La Bailarina Más Brillante De Sevilla DEJA Su Gran Pasión Por Un Chico Celoso Y Ahora Llora Arrepentida Al Ver Su Vida Totalmente Destruida
PARTE 1
En Sevilla, hasta las persianas parecen tener compás si las bajas con el humor adecuado. Hay barrios donde una vecina sacude una alfombra y suena a bulería, donde una moto vieja arranca como si estuviera afinando una guitarra, y donde alguien puede discutir por el precio de los tomates con más pasión que otros declaran una guerra. En Triana, además, el aire tiene una cosa especial, una mezcla de río, azahar, humedad, fritura y orgullo antiguo que se mete en la ropa y ya no sale ni con suavizante de marca buena.
Allí nació y creció Alba Romero.
A los cuatro años, Alba no caminaba: marcaba el paso. A los seis, su abuela decía que la niña taconeaba hasta cuando buscaba el mando de la tele. A los ocho, la apuntaron a una academia de baile porque en casa ya no quedaba suelo sano. A los doce, una profesora del conservatorio la vio en una actuación de barrio y dijo:
—Esta niña tiene fuego en los pies.
La abuela Carmen, que estaba al lado con un abanico y un bocadillo de lomo envuelto en papel de plata, respondió:
—Fuego tiene, sí. Y mala leche también, pero eso en el arte viste mucho.
Alba tenía una forma de bailar que no se enseñaba entera en ninguna clase. Tenía técnica, claro: brazos limpios, espalda firme, giros precisos, una memoria corporal que parecía de otra vida. Pero lo que la hacía distinta era otra cosa. Cuando salía al escenario, aunque fuera en el salón parroquial con un foco que parpadeaba y un micrófono que hacía ruido de freidora, la gente se callaba. No porque fuera perfecta. Porque era verdad.
En el Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla, los profesores hablaban de ella en voz baja, como si mencionarla demasiado fuerte pudiera gafarla. Su profesora principal, Mercedes Montiel, una mujer seca, elegante y severa, con moño tirante y ojos capaces de detectar un tobillo flojo a veinte metros, repetía siempre:
—Alba Romero no baila para gustar. Baila porque si no, revienta.
Alba lo negaba.
—Maestra, tampoco hace falta ponerse dramática.
—Niña, yo me pongo exacta. Dramática te pones tú cuando te sale mal un giro y miras al espejo como si hubiera muerto alguien.
—Es que a veces el espejo provoca.
Mercedes levantaba una ceja.
—El espejo no provoca. El espejo informa.
Alba tenía diecinueve años cuando llegó la oportunidad que podía cambiarle la vida. Una compañía joven de danza española en Madrid buscaba nuevas bailarinas para una gira nacional. Había audiciones en Sevilla, Barcelona y Valencia. Si la cogían, tendría contrato de formación, actuaciones, alojamiento compartido en Madrid y la posibilidad de trabajar con coreógrafos importantes. No era fama inmediata ni vida de película. Era más bien mucho ensayo, poco dinero, pies doloridos y una puerta abierta. Para Alba, aquello era suficiente para no dormir durante una semana.
—Madrid —dijo su madre, Rocío, cuando se enteró—. ¿Tan lejos?
—Mamá, son dos horas y media en AVE.
—Eso lo dicen los que no tienen que despedirse en la estación con el corazón en la boca.
Rocío trabajaba en una tienda de ropa en Los Remedios y tenía la costumbre de preocuparse con elegancia. No gritaba. No prohibía. Solo miraba mucho, suspiraba poco y doblaba camisetas con una intensidad que daba miedo.
—Es una oportunidad enorme —dijo Alba.
—Lo sé.
—Entonces…
—Entonces estoy orgullosa y asustada a la vez. Las madres somos multitarea del sufrimiento.
La abuela Carmen, en cambio, lo tuvo clarísimo.
—Tú te vas a Madrid.
—Abuela.
—Ni abuela ni abuelo. Te vas. Sevilla es muy bonita, pero si te quedas por miedo se te pone pequeña hasta la Giralda.
—No sé si me van a coger.
—Pues que tengan ojos.
—Hay muchas bailarinas buenas.
—Y muchas tortillas malas se venden como caseras. El mundo no es justo, pero una se presenta.
La audición fue un jueves de marzo, en un teatro pequeño cerca de la Alameda. Alba llegó con el pelo recogido, la bolsa al hombro, las zapatillas gastadas y el estómago lleno de mariposas con tacones. En el pasillo había otras chicas calentando, estirando, mirándose de reojo, fingiendo tranquilidad. El ambiente olía a laca, nervios y suelo de madera.
Mercedes la acompañó hasta la puerta.
—Escúchame —dijo.
—Sí.
—No bailes para que te cojan.
—¿Entonces para qué bailo?
—Para que se arrepientan si no lo hacen.
Alba tragó saliva.
—Qué motivadora es usted, maestra.
—Soy un ramo de flores.
—Con espinas.
—Las flores buenas pinchan.
Alba bailó como si alguien hubiera abierto una ventana dentro de ella. Por alegrías primero, luego una pieza contemporánea con raíz flamenca que Mercedes le había ayudado a preparar. No fue perfecto. Se le escapó un brazo en un giro, aterrizó un poco tarde en un remate, sintió que en un momento el aire no le llegaba. Pero al terminar, el silencio duró un segundo más de lo normal.
Y ese segundo, para quien entiende de escenarios, vale más que un aplauso largo.
Una semana después, recibió el correo.
La habían seleccionado.
