semana entera, rollendo su escasa esperanza.
Por fin, el 8 de febrero, Mauson descendió los últimos metros hacia Cabo de Enison y entonces, en el horizonte vio una mancha que se alejaba por el mar. Era el aurora, el barco, que zarpaba rumbo a Australia justo ese día. lo había perdido por unas horas. Por suerte, seis hombres se habían quedado en la base para seguir buscándolo.
Y al verlo aparecer esquelético e irreconocible, lo recibieron como a alguien que vuelve de entre los muertos. Cuentan que el primero en alcanzarlo, incapaz de reconocer en aquel despojo humano al líder de la expedición, llegó a preguntarle cuál de los tres era. Intentaron llamar a la Aurora por radio, pero el hielo impidió que el barco regresara, así que Mauson y sus seis compañeros tuvieron que resignarse a pasar otro invierno entero atrapados en la Antártida.
Mauson sobrevivió, fue nombrado caballero y se convirtió en una leyenda. Años después relató toda la odisea en su libro El hogar de la ventisca, y su regreso en solitario quedó grabado para siempre como una de las mayores proezas de resistencia humana jamás documentadas. Hoy sus cabañas siguen en pie en Cabo Denison como un monumento helado a la historia de supervivencia más asombrosa que ha dado el continente blanco.
La expedición Terranova, la carrera al polo sur. que terminó en la mayor tragedia de la Antártida. Cinco hombres caminaron más de 13 km sobre el hielo para ser los primeros en pisar el polo sur. Cuando por fin llegaron, encontraron una bandera noruega ya clavada en la nieve. Alguien les había ganado la carrera por poco más de un mes.
Pero ese golpe de moledor no fue el final de su desgracia, sino solo el principio. Los cinco morirían uno tras otro. en el viaje de vuelta. Esta es la historia de la expedición Terranova, la tragedia antártica más famosa de todos los tiempos, y de cómo una mezcla de mala suerte, malas decisiones y un frío inhumano acabó con todos ellos.
El hombre al mando era Robert Falcon Scott, un capitán de la Marina Británica. A principios del siglo XX, llegar al polo sur era uno de los últimos grandes retos geográficos del planeta. Nadie había estado allí. No había rutas, ni datos fiables del clima, ni una sola estrategia probada para cruzar el interior del continente. Scott no era un novato, ya había estado antes en la Antártida y lideraba un esfuerzo nacional bien financiado y para su época bien planificado.
Su objetivo era doble, ser el primero en alcanzar el polo y hacer ciencia por el camino. El viaje hasta la Antártida ya había sido durísimo. El barco, el Terranova, estuvo a punto de hundirse en una tormenta con las bombas atascadas y el agua subiendo, y la tripulación tuvo que arrojar carbón y combustible por la borda para no irse a pique.
Para moverse por el hielo, la expedición usó una mezcla de métodos que hoy resulta reveladora: trineos a motor, ponis y perros. Esa combinación tan disparuestra hasta qué punto, en aquel momento, nadie sabía con certeza qué funcionaría de verdad en el frío extremo. Y la respuesta llegó pronto y fue cruel. Los trineos a motor, una tecnología carísima y experimental, se averiaron a los pocos kilómetros.
Los ponis, animales nada adaptados a la Antártida, sufrieron muchísimo con el frío y la nieve profunda y fueron muriendo o teniendo que ser sacrificados. El plan, que dependía de un encaje perfecto de tiempos, provisiones y clima, empezaba a hacer aguas antes, incluso de lo más difícil. El 1 de noviembre de 1911, Scott partió hacia el polo con un grupo de apoyo.
A medida que avanzaban, fue devolviendo a los hombres por etapas, hasta que el 3 de enero de 1912 eligió a los cuatro que harían con él el asalto final. El Dr. Edward Wilson, el capitán Lawrence Soz, el teniente Henry Bowers y el suboficial Edgar Evans. Cinco hombres tirando ellos mismos de los trineos sin perros ni motores, recorrerían los últimos cientos de kilómetros hasta el punto más al sur de la Tierra.
El 16 de enero, cuando ya estaban cerca, ocurrió algo que les heló la sangre más que el viento. Bowers, que tenía una vista extraordinaria, distinguió en el horizonte una mancha negra, en aquella inmensidad blanca y vacía, donde no debería haber absolutamente nada. Aquello solo podía significar una cosa. Al acercarse, sus peores temores se confirmaron.
Era una bandera negra atada a un trineo, restos de un campamento. Los noruegos habían llegado antes y no por casualidad. Amunsen había apostado por una estrategia opuesta a la de Scott con trineos ligeros tirados solo por perros, hombres vestidos con pieles al estilo de los inuit y esquíis. Un plan más rápido y despiadado, concebido únicamente para llegar y volver cuanto antes, sin la pesada carga científica que Scott arrastraba.
El 17 de enero de 1912 alcanzaron el polo suron la prueba definitiva, una tienda con la bandera de Noruega y una nota. Roal Damonsen, el explorador noruego, había llegado allí 34 días antes. Como remate cruel, había dejado una nota pidiéndole a Scott que, por si los propios noruegos no conseguían regresar con vida, hiciera llegar la noticia de su hazaña al rey de Noruega.
Toda la motivación, todo el sentido de su esfuerzo, ser los primeros, se desvaneció de golpe. Scott resumió el desánimo en su diario con una frase que ha quedado para la historia, lamentando que aquel fuera un lugar espantoso y terrible por haberse esforzado tanto en alcanzarlo sin la recompensa de ser los primeros. hicieron unas fotografías, plantaron su bandera británica y agotados y profundamente decepcionados dieron media vuelta.
Por delante les esperaba un regreso de más de 13 km, tirando de los trineos con sus propias fuerzas ya muy mermadas, y ese camino de vuelta iba a convertirse en una de las agonías más lentas y mejor documentadas de la historia de la exploración. Con una congelación que le devoraba los pies, el capitán Oat salió de la tienda en mitad de una ventisca, sabiendo que iba directo a morir para no seguir frenando a sus compañeros.
Antes de desaparecer en la nieve, pronunció una de las frases más célebres de la historia de la exploración. Dijo que salía un momento y que quizá tardaría. Nunca volvieron a verlo. Aquel sacrificio, sereno y consciente resume el horror lento en que se había convertido el regreso de la expedición de Scott.
Porque a esas alturas ya no luchaban por ganar nada, solo por sobrevivir y los iban perdiendo de uno en uno. El primero en caer fue el más fuerte de todos y por eso su muerte fue la más inesperada. Edgar Evans, un suboficial corpulento al que todos consideraban el más robusto del grupo, se fue apagando durante el descenso del glaciar Birtmore sufrió varias caídas, una de ellas con un golpe en la cabeza que probablemente le provocó una conmoción cerebral.
Su estado físico y mental se deterioró rápidamente y murió el 17 de febrero, dejando al resto del grupo conmocionado. Si el más fuerte había caído, ninguno estaba a salvo. El siguiente fue Lawrence. La congelación y la gangrena le habían destrozado los pies hasta el punto de que apenas podía caminar. Cada paso suyo ralentizaba al grupo y en aquellas condiciones la lentitud era una sentencia de muerte para todos.
Oat lo sabía. La noche anterior pidió que lo dejaran en el saco de dormir, pero los demás se negaron. A la mañana siguiente, el 17 de marzo, el día en que cumplía 32 años, tomó su decisión. Se levantó, dijo aquellas palabras tranquilas sobresalir un momento y se arrastró fuera de la tienda hacia la ventisca sin sus botas para no condenar a los demás con su lentitud.
Scott lo dejó escrito en su diario. Sabían que OTS caminaba hacia su muerte y que aquello era el gesto de un hombre valiente. Pero el sacrificio de OS no bastó. Quedaban tres. Scott, el Dr. Wilson y el teniente Bowers. Siguieron avanzando hacia el norte, hacia un depósito de comida y combustible llamado One Ton, que era su tabla de salvación. No llegaron.
El 21 de marzo, a solo 11 millas de aquel depósito, apenas 18 km, una violenta ventisca los inmovilizó por completo. 11 millas. Era prácticamente un día de marcha en condiciones normales, pero fuera de la tienda, el mundo era un caos de nieve y viento que hacía imposible dar un paso. Atrapados, sin apenas comida y sin combustible para derretir nieve y beber, no podían hacer otra cosa que esperar a que el temporal amainara.
Las noches eran un suplicio. Dormían, si es que dormían, en sacos de piel de reno endurecidos por el hielo con temperaturas que rondaban los 40 gr bajo cer. Nunca amainó. Durante los días siguientes, los tres hombres permanecieron tumbados en sus sacos dentro de aquella tienda zarandeada por el viento, viendo cómo se agotaban sus últimas fuerzas.
Y aquí es donde esta historia se vuelve única, porque Scott siguió escribiendo. Sus dos compañeros ya habían dejado de anotar nada en sus propios diarios, así que él se convirtió en el único cronista de su propia agonía. Mientras el frío y el hambre lo consumían, con los dedos congelados, dejó constancia de todo en su diario. Las primeras anotaciones son prácticas: el tiempo, las distancias, las raciones, pero a medida que pasan los días, el tono cambia.
El tiempo deja de medirse en kilómetros y empieza a medirse en espera. Espera a que pase la tormenta. Espera a que vuelvan unas fuerzas que ya no volverían. En esos últimos días, Scott comprendió con una lucidez escalofriante que no había salvación posible. No hay confusión en sus palabras, solo la certeza de que no se podía hacer nada para evitarlo.
Dejó de escribir sobre la expedición y empezó a escribir cartas de despedida para las familias de sus compañeros y mensajes para el público de su país. Su última anotación es del 29 de marzo de 1912. En ella cuenta que llevan días listos para salir hacia el depósito a 11 millas, pero que fuera solo hay un torbellino de nieve, que ya no pueden esperar nada mejor, que aguantarán hasta el final, pero que cada vez están más débiles y que el final no puede estar lejos.
Y se despide diciendo que es una pena, pero que ya no cree que pueda escribir más. Se calcula que fue el último de los tres en morir en torno a esa fecha. La tienda quedó allí, en mitad del hielo infinito, convertida en una tumba helada. Mientras agonizaban, aquellos hombres seguían arrastrando 16 kg de rocas.
En mitad de su lucha desesperada por sobrevivir, cuando cada gramo de peso podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte, el equipo de Scott nunca abandonó las muestras geológicas que había recogido para la ciencia. Ese detalle, casi incomprensible dice mucho de qué clase de expedición fue esta y abre la gran pregunta, ¿por qué murieron en realidad? Porque mirando los hechos con frialdad hubo varias razones y algunas se podrían haber evitado.
La primera fue el combustible. Para aligerar peso, los exploradores habían dejado latas de combustible en depósitos durante el viaje de ida con la idea de recogerlas a la vuelta. El problema es que aquellas latas tenían juntas defectuosas de cuero y con el frío extremo el combustible se había evaporado en parte.
Al llegar a los depósitos en el regreso, Scott se encontró con mucho menos de lo esperado. Sin combustible suficiente para derretir nieve, no podían beber bastante agua y la deshidratación fue minando su rendimiento físico y mental justo cuando más lo necesitaban. La segunda razón y probablemente la decisiva fue el clima. Durante mucho tiempo se asumió que el frío que encontraron era el normal de la zona.
Pero estudios modernos basados en estaciones meteorológicas automáticas que llevan décadas midiendo esa región han demostrado otra cosa. La climatóloga Susan Solomon analizó los datos y descubrió que las temperaturas que Scott y sus hombres anotaron entre finales de febrero y marzo de 1912 eran de media entre 10 y 20 gr Fahenheit más bajas de lo habitual para esa época y ese lugar.
