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Fui la enfermera de LOLA FLORES y la noche antes de morir me dijo algo que me persigue

” Me dijo, “Bien, porque aquí hay demasiada gente que habla y me contrataron.” Eso fue a principios del 95. Lola llevaba ya un tiempo con la enfermedad encima, aunque por fuera todavía intentaba mantener una imagen. Esa mujer tenía una voluntad que yo no he visto igual en nadie. La cantidad de veces que la vi componerse, recomponerse, sacar fuerzas de donde ya no había para recibir a alguien o para no mostrar delante de ciertas personas lo mal que estaba.

una voluntad de hierro dentro de un cuerpo que ya le estaba fallando. Pero de noche era otra cosa. De noche se quitaba la máscara y lo que quedaba debajo era una mujer que tenía miedo, que tenía dudas, que tenía cosas que no había dicho y que a esas alturas ya sabía que quizás no iba a poder decir. Yo era la de las noches, la que estaba cuando los demás no estaban.

Y eso en una casa como aquella, en una situación como aquella, te coloca en un sitio muy particular. Ves cosas que los que vienen de día no ven. Escuchas cosas que los que vienen de día no escuchan. Y cargas con cosas que los que vienen de día nunca van a cargar. La habitación de Lola olía a flores. Siempre alguien se encargaba de poner flores frescas cada dos días y el olor se quedaba impregnado en las cortinas, en la ropa de cama, en el aire de esa habitación.

 Había una lamparita pequeña en la mesilla que ella quería encendida toda la noche porque la oscuridad completa la ponía nerviosa. Y había una foto, una sola foto en la mesilla enmarcada que yo veía cada noche y que nunca le pregunté quién era, porque había cosas que uno aprende a no preguntar. Las primeras semanas fueron de adaptación.

 Ella me fue tomando la medida de espacio, preguntándome cosas de vez en cuando. ¿Cómo me llamaba mi madre? ¿De dónde era mi familia? Si tenía hijos. Yo le contaba y ella escuchaba con esa manera suya de escuchar que era muy particular, con la cabeza ligeramente inclinada y los ojos muy quietos, como si lo que uno le contara le importara de verdad.

A veces me cantaba. bajito, casi para ella misma. Trozos de canciones, no canciones enteras, como quien tararea sin darse cuenta. Y yo me quedaba quieta porque había algo en eso que daba pena interrumpir. Una noche me dijo, “Consuelo, ¿usted me conocía antes de esto?” Le dije que sí, que la había visto en televisión muchas veces, que en mi casa de gerer su música había sonado siempre.

Se quedó callada un momento y luego dijo, “¿Y qué pensaba usted de mí? Le dije la verdad que me parecía una mujer con una fuerza que daba vértigo. Sonríó y me dijo, “La fuerza cansa, consuelo. Cansa mucho.” Eso me lo dijo y me quedé pensando en eso muchos días, porque hay personas a las que el mundo les ha puesto una etiqueta tan grande que ya no pueden ser otra cosa.

 Lola Flores era la faraona, era la fuerza, el duende, la España entera en una persona. Y eso que para el mundo era un regalo para ella en esa habitación de noche pesaba, pesaba de una manera que yo fui entendiendo poco a poco. En esa casa había mucha gente, mucha gente que entraba y salía, que traía cosas, que organizaba cosas, que hablaba de cosas.

Una casa con mucho movimiento, con mucho ruido de día y con un silencio muy particular de noche. Yo aprendí pronto que en esa casa había corrientes. Corrientes de afecto, sí, pero también de otra cosa, de interés, de posición, de quién estaba más cerca y quién menos, de quién tenía más peso en las decisiones y quién lo iba perdiendo.

corrientes yo las notaba, no me metía en ellas, que no era mi lugar, pero las notaba y había una persona en particular que yo miraba y que me generaba una sensación que no sabía muy bien cómo nombrar, una sensación de alerta, de que algo en esa persona no encajaba del todo con lo que mostraba. No voy a dar el nombre todavía, se lo daré.

Pero antes necesita entender el contexto, porque si le doy el nombre sin el contexto parece un cotilleo. Y esto no es un cotilleo. Esto es lo que yo vi con mis ojos en esa casa durante los meses que estuve allí. Hubo una noche de marzo. Lola estaba peor que otros días. Había tenido una tarde difícil con visitas que la habían cansado más de lo que debían.

 Y cuando yo llegué al turno, encontré una evitación con un aire pesado. Ella estaba en la cama, quieta, con los ojos abiertos mirando el techo. Le pregunté cómo estaba, me dijo, cansada con suelo, muy cansada. Le tomé las constantes, le arreglé la almohada, le traje agua, las cosas de siempre. y me senté en la silla de al lado, que era donde me ponía yo cuando ella no quería hablar, pero tampoco quería estar sola.

Estuvimos un rato en silencio y entonces ella giró la cabeza y me miró y me preguntó algo que no esperaba. Me preguntó, “¿Usted ha visto alguna vez cómo alguien le quita a otra persona lo que es suyo sin que esa persona se dé cuenta?” Me quedé quieta. Le dije que sí, que en la vida uno ve cosas así. Asintió y se quedó callada otra vez.

Esa pregunta me estuvo rondando días porque cuando alguien hace una pregunta así, de esa manera, en ese momento, no está preguntando en abstracto. Está preguntando por algo concreto que está pasando o qué ha pasado. Y yo lo sabía. Y ella sabía que yo lo sabía, pero no dijo nada más esa noche. Lo que dijo vino después, semanas después, la noche de la que le hablaba al principio.

Pero antes de llegar ahí, necesito contarle algo que pasó una tarde. una tarde que yo no tendría que haber visto, pero que vi porque las casas grandes tienen pasillos largos y los pasillos largos a veces llevan a sitios donde uno llega sin hacer ruido. Estaba yo yendo a buscar algo a una habitación del fondo y al pasar por delante de una puerta entreabierta escuché voces.

Dos voces. Una era de alguien de la familia, la otra era de alguien de fuera, alguien que venía con frecuencia a esa casa con papeles y con carpetas. Hablaban de dinero, hablaban de cosas que yo no entendí todo porque no soy abogada ni entiendo de esas cosas, pero entendí suficiente. Entendí que había decisiones tomándose, decisiones sobre cosas que eran de Lola y que Lola no estaba en esa conversación.

Me paré en el pasillo. Escuché un momento más y escuché una frase que me heló. Una frase que la persona de fuera le dijo a la persona de la familia. Le dijo, “Mientras ella esté así, es el momento. Después será más complicado. Mientras ella esté así.” Así, enferma. Eso era lo que quería decir mientras esté enferma y no pueda defenderse bien.

Me fui al cuarto de baño, me eché agua fría en la cara y me quedé mirándome en el espejo pensando qué hacía yo con lo que acababa de escuchar. Pensé en decírselo a ella. Pensé en decírselo a alguien de confianza. Pensé en muchas cosas. Al final no dije nada porque tenía miedo, porque no era mi lugar, porque soy una mujer sola que necesitaba ese trabajo y que sabía que en ese mundo el que habla de más termina en la calle y con mala fama. Me callé y eso me pesa.

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