Alba lo leyó en la cocina de casa, con su madre friendo pescado y su abuela discutiendo con una vecina por teléfono sobre quién había dejado la puerta del patio abierta.
—Me han cogido —dijo Alba.

Rocío se giró con la espumadera en la mano.
—¿Cómo?
—Que me han cogido.
La abuela Carmen apareció en la puerta.
—¿Quién te ha cogido? ¿Hay que denunciar?
—La compañía, abuela.
Durante dos segundos nadie habló.
Luego Rocío empezó a llorar. La abuela empezó a aplaudir. El pescado empezó a quemarse.
—¡El pescado! —gritó Alba.
—¡Que le den al pescado! —respondió Carmen—. ¡Mi niña se va a Madrid!
—¡Mamá, el aceite!
—¡Rocío, hija, atiende la sartén, que una cosa es triunfar y otra incendiar Triana!
Aquella noche hubo cena familiar. Vino la tía Puri, que no era tía de sangre pero llevaba tantos años opinando en la casa que ya era patrimonio doméstico. Trajo una tarta, dos botellas de refresco y una frase preparada:
—Yo siempre dije que esta niña iba a llegar lejos.
—Tú dijiste que con tanto zapateado iba a hundir el techo —le recordó la abuela.
—Eso también era una forma de decir que tenía fuerza.
Todos rieron.
Todos menos Iván.
Iván era el novio de Alba desde hacía casi un año. Tenía veintidós, trabajaba a ratos en el taller de su primo, llevaba el pelo muy bien cortado y una seguridad de esas que al principio parecen protección y luego se revelan como vigilancia. Era guapo, simpático cuando quería, gracioso en reuniones y muy hábil para caer bien a las madres. A Rocío la llamaba “suegra” con una sonrisa encantadora y a la abuela Carmen le llevaba churros algunos domingos.
—Este niño es apañado —decía Puri.
La abuela Carmen no estaba tan convencida.
—Apañado está el gazpacho cuando lleva su punto de sal. Este tiene demasiada pimienta.
—Siempre sospechas de todo.
—Porque he vivido mucho y me han vendido muchas sandías malas.
Alba estaba enamorada. O creía estarlo de esa manera absoluta, brillante y un poco ciega que llega cuando alguien te mira como si fueras el centro de su mundo. Iván la llevaba en moto por Sevilla de noche, le mandaba mensajes de buenos días, la esperaba a la salida del conservatorio, le decía que nadie la entendía como él. Y también, poco a poco, había empezado a preguntar demasiado.
—¿Quién era ese del ensayo?
—Un compañero.
—Te miraba mucho.
—Porque estábamos ensayando un dúo.
—Ya.
Ese “ya” se había vuelto frecuente. Un “ya” pequeño, seco, pegajoso. Al principio Alba lo interpretaba como celos inocentes. Incluso le parecía una prueba de amor, aunque jamás se lo habría confesado a Mercedes, porque Mercedes la habría atravesado con la mirada.
La noche de la cena, Iván sonrió, brindó y dijo:
—Enhorabuena, cariño. Te lo mereces.
Pero su mano, bajo la mesa, no buscó la de Alba.
Después, cuando salieron al balcón, él se quedó mirando la calle en silencio.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella.
—Nada.
—Iván.
—Que estoy feliz por ti.
—No lo parece.
Él se encogió de hombros.
—Es que Madrid está lejos.
—Dos horas y media en AVE.
—Todo el mundo dice eso como si el AVE abrazara por las noches.
Alba suspiró.
—No me voy mañana. Empiezo en septiembre.
—Ya.
Ahí estaba otra vez.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Ese “ya”.
Iván la miró.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que salte de alegría porque mi novia se va a vivir a otra ciudad rodeada de bailarines que se pasan el día tocándose la cintura?
—No se pasan el día tocándose la cintura.
—No me tomes por tonto.
—No te tomo por tonto, pero estás hablando como si la danza fuera una despedida de solteros.
—Yo solo digo que habrá tíos.
—También hay tíos en el Mercadona.
—No es lo mismo.
—Claro, en el Mercadona hay ofertas.
Él no se rió.
Alba sintió una punzada.
—Iván, es mi sueño.
—¿Y yo dónde quedo?
La pregunta sonó triste. Demasiado triste. Y ella, que aquella noche debería haber estado flotando, empezó a sentirse culpable.
—Tú sigues conmigo.
—No es lo mismo.
—Podrás venir a verme. Yo vendré a Sevilla cuando pueda.
—Cuando puedas.
—No empieces.
—No empiezo. Solo estoy viendo la realidad.
Alba lo abrazó.
—No voy a dejarte.
Iván apoyó la barbilla sobre su cabeza.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—No dejes que ese mundo te cambie.
Ella cerró los ojos.
—No lo hará.
Pero el problema nunca fue que Madrid pudiera cambiar a Alba.
El problema fue que Iván no quería que Alba cambiara ni un milímetro si ese cambio no dependía de él.
PARTE 2
El verano llegó a Sevilla con su habitual falta de delicadeza. En junio ya hacía calor de sartén, de persianas bajadas, de ventilador dando vueltas como si estuviera rezando, de turistas rojos como gambas preguntando por la catedral a las cuatro de la tarde. En el conservatorio, las clases terminaron, pero Alba siguió ensayando. Mercedes le había preparado un plan para llegar a Madrid fuerte.
—No quiero que llegues allí como una flamenca de souvenir —le decía—. Quiero que llegues como una profesional.
—Maestra, qué imagen más bonita.
—La belleza está sobrevalorada. Aprieta el abdomen.
