El 22 de mayo de 1998, alguien entró al departamento de Tony Barrera en la colonia Culhuacán de la Ciudad de México y encontró algo que la prensa de la época describió con las palabras que los periódicos mexicanos de los 90 usaban cuando no querían decirlo, que realmente estaban viendo, semidesnudo, estrangulado, con indicios de violencia física y sexual.
La policía de la Ciudad de México catalogó el caso como un asalto. Nadie fue arrestado. El caso nunca fue esclarecido y México pasó a otra cosa. Así terminó la historia del hombre que en 1986 había llenado el Palacio de los deportes con más de 32,000 personas con sobrecupo, con gente afuera que no pudo entrar, pero que se quedó en la calle esperando escuchar la música que llegaba desde adentro.
El DJ que hizo que México descubriera el High Energy antes que la mayoría de América Latina, el que llevó a Poly March desde un estacionamiento en la Ciudad de México hasta el Zócalo, hasta Los Ángeles, hasta Nueva York, hasta Chicago, el que tenía 34 años cuando alguien entró a su departamento y lo estranguló.
Pero hay algo que ninguna nota periodística de la época contó completamente, porque la clasificación de asalto que la policía le puso al asesinato de Tony Barrera no fue solo negligencia institucional, fue también la decisión consciente de un sistema que en la Ciudad de México de los 90 clasificaba sistemáticamente un tipo específico de crimen como asalto para no tener que investigarlo de verdad.
El tipo de crimen que tenía que ver con quién era Tony Barrera, además de ser el DJ más grande de México. Bienvenido a este video. Hoy contamos la historia completa de Tony Barrera, la del chico de Puerto Ángel, Oaxaca, que llegó a la Ciudad de México y que construyó con Poly March el movimiento musical más masivo de la historia de la música electrónica en México.
la del hombre que hizo bailar a generaciones de chilangos en el Palacio de los Deportes, en el Toreo Cuatro Caminos, en el Hotel de México y la del crimen de 1998, que México clasificó como asalto y que la comunidad que lo amaba sabía que era otra cosa. Todo lo que cuento aquí tiene fuentes, declaraciones documentadas, registro periodístico, información de personas que estuvieron ahí.
Cuando algo es versión no confirmada, lo digo. Si este tipo de historias te llaman la atención, suscríbete al canal y dale like. Me ayuda mucho. Gracias. La historia empieza en Oaxaca. Marco Antonio Silva de la Barrera nació el 13 de octubre de 1963 en Puerto Ángel, un puerto pequeño del estado de Oaxaca, en la costa del Pacífico.
El tipo de lugar que en los 60 era exactamente lo que su nombre prometía, un rincón costero alejado de la Ciudad de México, en todos los sentidos en que un lugar puede estar alejado de la Ciudad de México. Desde muy pequeño, desde los 7 años, según las personas que lo conocieron, Tony tenía la atracción por el espectáculo que no se enseña, sino que aparece.
Animado por amigos de la infancia, organizó un pequeño teatro de títeres en Puerto Ángel. El niño que hace el teatro de títeres para el barrio es también el adulto que llena el palacio de los deportes. La escala cambia, los instrumentos cambian, pero la necesidad de hacer que las personas enfrente suyo se entretengan y sientan algo es la misma desde los 7 años.
Tony llegó a la Ciudad de México. El movimiento que todos los jóvenes con talento y sin recursos de los estados del sur de México hacían cuando querían algo más que lo que su lugar de origen podía darles. La Ciudad de México de los años 70 era también el lugar donde la música disco y el High Energy llegaban de Estados Unidos y Europa con el retraso específico de los países latinoamericanos que recibían las tendencias culturales del norte con algunos meses de diferencia.
Las discotecas de la zona rosa, m, los equipos de sonido que las personas con ingenio y recursos empezaban a construir para llevar esa música a los espacios donde las discotecas no llegaban. El High Energy mexicano no nació en una discoteca de la zona rosa. Nació en los estacionamientos y las bodegas y los salones de eventos donde el sonido móvil llegaba a transformar un espacio ordinario en algo diferente durante las horas que duraba la fiesta.
Poly March, el nombre que Apolinar Silva de la Barrera, el ingeniero que tenía la visión del proyecto, puso al colectivo que combinaba la música con la iluminación y la producción de espectáculo en un formato que el mercado mexicano no había visto exactamente de esa manera. Tony Barrera se integró a Poly March siendo adolescente, 15 años según algunas fuentes, con la energía y el talento específico que los buenos DJs tienen desde el principio, la capacidad de leer un público, de entender en qué momento de la noche el público necesita
qué tipo de música, de construir una sesión de sonido como una narrativa con inicio y clímax y cierre. La aceptación del público hacia Tony fue inmediata, no solo como DJ, también como performer. Bailaba, tenía el tipo de carisma en el escenario que convierte al DJ en protagonista del show y no solo en el operador del equipo de sonido, el que transforma la cabina de mezclas en un escenario propio.