En otras palabras, el invierno polar se les adelantó, cayeron temperaturas anormalmente bajas que volvieron la nieve más áspera, dificultando el arrastre de los trineos y que agravaron las congelaciones. Según muchos expertos, de no ser por ese frío excepcional, los tres últimos hombres podrían haber sobrevivido.
A esto se sumaron algunas decisiones discutibles del propio Scott. Los ponis, ya lo vimos, eran inadecuados para la Antártida, pero hay más. A última hora, Scott decidió llevar a un quinto hombre, Bowers, al asalto final del polo, cuando todo, las raciones, la tienda, los cálculos, estaba pensado para cuatro. Eso hizo la tienda más estrecha y alargó el tiempo necesario para cocinar.
Y está la polémica más famosa de todas. El depósito One Ton, ese al que no llegaron por 11 millas, se había colocado unos 48 km más al norte, de donde estaba previsto en un principio, porque los ponis no habían podido más durante su instalación el año anterior. Si aquel depósito hubiera estado donde se planeó, probablemente lo habrían alcanzado y se habrían salvado.
Los cuerpos no se encontraron hasta 8 meses después. En noviembre de 1912, una partida de búsqueda de la base dio con la tienda casi enterrada en la nieve. Dentro hallaron a los tres hombres. Por la posición de los cuerpos se dedujo que Scott había sido el último en morir. Sus dos compañeros parecían haber muerto en sus sacos, mientras que Scott había echado hacia atrás las solapas del suyo y tenía un brazo sobre el cuerpo de Wilson.
Junto a ellos estaban los diarios, las cartas de despedida y las famosas muestras de roca. La partida no movió los cuerpos, derrumbaron la tienda sobre ellos, levantaron un gran túmulo de nieve y clavaron encima una cruz hecha con esquías. Después buscaron durante más de 70 millas el cuerpo de Oats, pero nunca lo encontraron, solo hallaron su saco de dormir.
Entre aquellos papeles estaba el documento que convirtió a Scott en un héroe nacional. Su mensaje al público en él no se excusaba en una mala organización, sino que atribuía el desastre a la mala suerte y, sobre todo, a aquel clima imposible. Escribió que ningún ser humano podría haber superado un mes como el que habían pasado y dejó una frase que resume su entereza.
Asumían los riesgos, sabían que los corrían y las cosas habían salido en su contra. Pidió que se cuidara de las familias de los caídos y sentenció que aquellas notas y sus cuerpos sin vida contarían la historia. Conviene un matiz. Durante décadas se veneró a Scott sin reservas, pero después algunos historiadores lo criticaron por sus errores de planificación.
Hoy se tiende a un punto intermedio. Cometió fallos, pero tuvo una mala suerte extraordinaria y con el clima de un año normal, probablemente habría regresado como un héroe triunfante. Y vaya si la contaron. Sus compañeros levantaron en su memoria una cruz de madera en una colina cercana a la base grabada con un verso que se hizo célebre.
Luchar, buscar, encontrar y no rendirse sigue en pie más de un siglo después. Y es que la tragedia de Scott continúa siendo el símbolo definitivo de la lucha humana contra una naturaleza que en la Antártida no perdona ni un solo error. Rodney Marx, como un científico murió envenenado en el lugar más aislado de la Tierra.
Un hombre sano de 32 años se sintió raro de camino a casa. 36 horas después estaba muerto, vomitando sangre en el lugar más aislado del planeta y nadie tenía ni idea de qué lo había matado. Lo más inquietante llegaría medio año más tarde cuando una autopsia reveló que aquel científico no había muerto por causas naturales, sino envenenado.
Y más de dos décadas después, todavía nadie sabe quién ni cómo. Esta es la historia de Rodney Marx, el único caso de muerte sospechosa en el polo sur. Un misterio que sigue sin resolverse. El escenario es la estación Amunsen Scott, la base científica que Estados Unidos mantiene justo sobre el polo sur geográfico, uno de los puntos más extremos y remotos de la Tierra.
En invierno allí no se pone el sol durante meses. Las temperaturas se desploman muy por debajo de los 60 gr bajo cer y lo más importante para esta historia no aterriza ni despega un solo avión. Durante el largo invierno polar. La gente que está dentro queda completamente aislada del resto del mundo, sin posibilidad de entrar ni de salir.
Aquel invierno había allí unas 50 personas y la regla era cruel. Si alguien sufría una urgencia médica grave, simplemente no había forma de evacuarlo. Había que arreglárselas con lo que hubiera en la base. Es literalmente como estar en otro planeta. Rodney Marx era un astrofísico australiano que trabajaba en aquella base.
Su labor consistía en manejar un gran telescopio en una zona apartada de la estación, conocida como el sector oscuro, pensada para que las luces no interfirieran con las observaciones del cielo. Cada jornada implicaba caminar entre ese observatorio y el edificio principal donde vivía. Era un trabajo de rutina en un entorno imposible y Marx lo conocía bien porque no era su primera vez allí.
Ya había pasado un invierno entero en el Polo Sur un par de años antes y le había gustado tanto que quiso volver. Sabía perfectamente dónde se estaba metiendo. Todo empezó el 11 de mayo del año 2000. Marx volvía caminando del observatorio a la base, cruzando aquel sector oscuro envuelto en la noche polar cuando empezó a encontrarse mal.
No era el malestar típico de adaptarse al frío y a la oscuridad perpetua del invierno antártico. Era otra cosa. Aún así, fue a cenar con su prometida, que también estaba en la estación, y durante la comida se quejó de que los ojos le molestaban cada vez más. El malestar fue a más, así que decidió acostarse pronto con la esperanza de que durmiendo se le pasaría lo que fuera que tenía. No se le pasó.
Aquella noche se despertó varias veces y sobre las 5:30 de la madrugada del 12 de mayo se levantó definitivamente sintiéndose fatal. Le costaba respirar y cuando empezó a vomitar sangre comprendió que aquello era grave y se presentó en la pequeña enfermería de la estación. A lo largo de ese día acudió al médico de la base hasta tres veces y en cada visita los síntomas eran peores.
Un dolor abrasador le recorría las articulaciones y el estómago. Los ojos se le habían vuelto tan sensibles a la luz que tenía que llevar gafas de sol dentro del edificio, a pesar de que el sol no salía sobre la base desde hacía semanas. Era un deterioro brutal y acelerado, impropio de cualquier enfermedad corriente.
Su cuerpo se estaba apagando a ojos vista y nadie entendía por qué. El médico de la estación se enfrentaba a un problema imposible. No tenía un hospital, solo una clínica básica con equipo y medicamentos limitados en el fin del mundo. Marx se iba deteriorando por momentos con un cuadro que no encajaba con nada evidente y cada hora que pasaba las opciones se reducían.
Desesperados, los sanitarios pidieron consejo por satélite a especialistas de fuera, intentando descifrar a distancia qué estaba matando a aquel hombre. Su propia prometida, que estaba en la estación, no podía hacer otra cosa que verlo apagarse sin entender nada, pero todo fue en vano.
El 12 de mayo, apenas 36 horas después de empezar a sentirse mal, Rodney Marx murió. Y aquí está uno de los detalles más perturbadores. Estuvo lúcido casi hasta el final. Si hubiera sabido qué le pasaba, qué había tomado o qué le habían dado, casi con seguridad se lo habría dicho a alguien. Pero no dijo nada porque ni él mismo lo sabía.
Murió sin diagnóstico alguno, rodeado de gente que no podía hacer nada por él en un sitio del que era imposible sacarlo. Y entonces empezó la parte más extraña de todas. El cuerpo de Rodne Marx pasó casi se meses congelado en la Antártida antes de que alguien pudiera averiguar de qué había muerto. Como era pleno invierno polar y no había forma de sacar nada de la estación, sus restos tuvieron que quedarse allí, conservados por el frío, hasta que el clima permitiera volar de nuevo.
Durante todo ese tiempo, la versión oficial fue tranquilizadora. La agencia que gestiona la base anunció que Marx aparentemente había muerto por causas naturales, a falta de determinar la causa exacta. Casi nadie esperaba que la autopsia fuera a revelar nada escandaloso. Se equivocaban por completo y aquel comunicado de muerte natural envejecería muy mal.
Pero antes de llegar a esa autopsia, conviene saber quién era el hombre que murió en el hielo, porque su perfil es clave para entender por qué su muerte resulta tan desconcertante. Rodney Marx era un astrofísico australiano de 32 años, brillante, ingenioso y de espíritu bohemio. trabajaba para un prestigioso observatorio astronómico, manejando un telescopio en el polo sur, uno de los mejores lugares del planeta para estudiar el cosmos por la sequedad y la estabilidad de su atmósfera.
No era un científico gris encerrado en un laboratorio. Se había ganado el cariño de sus compañeros, tocaba la guitarra en la banda de la estación y tenía una personalidad arrolladora. Había otro detalle importante. Marx padecía síndrome de Touret y se sabía que a veces bebía para aliviar sus síntomas. Era, de hecho, un bebedor habitual y experimentado, alguien que conocía bien el alcohol y sus efectos.
Y sobre todo era un hombre feliz. Se había enamorado en la propia estación de Sonja, una técnica de mantenimiento que se había apuntado a pasar el invierno en el polo precisamente para estar con él. Se habían comprometido pocos meses antes y por todo lo que contaban sus compañeros, hacían una pareja perfecta. tenía una pareja a la que adoraba, una carrera en pleno despegue y un trabajo importante casi terminado.
En otras palabras, era la última persona del mundo de la que cabría esperar un final trágico y voluntario. Cuando por fin el cuerpo llegó a Chris Church en Nueva Zelanda, que es la base desde la que se coordinan las operaciones estadounidenses en la Antártida, los forenses hicieron la autopsia y entonces saltó la bomba. El análisis reveló que Rodne Marx no había muerto por ninguna enfermedad.
Su sangre contenía niveles letales de metanol. El metanol es un tipo de alcohol, pero no el que se bebe. Es alcohol de madera, una sustancia tóxica que se usa en disolventes industriales y productos de limpieza. De hecho, Marx lo utilizaba en su trabajo para limpiar y mantener los telescopios, pero la cantidad encontrada en su cuerpo, calculada en torno a 150 ml, lo que cabe en una copa de vino pequeña, la cura, era muchísimo mayor de lo que podría explicarse por un simple contacto con el producto durante el trabajo. El forense lo tuvo claro.
aquello se había ingerido. Para entender por qué aquello era una sentencia de muerte, hay que saber qué le hace el metanol al cuerpo humano. Una vez ingerido, el organismo lo transforma en compuestos todavía más tóxicos que provocan una acidez extrema en la sangre, daños en el nervio óptico que pueden causar ceguera, fallo de los órganos y, finalmente, la muerte.
Y de repente todos los síntomas extraños de Marx cobraban un sentido escalofriante. La dificultad para respirar, el dolor abrasador y muy especialmente aquella hipersensibilidad de los ojos que lo obligaba a llevar gafas de sol bajo tierra, encajaban a la perfección con un envenenamiento por metanol.
El veneno llevaba más de un día actuando dentro de él, mientras los médicos buscaban a ciegas una explicación. La noticia lo cambió todo. Lo que se había presentado como una muerte natural en un lugar remoto era en realidad un envenenamiento mortal en una base sellada del mundo exterior, habitada por medio centenar de personas.
La prensa se lanzó de inmediato sobre el caso y empezó a hablar de él como el primer asesinato del polo sur. Porque si Marx había sido envenenado con metanol, surgían preguntas inquietantes que alguien tendría que responder. ¿Se lo había tomado él mismo por accidente o a propósito? ¿O alguien entre aquellas 50 personas atrapadas con él en el hielo se lo había administrado? La respuesta más de dos décadas después sigue sin estar clara y la investigación para encontrarla se topó con un muro inesperado.