Alba entrenaba por las mañanas, trabajaba algunas tardes ayudando en una tienda de trajes de flamenca y pasaba las noches con Iván. Al principio, él parecía haberse calmado. La llevaba a cenar, le decía que estaba orgulloso, incluso hablaba de visitarla en Madrid.
—Yo subo un fin de semana y nos vamos por ahí —decía—. Pero nada de sitios raros de modernos, ¿eh? Que a mí me sacas de una tapa decente y me pongo triste.
—En Madrid también hay tapas.
—Sí, pero con nombres largos y precio de hipoteca.
Alba se reía.

Pero las preguntas volvieron.
—¿Hoy ensayaste con quién?
—Con Paula y Sergio.
—¿Sergio otra vez?
—Es mi compañero en una pieza.
—Siempre Sergio.
—Iván, hay tres chicos en todo el grupo. No puedo inventarme una compañera imaginaria con bigote.
—No me gusta cómo te mira.
—¿Y cómo me mira?
—Como si supiera algo.
—Sabe contar compases. Algo es.
Poco a poco, Alba empezó a evitar nombres. Decía “ensayamos” en vez de “ensayé con Sergio”. Dejaba el móvil boca abajo para que Iván no viera mensajes del grupo. No porque hubiera nada malo, sino porque estaba cansada de explicar cosas normales como si fueran crímenes.
Una tarde, Mercedes la encontró llorando en el vestuario.
—¿Dolor?
Alba se limpió la cara rápido.
—No.
—Entonces peor.
—No es nada.
Mercedes se apoyó en la puerta.
—Cuando una alumna dice “no es nada” con rímel en la barbilla, suele ser un hombre o una lesión. Y como estás caminando bien, me inclino por la primera desgracia.
Alba soltó una risa triste.
—Iván está raro.
—Define raro.
—Le cuesta lo de Madrid.
—A quien le cuesta Madrid que se compre un mapa.
—Maestra.
—No, niña. Escúchame. Una pareja puede tener miedo. Puede echarte de menos. Puede decir “me duele”. Lo que no puede es convertir tu sueño en una falta de respeto hacia él.
Alba bajó la mirada.
—Él no es malo.
—Yo no he dicho que sea malo. He dicho que quizá quiere meterte en una jaula con música romántica de fondo.
—Exagera.
—Eso espero.
Pero Mercedes no exageraba tanto.
En agosto, Iván empezó a hacer planes para ella sin preguntarle. Le encontró trabajo fijo en una academia pequeña de baile para niñas en Dos Hermanas.
—Es perfecto —dijo él—. Das clases por la tarde, ganas dinero, te quedas aquí y sigues bailando.
Alba lo miró sin entender.
—¿Cómo que me quedo aquí?
—Si quieres.
—Pero yo me voy a Madrid.
—Ya, pero piénsalo. Allí vas a ser una más. Aquí puedes empezar algo tuyo.
—Iván, me han seleccionado para una compañía.
—Una compañía joven. O sea, prácticas con nombre bonito.
—No es eso.
—¿Y cuánto pagan?
Alba dudó.
—No mucho al principio.
—Claro.
—Pero es una oportunidad.
—Las oportunidades también pueden ser trampas. Te vas, te explotan, te cansas, vuelves hecha polvo. ¿Y para qué? ¿Para decir que has bailado en cuatro teatros con gente que ni conoces?
—Para crecer.
—¿Y no puedes crecer aquí?
Alba sintió que la conversación se cerraba alrededor de ella.
—No quiero discutir.
—Yo tampoco. Solo quiero que seas lista.
—¿Lista o cómoda para ti?
Iván se quedó callado.
—Qué injusta eres.
—No quería decir eso.
—Pero lo has dicho.
—Perdón.
Otra vez culpa.
La culpa empezó a convertirse en el idioma de la relación. Alba pedía perdón por ensayar. Por llegar tarde. Por estar cansada. Por mirar el móvil. Por no responder lo bastante rápido. Por tener ilusión. Por tener miedo. Por irse. Por querer quedarse un rato más después de clase para repetir una coreografía.
Rocío lo notó.
—Estás apagada.
—Estoy cansada.
—No. Cansada estabas en mayo y aun así dabas vueltas por el salón como una peonza con coleta. Ahora estás apagada.
La abuela Carmen, sentada junto a la ventana con su abanico, añadió:
—Eso es el novio.
—Abuela.
—No me “abueles”. Ese muchacho te está poniendo cara de sopa fría.
—Iván me quiere.
—Pues que te quiera mejor. Querer mal lo hace cualquiera, hija.
Rocío miró a su madre.
—Mamá…
—¿Qué? ¿No se puede decir? En esta casa se ha dicho de todo, hasta que tu primo Jesús iba a montar un negocio de drones y todavía no sabe cambiar el canal de la tele.
Alba se levantó.
—No entendéis nada.
La frase salió más dura de lo que quería.
Rocío no respondió. Solo se quedó mirándola con dolor.
La semana antes de irse a Madrid, Alba recibió el contrato definitivo y el horario de incorporación. Tenía que presentarse el 5 de septiembre. Mercedes organizó un último ensayo, casi una despedida. Paula, Sergio y otros compañeros le llevaron una pulsera de tela roja.
—Para que te acuerdes de nosotros cuando seas famosa —dijo Paula.
—No voy a ser famosa.
—Pues cuando seas insoportable.
Sergio sonrió.
—Eso ya lo es un poco.
—Perdona —dijo Alba—. Viniendo de alguien que cuenta los ochos con cara de funeral, no acepto críticas.