Los shows de Poly March con Tony Barrera eran algo específico que la Ciudad de México de los 80 no había visto en ese formato. La música High Energy y Eurotras e Italo Disco que llegaba de Europa y Estados Unidos, mezclada con el espectáculo de luces y la energía de Tony en las tornamesas, en los espacios más grandes disponibles en el México, del partido único y del milagro económico que estaba llegando a su fin, el Palacio de los Deportes en 1986, 32,000 personas adentro, más afuera que no pudieron entrar. Ese número, el del
sobrecupo en el recinto más grande de espectáculos en la Ciudad de México en ese momento, dice todo lo que hay que decir sobre lo que Tony Barrera y Poly March representaban en la cultura popular de la capital mexicana de los 80. No era un fenómeno de nicho, era el fenómeno masivo de una generación que encontraba en esa música y en ese espectáculo algo que ningún otro formato cultural disponible en esa época podía darle de la misma manera.
El toreo Cuatro Caminos, el Hotel de México, el Centro de Convenciones de Acapulco, los eventos de Alfa Radio 91.3 en el Palacio de los Deportes, donde Tony también trabajaba como coreógrafo. Los Ángeles, Nueva York, Chicago. Poly March con Tony Barrera cruzó las fronteras que los artistas mexicanos de esa época raramente cruzaban, las de los mercados de la comunidad latina en Estados Unidos que querían la música de México, aunque vivieran en otro país.
Antes de seguir quiero preguntarte algo. ¿Conocías el High Energy mexicano? ¿Sabías que en los años 80 México tenía uno de los movimientos de música electrónica más grandes del mundo completamente ignorado en la historia oficial de la música latina? Escríbeme en los comentarios. Muchas personas ni saben de qué estamos hablando y eso también es parte de la historia que vamos a contar.
El high energy o High NRG, como se escribía en la industria, tenía en la cultura popular mexicana de los 80 un significado que iba más allá de la música. El género había nacido en Estados Unidos, específicamente en la escena de los clubes nocturnos de San Francisco y Nueva York a finales de los 70.
El productor y DJ Patrick Cowy, que hacía las mezclas de Silvester y de otros artistas de esa escena, fue uno de los primeros en desarrollar el sonido específico del High Energy, el tempo acelerado entre 130 y 140 bpm, las líneas de sintetizador sobre bits electrónicos, la energía que el nombre describía perfectamente, la asociación del High Energy con la comunidad LGBTQ+ no fue accidental.
Los clubes donde el género se desarrolló en San Francisco y Nueva York eran en muchos casos clubes específicamente frecuentados por hombres gay que en esos espacios encontraban la libertad que el mundo exterior no siempre les daba. El High Energy fue la música de esos espacios y esa asociación viajó con la música cuando viajó a México.
En la ciudad de México de los años 80, el High Energy llegó a través de los sonideros como Poly March y Patrick Miller y Soundset. Y llegó también a un público que en parte tenía la misma relación con esa música que el público de San Francisco y Nueva York. personas que en los eventos del High Energy encontraban un espacio donde podían ser quienes eran sin el peso de lo que el México del PRI y de la cultura machista esperaba que fueran.
No todos los que iban a los eventos de Poly March eran miembros de la comunidad LGBTQ+. El público era masivo, popular, mezclado. El Palacio de los deportes con 32,000 personas no era un evento de nicho, era la cultura popular de la Ciudad de México de los 80. Pero el High Energy, con su historia específica y con lo que representaba en los circuitos donde se originó, era también el espacio donde ciertos tipos de personas encontraban algo que los otros géneros musicales populares de esa época no siempre les daban. Tony Barrera era
parte de esa historia, no porque haya declarado públicamente una identidad en un México que en los años 80 no tenía el vocabulario ni el espacio político que esas declaraciones habrían requerido, sino porque la comunidad que lo amaba y que lo rodeaba lo conocía de la misma manera en que se conoce a las personas con quienes se comparte algo que no se nombra completamente en público, pero que todos saben que está ahí.
Los años 90 en México fueron los años en que el movimiento del High Energy fue cambiando de escala. El mundo seguía adelante. El tecno y el House y el trance eran los nuevos géneros que la escena electrónica global producía. Y en la ciudad de México, que siempre había recibido las tendencias con su propio tiempo y su propio filtro, el High Energy fue cediendo espacio gradualmente.
Poly March siguió. Los eventos siguieron. El público que había crecido con esa música en los 80 seguía yendo cuando Tony y los suyos salían al escenario, pero la escala de los 80, el sobrecupo en el palacio de los deportes, el fenómeno masivo de una generación, había pasado su momento de máxima expansión. Tony Barrera siguió trabajando.