Había una máquina en la base que podría haber salvado a Rodne Marx, pero estaba inservible porque se le había agotado una pila. La estación contaba con un analizador de sangre capaz de detectar precisamente este tipo de envenenamientos. Y según declaró después el propio médico, aquel aparato no funcionaba porque su batería de litio se había muerto.
Es uno de esos detalles que hacen que toda la historia parezca aún más cruel. La herramienta que quizá habría permitido diagnosticar el metanol a tiempo estaba en un rincón apagada. Pero ni siquiera eso es lo más frustrante del caso. Lo más frustrante fue la investigación que vino después. Como la base estadounidense se asienta en un sector de la Antártida reclamado por Nueva Zelanda, fue la policía neozelandesa la que asumió el caso con un detective al frente bajo la supervisión del forense de Chris Church, el detective planteó que solo había
cuatro maneras de que Marx hubiera acabado con metanol en el cuerpo. Una, que lo bebiera a propósito para colocarse. Dos, que lo tomara para quitarse la vida. tres, que lo ingiriera por accidente y cuatro, que alguien se lo administrara en una bebida, fuera como una broma macabra o con intención de hacerle daño.
La hipótesis del suicidio se descartó casi de inmediato. Marx tenía prometida, una carrera prometedora, ningún problema económico y un trabajo importante a punto de terminar. Además, fue tres veces al médico pidiendo ayuda. No se escondió e incluso estuvo lúcido casi hasta el final. Si hubiera sabido que había tomado veneno, lo habría dicho.
No tenía ningún sentido como suicidio y nadie que lo conociera lo creyó. Quedaban las otras tres vías y todas chocaban con un problema. En su mesa de trabajo, famosa por estar siempre desordenada, Marx llegaba a tener cerca de 20 frascos con líquidos distintos. Algunos eran alcohol para beber, otros eran disolventes como el etanol y el metanol que usaba para limpiar los telescopios.
Eso abría la puerta a que confundiera uno con otro. Pero el detective no terminaba de creerse el accidente. Marx era un bebedor experto y tenía a su disposición todo el alcohol legal que quisiera en el bar de la base. Así que, ¿por qué iba a beber justo el frasco tóxico? La teoría que más rondaba al investigador era otra, casi peor por lo absurda, que alguien le hubiera puesto metanol en una copa sin saber siquiera que era veneno, pensando que le daba algo para animar la fiesta, un envenenamiento accidental causado por otra persona. Pero era solo una
sospecha, sin pruebas que señalaran a nadie. Lo cierto es que Marx no tenía enemigos conocidos en la base y se llevaba bien con casi todo el mundo. Y aquí es donde la investigación se estrelló contra un muro. Para resolver el caso, el detective necesitaba interrogar a las personas que estaban en la base y conocer los resultados de la investigación interna que supuestamente habían hecho las organizaciones estadounidenses que gestionan la estación.
Pero según denunciaron tanto el detective como el forense, esas organizaciones no colaboraron, tardaron en facilitar información, no permitieron acceder con normalidad a los testigos y llegaron a decir que no existía ningún informe interno, algo que el investigador no se creía. En sus propias palabras, estaba convencido de que había mucho más de lo que le contaban.
Solo en 2005 se accedió a enviar cuestionarios a los 49 compañeros de invernada de Marx y de esos 49 apenas respondieron 13. El investigador siempre sospechó que el miedo a perder futuros contratos de trabajo en la Antártida pesó demasiado sobre el resto, que prefirió guardar silencio y pasar página.
El resultado de todo ello fue un callejón sin salida. El informe final del forense hecho público años después no pudo respaldar ninguna de las hipótesis, ni la broma fatal, ni el asesinato, ni el suicidio. La causa del envenenamiento por metanol nunca se determinó. El propio forense aprovechó para denunciar algo de fondo, que no existían unas normas claras de investigación ni de rendición de cuentas para las muertes que ocurren en la Antártida.
Un territorio donde las jurisdicciones se difuminan y donde al parecer alguien puede morir envenenado sin que nadie acabe respondiendo por ello. La familia de Marx terminó renunciando a saber qué pasó. Hoy una montaña antártica lleva su nombre y su muerte sigue siendo lo que fue desde el principio. Un hombre brillante envenenado en el lugar más aislado de la tierra y un misterio que el hielo se ha quedado para siempre.
Sanae Cuarto, la historia real del email de socorro enviado desde la base más aislada de la Antártida. Nueve personas quedaron encerradas durante un año entero en una base perdida en la Antártida y entonces una de ellas envió un correo electrónico desesperado al gobierno de su país diciendo que temía ser la próxima víctima.
No era una película de terror, aunque la prensa la describió justo así. Era algo que estaba ocurriendo de verdad en pleno año 2025 en uno de los lugares más aislados del planeta. Esta es la historia del incidente de la base Sanae Cuarto y de por qué demuestra que a veces lo más peligroso de la Antártida no es el frío, sino las personas con las que te toca quedarte encerrado.
Para entenderlo hay que situar el lugar. Sanae Cuarto es la base de investigación que mantiene Sudáfrica en la Antártida, el único país africano con una estación en el continente, no está en la costa, sino tierra dentro, a unos 80 km del borde del continente y a unos 4000 km de Sudáfrica. Es una estructura de color naranja intenso formada por varios módulos sobre pilares, encaramada al borde de un afloramiento rocoso en mitad de una inmensa capa de hielo.
Un punto minúsculo de color en un océano blanco infinito. Las condiciones son extremas. Temperaturas que rondan los 20 gr bajo 0, vientos que pueden alcanzar los 240 km/h y en pleno invierno, semanas enteras sumidas en oscuridad total. Sudáfrica investiga allí desde 1960, recopilando datos meteorológicos, atmosféricos y geológicos del fin del mundo.
El funcionamiento de una base así marca por completo esta historia. Cada año un pequeño equipo llega en barco para pasar el invierno y una vez que el buque se marcha quedan completamente solos. No hay vuelos de ida ni de vuelta, no hay relevos, no hay forma rápida de sacar a nadie. El equipo que protagoniza esta historia eran nueve personas, entre ellas un médico, varios científicos e ingenieros.
Llegaron el 1 de febrero de 2025 y tenían por delante alrededor de 13 meses de aislamiento con un único barco de reabastecimiento previsto para el verano siguiente. En el momento en que vieron alejarse su barco, quedaron comprometidos a convivir, pasara lo que pasara, exactamente con esas mismas ocho personas durante más de un año.
Y lo que pasó saltó a la luz de golpe. Un fin de semana de marzo, un periódico sudafricano publicó que en la base se estaba viviendo literalmente una película de terror. La fuente era un correo electrónico que un miembro del equipo había enviado a las autoridades pidiendo ayuda. El contenido era estremecedor. En él, esa persona aseguraba estar profundamente preocupada por su propia seguridad y se preguntaba con todas las letras si podría ser la próxima víctima.
describía un comportamiento que, según escribía, había escalado hasta un punto profundamente perturbador y suplicaba que se tomaran medidas inmediatas para proteger su seguridad y la del resto del equipo. Hablaba, en definitiva, de un clima de miedo e intimidación dentro de la base. ¿Qué había ocurrido para llegar a ese punto? Según confirmaron después las autoridades, todo empezó con una denuncia recibida el 27 de febrero, apenas unas semanas después de que el equipo se quedara solo.
Se informaba de una agresión. Uno de los miembros, un hombre, había atacado físicamente al jefe de la base, pero la cosa no quedaba ahí. Sobre ese mismo hombre pesaban además acusaciones de acoso a una compañera y según se denunció había llegado a amenazar de muerte a otro miembro del equipo. De pronto, aquel grupo reducido y sellado del mundo tenía dentro a una persona señalada como violenta e impredecible y a varias personas que decían temer por su vida.
Conviene ser precisos en un punto, porque en los primeros momentos se habló de una agresión sexual y el propio gobierno aclaró después que ese dato no era correcto. Lo que se investigaba era una denuncia de acoso, no de agresión sexual. Es una distinción importante para no exagerar lo ocurrido. Pero matices aparte.
La situación de fondo era angustiosa de verdad. Imagina estar atrapado en un edificio del que no puedes salir, en el sitio más remoto de la Tierra durante meses, conviviendo a la fuerza con alguien al que has empezado a temer. No puedes irte. No puedes pedir que se lo lleven sin más. No puedes encerrarte en tu cuarto y olvidarlo, porque mañana volverás a compartir mesa, pasillos y trabajo con esa misma persona.
Y el mundo entero acababa de enterarse, pero esas nueve personas seguían exactamente igual de encerradas que antes. La única forma de sacar a alguien de aquella base en pleno invierno habría sido una operación por mar de unos 15 días, carísima y a merced de un clima brutal. Esa es la clave que convierte el incidente de Sanae Ito en una trampa psicológica perfecta.
No es que nadie quisiera resolver el problema, es que físicamente no había una salida rápida. Para entender la angustia de aquellas nueve personas, hay que entender hasta qué punto estaban solas. Una base de invernada antártica funciona como una nave espacial varada en mitad de la nada. El propio ministro sudafricano que gestionó la crisis llegó a comparar la situación con la de los astronautas en el espacio.
Durante los meses de invierno, el clima impide la llegada y la salida de aviones y el mar se vuelve intransitable o directamente peligroso. El equipo que entra sabe que, salvo una emergencia capaz de justificar una operación enorme, no va a ver a nadie más hasta que termine su misión. Conviven, trabajan, comen y duermen siempre con las mismas caras, en un espacio cerrado, mientras fuera todo es hielo, viento y durante semanas una noche que no termina.
Ese aislamiento extremo tiene un coste mental bien conocido. Los expertos llevan décadas estudiando lo que el encierro prolongado le hace a la mente humana en estos entornos. El ánimo se hunde. La gente se vuelve irritable sin motivo aparente. El sueño se desajusta porque el cuerpo deja de saber cuándo es de día y cuándo de noche, y las pequeñas tensiones entre compañeros se enquistan y crecen.
Es el famoso síndrome de la cabaña, esa sensación de estar enjaulado con las mismas personas hasta que cualquier roce se vuelve insoportable. Hay incluso un fenómeno documentado, una especie de mirada perdida y ausente que les entra a algunos invernantes tras meses de encierro, como si la mente se pusiera en una especie de modo de bajo consumo para soportar la monotonía y la falta de estímulos.
El propio ministro lo mencionó al explicar el caso. En esas condiciones dijo, “La gente sufre este tipo de fiebre del encierro y todo puede volverse muy desorientador. Sobre ese telón de fondo se desencadenó el conflicto. El equipo había llegado a comienzos de febrero y apenas unas tres semanas después, el 27 de ese mes, saltó la primera chispa grave.
Y eso que todos los miembros habían pasado antes pruebas psicológicas y de selección sobre el papel. Eran personas aptas para soportar el aislamiento. Según relataron las autoridades, hubo una discusión verbal entre el jefe de la base y uno de los miembros del equipo. Al parecer, todo arrancó por algo tan cotidiano como un desacuerdo sobre una tarea que dependía del clima.
Pero la discusión fue subiendo de tono hasta que el hombre acabó agrediendo físicamente al jefe. Que el blanco de la agresión fuera precisamente el líder del grupo es especialmente grave, porque en un sitio así, el jefe de base es la máxima autoridad, la persona que debe mantener el orden y tomar las decisiones.
Si la cadena de mando se rompe, todo el equilibrio del grupo se tambalea. Y una vez rota esa barrera, el miedo se instaló en la base. A la agresión al jefe, se sumaron las denuncias por el comportamiento de aquel mismo hombre hacia otros compañeros, el acoso a una de las personas del equipo y la amenaza de muerte. De repente, los demás ya no convivían con un compañero más, sino con alguien al que percibían como un peligro real y constante.