Rieron. Fue una tarde bonita. Normal. La clase terminó con aplausos improvisados y Mercedes, que nunca abrazaba a nadie porque decía que los abrazos descolocaban la postura, le puso una mano en el hombro.
—No te hagas pequeña allí.
Alba tragó saliva.
—No.
—Y no permitas que nadie te pida que elijas entre el amor y tu vocación. Quien te quiere no te exige amputaciones.
Alba asintió, pero no pudo sostenerle la mirada.
Esa noche, Iván la esperaba fuera.
—¿Qué tal la fiesta?
—No era una fiesta.
—Bueno, despedida, lo que sea.
—Bonita.
—Sergio estaba, claro.
Alba cerró los ojos.
—No empieces.
—Solo pregunto.
—No. No preguntas. Acusas con forma de pregunta.
Iván se tensó.
—Qué bien hablas ahora. Ya pareces de Madrid.
—No me he ido todavía.
—Pero ya estás allí en tu cabeza.
—Iván, por favor.
Él miró al suelo.
—No puedo hacer esto.
—¿El qué?
—Ver cómo te vas.
—No me estás perdiendo.
—Claro que sí.
—No.
—Alba, si te vas, se acaba.
La frase cayó como una piedra.
—¿Qué?
—No puedo estar con alguien que elige una vida lejos de mí.
—No es lejos de ti. Es cerca de mí.
—Pues eso.
Alba sintió que el corazón se le iba a los pies.
—¿Me estás dando un ultimátum?
Él no contestó.
—Iván.
—Yo solo digo lo que siento.
—No. Me estás pidiendo que renuncie.
—Te estoy pidiendo que nos elijas.
Alba lloró. Lloró en mitad de la calle, con una moto pasando, una señora sacando al perro y dos turistas perdidos mirando Google Maps con cara de haber sido traicionados por la tecnología. Iván la abrazó.
—No llores.
—¿Cómo no voy a llorar?
—Porque todavía estamos a tiempo.
—¿De qué?
—De quedarte. De hacer las cosas bien.
Alba se agarró a él como si fuera lo único estable en un mundo que se abría demasiado rápido.
Tres días después, escribió a la compañía.
Renunció a la plaza.
Mercedes apareció en su casa esa misma tarde.
Rocío la dejó pasar sin decir nada. La abuela Carmen estaba en el salón, con el abanico quieto por primera vez en años.
Alba salió de su habitación con los ojos hinchados.
Mercedes la miró.
—Dime que no es verdad.
Alba no pudo.
—Maestra…
—No.
—Es mi decisión.
—No me insultes.
—Perdón.
—No pidas perdón. Explica.
—No puedo irme.
—¿No puedes o no te dejan respirar si lo haces?
Alba rompió a llorar.
Mercedes no la abrazó. No al principio. Solo se quedó allí, firme, como una columna.
—Escúchame bien —dijo—. Si renuncias por miedo, el miedo no se irá. Se sentará contigo a cenar todos los días.
—Lo quiero.
—Y quizá él te quiere. Pero si su amor necesita que tú seas menos, entonces no te quiere entera.
Alba no respondió.
Mercedes se acercó por fin y le puso las manos en los hombros.
—Todavía puedes rectificar.
—No puedo.
—Sí puedes.
Pero Alba ya había decidido sostener una decisión que le dolía solo porque reconocer que estaba equivocada le daba todavía más miedo.
PARTE 3
Al principio, quedarse pareció una forma de calma.
Iván estaba feliz. Volvió a ser cariñoso, atento, divertido. La llevaba a cenar, le decía que habían superado una prueba, que ahora sí podrían construir algo de verdad. Alba empezó a dar clases en la academia de Dos Hermanas, tres tardes por semana, a niñas de entre seis y doce años que confundían derecha e izquierda con una convicción admirable.
—No, cariño, la otra derecha —decía Alba.
—¿Esta?
—Esa es la pared.
—Mi madre dice que yo soy muy creativa.
—Tu madre tiene fe, que es una cosa preciosa.
Las niñas la adoraban. Una de ellas, Martina, le preguntó el primer día:
—Seño, ¿tú has bailado en teatros grandes?
Alba sonrió.
—En algunos.
—¿Y por qué estás aquí?

La pregunta fue inocente, directa, cruel sin querer.
Alba tardó en responder.
—Porque también me gusta enseñar.
Era verdad.
Pero no era toda la verdad.
Los meses pasaron. Sus compañeros se fueron. Paula a Madrid, Sergio a una gira por el norte, otros a compañías, escuelas, proyectos. En redes sociales aparecían fotos de ensayos, camerinos, trenes, teatros, cansancio feliz. Alba les daba “me gusta” de madrugada y luego apagaba el móvil con una sensación amarga.
Iván empezó a irritarse con esas fotos.
—¿Por qué sigues mirando eso?
—Son mis amigos.
—Te hace daño.
—No.
—Sí. Te pone triste.
—Me pone triste no poder alegrarme del todo por ellos. Es distinto.
—Pues deja de mirar.
Poco a poco, Alba dejó de hablar de danza profesional. Dejó de ir a clases avanzadas porque Iván decía que eran caras, lejos o innecesarias. Dejó de quedar con Paula cuando venía a Sevilla porque siempre acababan discutiendo.
—Esa gente no entiende nuestra vida —decía él.
—Es mi gente.
—Tu gente soy yo.
La frase, dicha con cariño aparente, la asustó. Pero no lo suficiente para irse.
El cuerpo de Alba empezó a cambiar. No de forma visible para cualquiera, pero ella lo notaba. Menos resistencia. Menos fuerza. Menos precisión. Un día intentó hacer una serie de vueltas en la academia vacía y se mareó antes de terminar. Se agarró a la barra y se quedó mirando el espejo.