El DJ que no era solo DJ, sino también coreógrafo y productor y showman. Las producciones que hacía para los festivales de Alfa Radio 91.3 Los eventos donde seguía haciendo la referencia del sonido que había ayudado a construir en México y tenía 34 años cuando alguien entró a su departamento en Culhocán.
La Ciudad de México en 1998 era una ciudad que estaba cambiando políticamente. El año anterior, en 1997, el PRD había ganado la primera elección directa a jefe de gobierno de la Ciudad de México, rompiendo por primera vez en décadas la hegemonía del PRI en la capital. Cuautemo Cárdenas era el primer jefe de gobierno electo de la historia del Distrito Federal.
Ese cambio político estaba produciendo también cambios en cómo la ciudad manejaba algunas cosas que la administración anterior había manejado de maneras específicas. Una de esas cosas era la manera en que la policía investigaba los crímenes donde las víctimas eran personas LGBTQ+. La ciudad de México de los 90 tenía un patrón documentado de clasificar los homicidios de personas LGBTQ, más como asaltos o como crímenes pasionales para evitar investigarlos, como lo que en muchos casos eran crímenes de odio. La clasificación como
asalto cerraba rápidamente el expediente, evitaba la investigación de los entornos sociales de la víctima y producía la impunidad sistemática que ese tipo de crimen tenía en esa época, en esa ciudad. El asesinato de Tony Barrera entró en ese sistema. La policía dijo que había sido un asalto. Los periódicos describieron las condiciones en que fue encontrado, semidesnudo, estrangulado, con indicios de violencia física y sexual.
Los vecinos dijeron que habían sido tres personas que Tony conocía. Nadie fue arrestado. Las teorías que circularon en la prensa de la época y entre las personas que conocían a Tony fueron varias. Una deuda, motivos pasionales, una pelea que terminó mal. Ninguna fue confirmada oficialmente, ninguna produjo un arresto. Ninguna produjo un juicio.
El caso quedó en el archivo de la impunidad que la Ciudad de México de esa época producía sistemáticamente para ciertos tipos de crímenes. Aquí necesito preguntarte algo. En México, en los años 90, clasificar el asesinato de una persona LGBTQ más como asalto era la manera en que el sistema borraba el crimen real que había ocurrido.
El caso de Tony Barrera es uno de los cientos que la Ciudad de México produjo con ese patrón. ¿Crees que México ha cambiado suficientemente en ese sentido desde 1998? ¿O piensas que ese tipo de impunidad sigue existiendo aunque con otras formas? Escríbeme en los comentarios. Es una pregunta que tiene respuestas muy diferentes dependiendo de quién la responda.
La historia del High Energy en México tiene una paradoja específica que dice algo sobre la manera en que la cultura popular latinoamericana procesa ciertos elementos de lo que consume. El High Energy fue desde sus orígenes en San Francisco y Nueva York un género asociado a la comunidad LGBT Kumas. Los productores y artistas que lo desarrollaron incluían a Patrick Cowy, que murió de sida en 1982, a Silvester, que también murió de sida en 1988, a figuras que eran abiertamente gay en el contexto específico de los clubes donde la música se producía. Cuando ese
género llegó a México a través de Poly March y los otros sonideros, llegó a un mercado que lo adoptó masivamente sin que esa historia de origen fuera parte del relato que se contaba sobre él. El High Energy en México era música de fiesta, música bailable, el género que llenaba el palacio de los deportes con 32,000 personas, no el género de los clubes gay de San Francisco.
Las dos cosas eran verdad simultáneamente. El género tenía el origen que tenía y el mercado que lo adoptó lo usó para lo que lo usó. Con la parte de la historia que eligió ver y sin la parte que eligió no ver, Tony Barrera vivía en el centro de esa paradoja. El DJ que hacía bailar a decenas de miles de personas en los eventos más masivos de la Ciudad de México.
El hombre que la comunidad que compartía su identidad conocía como uno de los suyos. Las dos cosas en la misma persona, en el México de los 80 y los 90. Las personas en esa posición aprendían a manejar esa doble presencia con la habilidad de quien sabe que hay espacios donde una parte de uno puede existir y otros donde no puede. Los eventos de Polymarch eran el espacio donde Tony existía completamente, donde la música y el espectáculo y la energía de la multitud producían algo que superaba las categorías que el mundo exterior usaba para clasificar a las
personas. y su departamento en Culucán fue el espacio donde alguien decidió que Tony ya no podía existir de ninguna manera. Para completar la historia de Tony Barrera, hay que hablar de lo que dejó. Las canciones que produjo tienen sus propias historias. Duri duri, coproducida con el brasileño Alan Coelo para el grupo Click, tuvo ediciones europeas y un remix de los productores italianos Mauro Farina y Juliano Cribellente.
