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ELBA ESTHER GORDILLO: Se Casó con el Abogado 41 Años Menor… Y Su Hija Jamás Volvió a Hablarle

 Adentro no se inmutó, ordenó que la fiesta siguiera y siguió. La orquesta comenzó el bals y cuando llegó el momento del baile principal, la pareja le pidió al DJ una canción específica. Le pidieron, “You are the first, the last, my everything, the Barry White.” Y Elva Ester Gordillo, la mujer a la que Forbes había nombrado en 2013 entre los 10 mexicanos más corruptos, bailaba con su abogado un tema de soul estadounidense, mientras del otro lado del muro, los maestros, que antes la llamaban con respeto, le gritaban ladrona.

Esa escena es el comienzo de esta historia, no el final. Hay algo que casi nadie contó sobre ese matrimonio. Algo que la prensa vio de lejos y no entendió. Lo que pasó esa noche en el Centro Cultural Santo Domingo parecía el regreso triunfal de una mujer poderosa que había encontrado el amor tarde en la vida. Pero detrás del vestido blanco y la sonrisa congelada había otra historia.

Esa boda fue la última gran fachada pública de una mujer a la que le estaban quitando todo dentro de su propia casa. El matrimonio con el hombre 41 años menor era apenas la superficie. Debajo había una traición de sangre, un partido político arrebatado por su propio yerno, una hija que llevaba años sin dirigirle la palabra y una deuda con el gobierno mexicano que en febrero de este año 2026 la Suprema Corte de Justicia acaba de confirmar.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que ningún documental sobre Elva Baer Gordillo te ha contado así. Ne primero, ¿quién era realmente Luis Antonio Lagunas Gutiérrez? El abogado joven antes de pisar el reclusorio femenil de Tepepan en 2013. ¿Cómo llegó a estar sentado frente a la maestra? ¿Y en qué momento exactamente esa relación profesional se convirtió en otra cosa? Segundo, los000 que Elva Ester transfirió a una sola tienda de San Diego entre marzo de 2009 y enero de 2012, las 59 camionetas Hammer que regaló entre maestros rurales

y la historia de una niña de Oaxaca, iraní Contreras Aragón, que ganó una de esas camionetas y tuvo que venderla porque su madre no tenía ni para la gasolina. Tercero, la traición de su propio yerno, Fernando González Sánchez, el esposo de su hija, Maric Cruz Montelongo. El día en que Elva Ester descubrió que el partido político que ella misma había impulsado ya no le pertenecía.

Y cuarto, ¿dónde vive hoy Elva Ester Gordillo a sus 81 años? ¿Cuánto le acaba de cobrar la Suprema Corte? ¿Y por qué la presidenta Claudia Shainbaum la mantiene lejos de su gobierno? Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esta mujer terminara así, necesitas conocer primero el mundo que la hizo posible.

Esta historia no empieza la noche de la boda en Oaxaca, empieza cuatro décadas antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Piénsalo un segundo. Era a finales de los años 80. El país estaba en la primera gran transformación después del terremoto del 85. La televisión la dominaba una sola empresa, Televisa y un solo señor, Coemilio Azcárraga Milmo, aquel que decía que hacía televisión para los jodidos.

En las casas, a la hora de comer, se veía el noticiero con Jacobo Zabludowski. Y por las tardes las mujeres del país veían las telenovelas de Verónica Castro, de Lucía Méndez, de Victoria Rufo. En las escuelas los niños cantaban el himno nacional todos los lunes y los maestros que les enseñaban esas canciones en cada rincón de México, desde las escuelas rurales de Chiapas hasta las primarias urbanas de Tijuana, pertenecían todos al mismo sindicato.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, el SNTE, 1,700,000 trabajadores. Ese sindicato no era uno más, era la columna vertebral política del Partido Revolucionario Institucional. El PRI dependía del SNTE para ganar elecciones. El SNTE dependía del PRI para existir. Era una alianza construida a lo largo de cuatro décadas.

 Y el hombre que controlaba ese sindicato en los años 80 se llamaba Carlos Honguitud Barrios. Jonguitud era lo que en México se llama un cacique sindical, un charro en el lenguaje de la calle. La palabra charro en el sindicalismo mexicano no tiene nada que ver con trajes de mariachi. Se refiere a los líderes que controlan a sus agremiados a cambio de favores políticos para el gobierno.

Un charro pone a votar a sus trabajadores por el partido que le conviene. A cambio, recibe dinero, poder y protección. Ese era el sistema y Jonguitud lo controlaba con mano de hierro. Pero en abril de 1989 algo pasó. El país tenía un presidente nuevo, Carlos Salinas de Gortari, de que había llegado al poder después de la elección más cuestionada de la historia moderna de México, la del fraude del 88.

Salinas necesitaba imponer autoridad y los maestros de las secciones rebeldes del sur, sobre todo en Chiapas, Oaxaca y Guerrero, estaban exigiéndole aumentos salariales y estaban tomando las calles. Salinas entendió que Yonguitud ya no podía controlarlos y lo sacó. lo obligó a renunciar el 23 de abril de 1989 en un evento público en Palacio Nacional.

 Hongitud dejó de ser líder del SNTE y en su lugar Salinas colocó a una mujer casi desconocida fuera de los círculos internos. Una mujer nacida en Comitán, Chiapas, el 6 de febrero de 1945. Una mujer que había sido maestra de primaria, diputada federal y dirigente de la sección 9 del sindicato en la capital. Se llamaba Elva Ester Gordillo Morales. Tenía 44 años.

 Nadie sabía quién era realmente. Recuerda esa fecha, 23 de abril de 1989. Es el día en que nació la maestra como figura nacional y es también el día en que, sin que nadie lo supiera, empezó a construirse la arquitectura del desastre que iba a estallar 24 años después. Para entender quién era esa mujer, hay que volver a Comitán. Chiapas, 1945.

Un pueblo del sur de México, frío, con casas de adobe, camino sin asfaltar. La niña Elba Ester nació en una familia de clase media rural, hija de un agrónomo y una maestra. Perdió a su padre siendo muy pequeña. Su madre, pues según la propia Elva Ester contó en sus memorias décadas después, trabajó hasta la extenuación para mantener a la familia.

La niña Elva Ester creció con dos convicciones que nunca la abandonaron. La primera, que una mujer sola con hijos en el México rural de los años 50 estaba destinada a ser aplastada. La segunda, que para escapar de ese destino había que pelear por cada centímetro de poder que se pudiera conseguir. A los 18 años se casó por primera vez con un profesor llamado Arturo Montelongo Martínez. Era 1963.

Con él tuvo a su hija Maric Cruz. A ese nombre vas a volver. A ese nombre vas a volver muchas veces en esta historia. En 1970, Elva Ester se mudó al municipio de Nezaalcoyotl en el Estado de México, uno de los lugares con más pobreza urbana del país en esa época. Ti ciudad Neza. En esos años era casi un campamento humano, calles sin asfalto, casas construidas con lámina y cartón, agua que llegaba en pipas cuando el gobierno se acordaba.

Y ahí, en ese escenario, empezó su doble vida. De día era maestra de primaria. Daba clases a niños que llegaban descalzos, que no tenían desayuno, que vivían en casas donde se filtraba el agua cuando llovía. De noche empezó a militar en el PRI y a subir los peldaños del sindicato. Era inteligente, rápida, ambiciosa.

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