El espejo informó.
Como siempre.
No provocó. No opinó. Solo le devolvió una imagen de sí misma que no quería reconocer: una bailarina joven con ojos cansados, postura vencida y una vida demasiado estrecha.
Aquella noche, en casa, la abuela Carmen la encontró sentada en la cocina sin cenar.
—Niña.
—No tengo hambre.
—Eso en esta familia es síntoma de tragedia o de virus. Y como no tienes fiebre, dime el nombre de la tragedia.
Alba apoyó la cabeza en la mesa.
—Estoy bien.
—Otra que dice “estoy bien” como si una hubiera nacido ayer. Mira, yo nací de noche, pero no anoche.
Rocío entró en la cocina.
—¿Has hablado con Mercedes?
—No.
—Te ha llamado tres veces.
—No quiero que me vea así.
La abuela soltó un bufido.
—¿Así cómo? ¿Viva pero haciendo el tonto? Eso lo hemos visto todos alguna vez. No es exclusivo.
—Abuela, por favor.
—No, por favor nada. Tú tenías una luz. Y ahora vas por la casa como si te hubieran bajado el diferencial.
Alba se levantó.
—No necesito que me digáis lo mal que estoy.
Rocío la miró con tristeza.
—No queremos hacerte daño.
—Pues lo hacéis.
—El daño ya está hecho, hija. Nosotras solo le estamos poniendo nombre.
La relación con Iván se volvió pequeña y áspera. Él ya no necesitaba pedirle que renunciara a grandes cosas porque Alba había aprendido a anticiparse. Antes de decir que sí a cualquier plan, pensaba: “¿Se enfadará?”. Antes de vestir algo para salir, pensaba: “¿Dirá que quiero llamar la atención?”. Antes de hablar de un antiguo compañero, pensaba: “Mejor no”.
Y así, sin barrotes visibles, la jaula quedó terminada.
Una noche de abril, Paula volvió a Sevilla con la compañía. Bailaban en el Teatro Lope de Vega. Le escribió a Alba.
“Ven, por favor. Me haría mucha ilusión verte.”
Alba miró el mensaje durante media hora.
Iván estaba en el sofá viendo un partido.
—Paula actúa este viernes —dijo ella al fin.
—Ah.
—Me ha invitado.
—¿Vas a ir?
—Me gustaría.
Él no apartó la vista de la tele.
—Haz lo que quieras.
Ese “haz lo que quieras” no era libertad. Era una trampa con iluminación mala.
—Irás conmigo, ¿no?
—¿A ver bailarines? No me apetece.
—Es importante para mí.
—Para ti todo lo de ese mundo es importantísimo.
—Iba a ser mi mundo.
Iván la miró por fin.
—¿Me lo vas a echar en cara toda la vida?
Alba se quedó helada.
—¿Qué?
—Que te quedaste.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo piensas. Cada vez que estás triste lo piensas. Como si yo te hubiera obligado.
Silencio.
—Me diste a elegir —dijo ella.
—No. Tú elegiste.
La frase le atravesó el pecho porque tenía algo de verdad y algo de crueldad. Sí, ella eligió. Pero hay elecciones hechas bajo amenaza emocional que dejan las manos manchadas aunque no haya sangre.
—Quiero ir —dijo.
—Pues ve.
Fue.
Sola.
Se sentó en una butaca del patio, con las manos apretadas sobre el bolso. El teatro estaba lleno. Las luces bajaron. La música empezó. Y entonces apareció Paula en escena.
Alba dejó de respirar.
Paula no era la misma. Había crecido. Bailaba con una fuerza nueva, con una madurez que dolía mirar. Sergio también estaba. Otros compañeros. Cuerpos que Alba conocía, convertidos en algo más grande por el trabajo, por el riesgo, por el camino que ella no había tomado.
La coreografía avanzó como un golpe suave. Tacones, brazos, sombras, respiraciones. En un momento, Paula quedó sola bajo un foco y giró con una limpieza tan hermosa que Alba sintió que el teatro entero se abría.
Entonces lloró.
No un llanto elegante de película, con una lágrima bajando despacio.
Lloró de verdad. Con la garganta cerrada, los hombros temblando y un pañuelo de papel sacado del bolso con desesperación. La señora de al lado le susurró:
—¿Está usted bien?
Alba intentó sonreír.
—Sí.
La señora miró el escenario.
—Normal. A mí también me emociona el arte.
Alba pensó: “No, señora. No es el arte. Es mi vida pasando delante de mí con mejor iluminación.”
Al terminar, fue al camerino. Paula la abrazó fuerte.
—Has venido.
—Claro.
—Estás llorando.
—Es alergia.
—¿A qué?
—A mis decisiones.
Paula se apartó y la miró.
—Alba…
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero lo vas a decir.
Sergio apareció detrás con una botella de agua.
—Romero.
—Sergio.
—Sigues teniendo cara de querer corregirme los ochos.
—Porque seguro que los cuentas mal.
Él sonrió, pero había tristeza en sus ojos.
—Te echamos de menos.
Alba bajó la mirada.
—Yo también.
Paula le cogió la mano.
—Mercedes está aquí.
Alba se tensó.
—¿Qué?
—Ha venido a vernos.
—No puedo verla.
—Pues mala suerte —dijo una voz detrás—, porque yo sí puedo verte a ti.
Mercedes estaba en la puerta del camerino, impecable, con su moño tirante y una mirada que no había perdido ni un gramo de puntería.
Alba se quedó inmóvil.