Una canción mexicana producida por el DJ de Oaxaca que llegó a las disqueras de Europa en los años en que la música electrónica no reconocía fronteras con la misma facilidad con que las reconocía en otros géneros. Me excitas. La oscuridad. Rap de Polymarks, te necesito, baby. Las canciones que la gente de esa generación que creció en la ciudad de México escuchó en los eventos de Poly March y que cuando las vuelven a escuchar décadas después sienten el peso específico de lo que la música produce cuando la asocian con momentos y personas y espacios que el tiempo
convirtió en memoria. Los homenajes que la comunidad del High Energy mexicano le hizo a Tony Barrera en los años posteriores a su muerte son también parte del legado. El homenaje de la Casa Popular en 1914, el del salón FBI de Ciudad Nesa en 1908 en el 10o aniversario de su muerte, el disco compacto doble que se produjo del evento, el DVD de Polymarks Live que salió en 2010, una comunidad que no recibió justicia por el crimen, pero que sí dio el homenaje que el estado no le dio. Poly March siguió después de la
muerte de Tony. Polinar Silva, el fundador del proyecto, siguió llevando Poly March a los escenarios con nuevas formaciones y en los formatos que cada época produjo. El 31 de diciembre de 2024, Poly March se presentó en el Ángel de la Independencia de la Ciudad de México en la celebración de fin de año. El colectivo que Tony Barrera había convertido en leyenda seguía presente, con su sombra también presente.
La pregunta que la muerte de Tony Barrera deja sin responder definitivamente es la pregunta que los crímenes de impunidad siempre dejan. ¿Qué habría pasado si el sistema hubiera hecho su trabajo si la policía de la Ciudad de México de 1998 hubiera investigado el crimen de Tony Barrera con la seriedad que cualquier homicidio merece si el expediente no se hubiera cerrado con la clasificación de asalto que no requería más investigación? Si las personas que los vecinos dijeron que Tony conocía y que estuvieron en su departamento esa noche
hubieran sido identificadas y procesadas, habría tenido la comunidad que lo amaba la respuesta que no tuvo. ¿Habría producido el proceso legal el reconocimiento de qué tipo de crimen había ocurrido realmente? No hay manera de saber las respuestas a esas preguntas, porque el sistema eligió no hacerlas.
El expediente que se cerró en 1998 con la clasificación de asalto produjo la impunidad permanente. Los que entraron al departamento de Tony Barrera en Culoacán el 22 de mayo de 1998 siguieron con sus vidas. Tony Barrera tenía 34 años. El mismo chico de Puerto Ángel que a los 7 años había organizado un teatro de títeres para el barrio.
El DJ que a los 15 había empezado a encender las tornamesas de Poly March. el que había llenado el palacio de los deportes con 32,000 personas, el que había llevado la música de México a Los Ángeles y Nueva York y Chicago, 34 años, la carrera a la mitad, el resto de lo que podría haber construido en los años que le quitaron sin que nadie respondiera por eso.
El High Energy sigue siendo parte de la historia de la Ciudad de México. Los eventos de nostalgia que la escena produce, las compilaciones que circulan en plataformas digitales, las personas que en esas canciones siguen escuchando el sonido de una época específica de la capital que el tiempo convirtió en otra cosa.
Y Tony Barrera, cuyo nombre real era Marco Antonio Silva de la Barrera, sigue siendo el DJ de Poly March, cuyo crimen México clasificó como asalto y dejó en la impunidad que el sistema producía sistemáticamente para ciertos tipos de personas en ciertos tipos de situaciones. Esa también es la historia del High Energy mexicano. No solo el Palacio de los Deportes con 32,000 personas, también el departamento en Culhoacán, también la impunidad, también la pregunta que nadie respondió.
Gracias por quedarte hasta aquí. Si esta historia te llegó, suscríbete al canal y dale like. Me ayuda mucho. Y cuéntame en los comentarios, ¿conocías la historia de Tony Barrera o fue la primera vez que escuchaste este nombre y lo que le pasó? Nos vemos en el próximo video. Para entender completamente lo que Tony Barrera representaba, hay que entender la escala de lo que Poly March era en la cultura popular de la Ciudad de México de los 80.
La ciudad de México en 1980 tenía 20 millones de habitantes. Era la ciudad más grande del mundo en ese momento o una de las tres más grandes dependiendo del criterio de medición que se usara. Una metrópolis que había crecido en las décadas anteriores con la velocidad que el proyecto de industrialización del México del PRI había producido.
Personas de todos los estados que llegaban a la capital buscando lo que sus lugares de origen no podían darles. Esa metrópolis tenía la vida cultural de las ciudades grandes, cines, teatros, la televisión, que era el medio masivo por excelencia, las discotecas de la zona rosa, para los que tenían dinero para ir a las discotecas de la zona rosa, y los sonideros para los que no lo tenían.
Los sonideros son uno de los fenómenos culturales más específicamente mexicanos que existen. El sonido móvil que lleva la música bailable a los espacios donde las discotecas no llegan. Los barrios populares, los salones de eventos, los estacionamientos, las canchas de basket que los fines de semana se convierten en pistas de baile, el DJ con su equipo de sonido que transforma temporalmente un espacio ordinario en el lugar donde la fiesta ocurre.
