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CABINHO CONFESÓ LLORANDO TODO LO QUE HIZO HUGO SÁNCHEZ

312 goles, ocho títulos de goleo. Récord absoluto. En la historia de la Liga Mexicana, mejor extranjero de la historia del fútbol mexicano, por encima de Hugo Sánchez en cualquier estadística que quieras revisar. Y este mismo hombre hoy vive solo, destruido en Brasil, sin dinero del fútbol mexicano, con diabetes.

Confesó que Hugo Sánchez le robó todo lo que había construido. Le robó Hugo Sánchez, le robó Pelé y le robaron 8 millones en su propio traspaso. Hoy sabrás la oscura verdad de cómo el fútbol mexicano le quitó todo al máximo goleador de su historia. ¿Por qué Hugo Sánchez le destrozó la vida? Y lo peor de todo, ¿quién fue el verdadero responsable de que el hombre que metió 312 goles hoy nadie lo recuerde? Pero antes debes entender quién era y cómo llegó a meter esos 312 goles.

Salvador de Bahía, Brasil, 28 de abril de 1948. En un barrio pobre, lleno de polvo, lleno de gente que no tenía para comer, nació un niño negro que su madre llamó Evanivaldo Castro Silva. El nombre que apenas se vería escrito en los periódicos del mundo 30 años después. Salvador de Bahía no era la ciudad de las postales, no era la ciudad del carnaval.

Para él era la ciudad donde su madre lavaba ropa ajena para poder darle de comer. Era la ciudad donde su padre trabajaba de sol a sol en el puerto, cargando bultos que pesaban más que él. El pequeño Evando creció descalzo, como crecieron millones de niños de bahía pateando pelotas de trapo en callejones de tierra, sin saber que ese pie izquierdo iba a marcar 312 goles en un país que todavía no sabía que existía.

Cuando tenía 8 años, le regalaron su primer par de tenis. Eran usados de una talla más grande, pero para él eran el universo entero. Con esos tenis empezó a jugar en los equipos del barrio y los hombres mayores que apostaban en la cancha empezaron a notar algo. El niño no corría como los demás niños.

Cuando recibía la pelota, sabía exactamente dónde estaba la portería sin mirarla. El niño tenía un don. Y ese don le costó muy caro, porque en los barrios pobres de Salvador tener talento era peligroso. Significaba que los más grandes querían que jugara para ellos, que cuando había peleas entre cuadras lo metían a la fuerza y que perdía días enteros pateando pelotas cuando debía estar en la escuela.

A los 12 años ya no fue a la escuela. A los 14 trabajaba en el puerto como su padre. Para los 16 ya jugaba en un equipo amateur que se llamaba América, pero no el América de Sao Paulo, sino el de Río Preto, un pueblo pequeño a 9 horas en autobús de Salvador. Ahí lo vio por primera vez un ojeador y ahí empezó su camino hacia el infierno. Era 1969.

Cabiño tenía 21 años. El Flamengo de Río de Janeiro, el equipo más grande de Brasil, lo había fichado por una cantidad que le pareció una fortuna. Le dieron un anticipo de 800 cruceros, equivalente a 2 meses del salario de su padre. Su madre lloró cuando se lo llevaron en autobús a Río de Janeiro. Le dijo, “Hijo, no te olvides de rezar.

Hijo, no te olvides de cuidarte. Hijo, no te olvides de dónde vienes. Y Cabiño nunca se olvidó de dónde venía, pero el Flamengo no lo cuidó. Llegó al vestuario de los más grandes y nadie lo saludó. En los entrenamientos nadie le pasó la pelota y en los partidos siempre quedaba en la banca.

Lo llamaban el negrito de Bahía. Le decían que no tenía técnica, que era demasiado lento, que no servía para el fútbol. A los 6 meses, el Flamengo lo prestó a la Ferroviaria de Araracuara, un equipo pequeño de Sao Paulo. Y ahí, en ese equipo que nadie recuerda, Cabiño metió seis goles en 15 partidos y demostró lo que el Flamengo nunca le dejó de mostrar.

Lo vio un hombre que iba a cambiar su vida. Se llamaba Joao Abelino. Era el técnico de la portuguesa de desportos de Sao Paulo, un equipo de la colonia portuguesa que peleaba contra los gigantes brasileños cada año. Joao Abelino lo fichó en 1970 por una cifra que ningún periódico publicó.

Y en la portuguesa, Cabiño por fin encontró su lugar. Pero antes de contarte lo que pasó en la portuguesa, tienes que saber algo que pasó antes, algo que Cabiño nunca olvidó, algo que 47 años después todavía lo perseguía en sus pesadillas. Y ese algo tiene que ver con el hombre más grande de la historia del fútbol, Pelé.

Pero llegaremos a esa parte en su momento. 1973. Cabiño tenía 25 años. Ya era el delantero titular de la portuguesa. Había metido 24 goles en la temporada. La portuguesa, por primera vez en 30 años, llegaba a la final del Campeonato Paulista contra el Santos de Pelé. Pero esa historia la conocerás más adelante porque tiene una conexión que debes guardar en tu mente hasta que llegue el momento de la revelación.

Y cuando la sepas, vas a entender por qué Cabiño, hoy, 52 años después, sigue diciendo que le robaron todo desde el principio. Por ahora, quédate con esto. Cabiño salió campeón compartido con el Santos en el Campeonato Paulista de 1973 y un año después la vida le iba a cambiar. Llegó la oferta de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Era el verano de 1974.

El presidente de los Pumas se llamaba Guillermo Aguilar Álvarez. Era un hombre que sabía lo que el club necesitaba. Los Pumas era un equipo joven recién subido a primera división 4 años antes y necesitaba un goleador que les diera la identidad que les faltaba. Cabiño había metido 32 goles en la temporada anterior con la portuguesa.

Era el goleador más codiciado del fútbol amater brasileño, que no había llegado a los grandes, y se lo trajeron a México por una cifra que nunca se hizo pública. 19 de julio de 1974. Cabiño bajó del avión en el aeropuerto Benito Juárez. Llevaba un traje que le habían regalado la noche anterior en Sao Paulo.

Le quedaba grande, tenía 26 años y nunca había salido de Brasil. Lo esperaba un periodista del diario. Esto le hizo una sola pregunta. Le preguntó cuántos goles iba a meter en la Liga Mexicana y Cabiño, que apenas hablaba español, le contestó en portugués mezclado una sola palabra. Dijo muchos. Y cumplió su palabra. Su primer partido con los Pumas fue contra el Toluca en el estadio Olímpico Universitario.

29 de julio de 1974, Cabiño entró a la cancha con el número nueve en la espalda y al minuto 32 recibió un centro por la izquierda, acomodó el pie y disparó. ¡Gol! el primero de los 312 que iba a meter en México. La afición universitaria no sabía que estaba viendo el primer gol del mejor jugador que iba a pisar ese estadio.

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