—Maestra.
Mercedes la observó en silencio.
—Has adelgazado de alegría.
Paula casi se atragantó.
—Mercedes…
—¿Qué? Es verdad. Tiene cara de planta de interior sin luz.
Alba soltó una risa rota.
—Me alegro de verla.
—Yo me alegraré cuando vuelvas a clase.
—No puedo.
—Esa frase envejece fatal.
—He perdido mucho.
—Sí.
Alba esperaba consuelo. Mercedes nunca había sido buena con el consuelo.
—Muchísimo —añadió la maestra—. Técnica, tiempo, contactos, confianza. Lo has perdido.
Alba sintió que se le llenaban los ojos otra vez.
—Gracias por la suavidad.
—La suavidad déjasela a las mantas. Yo estoy aquí para decirte la verdad: has perdido mucho, pero no todo.
—Ya no soy la misma.
—Menos mal. La misma tomó decisiones pésimas.
Sergio miró a Paula.
—La echaba de menos y ahora recuerdo el miedo.
Mercedes se acercó a Alba.
—Mañana a las diez. En mi estudio.
—No puedo.
—A las diez.
—Mercedes…
—Si no vienes, iré a buscarte a casa. Y tengo edad para montar un escándalo elegante en un portal.
Paula sonrió.
—Eso es verdad.
Alba no prometió nada.
Pero al día siguiente, a las diez menos cinco, estaba frente al estudio.
PARTE 4
El estudio de Mercedes olía igual que siempre: madera, resina, café fuerte y miedo pedagógico. Alba entró con ropa de ensayo que hacía meses no se ponía. Le apretaba un poco en la cintura y mucho en el alma.
Mercedes estaba junto al espejo.
—Llegas tarde.
—Son las diez menos dos.
—Mentalmente tarde. Ponte en la barra.
Alba obedeció.
Los primeros ejercicios fueron humillantes en silencio. Su cuerpo recordaba, pero con protestas. Los músculos respondían tarde. El equilibrio dudaba. La respiración se desordenaba. En el espejo, Alba veía cada fallo ampliado como si estuviera en pantalla de cine.
—No mires el error como si fuera un exnovio en una boda —dijo Mercedes.
—No sabía que se pudiera mirar así.
—Tú puedes.
—Me duele todo.
—Buena señal. Todavía hay cuerpo.
—Qué optimismo.
—Soy conocida por mi ternura.
Después de cuarenta minutos, Alba se sentó en el suelo, agotada.
—No puedo.
Mercedes se sentó frente a ella con una lentitud solemne.
—¿Sabes qué es lo peor que te hizo ese muchacho?
Alba levantó la vista.
—Mercedes…
—No fue pedirte que renunciaras. Eso fue grave, sí. Pero lo peor fue convencerte de que tu arrepentimiento era culpa tuya y solo tuya.
—Yo elegí.
—Sí. Y también te manipularon. Las dos cosas pueden ser verdad. La vida no es un examen tipo test.
Alba rompió a llorar.
—Lo he destruido todo.
—No.
—Sí. Mi plaza, mi carrera, mi cuerpo, mi relación con todos. Iván y yo estamos fatal. Mi madre no sabe qué decirme. Mi abuela me mira como si quisiera darme un guantazo y un puchero a la vez.
—Tu abuela parece sensata.
—Lo peor es que lo echo de menos. No a Iván cuando discutimos. Sino a la idea. A lo que creí que era.
Mercedes asintió.
—Eso también se llora.
—Me siento tonta.
—No eres tonta. Estabas enamorada, asustada y mal acompañada. Es un cóctel muy español, por desgracia. Solo faltaban aceitunas.
Alba rió entre lágrimas.
—No sé volver.
—Nadie vuelve. Se empieza desde donde se está, que suele ser un sitio incómodo y con poco glamour.
Durante semanas, Alba fue al estudio a escondidas primero, luego sin esconderse. Iván lo descubrió una tarde.
—¿Otra vez vienes de bailar?
Ella dejó la bolsa en el suelo.
—Sí.
—No me lo dijiste.
—No tengo que pedir permiso.
Él se levantó del sofá.
—Vaya. Ya estamos otra vez.
—No. Antes estábamos mal. Ahora estoy intentando estar bien.
—¿Y yo qué?
Alba lo miró. Esa pregunta, que antes la habría doblado, ahora le sonó distinta. No triste. Exigente.
—Tú decides qué haces con tu vida. Yo tengo que decidir qué hago con la mía.
—Yo te apoyé cuando te quedaste.
—No. Te tranquilizaste cuando me quedé.
Iván apretó los labios.
—Mercedes te ha comido la cabeza.
—Ojalá me la hubiera comido antes.
—Qué cruel.
—Cruel fue hacerme sentir que mi sueño era una traición.
Él se acercó.
—Yo tenía miedo de perderte.
—Y para no perderme, me apagaste.
El silencio fue duro.
Iván bajó la voz.
—¿Me estás dejando?
Alba sintió que le temblaban las piernas. Había imaginado ese momento muchas veces y siempre creía que sería más dramático, con gritos, portazos, lluvia quizá. Pero fue en un salón pequeño, con una camiseta tendida en una silla y un anuncio de detergente sonando en la tele.
—Sí.
Él la miró como si no la reconociera.
—Te vas a arrepentir.
Alba respiró hondo.
—Ya estoy arrepentida de muchas cosas. Por fin voy a intentar no sumar otra.
Se fue a casa de su madre esa noche. Entró con una bolsa, los ojos rojos y la dignidad medio torcida. Rocío no preguntó. La abrazó. La abuela Carmen apareció en el pasillo.