Los sonideros del High Energy en la Ciudad de México de los 80 tenían una escala que los sonideros de otros géneros no siempre alcanzaban. Polymarks, Patrick Miller, Soundset, colectivos que podían llenar recintos de decenas de miles de personas porque la música que ponían y el espectáculo que producían tenían algo que el mercado popular de la Ciudad de México no había visto exactamente de esa manera.
Tony Barrera era parte de lo que hacía que Poly March tuviera esa escala. El DJ con carisma de showman, el que bailaba mientras mezclaba, el que convertía la sesión de tornamesas en performance, el que cuando el público lo veía trabajar entendía que estaba viendo a alguien que no solo hacía su trabajo, sino que vivía completamente en lo que hacía.
Esa autenticidad, la de alguien que está completamente en lo que hace y no simulando estarlo, es lo que el público de 20 millones de habitantes de la Ciudad de México de los 80 reconocía cuando llegaba a los eventos de Poly March. Y es también parte de por qué el Palacio de los Deportes tuvo 32,000 personas con sobrecupo para ver a Tony y a los suyos.
El recorrido que Tony Barrera hizo desde Puerto Ángel, Oaxaca, hasta el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México no fue el recorrido lineal del artista que descubre su talento, lo desarrolla en el sistema correcto y llega a la cima. fue el recorrido del migrante interno mexicano, el joven del sur del país, que llega a la capital con lo que trae y que construye lo que puede con lo que tiene en el lugar donde el sistema tiene más oportunidades que en Puerto Ángel, pero también más obstáculos que los que el sistema de Puerto Ángel produce. La
ciudad de México de los 70, cuando Tony llegó, era también la ciudad del terremoto que aún no había ocurrido, del PRI que todavía parecía eterno, del México que crecía económicamente y que al mismo tiempo cargaba con las contradicciones de un crecimiento que no llegaba igual a todos los que vivían en el mismo país.
Tony Barrera llegó a esa ciudad sin la escuela de DJ que no existía en México en esa época, sin el sistema de mentoría y formación que los DJs europeos y americanos tenían disponible, con la música que llegaba de afuera como referencia y con la inventiva del que tiene que construir lo que quiere sin el manual de instrucciones que otros tienen.
En Polimarche se encontró el proyecto y las personas. Apolinar Silva, el ingeniero que había concebido el formato, tenía la visión técnica. Tony tenía el carisma. Los dos juntos produjeron el resultado que el Palacio de los Deportes documentó con 32,000 personas. Ese resultado también dice algo sobre lo que el talento latinoamericano puede construir cuando encuentra el espacio correcto.
No el espacio que el sistema oficial diseñó para él, sino el que él mismo crea con las personas correctas en el momento correcto. La manera en que los periódicos mexicanos de los 90 cubrieron el asesinato de Tony Barrera dice más sobre el sistema que sobre el crimen. Los periódicos de nota roja de la Ciudad de México de esa época tenían una manera específica de cubrir ciertos tipos de crímenes, las palabras que elegían, los detalles que incluían y los que omitían, la manera en que la clasificación policial de asalto se convertía en el
marco del artículo, aunque los detalles que el mismo artículo describía contradijeron esa clasificación: semidesnudo, estrangulado, con indicios de violencia física y sexual. Esos tres detalles que la prensa documentó son también los tres detalles que en cualquier investigación competente producirían preguntas específicas que el expediente cerrado como asalto no requería responder.
¿Por qué semidesnudo? Un asalto no requiere desnudar a la víctima. Los indicios de violencia sexual. Un asalto en el departamento no produce normalmente esos indicios. El estrangulamiento como método. Un asalto generalmente no tiene ese método a menos que el objetivo sea más específicamente matar que robar. Las tres preguntas que esos tres detalles producen son las tres preguntas que la investigación que nunca ocurrió habría tenido que responder y la clasificación de asalto fue la manera en que el sistema evitó tener que responderlas.
Los vecinos dijeron que habían sido tres personas que Tony conocía, tres personas conocidas en su departamento. El día en que fue encontrado semidesnudo y estrangulado con indicios de violencia sexual, ¿quiénes eran esas tres personas? El expediente no lo dice, al menos no en su versión pública. El caso nunca se resolvió y México siguió adelante.
