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Sita Devi: La Maharaní que Vació el Tesoro de un Reino… y Murió Sola y Olvidada

Existió un collar de siete vueltas de perlas que durante más de 100 años perteneció a los reyes de un reino de la India. Perlas tan grandes, tan perfectas, tan iguales entre sí, que en todo el planeta no había otras que pudieran compararse. Reyes enteros lo habían custodiado como si en esas perlas viviera el alma de su dinastía.

Y un día ese collar se deshizo, no por un accidente, no por un robo, se deshizo porque una sola mujer lo quiso así. Esa misma mujer tuvo en sus dedos el diamante rosa más célebre de su tiempo. Durmió en casas donde se guardaban alfombras tejidas con un millón de perlas. Tuvo al octavo hombre más rico del mundo arrodillado frente a ella.

Lo tuvo todo, absolutamente todo, y murió sola en un departamento de París, sin que casi nadie en el mundo recordara ya su nombre. Nueva York. Una noche de 1957. El gran salón de baile del hotel Waldorf Astoria brilla como si alguien hubiera vaciado el cielo dentro de él. Lámparas de cristal que cuelgan como cascadas heladas.

Champaña francesa que no deja de correr. Lo más alto de la sociedad estadounidense reunido bajo un mismo techo. Los hombres de Smoking, las mujeres compitiendo en seda y en pedrería. Y en el centro de todas las miradas, una mujer delgada, elegante hasta el último milímetro. Wallis Simpson, la duquesa de Winser, la mujer por la que un rey de Inglaterra había renunciado a su trono.

Esa noche, la duquesa lleva al cuello un collar deslumbrante, esmeraldas profundas, verdes como un bosque oscuro, diamantes que parecen tener luz propia. Las mujeres se acercan, lo admiran, le preguntan de dónde salió semejante maravilla. La duquesa sonríe satisfecha en su papel de mujer más envidiada de Occidente.

Y entonces, desde un costado del salón, otra voz se hace oír. Una voz con acento extranjero, tranquila, casi divertida. Qué bonito collar, dice, “Esas piedras las conozco bien. Antes eran mías y si quieren que les diga la verdad, se veían mucho mejor en mis tobillos. Un silencio incómodo, recorre el grupo. Las copas se quedan a medio camino porque la mujer que acaba de hablar no está mintiendo.

Esas esmeraldas, esos diamantes, habían sido suyos. Habían formado parte de unas ajorcas. Esas joyas que en la India se usan en los pies las había vendido años atrás y ahora colgaban del cuello de la duquesa de Winsor, que las creía únicas en el mundo. Se cuenta que la duquesa humillada devolvió aquel collar al joyero al día siguiente.

No soportaba la idea de llevar al cuello algo que otra mujer había paseado en los tobillos. La mujer del acento extranjero se llamaba Cita Devy y para el mundo entero ya era desde hacía años la Wall Simpson de la India. Pero para entender cómo una mujer llega a decir algo así en mitad de un salón lleno de gente poderosa, con esa frialdad perfecta, hay que volver atrás hasta el principio de todo, hasta una niña nacida entre templos en el otro extremo del mundo.

Cita Devi vino al mundo en mayo de 1917 en el sur de la India en una familia que no conocía la palabra no. Su padre era el gobernante de Pithapuram, un pequeño reino de la región de Madras. Tierras que se perdían en el horizonte, palacios de piedra fresca, sirvientes que se inclinaban a su paso, una niña que abrió los ojos rodeada de seda, de incienso y de oro, y que aprendió, antes incluso de saber hablar bien, que el mundo estaba hecho para servirla, creció en un país partido en dos realidades imposibles de conciliar. Por un lado, millones de

personas que apenas tenían un puñado de arroz al día. Por el otro, un puñado de familias principescas que vivían entre joyas, elefantes y banquetes de 100 platos en una opulencia que hoy cuesta imaginar. Cita pertenecía al segundo lado. Y nunca, ni por un instante de toda su vida, dudó de que ese era su lugar natural en el mundo.

Desde muy pequeña, todos los que la rodeaban notaban lo mismo en ella. No era solo bonita, aunque lo era y mucho, era magnética. Tenía algo en la mirada, una manera de entrar a una habitación, una seguridad que hacía girar las cabezas sin que ella tuviera que pronunciar una sola palabra. Los sirvientes lo notaban, los visitantes lo notaban, su propia familia lo notaba con una mezcla de orgullo y de inquietud, porque la niña tenía también otra cosa, algo que en una mujer de su época y de su mundo podía volverse peligroso, una ambición que no

cabía dentro del pequeño reino de su padre. Las niñas de su rango tenían un destino escrito de antemano, palabra por palabra, casarse con quien la familia decidiera, tener hijos, administrar una casa enorme, lucir bien en las fotografías oficiales, callar lo que pensaran. A los 18 años, Cita cumplió con ese guion al pie de la letra.

La casaron con un hombre rico y respetable, un terrateniente poderoso de la región, el samindar de Buyuru, dueño de extensiones de tierra que daban de comer a pueblos enteros sobre el papel era un matrimonio perfecto. Riqueza, posición, respetabilidad. Tuvo al menos un hijo de aquella primera unión.

Tenía a los 20 años todo lo que una mujer de su tiempo y de su clase podía soñar. La casa de su primer marido era cómoda, enorme, llena de sirvientes que adivinaban cada deseo antes de que ella lo pronunciara. Tenía jardines, salones, todo lo que el dinero de la tierra podía comprar en aquella región de la India.

Y sin embargo, para una mujer como cita, esa comodidad tenía algo de jaula, una jaula amplia y dorada, pero jaula al fin. Se pasaba las horas observando un mundo que sentía demasiado pequeño para ella. Las mismas caras de siempre, las mismas conversaciones, las mismas fiestas provincianas donde ella era, sin discusión, la mujer más deslumbrante del salón y donde precisamente por eso se aburría hasta la médula.

Ser la más bella en un lugar pequeño no le bastaba. Quería ser la más bella en el lugar más grande de todos. Había nacido para las cortes de verdad, no para administrar graneros. Lo sentía en cada gesto, en cada mirada, que se le escapaba más allá de los muros de la propiedad. Mientras otras mujeres de su rango se resignaban a su destino y aprendían a encontrar paz en los pequeños placeres de la vida, ella vivía con una impaciencia que no la dejaba dormir.

La sensación constante de estar esperando algo, algo que tenía que llegar, algo que el mundo le debía. No sabía todavía qué forma tendría aquello. No sabía que vendría montado entre la multitud de un hipódromo, una tarde de carreras con el eco de 21 cañonazos a sus espaldas. Pero lo esperaba y las mujeres que esperan así con esa hambre casi siempre terminan encontrando lo que buscan, aunque el hallazgo termine por destruirlas.

Y aún así no era suficiente, nunca lo fue, porque Cita Devi no se sentía hecha para ser la esposa tranquila de un terrateniente, por muy rico que fuera, se sentía hecha en lo más hondo para los palacios de verdad, para las coronas de verdad. Miraba a su alrededor, a esa vida cómoda y previsible, y sentía que el mundo le debía mucho más de lo que le había entregado, y estaba dispuesta, llegado el momento, a cobrárselo entero.

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