Y aquí está lo que hace esta historia tan claustrofóbica. En una ciudad, ante una situación así, llamas a la policía, te marchas de casa, pones distancia. Allí no se podía hacer nada de eso. No había policía a la que acudir, ni otra casa a la que mudarse, ni un tren, ni un avión en el que huir. Solo estaban ellos nueve, el mismo edificio y meses por delante.
Esa imposibilidad de escapar es lo que llevó a uno de los miembros a hacer lo único que sí estaba en su mano. sentarse frente a un ordenador y lanzar un mensaje al exterior, un correo electrónico pidiendo auxilio con la esperanza de que alguien en algún lugar lo tomara en serio y actuara. Era en el fondo un grito de socorro lanzado a 4,000 km de distancia desde el interior de una trampa de hielo.
Y cuando ese correo se filtró a la prensa, el mundo entero se asomó de golpe a un drama que hasta entonces solo conocían nueve personas atrapadas. Pero saberlo no cambiaba el problema de fondo. El barco no iba a volver, el invierno no había hecho más que empezar y todos seguían dentro. La decisión final de las autoridades sorprendió a medio mundo.
No iban a sacar a nadie de la base. Pese a la gravedad de las denuncias y a la repercusión mundial del caso. El gobierno sudafricano determinó que ninguno de los nueve miembros sería evacuado y que el equipo completaría su misión hasta el final. Para muchos resultó chocante, pero la explicación tenía su lógica fría.
Una evacuación de emergencia en pleno invierno antártico habría exigido una operación por más de unos 15 días extremadamente costosa y peligrosa en un clima que apenas dejaba margen. Sacar a una persona de allí no era como enviar un coche de policía, era una expedición en sí misma. En lugar de eso, las autoridades optaron por gestionar la crisis a distancia.
activaron un plan de respuesta y pusieron a un equipo de psicólogos y otros especialistas en contacto directo y casi constante con la base, intentando mediar, rebajar la tensión y restablecer la convivencia. Según informaron, el hombre acusado se mostró colaborador. Participó voluntariamente en una evaluación psicológica, dio muestras de arrepentimiento e incluso escribió una disculpa formal por escrito a la víctima.
Además de mostrarse dispuesto a disculparse de palabra con el resto del equipo, el ministro responsable salió a declarar que la situación en la base estaba en calma y bajo control y que mantendría un contacto estrecho para asegurarse de que siguiera así. Ahí surge una tensión incómoda en el corazón de esta historia. Por un lado, el mensaje oficial era tranquilizador, todo bajo control, el acusado arrepentido y cooperando.
Por otro estaba aquel correo angustioso en el que una persona aseguraba temer por su vida y hablaba de un ambiente de miedo. ¿Cuál de las dos versiones reflejaba mejor lo que de verdad se vivía puertas adentro? Es muy difícil saberlo desde fuera. Lo que es indudable es que el gobierno abrió además un proceso formal de tipo laboral para investigar tanto la agresión física como la denuncia de acoso, dejando claro que sería firme con cualquier conducta indebida.
Por desgracia, este tipo de sucesos en Bases antárticas no es tan raro como podría parecer y ahí está uno de los aspectos más reveladores del caso. La propia Sudáfrica ya había vivido un episodio inquietante años atrás. en otra de sus estaciones remotas, donde un miembro de un equipo llegó a destrozar la habitación de un compañero con un hacha por un conflicto sentimental.
Y no es solo cosa de un país. Programas antárticos de otras naciones como Estados Unidos y Australia han tenido que reconocer en informes propios denuncias de acoso sufridas por mujeres en sus bases. El patrón se repite. metes a un grupo reducido de personas en un entorno cerrado, hostil y sin escapatoria durante meses, y las tensiones humanas pueden volverse tan peligrosas como el propio frío exterior.
Resulta inquietante que, según las propias autoridades, las evaluaciones previas no habían detectado ningún problema en aquel hombre. Reconocían, eso sí, que la adaptación a un lugar tan extremo y remoto puede sacar a relucir cosas que antes permanecían ocultas. Eso es en el fondo lo que convierte a esta historia en algo más que una simple noticia llamativa.
Solemos imaginar que el gran enemigo de la Antártida es la naturaleza, el viento, el hielo, las grietas, las temperaturas imposibles. Y sin embargo, el incidente de sanae 4 nos recuerda que el peligro también puede venir de dentro, del factor humano, de lo que ocurre cuando se juntan el encierro, el aislamiento y la imposibilidad de marcharse.
Las paredes que te protegen del frío mortal de fuera son las mismas que te encierran con aquello que temes dentro. Por su carácter tan reciente, esta historia no tiene todavía un punto final claro. En el momento de mayor revuelo, lo previsto era que el equipo siguiera en la base hasta el término de su misión, gestionando la convivencia como pudiera y bajo vigilancia a distancia, a la espera de que el barco de reabastecimiento llegara muchos meses después.
De hecho, como detalle casi surrealista, mientras el escándalo ocupaba titulares en todo el mundo, la agencia responsable llegó a publicar ofertas de empleo para cubrir plazas en esa misma base, advirtiendo de que los candidatos debían ser capaces de trabajar bajo una presión extrema y casi sin supervisión. Es muy posible que para cuando veas esto se conozcan más detalles o el caso se haya cerrado de un modo u otro.
Pero más allá del desenlace concreto, queda una imagen difícil de olvidar. La de un puñado de personas atrapadas en una caja naranja sobre el hielo, en el lugar más solitario de la tierra, aprendiendo del modo más duro que a veces de quien de verdad hay que protegerse es de la persona que tiene sentada enfrente en la cena. Endurantz, la historia real de la mayor proeza de supervivencia jamás lograda en la Antártida.
El barco que debía llevarlos a la gloria quedó atrapado en el hielo. Fue aplastado lentamente durante meses y acabó hundiéndose, dejando a 28 hombres tirados sobre un témpano a la deriva, sin barco, sin radio y sin tierra a la vista. Y contra todo pronóstico, los 28 sobrevivieron. Esta es la historia de la expedición endurance comandada por Ernest Shackelton, posiblemente la mayor proeza de supervivencia jamás lograda en la Antártida.
Después de tantas tragedias heladas, esta es la prueba de que a veces el liderazgo y la pura determinación humana pueden vencer incluso al continente más mortífero del planeta. El plan original de Shackelton era de una ambición descomunal. Para entonces, el polo sur ya había sido conquistado por Amunsen, así que el nuevo gran reto era cruzar todo el continente antártico de un lado a otro, de mar, atravesando el polo por tierra.
Era un viaje de más de 3,000 km que nadie había logrado jamás. Para ello zarpó en 1914 a bordo del endurance, un barco construido especialmente para resistir el hielo con una tripulación de 28 hombres. El nombre del barco, que significa resistencia, acabaría siendo una profecía de lo que les esperaba, pero la Antártida no les dejó ni siquiera empezar.
A finales de 1914, el endurán se adentró en el mar de Wedel rumbo a la costa y cuando estaba apenas un día de navegación de su destino, quedó atrapado en una densa banca de hielo. El barco se quedó completamente inmovilizado, encajado en el hielo como una nuez en una pinza. No podían avanzar ni retroceder y entonces empezó la peor de las esperas, porque aquel hielo no estaba quieto, se movía, presionaba y apretaba el casco con una fuerza descomunal y lenta, imposible de detener.
Durante meses, la tripulación vivió a bordo de un barco preso, viendo como el hielo lo estrujaba poco a poco. La presión iba partiendo el casco tabla a tabla con crujidos que debían helar la sangre. No era un naufragio repentino y violento, sino una agonía a cámara lenta. Finalmente, en octubre de 1915, el hielo venció, el casco cedió y en noviembre el endurance se hundió del todo.
Tras llevar atrapado en el hielo casi 10 meses, unos 280 días. Con él se iba su único refugio, su único medio de transporte y su única conexión con el mundo. Los 28 hombres se quedaron solos. de pie sobre el hielo flotante en mitad de la nada. A partir de ese momento, la supervivencia dependía de un control absoluto del comportamiento y de los recursos.
Habían logrado rescatar del barco, antes de que se fuera a pique, tres botes salvavidas y los suministros que pudieron. Entre lo salvado estaban las cámaras y las placas de cristal del fotógrafo de la expedición, Frank Hurley, gracias al cual existe hoy un registro visual asombroso de toda esta odisea.
Primero intentaron arrastrar los pesados botes sobre el hielo en busca de tierra firme, pero apenas lograban avanzar unos metros, así que se resignaron a montar un campamento sobre la placa, al que bautizaron con amarga ironía como campamento paciencia, y a dejarse llevar por la deriva. La comida se racionaba con severidad, el calor era mínimo y moverse era peligroso porque la placa de hielo bajo sus pies podía fracturarse en cualquier momento.
No había un camino claro hacia la salvación, solo la deriva, la espera y la necesidad de reaccionar a unas condiciones que cambiaban sin avisar. Aquí fue clave el liderazgo de Shackelton, obsesionado con mantener a su gente unida y con la moral alta. Imponía rutinas, repartía tareas y vigilaba que nadie se hundiera en la desesperación, consciente de que el pánico y el desánimo podían matarlos antes que el propio frío.
La situación era tan extrema que tuvieron que tomar decisiones durísimas, como sacrificar a los últimos perros de Trineo. Para mantener la moral, uno de los mayores placeres del día era leer en voz alta recetas de comida de un libro de cocina rescatado, fantaseando con banquetes imposibles mientras racionaban cada bocado.
Vivieron así sobre el hielo durante casi 5 meses, hasta que a comienzos de 1916, la placa sobre la que acampaban empezó a romperse bajo sus pies. El témpano se partía, ya no había dónde quedarse. Había llegado el momento de jugárselo todo y echarse a un mar helado y furioso en tres pequeños botes descubiertos, con la esperanza de alcanzar una tierra, cualquier tierra, antes de que el océano o el frío acabaran con ellos.
Cuando por fin pisaron tierra firme, llevaban 497 días sin hacerlo, casi un año y medio sobre hielo flotante y agua. La travesía en los tres botes hasta esa tierra había sido una pesadilla de cinco días a la intemperie, con olas heladas rompiendo sobre ellos hombres mareados, deshidratados y con principios de congelación.
El navegante Frank Worsley llevaba 80 horas sin dormir. El propio segundo de Sakelton llegó a escribir que a esas alturas la mitad de la tripulación había perdido la cabeza, pero lo habían conseguido. El 15 de abril de 1916 alcanzaron la Isla Elefante. El problema es que la isla Elefante no era ninguna salvación. Era un peñón remoto, inhóspito y deshabitado, una roca azotada por el viento y poblada solo por focas y pingüinos, completamente fuera de cualquier ruta de barcos.
Nadie iba a pasar por allí de casualidad. Estar en tierra firme era un alivio psicológico tremendo después de tantos meses. Pero la cruda realidad es que si se quedaban esperando a que alguien los encontrara, morirían todos allí de hambre y frío, sin que nadie supiera siquiera que seguían vivos. Shakelton lo entendió de inmediato y tomó la decisión más arriesgada y heroica de toda la expedición.
Si el rescate no iba a venir, tendría que ir él a buscarlo. Y el lugar habitado más cercano eran las estaciones balleneras de la isla Georgia del Sur, que estaban a unos 13 km de distancia, 800 millas, al otro lado de uno de los mares más peligrosos del planeta, el océano austral. La idea era una auténtica locura.
Cruzar esa distancia en mar abierto, en pleno otoño antártico, a bordo de un simple bote salvavidas de menos de 7 m de eslora, escogieron el más robusto de los tres botes, el James Ked, y el carpintero lo reforzó como pudo para hacerlo algo más resistente a las olas. Shackelton eligió a cinco hombres para acompañarlo, entre ellos el navegante Worsley y el veterano Tom Cren.