El documental Discoos que el cineasta mexicano David Dávila dirigió sobre el fenómeno del High Energy en México es el registro más completo disponible sobre lo que fue ese movimiento y sobre lo que Tony Barrera significó dentro de él. El documental dice que el High Energy es un ejemplo de cómo México puede tomar algo de otra cultura y convertirlo en algo mejor.
que el movimiento fue la evidencia de que los mexicanos cuando tocamos algo podemos transformarlo en algo propio. Esa transformación es también la historia de Tony Barrera, el género que venía de San Francisco y Nueva York, que tenía su propia historia en esos lugares, llegó a la Ciudad de México y encontró en Tony y en Polymarch la manera de convertirse en algo que el mercado popular de la capital mexicana podía recibir y hacer propio, no porque el origen se borrara, sino porque el talento de Tony y la escala del proyecto
de Polymarch produjeron algo que era simultáneamente el género de los clubes gay de San Fran. Francisco y el espectáculo masivo del Palacio de los Deportes de la Ciudad de México. Las dos cosas juntas, no una u otra. El documental existe, las grabaciones de los conciertos existen. La memoria de las 32,000 personas que estuvieron en el Palacio de los Deportes en 1986 existe en las cabezas de las personas que estuvieron ahí.
Y el expediente del crimen de 1998 existe también en el archivo de la Ciudad de México, cerrado sin resolución con la clasificación de asalto que fue también la decisión de no preguntar lo que el crimen pedía que se preguntara. Hay una cosa sobre la comunidad que recuerda a Tony Barrera, que dice más sobre su legado que cualquier análisis sobre su música.
Los homenajes que la escena del High Energy mexicano le hizo en los años posteriores a su muerte no fueron homenajes oficiales. No vinieron del Estado, ni de la industria discográfica, ni de las instituciones culturales. Vinieron de las personas que lo amaban, de la comunidad que se organizó sola para hacer lo que el sistema no hizo, el homenaje de la Casa Popular en 2003, el del salón FBI de Ciudad Nesa en 2008, el disco compacto que documentó el evento, el DVD de 2010.
Esos homenajes tienen el peso específico de lo que se hace cuando uno sabe que el crimen que mató a alguien no fue investigado ni penalizado y que la única manera de responder a eso es seguir nombrando a la persona que la justicia no nombró. No con amargura, con la energía que el High Energy mismo producía, con música, con baile, con la reunión de personas que comparten algo que no siempre tiene nombre oficial, pero que todos en la sala reconocen como propio.
Eso también es el legado de Tony Barrera. No solo las canciones, también la manera en que la comunidad que lo amaba eligió recordarlo. El chico de Puerto Ángel, el DJ de Poly March, el hombre que llenó el Palacio de los deportes, el que la Ciudad de México mató y clasificó como asalto y olvidó, y la comunidad que no lo olvidó. El High Energy mexicano tiene una geografía específica dentro de la Ciudad de México que dice algo sobre quiénes eran las personas que construyeron ese fenómeno y quiénes eran las personas que lo vivieron. No era la zona rosa, no era

las colonias del sur, donde las clases medias de la Ciudad de México vivían con la comodidad que el milagro económico les había dado. Era Iztapalapa y Ciudad Nesa y los barrios de las delegaciones del oriente de la capital, donde los migrantes internos que habían llegado a la ciudad en las décadas anteriores habían construido el México urbano que el México oficial.
Raramente describía en sus propias narrativas. Los eventos de Poly March en el Palacio de los Deportes no eran eventos de la zona rosa, eran eventos populares del pueblo, de las personas que trabajaban en las fábricas y en los mercados y en los talleres de la Ciudad de México y que los fines de semana querían bailar con la mejor música disponible en el mejor espectáculo disponible.
Tony Barrera era de Puerto Ángel, Oaxaca. Había llegado a la Ciudad de México como miles de personas de los estados del sur llegaban cada año y había construido algo en esa ciudad que las personas que llegaban de los mismos lugares podían sentir como propio, no porque la música fuera del sur, sino porque el artista que la ponía venía de donde ellos venían y tenía el tipo de energía que el público de esos barrios reconocía como auténtica.
La geografía del High Energy mexicano es también la geografía de la Ciudad de México popular de los 80. Los barrios que el mapa oficial de la cultura de la capital raramente incluía. Los espacios donde la fiesta ocurría sin que la columna cultural del periódico lo cubriera. y Tony Barrera en el centro de esa geografía, el DJ del Palacio de los Deportes, que también era el DJ del salón de eventos del barrio, el que podía llenar 32,000 personas en el recinto más grande de la capital y que también podía hacer que las personas de los barrios del oriente sintieran que la
música era suya, la conexión entre el high energy mexicano y la comunidad que en los 80 y 90 oficial, pero que todos los que eran parte de ella sabían que existía. Es parte de la historia de Tony Barrera que el registro oficial no siempre cuenta. El High Energy, con su historia de origen en los clubes de San Francisco y Nueva York llegó a México con esa historia, aunque la historia oficial del movimiento en México no siempre la incluyera completamente.
El género que en sus orígenes era la música de los espacios donde las personas LGBTQ más podían estar sin el peso del mundo exterior. Llegó a la Ciudad de México y encontró también un público que tenía esa relación con esa música. El Palacio de los deportes con 32,000 personas era el espacio masivo y visible.