—¿Lo has dejado?
Alba asintió.
—Bien.
—Abuela…
—No voy a celebrarlo con palmas porque tienes cara de funeral. Pero mañana hago arroz.
—¿Arroz por ruptura?
—El arroz pega con todo. Bodas, entierros, rupturas y domingos sin plan.
Rocío le acarició el pelo.
—Duele, ¿verdad?
—Mucho.
—Pues que duela. Pero que no mande.
Los meses siguientes no fueron una remontada de película. Alba no recuperó mágicamente su sitio. La compañía de Madrid siguió su gira sin ella. Paula y Sergio avanzaron. Otras bailarinas ocuparon espacios que podrían haber sido suyos. Algunas puertas ya no estaban.
Pero otras aparecieron.
Mercedes la presentó a una coreógrafa sevillana que estaba montando una pieza pequeña para un festival local. No era grande. No pagaba casi nada. El vestuario era sencillo, los ensayos en horario difícil y el teatro modesto. Pero era escenario.
—No estoy lista —dijo Alba.
Mercedes la miró.
—Nunca se está lista del todo. Eso es una excusa con moño.
El primer ensayo fue torpe. El segundo, peor. En el tercero, Alba quiso abandonar. En el cuarto, una compañera llamada Vero, con acento de Cádiz y paciencia de santa con coleta, le dijo:
—Mira, miarma, tú bailas como si le estuvieras pidiendo perdón al suelo. Písalo ya con confianza, que el suelo está acostumbrado.
—He perdido fuerza.
—Pues la buscas. Pero no me vengas con drama de serie turca, que bastante tengo con mis gemelos.
Alba empezó a reírse más. A comer mejor. A dormir. A discutir con su abuela por tonterías normales.
—Esa falda es muy corta —decía Carmen.
—Abuela, es para ensayar.
—Pues ensaya también a no coger frío.
—Estamos a treinta grados.
—El frío es traicionero. Como algunos hombres.
—Siempre acabas ahí.
—Porque tengo material.
Rocío volvió a verla preparar la bolsa de ensayo y lloró en silencio una mañana.
—Mamá.
—Nada, hija. Es alergia.
—¿A qué?
—A verte volver.
El día de la actuación llegó en noviembre. El teatro no era el Lope de Vega. Era un espacio cultural más pequeño, con butacas algo gastadas y un técnico de luces que hablaba solo con los focos.
—El foco tres está rebelde —dijo.
Vero lo miró.
—Pues dile que se ponga en fila, como todas.
Alba estaba entre bambalinas, con el corazón golpeando fuerte. Mercedes se acercó.
—¿Nerviosa?
—Mucho.
—Bien.
—Siempre dice eso.
—Porque el miedo, bien colocado, da electricidad.
—¿Y mal colocado?
—Te hace volver con Iván.
—Qué golpe bajo.
—Pero útil.
Alba miró hacia el patio de butacas por una rendija. Vio a su madre, a su abuela, a Puri con un abanico enorme, a Paula, a Sergio. Incluso algunas alumnas pequeñas de la academia habían venido con sus madres. Martina levantaba un cartel que decía “SEÑO ALBA”, con una estrella dibujada y una falta de ortografía corregida encima con bolígrafo.
Alba sonrió.
—No está Madrid —susurró.
Mercedes la oyó.
—No. Está esto.
—Esto es menos.
—Esto es real.
La música empezó.
Alba salió.
Durante los primeros segundos, sintió miedo. El cuerpo, el público, la memoria de lo perdido. Luego pisó fuerte. Una vez. Dos. El sonido subió por sus piernas como una respuesta antigua. No bailó como antes. Eso fue lo primero que entendió. No era la Alba que había renunciado a Madrid. No era la chica brillante que todos daban por segura. No era la novia apagada que pedía perdón por existir demasiado.
Era otra.
Más rota.
Más sabia.
Más peligrosa.
Bailó con rabia, con pena, con humor incluso, porque en un momento un pendiente casi se le enganchó y tuvo que resolverlo con un giro tan digno que Vero le diría luego:
—Eso ha sido improvisación o milagro de mercería.
El público aplaudió al final. No fue un aplauso de fama. Fue un aplauso cercano, caliente, de gente que había visto a alguien levantarse delante de ellos.
Alba buscó a su familia. Rocío lloraba. La abuela Carmen aplaudía tan fuerte que parecía querer espantar malos espíritus.
Mercedes, al fondo, no lloraba.
Pero tenía los ojos brillantes.
Después, en el camerino, Martina se abalanzó sobre ella.
—¡Seño! ¡Has bailado más fuerte que la lavadora de mi abuela!
—Gracias, creo.
—¿Vas a ser famosa?
Alba se agachó a su altura.
—No lo sé.
—Mi madre dice que deberías.
—Tu madre es muy amable.
—También dice que mi padre no encuentra los calcetines porque no mira bien.
—Tu madre parece sabia.
La niña le entregó el cartel. Alba lo sostuvo como si fuera un premio internacional.
Paula la abrazó.
—Has vuelto.
Alba negó despacio.
—No. He empezado otra vez.
Sergio levantó una botella de agua.
—Por los comienzos cutres.
—Por los comienzos reales —corrigió Mercedes.
La abuela Carmen entró en el camerino sin pedir permiso, porque pedir permiso nunca había sido su especialidad.
—A ver, ¿dónde está mi artista?
—Abuela.
—Ni abuela ni nada. Ven aquí.
La abrazó con fuerza.
—Pensé que ibas a decir “te lo dije” —murmuró Alba.