Los otros 22 quedaron en la isla Elefante al mando del fiel segundo de Shackelton, Frank Wild, refugiados bajo los dos botes restantes, puestos del revés a modo de cabaña. Para el viaje cargaron unos 100 kg de hielo con el que obtener agua potable y apenas contaban con un sexante, una brújula, unas cartas náuticas y unos prismáticos.
En la propia botadura, el bote estuvo a punto de volcar entre las rocas y dos hombres cayeron al agua helada, empapando una ropa que ya nunca conseguirían secar del todo. Aún así, el 24 de abril, aquellos seis hombres se lanzaron al océano más temido del mundo en una cáscara de nuez, dejando atrás a sus compañeros con la promesa de volver a por ellos.
Lo que siguió fueron 16 días de infierno en el agua. El océano austral en esa época del año es conocido por sus olas gigantescas que pueden alcanzar alturas comparables a las de un edificio y por sus tormentas implacables. El pequeño James Ced era zarandeado sin descanso. El agua helada rompía constantemente sobre los hombres y se congelaba en el casco, amenazando con hundir el bote por el peso.
Tenían que turnarse para achicar agua y picar el hielo sin parar. empapados y ateridos, sin un solo momento de descanso real. El bote, estrecho y sobrecargado de lastre, era un purgatorio. Dormían por turnos en sacos de piel de reno empapados y casi podridos, sin un centímetro seco donde refugiarse.
Un error de cálculo, una sola ola mal recibida y todo habría terminado en el fondo del mar. Y aquí entra en juego la otra gran proeza de esta historia, la navegación de Frank Worsley. En aquella inmensidad de agua y cielo sin puntos de referencia. Encontrar una isla pequeña a 800 millas de distancia era como acertar a enhebrar una aguja en mitad de un huracán.
Warsley solo podía orientarse con un sexante y unos breves vistazos al sol cuando, muy de vez en cuando, asomaba entre las nubes y las tormentas. Un pequeño fallo en sus cálculos los habría hecho pasar de largo junto a la isla y perderse en el océano abierto sin posibilidad de volver hasta morir. Y no se jugaban solo sus seis vidas.
Si fallaban, los 22 hombres de la isla elefante quedarían abandonados para siempre sin que nadie supiera siquiera dónde buscarlos. Pero contra toda probabilidad, el 10 de mayo, tras casi dos semanas en el agua, avistaron tierra. Lo habían logrado. Habían encontrado Georgia del Sur. El problema, como descubrirían enseguida, es que habían llegado al lado equivocado de la isla después de cruzar el peor mar del mundo.
Todavía les quedaba escalar una cordillera entera sin mapas, sin equipo y sin haber dormido, porque Shackelton y sus hombres habían llegado al lado deshabitado de Georgia del Sur, la costa sur, mientras que las estaciones balleneras, su única salvación, estaban al otro lado de la isla. Y el James Ked estaba ya tan destrozado tras la travesía que no podía volver a navegar.
Solo quedaba una opción, una que nadie había intentado jamás, cruzar a pie el interior montañoso y completamente desconocido de la isla. El estado de los seis hombres era lamentable, así que tres de ellos se quedaron en la costa, demasiado débiles para seguir, refugiados bajo el bote volcado. Los otros tres, Shackelton, Worsley y Crian, emprenderían el cruce.
No tenían equipo de montaña. Para improvisar unos crampones que les dieran agarre en el hielo, le sacaron tornillos al bote y se los clavaron en las suelas de las botas. Con esa preparación irrisoria se lanzaron a atravesar un laberinto de montañas, glaciares y precipicios sin cartografiar, guiándose prácticamente a ojo.
Caminaron durante unas 36 horas seguidas sin apenas parar, porque sabían que detenerse a dormir con aquel frío era morir. Aquel cruce dejó momentos de leyenda. En un punto, atrapados en lo alto de una pendiente helada al caer la noche, comprendieron que si se quedaban allí se congelarían. Así que tomaron una decisión desesperada.
Se sentaron uno detrás de otro sobre unas cuerdas enrolladas, como en un trineo improvisado, y se lanzaron pendiente abajo a ciegas, deslizándose a toda velocidad por la ladera de una montaña, sin saber qué había al final. Podría haber sido un precipicio mortal. Por fortuna, la pendiente se fue suavizando y se detuvieron sanos y salvos con el corazón desbocado.
En otro momento, agotados hasta el límite, Shackelton dejó que sus dos compañeros durmieran unos minutos, pero sabiendo que dormirse del todo era no despertar, los despertó al poco diciéndoles que había pasado media hora, cuando en realidad solo habían sido 5 minutos. Por fin, el 20 de mayo, tres figuras irreconocibles llegaron tambaleándose a la estación ballenera de Stromnes.
Tenían el pelo y la barba enmarañados, la cara ennegrecida por el humo de las cocinas de grasa y demacrada por casi dos años de penurias. eran un espectáculo tan inverosímil que el encargado no daba crédito. Según se cuenta, preguntó quiénes diablos eran aquellos hombres surgidos de las montañas y el del centro respondió simplemente con su nombre, Shackelton.
Los curtidos balleneros noruegos, que conocían de sobra lo que era el Mar Antártico, quedaron tan conmovidos por la hazaña que algunos se apartaron a llorar y se pelearon por el honor de ayudar a remolcar el pequeño James Ked hasta el muelle. Pero Shackelton no podía descansar porque sus 22 hombres seguían atrapados en la isla elefante esperando.
Rescatarlos costó nada menos que cuatro intentos. El primer barco fue rechazado por el hielo. El segundo, prestado por Uruguay, tampoco logró atravesarlo. El tercero, una goleta, sufrió una avería en el motor. Mientras tanto, en la isla Elefante, los 22 hombres aguantaban bajo los botes, comiendo focas y pingüinos. Y cada mañana su jefe, Frank Wild, los hacía recoger el campamento, repitiendo que quizá el jefe llegaría ese mismo día para que no perdieran la esperanza.
Llevaban más de 4 meses así. El cuarto intento fue el bueno. Con un pequeño remolcador prestado por Chile, el yelcho, capitaneado por el piloto chileno Luis Pardo, Shackelton consiguió por fin atravesar el hielo y llegar a la isla Elefante el 30 de agosto de 1916. Cuando preguntó a grito si estaban todos bien, le respondieron que sí, que todos estaban a salvo.
En menos de una hora embarcaron a todos y dejaron atrás para siempre aquella roca. No había muerto ni un solo hombre de los 28. Conviene matizar una cosa. La otra mitad de la expedición, el grupo encargado de dejar depósitos de comida al lado opuesto del continente no corrió la misma suerte y sí perdió a tres hombres.
Pero del grupo del endurance, el de esta historia, no murió absolutamente nadie. Tras casi dos años de naufragio, hambre y mares imposibles, Shackelton había cumplido su promesa de devolverlos a todos con vida. Por eso, frente a tantas expediciones que terminaron en tragedia, la de la endurance se recuerda de otra manera, no como la historia de cómo la Antártida mató a unos hombres, sino como la de cómo un grupo de hombres, liderados con una determinación sobrehumana se negaron a morir.
El propio Shakelton fallecería pocos años después, en 1922, de un ataque al corazón en Georgia del Sur durante otra expedición. Con su muerte se cerró para siempre la llamada edad heroica de la exploración antártica. Pero su gesta a bordo del endurance sigue estudiándose hoy como una de las mayores lecciones de liderazgo de la historia. La expedición Bélgica.
La historia real del primer invierno humano en la Antártida. Los primeros seres humanos que pasaron un invierno entero en la Antártida no lo hicieron por elección. Quedaron atrapados en el hielo y empezaron a perder la cabeza uno a uno, en una oscuridad que no terminaba nunca. Hubo gritos en la noche, hombres que enloquecieron, escorbuto, muertos y un terror tan absoluto que uno de ellos lo resumió diciendo que el asesinato, el suicidio, el hambre, la locura y la muerte helada se habían convertido en sus pensamientos de cada día. Esta es la
historia de la expedición Bélgica, el primer invierno humano en el continente blanco y de cómo aquel viaje pionero estuvo a punto de acabar en una pesadilla colectiva. Corría el año 1897. La Antártida era todavía un misterio casi total. Nadie había pasado nunca un invierno allí, ni en tierra ni en el mar.
El encargado de intentarlo fue un oficial naval belga llamado Adrien de Gerlache al mando de un barco bautizado Bélgica. Un viejo ballenero noruego reconvertido para la aventura, reunió una tripulación variopinta y multinacional de poco más de 20 hombres y entre ellos viajaban dos nombres que la historia recordaría para siempre. Un joven primer oficial noruego, Roald Amunsen, que años después sería el primero en conquistar el polo sur y el médico de abordo, el estadounidense Frederick Cook.
Esos dos hombres acabarían siendo decisivos para que el resto siguiera con vida. Cook era además un fotógrafo entusiasta y sus inquietantes imágenes del barco preso en el hielo, tomadas con exposiciones larguísimas a la luz de la luna, fueron las primeras en inmortalizar la Antártida. El viaje fue accidentado desde el principio con peleas a bordo entre los marineros de distintas nacionalidades y deserciones, pero la primera tragedia de verdad llegó camino del continente.
En plena tempestad, un joven marinero noruego de apenas 17 años, Carl Winke, cayó por la borda mientras limpiaba la cubierta. Sus compañeros lo vieron debatirse en aquellas aguas heladas donde el cuerpo humano pierde el conocimiento en cuestión de minutos. El capitán llegó a descolgarse con una cuerda atada al cuerpo para intentar agarrarlo, jugándose su propia vida y por un instante pareció que lo lograba.
Wenke alcanzó a sujetarse a un cabo, pero sus manos congeladas y agotadas acabaron soltándose y el mar se lo tragó para siempre. Aquella muerte ensombreció el ánimo de una tripulación que aún no sabía lo que el continente les tenía reservado. Antes de la catástrofe, eso sí, vivieron semanas de gloria. Navegaron entre la costa y un rosario de islas desconocidas, bautizando cada cabo y cada criatura que encontraban, descubriendo un mundo que nadie había visto jamás.
y lo que les esperaba era una trampa de hielo. En marzo de 1898, el Bélgica quedó atrapado en la banca de hielo del mar de Bellingshausen. Aquí hay un detalle inquietante que conviene señalar como sospecha, no como certeza. Muchos historiadores creen que De Gerlache pudo haber metido el barco en el hielo a propósito, buscando que quedara atrapado para apuntarse el mérito de ser el primero en invernar en la Antártida.
fuera intencionado o no, el resultado fue el mismo. El propio Amunsen anotó en su diario, con una mezcla de inconsciencia y entusiasmo, que el hielo se cerraba firme a su alrededor y que aquello empezaba a ponerse interesante. El barco quedó completamente inmovilizado, encajado en una placa helada que se extendía hasta el horizonte en todas direcciones, y la tripulación se vio condenada a pasar allí el invierno antártico, algo que ningún ser humano había hecho jamás.
Entonces empezó lo peor, la noche polar. A partir del 19 de mayo, el sol se hundió bajo el horizonte y no volvió a aparecer durante unos dos meses. Imagina lo que es eso. Semanas y semanas de oscuridad continua, sin un amanecer, sin un solo rayo de sol, atrapados en un barco inmóvil en mitad de un desierto de hielo.
Mientras fuera el termómetro se desploma y dentro la comida empieza a escasear. El hielo, además, no estaba quieto. Crujía y gemía sin parar al moverse, presionando el casco y empujando el barco hacia arriba, con un sonido constante que recordaba a todos que en cualquier momento podían acabar aplastados. Degerlash escribió una frase que lo resume todo.
