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Fernando Luján: Por ESTO Escupió el Apellido Más Poderoso del Cine y Lo Borraron de la Familia

 Recuerda esa pantalla. Vamos a volver a ella. Hoy te voy a contar cuatro cosas que la versión oficial, la de las revistas bonitas y los homenajes de plástico nunca te explico. Primero, la verdadera razón por la que un niño de 16 años reinició el apellido más glorioso del cine mexicano. Y te adelanto algo, no fue por capricho, no fue por rebeldía adolescente, fue por un hombre al que esa familia humilló durante años delante de sus propios ojos.

 Segundo, el escándalo que terminó de romperlo todo, porque ese mismo muchacho se fugó de su casa para vivir con una mujer que le doblaba la edad, una actriz extranjera, brillante, peligrosa, que recibía en su sala a un guerrillero que después cambiaría la historia de América Latina. Tercero, el precio que pagó por su libertad, 11 hijos, siete mujeres y un patrón que repitió sin darse cuenta hasta convertirse sin quererlo en lo mismo que más le había dolido de niño.

 Y cuarto, cómo este hombre, el borrado, el que no era digno del apellido, terminó en un lugar al que ningún soler, ninguno de esas leyendas todopoderosas llegó jamás. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Tú nada más quédate conmigo porque esta historia se cuenta de principio a fin o no se entiende.

 Y déjame decirte por qué vale la pena escucharla completa. Porque esta no es solo la historia de un actor, es la historia de lo que pasa cuando una familia decide que unos hijos valen más que otros, de lo que un niño es capaz de hacer años después con el dolor que cargó de chico, de cómo el rechazo, ese veneno callado, puede arruinar a una persona o a veces contra todo pronóstico, empujarla a volverse alguien grande.

 Fernando Luján es las dos cosas a la vez, un hombre roto y un hombre enorme, un padre ausente y un hijo herido, un rebelde y un romántico. Todo eso cabía en el mismo hombre y por eso su historia se queda contigo. Para entender cómo fue posible todo esto, primero tienes que conocer el mundo que lo hizo. Y ese mundo probablemente lo viste en tu propia televisión, en tu propia sala, sin saber lo que escondía por dentro.

 Tú conoces ese cine, lo conoces de memoria. Aunque hayas nacido después, lo viste los domingos por la tarde en blanco y negro cuando tu mamá o tu abuela ponían una película vieja y se quedaba ahí suspirando, diciéndote quién era cada actor. Las películas de María Félix, Altiva Magnífica, la mujer más hermosa de México, las de Pedro Infante cantando con esa voz que parecía salir del alma de todo un país.

 Las comedias de Cantinflas, los dramas de Arturo de Córdoba, todo ese cine que hoy llaman la época de oro y que para ti seguramente es puro recuerdo. Es infancia, es la voz de alguien que ya no está contándote la película mientras pasaba. Pues bien, detrás de toda esa belleza, detrás de esas estrellas que parecían dioses, había un mundo durísimo, un mundo de contratos, de poderes de familias que se repartían la gloria como quien se reparte un pastel.

 Y en una esquina de ese mundo dorado, lejos de las cámaras, crecía un niño que lo veía todo y que un día se atrevería a romperlo. Vamos a una azotea. Ciudad de México, 1945. El mundo todavía huele a guerra. En la radio de la casa entre canción y canción se escuchan los rounds de box de Kid Azteca por 5 centavos.

 En los cines de la ciudad se estrenan las películas de los grandes y las grandes de ese momento son las de la familia Soler con María Félix. Por 50 centavos cualquiera podía entrar a verlas y todo México las veía. En esa azotea, un niño flaco se armó su propio cuartito. Un camerino de juguete lo llenó con pelucas viejas, lentes, bigotes postizos, ropa de utilería, cosas que le regalaban sus tíos cuando ya no las usaban.

 Ese niño se pasaba las tardes allí arriba solo, disfrazándose, recitando, hablándole a un público que no existía. tenía 6 años, tal vez siete, y ya sabía exactamente qué quería hacer en la vida. Ese niño era Fernando. Y fíjate qué cosa, un niño no se arma un teatro en una azotea para jugar. Un niño se arma un teatro en una azotea cuando abajo en la casa no encuentra el lugar que busca, cuando necesita un público que lo mire, porque los que deberían mirarlo están ocupados mirando a otro.

Ahí arriba, solo con sus pelucas pestadas y su voz todavía de niño, Fernando se inventaba el cariño que le faltaba. Se aplaudía a sí mismo. Se daba a sí mismo la atención que esperaba de los grandes. Cada tarde subía a ese rincón a Serp, aunque fuera por un rato, el protagonista. El centro, el querido, tenía una grabadora vieja, regalo de un cumpleaños y en ella grababa poesías de un libro que se llamaba El declamador sin maestro.

 Se las aprendía de memoria una por una, repitiéndolas hasta que le salían perfectas. Mientras otros niños jugaban a la pelota en la calle, él ensayaba versos en una azotea soñando con el día en que alguien lo escuchara de verdad. Ese era Fernando, un niño que desde los seis o 7 años ya cargaba una soledad de adulto y una vocación de gigante.

 Y sus tíos, los que le regalaban las pelucas viejas, no eran cualquier familia, eran los hermanos Soler, Fernando, Andrés, Domingo y Julián. Cuatro nombres que en el cine mexicano significaban poder absoluto. No solo actuaban, producían, escribían, dirigían, decidían. Eran maestros de actores, eran dueños de escuelas de actuación, presidían academias.

 Por sus manos pasaba el destino de medio cine de oro. Si los soler te llamaban, trabajabas. Si los soler te ignoraban, no existías. Quiero que entiendas bien esto, porque es la clave de toda la historia. La maquinaria del cine de oro mexicano no funcionaba solo con talento, funcionaba con apellidos, con compagrazgos, con sangre.

 Había dinastías que se repartían los papeles entre ellas, generación tras generación, como quien se reparte una herencia. Y la dinastía más fuerte de todas, la que tenía el cuchillo y el queso, era la de los soler. Y déjame contarte el tamaño real de esa familia, porque cuando lo entiendas vas a comprender contra qué se atrevió a pelear ese niño.

 Eran muchos hermanos. Fernando, Andrés, Domingo, Julián y también las mujeres Irene, Gloria, Elvira y Mercedes, la mamá de nuestro protagonista. Todos actores. Y aquí está el detalle que casi nadie sabe. El apellido Soler ni siquiera era el de verdad. El apellido real de la familia era Díaz Pavía. Los papás de esos hermanos decidieron, cuando ellos eran niños, ponerles el apellido de la mamá Soler, porque sonaba mejor, y lanzarlos al estrellato como un grupo infantil.

 Los llamaron el cuarteto infantil Soler. O sea, que la dinastía más respetada del cine mexicano nació de un nombre artístico, de una decisión comercial, de inventarse un apellido para vender mejor. Quédate con eso porque tiene una ironía que vas a saborear más adelante. El tío Fernando, el patriarca, el más temido de todos, en realidad se llamaba Fernando Díaz Pavia.

Filmó más de 100 películas, dirigió otras tantas. Ganó el Abiel, el premio más importante del cine mexicano. Presidió la Academia de Cine de su país. Era, en pocas palabras, un rey y tenía el carácter de un rey. Se cuenta que en pleno rodaje llegó a humillar nada menos que a Pedro Infante.

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