La autocrítica y el sentido de la responsabilidad suelen considerarse virtudes admirables, pero como en todo, el exceso puede ser peligroso. Incluso los rasgos más positivos cuando se llevan al extremo pueden torcerse hasta adoptar formas patológicas y en ocasiones letales. Esta es la crónica de una joven que, aterrorizada por la idea de defraudar a su familia, terminó cometiendo el acto más atroz que se pueda imaginar contra la persona que más la quería.
Brenda Powell nació en 1969 en Salem, Ohio. Allí creció y más tarde estudió en la Universidad de Acron antes de dedicar su vida a la medicina. Durante 28 años ejerció como pediatra en el área de oncología de un hospital infantil donde se convirtió en un pilar para los pequeños pacientes y sus angustiadas familias. Su labor iba más allá de lo clínico.
Creó programas integrales de apoyo. Organizaba eventos para celebrar cada pequeño triunfo en la lucha contra el cáncer y entendía que la psicología y el estado de ánimo eran tan cruciales como los tratamientos médicos. Su habilidad para resolver conflictos y ofrecer consuelo la hizo muy querida entre colegas y sobrevivientes de cáncer.
En noviembre de 1996, a los 27 años, Brenda contra matrimonio con Stephen Powell, un ingeniero que trabajaba en una planta metalúrgica y adoptó su apellido. La pareja se había conocido gracias a un amigo en común del hospital. Juntos construyeron una vida feliz que duró 23 años y dio fruto a dos hijos, Sydney y Anw. Desde que aprendió a caminar, Sydney mostró una pasión desmedida por el fútbol, un deporte que se convirtió en el centro de la vida familiar.
Los domingos se reservaban para ver partidos juntos y los fines de semana solían escapar a la playa o a Disneylandia. Con el tiempo, mientras los hombres se sumergían en el fútbol, madre e hija forjaron un vínculo aún más estrecho a través de salidas de compras y confidencias. Sydney era una estudiante brillante. Su expediente académico en la secundaria le permitió ingresar a la Universidad de Mount Union, donde incluso obtuvo una beca.

En el campus se integró rápidamente a una hermandad femenina y compartió habitación con su amiga de la infancia, Lauren, con quien mantenía una relación muy cercana. Su carácter era abierto y sociable y participaba en todas las actividades. Sin embargo, el paraíso académico comenzó a resquebrajarse al inicio del segundo año.
Aunque en el primer curso Sydney había sido una de las mejores, algo cambió drásticamente. Su promedio de calificaciones se desplomó de 3.8 a 2.2 y su amiga notó con alarma que dormía hasta 16 horas diarias. Sydney se vio forzada a tomar un permiso académico para ponerse al día, pero la presión pudo más. Reprobar tres de cuatro exámenes la colocó en una situación crítica y el riguroso reglamento universitario la dejó fuera.
Fue expulsada. Este fracaso fue un golpe devastador que la asumió en una profunda desesperación, aunque sus amigos y la propia universidad le ofrecieron una oportunidad para reintegrarse en el siguiente semestre. A inicios de 2020, Sydney retomó las clases y aparentaba estar recuperada. asistía a las reuniones de su hermandad y aseguraba a todos que todo iba bien, pero la realidad era muy distinta.
A principios de febrero, la universidad le notificó su expulsión definitiva. Le ofrecieron ayuda para mudarse y contactar a sus padres, pero Sydney mintió descaradamente al afirmar que su familia ya estaba al tanto. En realidad estaba aterrorizada. Durante todo ese tiempo, había tejido una red de mentiras para convencer a sus padres de que tenía buenas notas y seguía disfrutando de su beca.
Tras ser desalojada del campus, Sydney no regresó a casa. Vagó de hotel en hotel y de casa de amigos en casa de amigos, pagando siempre en efectivo para evitarse rastreada. Sobrevivía con trabajos esporádicos, pero el dinero nunca era suficiente. La desesperación la consumía, al igual que el miedo a que su falsa fuera descubierta.
Finalmente, y agotada, decidió volver a casa inventando que el campus estaba cerrado por reformas y que podría vivir con ellos para ahorrar tiempo y dinero. Sus padres, confiados le creyeron, pero Brenda empezó a notar comportamientos extraños. Sydney se quedaba en casa constantemente y el sistema de localización familiar Life 360, que usaban por seguridad confirmaba sus peores sospechas.
En pleno día de clases, su hija aparecía en casa. Cuando Brenda la confrontó, Sydney improvisó una mentira sobre una semana de descanso y clases virtuales. Sin embargo, su madre, con su experiencia como psicóloga, percibió el engaño y le recordó la importancia de la asistencia para mantener la beca. La mentira se volvía insostenible.
El 2 de marzo, Sydney dijo que iría a la universidad y volvería a las 2:30, pero en realidad se fue a ver televisión a casa de una amiga. Mientras tanto, Stepen intentó pagar la matrícula por el portal universitario, pero el sistema no se lo permitía. Pensó que era un error técnico, pero al intentarlo de nuevo el 3 de marzo desde su oficina, la realidad fue implacable.
Llamó a la universidad y conmocionado escuchó la verdad. Su hija ya no era estudiante, había sido expulsada. Usando la aplicación de localización, descubrió que en ese momento Sydney estaba en casa. Todo encajó. Aerrado de que su hija huyera si se enteraba de que lo sabía, Stephen dejó su teléfono en el trabajo y condujo a casa.
llamó a Sydney para sonsacar la información y ella admitió que las cosas iban mal, que no le gustaba la universidad, pero siguió sin confesar la expulsión. Stephen, profundamente dolido por la falta de honestidad y el derroche de potencial, le propuso tomarse un año sabático, trabajar en verano y retomar los estudios después. Sydney accedió.
Luego, con el corazón destrozado, llamó a su esposa. Brenda, aunque ya presentía la verdad, se llevó una gran decepción. Sin embargo, su instinto profesional y su amor maternal la impulsaron a tomar cartas en el asunto. Le dijo a Stephen que ella misma iría a casa, que hablaría tranquilamente con su hija y que encontrarían una solución.

Antes de salir, llamó a la universidad, dejó un mensaje de voz y se dirigió a su hogar. Al llegar envió un mensaje a su esposo y entró. Los coordinadores académicos, Michelle y John devolvieron a llamada alrededor de las 12:36. Brenda contestó y hablaba con total normalidad cuando de repente la conversación se truncó con un grito desgarrador.
Por el teléfono solo se escucharon una serie de golpes sordos uno tras otro. El pánico se apoderó de Michel y John, quienes intentaron llamar de nuevo sin éxito. Finalmente, a las 12:40, una voz femenina, la de Sydney, contestó y al pedirle que pasara a su madre colgó. Esa llamada marcó un punto de inflexión en el caso.