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Así Fue la Vida de Miroslava Stern y el Misterioso final en su Casa | Amores, Desgracias y Secretos

Así Fue la Vida de Miroslava Stern y el Misterioso final en su Casa | Amores, Desgracias y Secretos

En el número 83 de la calle Kepler, en la colonia Ansures de la Ciudad de México, hay una casa que durante décadas cargó una historia que sus paredes no podían contar. No es una casa que se vea diferente a las que la rodean. Es una propiedad de una colonia que en los años 50 era considerada exclusiva, el tipo de dirección que en el México de esa época decía algo sobre quien vivía ahí y sobre el nivel de éxito que esa persona había alcanzado.

 Hoy esa casa fue vendida hace algunos años por 11,900,000 pes. Cambió de manos como cambian las propiedades cuando los que las habitaron ya no están y el tiempo convierte los lugares en simple metros cuadrados sin memoria oficial. Pero la memoria existe aunque no sea oficial. Porque en esa casa, en la mañana del 10 de marzo de 1955, una mujer llamada María del Rosario Navarro llegó a trabajar como todos los días.

 Encontró la correspondencia tirada bajo la puerta. Pensó que su empleadora no estaba. Se acostó a esperar y cuando al día siguiente tocó la puerta de la habitación y no recibió respuesta, llamó a los padres de Miroslava Estern en Cuernavaca para pedirles autorización de entrar. entró por la terraza y lo que encontró cuando abrió la puerta de esa habitación bellamente decorada, con sus muebles elegantes y sus cuadros y su atmósfera de alguien que sabía cómo vivir rodeada de belleza.

 Fue algo que nadie que la conocía podría haber anticipado del todo, aunque algunos admitieran después que en el fondo lo temían. El cuerpo de Miroslava Estern Vestía una negligata color fresa. En su mano derecha tenía una fotografía. En su mano izquierda tenía tres cartas. En la mesita de noche había medicamentos.

 Llevaba aproximadamente 30 horas ahí. 30 horas. La actriz más prometedora del cine mexicano de 1955. La mujer de ojos azules y cabellera dorada que había actuado con Pedro Infante y con Luis Buñuel y que tenía una película sin estrenar y un futuro que la industria entera miraba con la expectativa de quien sabe que está frente a algo extraordinario.

 Llevaba 30 horas sola en esa habitación de Kepler 83 antes de que alguien la encontrara. Esa soledad de 30 horas es quizás el detalle más revelador de toda la historia de Miroslava Estern. No lo que estaba en la mesita de noche, no la fotografía en la mano derecha. Esas 30 horas de silencio en una casa de colonia exclusiva de la Ciudad de México, mientras la industria del cine seguía filmando y los periodistas seguían escribiendo y el público seguía comprando boletos para verla en la pantalla, esas 30 horas son el espacio

entre lo que el mundo creía que era la vida de Miroslava Estern y lo que su vida realmente era. Pero antes de hablar de esa habitación, de esas cartas, de quien llegó antes que la policía y por qué, de la investigación que no se hizo con la profundidad que debió hacerse y de las versiones que surgieron después y que nunca terminaron de cerrarse completamente, hay que contar la historia desde el principio, porque la historia de Miroslava Ester no empieza en Kepler 83, empieza en Praga.

 empieza con una niña que perdió a sus padres biológicos siendo bebé, que fue adoptada y amada por una familia que luego tuvo que huir de Europa para sobrevivir y que llegó a México a los 15 años cargando experiencias que la mayoría de las personas de su generación en este país nunca imaginaron desde adentro.

 Praga, 26 de febrero de 1926. La capital de Checoslovaquia era en esa época una ciudad cosmopolita, cultural, con una vida intelectual que combinaba la herencia centroeuropea con las corrientes más modernas del pensamiento del siglo XX. Era también una ciudad con una comunidad judía numerosa y bien establecida, con siglos de historia en ese territorio, con familias que habían construido sus vidas ahí con la solidez de quienes no imaginan que algún día van a tener que dejar todo.

 En esa ciudad nació Miroslava Ternova Becová. Sus padres biológicos murieron cuando era muy pequeña. Quedó huérfana siendo bebé y fue adoptada por una familia que la haría suya con una completitud que se mide mejor en lo que ocurrió después que en ningún documento legal. Su padre adoptivo se llamaba Ócar Leo Stern. Era médico, cardiólogo y psicoanalista, un hombre de formación intelectual sólida que trabajaba en una profesión que en el Praga de los años 20 y 30 gozaba de reconocimiento.

 Su madre adoptiva se llamaba Miroslava Beca Estern y ese nombre, el de la madre que la adoptó, la niña lo llevaría como propio durante toda su vida, incluyendo en el nombre artístico que eligió décadas después en México. La familia tuvo también un hijo biológico, Ivo Estern Beca, nacido en 1931, que sería el hermano de Miroslava durante toda su vida y que moriría en la ciudad de México en 2011.

 hermano y hermana que comenzaron en Praga y que terminaron en México, los dos como resultado de decisiones que tomaron sus padres ante circunstancias que no habían elegido. Porque la estabilidad de la familia Estern, la vida de clase media profesional intelectual en Praga, la casa, la práctica médica del padre, la rutina de una infancia europea de esa época.

 Todo eso comenzó a derrumbarse en 1938 cuando las tropas de la Alemania nazi ocuparon primero los sudetes y después, en marzo de 1939, el resto de Checoslovaquia. La abuela materna de Miroslava, Maribeca, con quien la niña tenía un apego muy profundo según las fuentes que reconstruyeron su historia, tuvo que quedarse en Checoslovaquia.

 Los la asesinaron ese mismo año de 1939. Miroslava tenía 13 años cuando supo que su abuela había muerto de esa manera. Ese dolor, el de perder a alguien querido en esa circunstancia específica, lo cargó siempre según los que la conocieron más tarde. La familia pasó por varios países escandinavos, Bélgica, Finlandia, Suecia, moviéndose mientras buscaban la manera de salir de Europa antes de que salir fuera imposible.

 Y en algún punto de ese peregrinaje que las fuentes documentan de manera incompleta pero consistente, la familia Estern fue detenida. Estuvieron en un campo de conzi. El tiempo que pasaron ahí varía según la fuente. Algunas hablan de tres semanas, otras de más tiempo. Pero lo que no varía es el hecho.

 Una niña de 13 años de origen judío en la Checoslovaquia ocupada estuvo en un campo de concentración y salió con vida. Salió con vida, pero no salió entera. Eso también lo documentaron las fuentes con la honestidad que merece. El padre de Miroslava, que era psicoanalista, que tenía las herramientas profesionales para entender lo que le estaba pasando a su hija, lo describió años después sin eufemismos.

 dijo que Miroslava sufría de psicosis desde que era pequeña, una enfermedad que nunca le fue posible curar, que por temporadas sufría de presiones tan intensas que era necesario darle tratamientos especiales y añadió la causa con una precisión que solo tiene el que vivió los hechos desde adentro. Todo eso dijo a causa de lo que vivió en la invasión alemana a Checoslovaquia.

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