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Mi hija de 4 años preguntó por el señor de ropa blanca detrás del padre: lo que eso me cambió

 ¿Qué es lo que está pasando aquí exactamente? ¿Qué es lo que yo dejé de ver en algún momento del camino y que mi hija de 4 años ve todavía con toda claridad? Mi nombre es Claudia Marcela Herrera Sandoval. Tengo 52 años, soy de Bogotá y lo que voy a contarles hoy no es solo mi historia, es también la historia de tres niños que no se conocen entre sí, que viven en ciudades diferentes y que en momentos distintos dijeron o hicieron algo durante la misa que sus madres y sus abuelas no han podido olvidar.

Porque creo que cuando los niños nos muestran algo en la misa no están siendo simpáticos ni espontáneos de la manera en que los adultos usamos esas palabras para dar por cerrado algo que en realidad merece abrirse. Creo que están viendo. Déjenme contarles primero cómo llegué a Sofía, porque Sofía no debía existir según los médicos.

Ennando y yo llevábamos 18 años de matrimonio, cuando en 2017, con 43 años yo, descubrimos que estaba embarazada. No era un embarazo planeado, era, desde el punto de vista médico, un embarazo de riesgo alto por mi edad y por algunos antecedentes de salud que hacían que el ginecólogo hablara con una cautela muy medida en cada control.

 En el quinto mes apareció una complicación que el médico describió como seria. Hubo una semana de hospitalización, de exámenes, de ese estado de espera que tiene un tiempo diferente al tiempo normal. En esa semana, Carmen Rosa, mi madre, que tiene una fe que yo siempre había admirado sin terminar de compartirla de verdad, me trajo un rosario y me dijo con una sencillez que no pedía ninguna respuesta.

 Mi hija, rézalo. No para pedir lo que tú quieres, para decirle que confías en él. Lo recé no con la fe sólida de mi madre, con la fe que tenía disponible en ese momento, que era más miedo que certeza, pero que era todo lo que tenía. Y Sofía nació en enero de 2018 sana, con 4,G5 k y esos ojos grandes que tiene, que desde el primer día miran todo como si fuera la primera vez.

 El médico dijo, con esa honestidad que tienen los buenos médicos, cuando algo no cuadra del todo con lo que esperaban, esta niña tiene una vitalidad que no estaba completamente en nuestros cálculos. Sofía creció con esa vitalidad y con algo más, una relación con lo sagrado que yo nunca le enseñé de manera formal y que ella fue construyendo sola como si ya lo trajera de algún lugar.

 Desde los dos años señalaba el cuadro de la Virgen que tenemos en la sala y le hablaba en voz baja. No sé qué le decía, pero la seriedad con que lo hacía no era juego. Desde los 3 años en la misa se quedaba quieta durante la consagración con una concentración que yo, que llevo 50 años yendo a misa, no siempre logro sostener.

Y luego llegó ese domingo de febrero de 2022 y el señor de ropa blanca que brillaba un poquito. Después de esa mañana, empecé a hacer algo que no había hecho en mucho tiempo, prestar atención no solo a Sofía, a los niños en general en la misa. Y lo que empecé a ver me fue confirmando, semana tras semana, que la experiencia de Sofía no era excepcional.

Era lo que los niños hacen cuando nadie les ha enseñado todavía a no hacerlo. Fue en ese proceso de prestar atención cuando conocí a tres madres y una abuela de la parroquia, cuyas historias necesito contarles porque forman parte de lo que quiero decirles hoy de manera tan esencial como mi propia historia.

 La primera historia me la contó doña Piedad Ruiz, una señora de 72 años que había sido feligresa de la Inmaculada Concepción desde hacía más de 40 años. Su nieto Mateo, que tiene hoy 7 años, empezó a ir a la misa con ella cuando tenía cuatro. Un domingo de marzo de 2023, durante la homilía del padre Bernardo, Mateo se le acercó al oído a su abuela y le preguntó en voz muy baja, “Abuela, ¿por qué ese señor llora?” Doña Piedad me contó que miró al padre Bernardo en el púlpito.

 El padre Bernardo estaba predicando con su serenidad habitual, sin ninguna señal de emoción particular en ese momento. Le preguntó a Mateo a qué señor se refería. Mateo señaló hacia el crucifijo grande que cuelga sobre el altar de la parroquia la imagen de Cristo crucificado que lleva ahí décadas y que doña Piedad me dijo que ya miraba sin verla de tanto verla.

 y le dijo, “Ese, el del palo está llorando.” Doña Piedad me dijo que se quedó mirando el crucifijo durante un rato largo después de la misa, de una manera que no había hecho en años y que esa tarde resuelva viacrucis por primera vez desde no recordaba cuándo. La segunda historia me la contó Isabel Morales, una mamá de 38 años cuya hija Ema tiene 6 años.

 Isabel es profesora de primaria, una mujer práctica y observadora que no tiende al misticismo fácil. Me dijo que había llegado a mí expresamente porque había escuchado que yo coleccionaba este tipo de historias y quería que la de Emma no se perdiera. Emma empezó a ir a la misa con Isabel cuando tenía 3 años. Desde el principio, me contó Isabel, Ema tenía una pregunta que repetía en algún momento de cada misa, siempre en el mismo momento, justo después de que la gente comulgaba y volvía a sus bancos.

 La pregunta era siempre la misma. Mamá, ¿por qué la gente viene con hambre y vuelve con luz? Isabel me dijo que la primera vez que Ema le hizo esa pregunta no supo que responder. Le dijo que era una pregunta muy bonita y que después le explicaría. [música] Emma asintió con la paciencia de los niños que saben cuando un adulto está ganando tiempo.

 La segunda vez que Emma la hizo, Isabel decidió preguntarle qué quería decir con Luz. Emma la miró con esa paciencia de nuevo y le explicó con la precisión factual de los niños de 4 años. Cuando van tienen cara normal, cuando vienen tienen luz en la cara. ¿Por qué? Isabel me dijo que esa noche buscó el Catecismo de la Iglesia Católica que tenía en casa sin haberlo abierto en años y que leyó la sección sobre la Eucaristía por primera vez en su vida de manera real, no como tarea, sino como pregunta genuina, y que lo que encontró ahí le explicó lo que Ema había estado

viendo con sus 4 años desde el banco de la iglesia. La tercera historia es la de un niño llamado Santiago, de 5 años, cuya madre, Alejandra Torres me la contó en la entrada de la parroquia un domingo de septiembre de 2024 con la voz de quien todavía no sabe muy bien qué hacer con lo que vivió.

 [música] Santiago llevaba pocas semanas yendo regularmente a la misa. Era un niño activo, de los que se mueven y preguntan y no se quedan quietos fácilmente. Alejandra me dijo que en las primeras misas había tenido que llevárselo al fondo varias veces porque no podía estar sentado durante más de 10 minutos seguidos. Pero un domingo de julio de 2024 algo cambió.

Llegaron al momento de la consagración. El sacerdote elevó la y Santiago, que había estado moviendo los pies y mirando a los lados con su energía habitual, se quedó completamente inmóvil. Alejandra me dijo que al principio pensó que se había dormido. Lo miró. Tenía los ojos bien abiertos, fijos en el altar, con una expresión que ella describió como la cara que pone cuando está muy emocionado, pero no quiere hacer ruido.

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