Ya no se sentían navegantes, sino una pequeña colonia de prisioneros cumpliendo condena. Y aquella prisión de hielo y oscuridad estaba a punto de empezar a devorarles la mente. El líder de la expedición había prohibido comer lo único que podía salvarlos de la enfermedad que empezó a matarlos. Mientras la oscuridad se alargaba, los hombres de la Bélgica empezaron a enfermar de escorbuto, una dolencia terrible causada por la falta de vitamina C.
En aquella época nadie conocía aún la causa exacta, pero sí se intuía que la carne fresca ayudaba. El problema es que la única fuente de vitamina C que tenían a mano, la carne de los pingüinos y las focas que habían cazado y almacenado, le repugnaba a Deguerlache hasta tal punto que llegó a prohibir a sus hombres que la comieran.
Así que la tripulación siguió alimentándose de comida enlatada, sin apenas nutrientes mientras la enfermedad avanzaba. Las comidas monótonas y pastosas se convirtieron en un momento temido del día, sobre todo porque el cocinero tampoco era ninguna maravilla. Conviene explicar qué es el escorbuto, porque es el villano silencioso de muchas de estas historias antárticas.
El cuerpo necesita vitamina C para fabricar colágeneno, la sustancia que mantiene unidos los vasos sanguíneos, la piel y los tejidos. Sin ella, el cuerpo se empieza a deshacer literalmente. Las encías se hinchan y sangran, los dientes se aflojan y se caen. Las viejas heridas y cicatrices se reabren. Aparecen moratones de la nada y un cansancio y una depresión profundo se apoderan de la persona.
En un barco atrapado en el hielo, sin sol y sin comida fresca, era una sentencia que avanzaba semana a semana sobre todos ellos. A la enfermedad del cuerpo se sumó pronto la enfermedad de la mente y esa fue, si cabe, todavía más aterradora. El encierro, la oscuridad perpetua, el miedo a morir aplastados y la falta de nutrientes empezaron a quebrar la cordura de los hombres.
Por las noches resonaban gritos en el barco. El propio de Guerlash, hundido, se encerraba en su camarote y tanto él como el capitán llegaron a redactar sus testamentos. Convencidos de que no saldrían de allí con vida, varios miembros de la tripulación perdieron literalmente la razón. Se cuenta que uno de los marineros, enloquecido abandonó el barco anunciando tranquilamente que se volvía caminando a Bélgica como si pudiera cruzar a pie miles de kilómetros de hielo y océano.
Otro tripulante sufrió una crisis mental tan grave que a su regreso tuvo que ser internado en un psiquiátrico. El ambiente era tan tenso y enrarecido que, según algunos relatos, llegó a haber amenazas entre miembros de la tripulación y los malentendidos provocados por las distintas lenguas que se hablaban a bordo no hacían sino empeorarlo todo.
El médico Frederick Cook observaba el derrumbe con horror y dejó escritas algunas de las frases más escalofriantes de toda la historia polar. anotó que el asesinato, el suicidio, el hambre, la locura y la muerte helada se habían convertido en imágenes mentales habituales para todos ellos, como si la oscuridad exterior se hubiera filtrado dentro de sus almas.
Cook comprendió que el mayor peligro ya no era solo el frío o el escorbuto, sino que la mente de aquellos hombres se soltara de la realidad y se hundiera en la locura y el pánico colectivo. Estaban en el sentido más literal, en una casa de locos en el fin del mundo. Y entonces llegó la muerte que lo cambió todo.
El 5 de junio de 1898, en plena noche polar murió Emile Danco, uno de los científicos belgas. arrastraba un problema de corazón previo que las penurias del invierno, el escorbuto y el agotamiento agravaron sin remedio. Sus compañeros lo cubrieron con la bandera belga y dos días después entregaron su cuerpo al mar helado a través de un agujero en el hielo.
La muerte de Danko golpeó durísimo la moral de la tripulación. Si uno de ellos había caído, ¿quién sería el siguiente? El miedo se extendió por el barco como una mancha de aceite. Hasta el gato de la nave, una mascota llamada Nansen, que alegraba un poco los días, se apagó durante aquel invierno y acabó muriendo, hundiendo aún más el ánimo de unos hombres que se aferraban a cualquier cosa para no perder la esperanza.
Paracolmo, mientras el cuerpo y la mente de la tripulación se desmoronaban, los dos hombres al mando de Gerlache y el capitán estaban tan enfermos de escorbuto que ya no podían ejercer sus funciones. El barco se había quedado en la práctica, sin liderazgo, atrapado en el hielo, a oscuras, con hombres muriendo y enloqueciendo.
La situación no podía ser más desesperada. Si nadie tomaba el control y encontraba una solución, aquella expedición entera estaba condenada a desaparecer en el hielo sin que nadie volviera para contarlo. Por suerte, dos hombres dieron un paso al frente. La solución para frenar la locura y la muerte fue obligar a los hombres a comer carne casi cruda de pingüino y de foca.
Con de Gerlache y el capitán incapacitados por el escorbuto. Fueron el médico Frederick Cook y el joven Amunsen, quienes tomaron de hecho el mando del barco. Y Cook tenía una intuición que resultaría salvadora. Durante una etapa previa de su vida había convivido con los Inuit en el Ártico y se había fijado en un detalle. Aquel pueblo que comía carne fresca no sufría escorbuto.
Así que aunque nadie conocía todavía la causa científica de la enfermedad, Cook ató cabos y dedujo que la carne fresca era la cura. Recuperó la carne congelada de pingüino y foca que de Yerlache había despreciado, y la impuso en la dieta diaria, obligando a cada hombre a comerla, por mucho que les repugnara su sabor. El efecto fue casi milagroso.
En cuestión de días, algunos de los enfermos empezaron a recuperarse. El propio Amunsen se restableció muy rápido. Cuentan que el único al que no le desagradaba aquella carne era precisamente Munsen, que se la tomaba como parte del precio de la aventura. Poco a poco, incluso de Yerlache, acabó cediendo y comiéndola, y la salud de la tripulación fue mejorando.
Aquella decisión, sencilla clave, salvó con casi total seguridad a la expedición de una muerte masiva. Cook no se detuvo ahí. Para combatir el desánimo y los efectos de la falta de luz, ideó una especie de terapia rudimentaria. hacía que los hombres se sentaran desnudos frente al fuego abierto de la estufa en lo que él llamaba un tratamiento de horneado, intentando devolverles algo del calor y de la luz que el sol les negaba.
Más allá de si aquello tenía un efecto físico real, el simple hecho de sentirse cuidados y de tener una rutina con esperanza levantó el ánimo de la tripulación. Cook se había convertido en el alma que mantenía con vida por dentro y por fuera a aquel grupo de náufragos del hielo. Pero recuperar la salud no bastaba.
Seguían atrapados en el hielo y el tiempo corría en su contra. Cuando por fin el sol regresó y llegó el verano antártico, la placa que aprisionaba al Bélgica no se rompió sola y aquí apareció un fantasma aterrador, la posibilidad de tener que pasar un segundo invierno atrapados, algo que después de lo vivido probablemente habría acabado con todos, así que decidieron que no esperarían a la suerte.
Armados con sierras y con explosivos, la tripulación se lanzó a una tarea titánica. Abrir a mano un canal a través de un hielo que llegaba a tener más de 2 metros de grosor para conducir el barco hasta el mar abierto. Fueron semanas de trabajo agotador, cerrando y dinamitando metro a metro con el miedo constante de que el hielo se volviera a cerrar sobre el canal que tanto les costaba abrir.
Finalmente, hacia marzo de 1899, lo consiguieron. El Bélgica se liberó de su prisión de hielo después de más de un año atrapado y puso rumbo de vuelta a la civilización llegando a Punta Arenas en Chile. Habían sobrevivido al primer invierno humano de la historia en la Antártida, aunque a un precio altísimo en salud física y mental.

Algunos de aquellos hombres arrastrarían secuelas psicológicas el resto de su vida. Pese a todo, la expedición trajo a casa un auténtico tesoro científico, el primer registro continuo de datos meteorológicos, magnéticos y biológicos a lo largo de un año entero en la Antártida. Con el tiempo, aquella expedición que estuvo a punto de ser una catástrofe absoluta, se recordó como un hito fundamental.
Fue la primera en invernar en la Antártida y, en muchos sentidos, la que dio el pistoletazo de salida. a toda la era heroica de la exploración del continente. Pero su mayor legado fueron quizá las lecciones que dejó en sus dos hombres clave. Amunsen aprendió allí de primera mano cómo prevenir el escorbuto y cómo sobrevivir en el entorno más hostila, un conocimiento que años después le permitiría conquistar el polo sur y volver con vida.
Cook, en cambio, seguiría un camino mucho más turbio y acabaría convertido en una figura tremendamente polémica, acusado de mentir sobre haber alcanzado el polo norte y la cima de una gran montaña de Alaska, hasta el punto de que años después llegó incluso a pisar la cárcel por un caso de fraude. Hoy buena parte de aquella geografía lleva sus nombres.
El estrecho de Gerlach, la isla Danko o la isla Winque, en recuerdo del marinero que el mar se tragó. Sea como sea, aquel viaje demostró por primera vez que era posible sobrevivir a la noche antártica y dejó una lección que recorre todas estas historias. En la Antártida, el hielo puede atrapar el barco, pero lo primero que hay que evitar a toda costa es que te atrape la mente.
Bellingshausen, la historia del primer intento de asesinato en la Antártida. En el año 2018, en una base perdida de la Antártida, un hombre clavó un cuchillo en el pecho de un compañero durante la comida y el motivo que dio la vuelta al mundo era casi absurdo. Según se contó, la víctima no paraba de destriparle los finales de los libros que estaba leyendo.
La noticia parecía sacada de una comedia negra y como tal corrió por todo el mundo entre bromas y titulares jugosos. Pero detrás de aquel titular llamativo se escondía algo mucho más serio y revelador sobre lo que el aislamiento extremo puede hacerle a la mente humana. Esta es la historia del primer intento de asesinato registrado en la historia de la Antártida.
El escenario fue la estación Bellingshausen, una base de investigación rusa fundada por la antigua Unión Soviética en 1968. Está situada en la isla Rey Jorge, frente a la península antártica, en una zona que curiosamente tiene uno de los climas más suaves de todo el continente. Eso no significa que sea un lugar agradable.
La isla apenas disfruta de unos 24 días de sol al año y la base no es más que un puñado de pequeños edificios de una sola planta plantados en mitad de la nada. Comparte ubicación con una base chilena vecina y el conjunto puede alojar a unas 40 personas, aunque en temporada baja quedan muchas menos. Aún con su clima relativamente templado para lo que es la Antártida, donde el mes más cálido apenas roza el grado y medio, sigue siendo un destierro en toda regla.
Durante buena parte del año, un grupo reducido de personas convive allí, encerrado, lejos de todo y de todos. Los protagonistas de esta historia son dos hombres rusos. Por un lado, Sergei Savitky, un ingeniero eléctrico de 54 años. Por otro, Olec Beloguzov, un soldador de 52. Los dos llevaban juntos en la estación alrededor de 6 meses cuando ocurrió todo, y no era la primera vez que coincidían.
Según algunas fuentes, habían trabajado cerca el uno del otro durante años. Para matar las larguísimas horas muertas. Ambos eran lectores empedernidos y tiraban de la pequeña biblioteca de la estación. Los libros eran una de las pocas vías de evasión en un sitio donde no hay gran cosa que hacer.
Es decir, no eran dos desconocidos que se cayeron mal de repente, sino dos hombres que se conocían bien y que, encerrados en aquel rincón helado del planeta, fueron acumulando una tensión que terminó estallando de la peor manera posible. Conviene entender el contexto. La Antártida es uno de los entornos más aislados que existen, con meses de encierro, monotonía, frío y poca luz, conviviendo siempre con las mismas caras.