Pero en los márgenes de ese espacio masivo y en los eventos más pequeños y en los contextos donde la escena del High Energy operaba, había también el espacio específico que algunos tipos de personas encontraban en esa música, de la misma manera en que el público de San Francisco y Nueva York lo encontraba.
Tony Barrera vivía en ese espacio de manera que la comunidad que lo frecuentaba reconocía, aunque la historia oficial del High Energy mexicano, no siempre lo incluyera en su narrativa pública. La manera en que murió y la manera en que el sistema clasificó su muerte son también parte de esa historia. El crimen que la policía no investigó seriamente, el expediente cerrado como asalto, la impunidad que el sistema producía para ciertos tipos de crímenes contra ciertos tipos de personas.
Esa historia de invisibilidad en la muerte es también la historia de visibilidad en la vida. El DJ que llenaba el Palacio de los deportes era también parte de una comunidad que el México oficial de esa época no reconocía completamente. Y cuando murió de la manera en que murió, el sistema aplicó la misma invisibilidad a su muerte que aplicaba a la existencia de esa comunidad en vida.
La producción musical de Tony Barrera tiene un nivel de internacionalización que para un artista mexicano de los años 80 era inusual. Duri duri, la canción que produjo con el brasileño Alan Coelo para el grupo Click. No se quedó en México, tuvo ediciones europeas. El remix de Mauro Farina y Juliano Cribellente, dos productores italianos que en esa época trabajaban en el circuito de la música electrónica europea, llevó la canción al mercado de Italia y de otros países europeos donde el High NRG tenía su propio público. Una canción producida en
México por el DJ de Oaxaca, que llegó a las disqueras de Italia en los años 80, cuando la distribución musical tenía los canales digitales que hoy existen y cuando el acceso al mercado europeo desde México requería conexiones específicas que la mayoría de los productores mexicanos no tenían. Esa internacionalización habla de la calidad del trabajo que Tony Barrera hacía y también de las conexiones que Poly March había construido en sus viajes a Los Ángeles y Nueva York y Chicago, las ciudades latinoamericanas en Estados
Unidos, donde la comunidad latina era suficientemente grande para tener su propio circuito de música electrónica y donde Poly March había dejado huella, el trabajo como coreógrafo para artistas internacionales en el festival Acapulco es otro elemento de la dimensión internacional de su carrera. El festival Acapulco, que en esa época era el evento musical más importante del mercado latinoamericano, llevaba artistas internacionales que necesitaban producción local para sus actuaciones.
Tony Barrera, en ese contexto es el profesional reconocido en su industria. No solo el DJ popular de la escena del High Energy. La dimensión de lo que Tony Barrera construyó en sus 34 años es también la dimensión de lo que se perdió cuando alguien entró a su departamento en Kulwauacán. Para completar la historia de Tony Barrera, hay que hablar de lo que Poly March representa hoy, casi tres décadas después de su muerte.
El colectivo que Tony ayudó a construir sigue activo. El 31 de diciembre de 2024, Poly March se presentó en el Ángel de la Independencia de la Ciudad de México, el espacio más simbólico de la capital. La celebración de fin de año, el evento que se transmite y que la ciudad entera puede ver.
Ese regreso de Poly March al espacio público central de la Ciudad de México en el cierre de 2024 dice algo sobre la permanencia de lo que el proyecto construyó en los 80. El movimiento que Tony Barrera ayudó a construir tiene suficiente peso en la memoria cultural de la Ciudad de México, como para que casi 40 años después de su momento de mayor gloria siga siendo convocado para los momentos de celebración colectiva.
Y cada vez que Polymarx aparece en ese tipo de evento, la sombra de Tony Barrera también aparece. La persona que no está, el DJ que no puede estar en el Ángel de la Independencia porque alguien lo mató en su departamento de Kulwauacán en mayo de 1998 y el sistema decidió que ese crimen podía quedarse sin respuesta. La comunidad que lo amaba no eligió olvido.
La escena del High Energy mexicano lleva casi 30 años haciendo los homenajes que la justicia no hizo, las compilaciones, los eventos de nostalgia, el documental, los discos en su honor y el nombre que sigue circulando entre las personas que vivieron esa época como el nombre de alguien que importó.
Tony Barrera, el DJ de Poly March, el chico de Puerto Ángel, el que llenó el Palacio de los deportes, el que México dejó sin justicia. El contexto histórico de los crímenes contra la comunidad LGBTQ más en la Ciudad de México de los 90 tiene una dimensión que el caso de Tony Barrera ilustra de manera específica. La ciudad de México en los 90 estaba en un proceso de transformación que incluía, entre muchas otras cosas, el inicio del movimiento organizado por los derechos de la comunidad LGBTQ+, las marchas del orgullo que en esa época
tenían una escala diferente a la que tendrían en los años siguientes los grupos de activismo que estaban construyendo la presencia institucional que produciría eventualmente los cambios legales que vendrían en los años 2000. Ese proceso de organización y de visibilidad estaba ocurriendo al mismo tiempo que la violencia contra la comunidad seguía siendo sistemática y sistemáticamente impune.