—Te lo dije muchas veces. No hace falta repetirlo en noche de fiesta. Mañana, si quieres, sí.
Rocío la besó en la frente.
—Estoy orgullosa de ti.
—No he recuperado todo.
—No. Pero te has recuperado a ti un poco. Y eso ya es bastante trabajo para un jueves.
Alba rió.
Más tarde, cuando salió del teatro, vio a Iván al otro lado de la calle.
No se acercó al principio. Solo estaba allí, con las manos en los bolsillos, la cara seria. Alba sintió un tirón en el pecho, una mezcla de recuerdos, costumbre y alarma. Mercedes, que caminaba a su lado, lo vio también.
—¿Quieres que me quede?
Alba respiró hondo.
—No. Pero no se vaya lejos.
—Estaré a distancia de bofetada verbal.
Iván cruzó despacio.
—Has estado bien.
—Gracias.
—Muy bien, en realidad.
Alba no contestó.
—Me alegro por ti.
—Gracias.
Él bajó la mirada.
—He sido un imbécil.
Alba se quedó quieta.
—Sí.
Iván soltó una risa amarga.
—Podrías suavizarlo.
—Ya suavicé demasiadas cosas.
Él asintió.
—Te quise mal.
Alba sintió que la frase le dolía menos de lo que esperaba y más de lo que quería.
—Sí.
—Lo siento.
—Te creo.
—¿Podemos hablar algún día?
Alba miró la calle, las luces, a su madre esperando unos metros más allá, a su abuela vigilando como un halcón con bolso, a Mercedes fingiendo mirar el móvil con cero credibilidad.
—Algún día, quizá. Pero no para volver.
Iván tragó saliva.
—Ya.
Esta vez, aquel “ya” no la encerró.
Solo cerró una puerta.
Alba volvió con los suyos. La abuela Carmen la agarró del brazo.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Porque si no, le digo cuatro cosas.
—Abuela, no.
—Cuatro solo. Soy una mujer moderada.
—Desde cuándo.
—Desde que me duele la rodilla.
Caminaron juntos hasta un bar cercano. Pidieron montaditos, croquetas, ensaladilla y una cantidad absurda de patatas porque Puri decía que después del arte entra hambre.
—Eso lo dijo Lorca —aseguró.
Mercedes la miró.
—No.
—Bueno, pues debió decirlo.
Alba se sentó entre su madre y su abuela, con el cuerpo cansado y el corazón raro. No era felicidad pura. La felicidad pura es sospechosa, como las ofertas demasiado buenas. Era algo más humilde: alivio, pena, orgullo, miedo, ganas.
Paula habló de una audición en primavera. Mercedes mencionó un curso en Madrid. Vero propuso seguir trabajando juntas. Rocío pidió que primero cenaran, que el futuro con el estómago vacío se veía muy dramático. La abuela Carmen brindó con cerveza sin alcohol porque el médico se había puesto pesado.
—Por mi nieta —dijo—. Que se equivocó, como todo el mundo, pero ha tenido el detalle de levantarse con arte.
Alba levantó su vaso.
—Por levantarme.
—Y por no volver a salir con hombres que parecen una persiana atascada —añadió Puri.
—Puri —dijo Rocío.
—¿Qué? Una persiana atascada no deja entrar luz. Metáfora fina.
Todos rieron.
Alba también.
Aquella noche, al volver a casa, sacó del armario la vieja pulsera roja que sus compañeros le habían dado antes de Madrid. La sostuvo entre los dedos. Durante mucho tiempo le había parecido un símbolo de lo perdido. Ahora le pareció otra cosa. Un recordatorio, sí, pero no una condena.
La dejó sobre la mesa junto al cartel de Martina.
Después abrió una libreta nueva.
En la primera página escribió una frase:
“No voy a hacerme pequeña para que alguien me quiera cómodo.”
Se quedó mirándola.
Luego añadió debajo:
“Y mañana, clase a las diez.”
Porque al final la reconstrucción no suele empezar con música épica ni con una vida completamente nueva. Empieza con una alarma, una bolsa preparada, un cuerpo dolorido y alguien decidiendo presentarse.
A la mañana siguiente, Sevilla amaneció con olor a café, pan tostado y calle recién regada. Alba salió de casa con la bolsa de ensayo al hombro. En el portal, la vecina del segundo la miró de arriba abajo.
—¿Otra vez a bailar?
Alba sonrió.
—Otra vez.
—Pues hija, qué energía. Yo bajo a por pan y necesito motivación espiritual.
—Si quiere, le enseño unos estiramientos.
—No, no. Yo soy más de rezar sentada.
Alba rió y salió a la calle.
El sol todavía era suave. Triana empezaba a despertarse. Una persiana bajó con un golpe rítmico. Una moto arrancó desafinada. Alguien discutía en una frutería con pasión operística.
Alba caminó hacia el estudio.
No sabía si llegaría a una gran compañía. No sabía si Madrid volvería a abrirse. No sabía si el mundo de la danza, que podía ser hermoso y cruel, le daría otra oportunidad o le pediría cien pruebas antes de perdonarla.
Pero sabía algo.
Su vida no estaba destruida para siempre.
Había estado abandonada.
Que es distinto.
Lo abandonado puede limpiarse, abrir ventanas, quitar polvo, cambiar cerraduras y volver a llenarse de música.
Y mientras cruzaba la calle, con los pies todavía doloridos de la actuación y el corazón un poco más suyo, Alba marcó un pequeño compás contra el suelo.
Uno.
Dos.
Tres.
El cuerpo respondió.
Y esta vez, ella no pidió perdón.