Es un caldo de cultivo perfecto para que cualquier roce, por pequeño que sea, se vaya enquistando hasta volverse insoportable. El 9 de octubre de 2018, sobre las 3 de la tarde, la tensión explotó en el comedor de la base. Savitski cogió un cuchillo de cocina y apuñaló a Beloguzov en el pecho. Se ha contado, además, que Savitski estaba muy bebido en ese momento, algo nada raro en unas bases donde el alcohol es uno de los pocos desahogos al alcance.
No fue una herida superficial. La hoja alcanzó la zona del corazón, una lesión gravísima que en un lugar tan remoto y sin un hospital cerca podía ser perfectamente mortal. De pronto, en una base donde apenas vivían unas 14 personas, uno de sus miembros se desangraba en el suelo del comedor con una herida en el pecho y otro acababa de convertirse en el presunto autor de un crimen en el continente más aislado de la Tierra.
que algo así ocurriera en el único continente sin países, sin policía propia y sin cárceles, lo convertía además en un caso insólito, también desde el punto de vista legal. Lo primero, claro, era salvar la vida de la víctima. Beloguzov fue evacuado de urgencia a un hospital, en concreto a un centro médico militar en Chile, el país más cercano con medios para atenderlo.
Por fortuna, y pese a la gravedad de la herida en el corazón, los médicos lograron estabilizarlo y sobrevivió. Pero el suceso planteaba de inmediato una pregunta que enseguida recorrería los titulares de medio mundo. ¿Qué podía haber llevado a un ingeniero adulto sin antecedentes de violencia a clavarle un cuchillo en el pecho a un compañero con el que llevaba medio año conviviendo? La respuesta que se popularizó fue tan singular que convirtió este caso en una de esas historias que parecen demasiado raras para ser ciertas. Y como veremos,
en parte lo eran. La versión que conquistó los titulares fue que aquel hombre apuñaló a su compañero porque estaba harto de que le destripara los finales de los libros. Según esta historia, los dos mataban el tiempo leyendo los volúmenes de la pequeña biblioteca de la base. Pero Beloguzov tenía la fea costumbre de adelantarle a Savitski cómo terminaban una y otra vez, arruinándole la única vía de escape que tenía en aquel encierro.
Incluso llegó a circular el título del libro supuestamente implicado, Una novela clásica de la literatura rusa. Contado así, el caso se convirtió en una broma global, el hombre que casi mata a otro por hacerle spoilers. Pero aquí toca poner el freno y ser honestos, porque buena parte de esa historia tan redonda está sin confirmar.
Si se mira con cuidado, no está nada claro de dónde salió el detalle de los spoilers. medios especializados que investigaron el caso señalaron que el origen de esa explicación es dudoso. De hecho, circuló también otra versión igual de poco confirmada, según la cual lo que desató la agresión fue que Beloguzov retó a Savitski a bailar sobre una mesa.
Es decir, tenemos varias historias llamativas compitiendo entre sí y ninguna de ellas está sólidamente demostrada. Es muy posible que el morboso detalle de los finales de los libros sea en parte un adorno periodístico que hizo la noticia irresistible. ¿Qué fue entonces lo que dijeron las fuentes más serias? Mucho menos cinematográfico, pero mucho más revelador, una fuente citada por una agencia de noticias rusa apuntó a lo que de verdad parecía estar detrás.
una tensión acumulada entre los dos hombres tras pasar medio año juntos en un espacio cerrado. No un único motivo concreto y pintoresco, sino el desgaste lento de la convivencia forzada. Hablaron de una historia previa de relaciones tirantes y de una hostilidad que venía de lejos, y hay un matiz que lo hace más comprensible.
No era la primera vez que coincidían en la base, pues se calcula que habían trabajado codo con codo durante unos cu años. Conocer demasiado bien a alguien en un espacio del que no puedes salir puede llegar a ser tan corrosivo como convivir con un completo desconocido. A ese cóctel se suele añadir el alcohol, casi omnipresente en estas bases como vía de escape, que rebaja los frenos y enciende discusiones que en frío jamás habrían pasado a mayores.
En otras palabras, lo de los libros, si es que ocurrió, no habría sido la causa, sino apenas la última gota que colmó un vaso que llevaba meses, quizá años llenándose. Y aquí es donde esta historia deja de ser una anécdota graciosa para tocar algo mucho más profundo y serio, lo que el aislamiento extremo le hace a la mente humana.
Es un patrón que se repite una y otra vez en la Antártida. Metes a un grupo reducido de personas en un espacio cerrado, las privas de luz durante buena parte del año, las alejas de sus familias, de la naturaleza, de cualquier estímulo nuevo y las obligas a verse las caras día tras día durante meses sin poder marcharse.
En esas condiciones, la mente empieza a jugar malas pasadas, pequeñas manías de un compañero, su forma de masticar, de respirar o de hablar. pueden convertirse en obsesiones insoportables, lo que en el mundo normal sería una manía sin importancia. En el encierro polar se magnifica hasta lo insoportable.
Los especialistas hablan incluso de un cuadro propio de quienes pasan el invierno en estas latitudes con insomnio, cambios bruscos de humor y problemas para concentrarse, fruto de meses sin apenas luz ni cambios en el horizonte. De hecho, hay profesionales de la salud mental que han pasado largas temporadas en bases polares y han descrito con crudeza este fenómeno.
Lo resumen de una forma escalofriante. En un sitio así, ves como una persona se va volviendo loca poco a poco y sencillamente observas cómo termina estallando. No hace falta un gran drama ni un villano de película. Basta con el roce constante, el encierro y el paso del tiempo. La presión psicológica se acumula en silencio hasta que un mal día, cualquier chispa, una discusión tonta, una broma pesada o quién sabe, el final de un libro puede prender la mecha de algo que llevaba mucho tiempo gestándose por debajo. Hay, de hecho,
una ironía amarga en todo esto. Los libros, que en teoría eran el refugio que ayudaba a estos hombres a conservar la cordura, habrían acabado siendo, según la versión más famosa, el detonante de la violencia. Visto así, el caso de Bellingshausen deja de ser el chiste del hombre que apuñala por spoilers y se convierte en un retrato inquietante de hasta dónde puede empujar a alguien, el peso del aislamiento.
Tras apuñalar a su compañero, Savitski no intentó huir ni esconderse. entregó él mismo al director de la estación y entonces empezó uno de los aspectos más curiosos de todo el caso, porque en la Antártida no hay comisarías, ni jueces, ni cárceles, donde encerrar a un sospechoso. Mientras se organizaba su traslado, hubo que custodiarlo durante unos 10 días y el lugar elegido fue tan insólito como el resto de la historia.
Lo retuvieron en la pequeña iglesia ortodoxa de la base, una capilla de madera de estilo tradicional ruso, que es el único templo de ese tipo, atendido de forma permanente en todo el continente. Aquella capilla levantada a comienzos de los años 2000 y construida al estilo de las viejas iglesias de maderas rusas, había sido transportada y montada allí pieza a pieza.
Allí los dos sacerdotes que se ocupan del templo hicieron en la práctica de guardianes del presunto homicida hasta que pudo ser evacuado. La estampa resultaba casi irreal. Un hombre que acababa de apuñalar a un compañero pasando los días recluido en una iglesia ortodoxa en mitad del hielo, vigilado por dos popes. Esto nos lleva a una de las particularidades más fascinantes de cualquier delito cometido en la Antártida, la cuestión de quién juzga lo que pasa allí.
El continente no pertenece a ningún país. Se rige por un tratado internacional firmado en 1959 por decenas de naciones que lo reserva para la ciencia y la paz. Y según ese marco, cuando alguien comete un delito en una base antártica, no responde ante un tribunal local, porque no existe, sino ante la justicia de su propio país.
Por eso, Savitski no fue juzgado en la Antártida ni en Chile, sino que fue enviado de vuelta a Rusia para responder allí por lo que había hecho. Es un terreno legal tan poco transitado que apenas se había puesto a prueba, porque los delitos graves en el continente son rarísimos y un caso como este obligaba a aplicar sobre el papel unas reglas pensadas para un lugar donde se suponía que solo habría ciencia y cooperación.
A finales de octubre de 2018, Savitski aterrizó en San Petersburgo, donde lo esperaba la policía. Pocos días después, un tribunal lo acusó formalmente de intento de asesinato y lo puso bajo arresto domiciliario a la espera de juicio. Pronto se mostró arrepentido de lo ocurrido y acabaría declarándose culpable de un intento de asesinato cometido según la calificación judicial en un arrebato.
Y aquí es donde este caso hizo historia, aunque sea una historia incómoda. Se considera que Sergei Savitski fue la primera persona acusada de intento de asesinato en toda la historia de la Antártida. Después de más de un siglo de expediciones, dramas y muertes en el continente blanco, era la primera vez que un crimen así llegaba a los tribunales.
Pero el desenlace fue tan inesperado como el resto de la historia. Cuando el caso avanzó hacia el juicio, la relación entre el agresor y su víctima había dado un giro sorprendente. Lejos de odiarse, los dos hombres se reconciliaron. Se cuenta que antes de una de las vistas llegaron a sentarse juntos en el mismo banco y a charlar tranquilamente de temas cualesquiera, como dos viejos conocidos.
Es más, ambos seguían trabajando para el mismo Instituto de Investigación Polar y entonces fue la propia víctima Beloguzov, quien dio el paso decisivo, pidió formalmente que se archivara el caso contra Savitski, alegando que se había reconciliado con él y que no deseaba seguir adelante con la acusación.
Con el perdón expreso de la persona a la que había estado a punto de matar, los cargos contra Savitski acabaron retirándose y aquel primer intento de asesinato de la historia antártica terminó sin condena, un final extrañamente apacible y humano para un suceso que había empezado con un cuchillo clavado en el pecho. Al propio Savitski, eso sí, le quedó una preocupación muy terrenal de cara al futuro que resumió con cierta ironía amarga.
Se preguntaba quién iba a querer contratar para una base aislada a un hombre que ya había demostrado ser capaz de blandir un cuchillo contra un compañero. Más allá de la anécdota, el caso de Bellingshausen quedó como un recordatorio de algo que recorre todas estas historias del continente helado, que cuando metes a un puñado de personas en una caja en mitad de la nada durante meses y sin salida posible, el mayor peligro puede no ser el frío de fuera.
sino la tormenta que se va formando en silencio dentro de cada cabeza. Carl Dish. La historia del científico que se esfumó en la Antártida y cuyo cuerpo nunca apareció. Un científico salió de un edificio para hacer un trayecto de media hora que había recorrido decenas de veces. Nunca llegó al otro lado.
Se desvaneció en mitad del blanco, a poco más de 2 km de su base, y su cuerpo no ha aparecido jamás. No hubo grito de auxilio, no hubo rastro de sangre, no hubo nada, simplemente un hombre echó a andar y la Antártida se lo tragó para siempre. Esta es la historia de Carl Dies. Una desaparición que sigue sin explicación más de medio siglo después y el cierre perfecto para un viaje por los rincones más oscuros del continente helado.
Carl D. Estado natural de un pequeño pueblo de Wisconsin de unos 26 años. Trabajaba para un laboratorio que estudiaba la propagación de las ondas de radio y su especialidad lo llevó hasta uno de los lugares más extremos del planeta. Su misión formaba parte de un gran programa científico internacional dedicado a estudiar la Tierra y su atmósfera, heredero del célebre año geofísico internacional.
En concreto, Dish analizaba el ruido radioeléctrico, las señales naturales que emite la atmósfera en aquellas latitudes. En el año 1965 formó parte del grupo que pasaría el invierno en la estación Bird, una base estadounidense situada en el interior de la Antártida occidental, a unos 900 km del polo sur.