Los crímenes que la policía clasificaba como asaltos o como crímenes pasionales para no investigarlos como lo que eran la impunidad que ese patrón producía como efecto y que al mismo tiempo producía como causa. Si los crímenes no se investigan seriamente, los que los cometen saben que pueden seguir cometiéndolos.
El asesinato de Tony Barrera en 1998 entró en ese sistema en un momento específico, un año después de que el PRD había ganado la jefatura de gobierno de la ciudad en el inicio de la administración que eventualmente produciría cambios en cómo la ciudad trataba estos temas. Pero antes de que esos cambios se hubieran materializado en el sistema policial y judicial que procesó el crimen de Tony, el cambio político de 1997 no fue suficientemente rápido para que la investigación del crimen de Tony Barrera en 1998 se hiciera de manera diferente a como se
habría hecho en los años anteriores. El expediente cerrado como asalto, la impunidad, el caso sin resolver. Esa es también la historia del high energy mexicano, no solo la música, también la violencia que el sistema que rodeaba a esa música producía y no investigaba. El recorrido de Poly March por las ciudades de la comunidad latina en Estados Unidos es también parte de la historia de Tony Barrera, que dice algo sobre la dimensión transnacional de la cultura popular mexicana de los 80, Los Ángeles, Nueva York, Chicago, las tres ciudades
donde la comunidad mexicana en Estados Unidos tenía suficiente escala para sostener sus propios circuitos de entretenimiento en español. Las personas que habían dejado México, pero que seguían conectadas con la música y la cultura que los habían formado antes de cruzar la frontera. Polymarks en Los Ángeles era también Polymarks para los que habían salido de la Ciudad de México y que encontraban en ese show la conexión con lo que habían dejado atrás, no con la nostalgia del que solo mira hacia atrás, sino con la alegría del que
en la música reconoce algo que sigue siendo suyo, aunque esté en otro país. Tony Barrera en esos escenarios era el mismo Tony Barrera del Palacio de los Deportes y era también algo diferente. El embajador de una cultura popular mexicana que el mundo de las artes y la cultura oficial raramente incluía en su representación internacional de México no el mariachi, ni el folkórico, ni la pintura de los murales que el México oficial proyectaba hacia el exterior.
el High Energy, la música bailable, el DJ de Oaxaca, que encendía las tornamesas en Chicago y hacía que las personas que habían venido de los barrios populares de la Ciudad de México y que ahora vivían en los barrios populares de Chicago bailaran con la misma energía que barró. Bailaban cuando estaban en casa.
Esa dimensión transnacional del trabajo de Tony Barrera y de Poly March es también parte del legado que el expediente sin resolver no puede borrar. Las personas que lo vieron actuar en Los Ángeles o en Nueva York o en Chicago también lo recuerdan, también llevan esa memoria. Existe un elemento de la historia de Tony Barrera que conecta con algo que muchas personas en América Latina reconocen, aunque no siempre lo nombren.
La historia de las personas que construyeron algo importante, pero cuyo nombre no aparece en los libros de historia oficial. La historia cultural mexicana del siglo XX tiene muchos de esos nombres. Las personas que contribuyeron al desarrollo de géneros, de movimientos, de formas culturales que el público masivo adoptó como propias, pero cuyos creadores el registro oficial raramente menciona con la misma prominencia que los éxitos que esos creadores produjeron.
Tony Barrera construyó el High Energy mexicano junto con Apolinar Silva y los otros miembros de Polymarch. construyó algo que llenó el palacio de los deportes con 32,000 personas, que viajó a Los Ángeles y Nueva York y Chicago, que se convirtió en la banda sonora de una generación de jóvenes de los barrios populares de la Ciudad de México y murió a los 34 años sin que su crimen fuera investigado seriamente, sin que la persona o personas responsables fueran llevadas ante la justicia, sin que el sistema que debería haber respondido lo hiciera. Esa es la
historia completa de Tony Barrera. No solo el DJ que llenó el Palacio de los deportes, también el hombre cuyo crimen México clasificó como asalto y olvidó, el que la comunidad que lo amaba recordó cuando la institución no lo hizo. El nombre que sigue en la memoria de los que estuvieron ahí, aunque no esté en los libros de historia oficial de la música mexicana.
Marco Antonio Silva de la Barrera, conocido como Tony Barrera, Puerto Ángel, Oaxaca, Ciudad de México, Poly March, 32,000 personas en el Palacio de los Deportes y el departamento en Culucán, y el expediente sin resolver y la impunidad que el sistema produjo en mayo de 1998 y que nadie deshizo en los 27 años que siguieron. Esa también es su historia.
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