La estación Bertes que solemos imaginar. Para protegerse del clima brutal, buena parte de sus instalaciones estaban excavadas bajo la nieve en una red de túneles como una ciudad enterrada en el hielo. Allí pasarían el invierno cerca de 30 personas entre militares y científicos, además de un perro Husky llamado Gus, que les hacía compañía, que curiosamente también acabaría desapareciendo meses después, en agosto, sin que se volviera a saber de él.
Los edificios podían quedar sepultados bajo metros de nieve y había que vigilarlos y mantenerlos sin descanso para que no se viniesen abajo. Salir al exterior era una operación arriesgada que solo se hacía bien protegido y durante poco tiempo. Y el invierno en aquel rincón del mundo era implacable. A partir de mediados de abril, la zona quedaba sumida en unos cuatro meses de oscuridad casi total, con temperaturas que se desplomaban con facilidad por debajo de los 50 gr bajo cer.
Vivir allí significaba quedar encerrado en la noche y el frío durante un tercio del año. De hecho, aquel mes de mayo se registraron récords de frío en la estación con sensaciones térmicas que llegaron a rondar cifras tan demenciales como los 100 gr bajo cer. El trabajo de Dis se desarrollaba en un edificio apartado, el laboratorio de ruido radioeléctrico situado a algo más de 2 km del complejo principal.
Cada día tenía que desplazarse entre ese laboratorio y la base. Una distancia corta sobre el papel, pero peligrosísima en la práctica, porque en plena oscuridad y conventisca era facilísimo perder por completo el sentido de la orientación. Para evitarlo, habían tendido entre los dos edificios una cuerda guía.
una especie de línea de vida a la que uno podía agarrarse para no extraviarse cuando el tiempo empeoraba. Sin esa cuerda, en plena ventisca podías pasar a pocos metros de un edificio sin llegar a verlo siquiera. Dish conocía aquel camino a la perfección. Lo había hecho unas 25 veces a lo largo de ese invierno. Ida y vuelta sin el menor problema.
La mañana del 8 de mayo de 1965 todo cambió. A las 9:15, cuando aún era noche cerrada, porque a esas alturas del invierno el sol no salía, Dish terminó su turno y salió del laboratorio para regresar a la base. Las condiciones eran malas, pero no excepcionales para aquel lugar. Soplaba un viento de unos 48 km/h y el termómetro marcaba unos 42º bajo cer.
Aún así, Dish iba muy bien abrigado con la ropa especial preparada para esas temperaturas y el trayecto no debería haberle llevado más de media hora. Echó andar hacia casa por un camino que se sabía de memoria, confiado, como tantas otras veces. Y en algún punto de esos 2 km, en mitad de la oscuridad y la nieve, perdió la cuerda guía.
A partir de ahí, nadie volvió a verlo con vida. Cuando pasadas las 10 de la mañana, Discdo por la base, sus compañeros empezaron a inquietarse. Algo había salido rematadamente mal y el tiempo corría en su contra. Cuando encontraron sus huellas, estas no se dirigían hacia la base, sino justo en sentido contrario y en línea recta.
A las 11:30 de la mañana, ya muy preocupados porque Dis no aparecía, sus compañeros salieron a buscarlo y dieron con un rastro de pisadas que arrancaba al pie de la escalerilla del laboratorio de radio. Pero en lugar de seguir la cuerda guía hacia el sur en dirección a la estación, las huellas se alejaban hacia el oeste, hacia una pista de esquí que los científicos habían trazado por la zona.
Dish había abandonado por completo la ruta segura y caminaba hacia ninguna parte. Y había un detalle todavía más inquietante. Las huellas no parecían las de un hombre perdido y desesperado. Cuando alguien se extravía en una ventisca, lo normal es que sus pisadas dibujen un caminar errático con idas y venidas, giros y vacilaciones, mientras intenta encontrar una referencia.
Las huellas de Dish, en cambio, eran rectas y decididas, como las de alguien que sabía exactamente a dónde iba. Sus compañeros las siguieron durante unos 6 km. esperando encontrarlo en cualquier momento. Y entonces, de golpe, el rastro se interrumpió. Las pisadas sencillamente se acababan borradas por la nieve que el viento arrastraba sin descanso.
No había cuerpo, no había nada. Era como si Carl Dish se hubiera esfumado en el aire. A partir de ahí se montó un operativo de búsqueda enorme, librando una batalla casi imposible contra los elementos. El primer problema era que el viento, soplando a unos 48 km porh, cubría de nieve las huellas casi a la misma velocidad a la que los rescatadores las seguían y amenazaba la propia seguridad de quienes buscaban con el termómetro clavado en unos 44 gr bajo cer para intentar que dish, si seguía vivo y vagando por ahí pudiera orientarse de vuelta. La estación lanzó
bengalas al cielo y encendió focos adicionales tratando de hacerse visible en mitad de la negrura. Era un faro desesperado en un océano de oscuridad y hielo. Los métodos de búsqueda dan idea de lo extremo de la situación. Los hombres se ataban cuerdas a la cintura y se desplegaban a ambos lados de un gran tractor de orugas, avanzando a ciegas con la esperanza de tropezar literalmente con el cuerpo de su compañero.
Uno de ellos lo describió de forma muy gráfica. Era como buscar una aguja en un pajar, pero con los ojos vendados. Avanzaban metro a metro por un paisaje sin referencias, en una oscuridad casi total, sabiendo que cada minuto que pasaba reducía las posibilidades de encontrar a Dis con vida. Más de una vez, los propios rescatadores estuvieron a punto de perderse ellos mismos en aquel infierno blanco.
La búsqueda se prolongó durante días. El 10 de mayo, dos jornadas después de la desaparición, se organizó un segundo operativo a gran escala con ocho hombres, varios vehículos, un tractor, provisiones y combustible. Partiron del complejo principal y barrieron la zona hacia el sur, el este y el oeste, marcando con banderines cada sector ya revisado para no repetir.
Pero pese a rastrear kilómetros y kilómetros alrededor de la estación, no encontraron absolutamente nada. El 12 de mayo lo intentaron de nuevo en otros sectores. Aunque por momentos el tiempo dio una tregua, la oscuridad seguía dificultándolo todo. Y poco después el viento y la niebla volvieron a reducir la visibilidad hasta hacer imposible continuar.
Para el 14 de mayo habían peinado una superficie enorme del orden de 90 km² de hielo, sin hallar el menor rastro de Carl Dish. ni una prenda, ni una huella nueva, ni una sombra, nada. Con las condiciones empeorando y las esperanzas agotadas, la búsqueda se dio por terminada. Pocas semanas después, Carl Dish fue declarado oficialmente muerto, presuntamente por exposición al frío. Tenía alrededor de 26 años.
Su cuerpo nunca se ha encontrado, y aquellas preguntas que se hicieron sus compañeros aquel mismo día siguen sin respuesta más de medio siglo después. ¿Por qué se apartó de la cuerda que conocía de memoria? ¿Por qué caminó decidido hacia el oeste, hacia la nada? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que no quedara absolutamente ningún rastro de él? La búsqueda, además no terminó del todo con el invierno.
Meses más tarde, cuando el primer avión logró aterrizar para reabrir la estación, su tripulación hizo una pasada baja y lenta sobre la zona, con un hombre asomado a cada ventanilla escrutando el hielo por si aparecía cualquier señal del desaparecido. No vieron nada. La explicación más aceptada por los expertos es en realidad tan sencilla como aterradora.
Carl Dish murió víctima de un fenómeno llamado blanqueo total o white out en inglés. Para entender qué le pasó, hay que entender qué es eso. En determinadas condiciones de nieve, viento y luz, el cielo y el suelo se funden en una única masa blanca, sin sombras ni horizonte. De repente, no hay arriba ni abajo, ni cerca ni lejos, ni un solo punto de referencia en ninguna dirección.
Es como quedar atrapado dentro de una bombilla encendida o de un vaso de leche. Una persona puede estar a escasos metros de un edificio y ser incapaz de verlo o caminar en círculos creyendo que avanza en línea recta. Según esta explicación, Dish perdió la cuerda guía en mitad de ese caos blanco, se desorientó por completo y, sin saberlo, se alejó caminando en la dirección equivocada hacia el oeste, convencido quizá de que iba bien.
El hecho de que sus huellas fueran rectas y decididas, no probaría que supiera a dónde iba, sino justo lo contrario, que avanzaba con seguridad hacia un destino que solo existía en su cabeza desorientada. Con aquel frío extremo, la hipotermia pudo derribarlo en cuestión de media hora. Y una vez caído, la nieve arrastrada por el viento lo habría cubierto en poco tiempo, sepultándolo en algún punto de una llanura blanca tan vasta que encontrar un cuerpo allí es sencillamente casi imposible.
No es que la Antártida lo escondiera de forma misteriosa, es que se lo tragó sin más, como ha hecho con tantos otros. Aún así, lo extraño de aquellas huellas, lo limpio de la desaparición y el hecho de que nunca apareciera el cuerpo hicieron inevitable que con los años brotaran teorías más fantasiosas.
Surgió incluso una especie de leyenda en torno a Carl Dies alimentada en las propias bases, que jugaba con la idea de que en realidad no hubiera muerto, sino que hubiera desaparecido a propósito harto del mundo, para vivir libre y solo en el hielo. Hay que decirlo con claridad, esto es puro folklore, una historia inventada que circuló entre los polares como leyenda, sin ningún fundamento real.
Nadie puede sobrevivir solo, sin refugio ni suministros en el interior de la Antártida. La desaparición de dis no es un misterio sobrenatural ni una huida romántica. Es casi con total seguridad una muerte por exposición cuyo único enigma verdadero es dónde quedó el cuerpo. Y precisamente por eso la historia de Carl Dieso para este recorrido, porque resume en un solo hombre y en un solo trayecto de media hora todo lo que hemos visto a lo largo de este viaje.
El continente blanco no necesita garras ni dientes para matar. A veces lo hace de golpe, abriendo una grieta bajo los pies, como le ocurrió a los hombres de Mauson. A veces lo hace despacio, con el hambre y el frío rollendo a los exploradores a pocos kilómetros de la salvación, como Scott. A veces ataca por dentro, retorciendo la mente de quienes quedan atrapados en la oscuridad y el aislamiento, como en la Bélgica, en Bellingshausen o en aquella base sacudida por el miedo.
Y a veces simplemente hace desaparecer a una persona sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido. En su pueblo natal de Wisconsin se celebró un funeral pocos días después, un funeral sin ataúz que enterrar. Y como suele hacerse con quienes se pierden en el continente, su nombre quedó grabado en el propio mapa. Hoy un promontorio de hielo de la Antártida lleva su apellido, un discreto monumento helado al hombre que se desvaneció en el blanco.
La Antártida sigue siendo hoy el lugar más hostil y menos conocido del planeta. Un desierto helado donde el ser humano nunca deja de ser un intruso. Hemos plantado en ella banderas, estaciones y telescopios, pero seguimos siendo visitantes que sobreviven de prestado a merced de un entorno que no perdona el menor error ni el menor descuido.
Las historias que hemos recorrido, las tragedias, los misterios, las proezas de supervivencia y también los horrores nacidos del propio ser humano son todas distintas. Pero comparten una misma lección. En el fin del mundo, la línea que separa la vida de la muerte es tan fina como una cuerda tendida entre dos cabañas en mitad de una ventisca.
Carld soltó esa cuerda un instante y el blanco se lo llevó para siempre. Y en algún lugar de ese inmenso silencio helado, la Antártida todavía guarda sus secretos, esperando paciente a quien se atreva a buscarlos.
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