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Fernando Luján: Por ESTO Escupió el Apellido Más Poderoso del Cine y Lo Borraron de la Familia

era el apellido más poderoso del cine mexicano, el que abría puertas, repartía papeles y decidía quién entraba y quién se quedaba afuera. Y un muchacho de 16 años lo agarró, lo tiró a la basura y le dio la espalda a toda una dinastía. Su propia familia lo borró. Sus tíos, las leyendas más grandes de la pantalla, hicieron como si nunca hubiera existido.

Lo sacaron de la foto, lo sacaron de la historia, lo sacaron del nombre. Y durante el resto de su vida, ese muchacho cargó con la fama de ser el ingrato, el rebelde, el que escupió la mano que daba de comer. Pero ahora ponte cómoda, porque lo que casi nadie te contó es porque lo hizo y cuando lo entiendas, vas a dejar de verlo como el traidor de la película.

Su nombre era Fernando. Fernando Lujan, para el público que lo amó en sus telenovelas, en sus comedias, en 100 películas. Pero ese ni siquiera era su nombre verdadero. Su nombre real era Fernando Kiangerotti Díaz. Y ahí, en ese apellido raro, difícil de pronunciar, está escondida toda la herida. Quédate con ese apellido.

Kierotti lo vas a necesitar para entender el final. 30 años después de aquella ruptura, una noche de febrero, en un teatro de los ángeles, en la ceremonia más famosa del planeta, una pantalla enorme se encendió frente a las estrellas más grandes de Hollywood y en esa pantalla apareció un rostro. El rostro de ese muchacho ya convertido en anciano, el rostro del rechazado, el rostro del que su propia dinastía borró por no llevar su apellido.

Recuerda esa pantalla. Vamos a volver a ella. Hoy te voy a contar cuatro cosas que la versión oficial, la de las revistas bonitas y los homenajes de plástico nunca te explico. Primero, la verdadera razón por la que un niño de 16 años reinició el apellido más glorioso del cine mexicano. Y te adelanto algo, no fue por capricho, no fue por rebeldía adolescente, fue por un hombre al que esa familia humilló durante años delante de sus propios ojos.

Segundo, el escándalo que terminó de romperlo todo, porque ese mismo muchacho se fugó de su casa para vivir con una mujer que le doblaba la edad, una actriz extranjera, brillante, peligrosa, que recibía en su sala a un guerrillero que después cambiaría la historia de América Latina. Tercero, el precio que pagó por su libertad, 11 hijos, siete mujeres y un patrón que repitió sin darse cuenta hasta convertirse sin quererlo en lo mismo que más le había dolido de niño.

Y cuarto, cómo este hombre, el borrado, el que no era digno del apellido, terminó en un lugar al que ningún soler, ninguno de esas leyendas todopoderosas llegó jamás. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Tú nada más quédate conmigo porque esta historia se cuenta de principio a fin o no se entiende.

Y déjame decirte por qué vale la pena escucharla completa. Porque esta no es solo la historia de un actor, es la historia de lo que pasa cuando una familia decide que unos hijos valen más que otros, de lo que un niño es capaz de hacer años después con el dolor que cargó de chico, de cómo el rechazo, ese veneno callado, puede arruinar a una persona o a veces contra todo pronóstico, empujarla a volverse alguien grande.

Fernando Luján es las dos cosas a la vez, un hombre roto y un hombre enorme, un padre ausente y un hijo herido, un rebelde y un romántico. Todo eso cabía en el mismo hombre y por eso su historia se queda contigo. Para entender cómo fue posible todo esto, primero tienes que conocer el mundo que lo hizo. Y ese mundo probablemente lo viste en tu propia televisión, en tu propia sala, sin saber lo que escondía por dentro.

Tú conoces ese cine, lo conoces de memoria. Aunque hayas nacido después, lo viste los domingos por la tarde en blanco y negro cuando tu mamá o tu abuela ponían una película vieja y se quedaba ahí suspirando, diciéndote quién era cada actor. Las películas de María Félix, Altiva Magnífica, la mujer más hermosa de México, las de Pedro Infante cantando con esa voz que parecía salir del alma de todo un país.

Las comedias de Cantinflas, los dramas de Arturo de Córdoba, todo ese cine que hoy llaman la época de oro y que para ti seguramente es puro recuerdo. Es infancia, es la voz de alguien que ya no está contándote la película mientras pasaba. Pues bien, detrás de toda esa belleza, detrás de esas estrellas que parecían dioses, había un mundo durísimo, un mundo de contratos, de poderes de familias que se repartían la gloria como quien se reparte un pastel.

Y en una esquina de ese mundo dorado, lejos de las cámaras, crecía un niño que lo veía todo y que un día se atrevería a romperlo. Vamos a una azotea. Ciudad de México, 1945. El mundo todavía huele a guerra. En la radio de la casa entre canción y canción se escuchan los rounds de box de Kid Azteca por 5 centavos.

En los cines de la ciudad se estrenan las películas de los grandes y las grandes de ese momento son las de la familia Soler con María Félix. Por 50 centavos cualquiera podía entrar a verlas y todo México las veía. En esa azotea, un niño flaco se armó su propio cuartito. Un camerino de juguete lo llenó con pelucas viejas, lentes, bigotes postizos, ropa de utilería, cosas que le regalaban sus tíos cuando ya no las usaban.

Ese niño se pasaba las tardes allí arriba solo, disfrazándose, recitando, hablándole a un público que no existía. tenía 6 años, tal vez siete, y ya sabía exactamente qué quería hacer en la vida. Ese niño era Fernando. Y fíjate qué cosa, un niño no se arma un teatro en una azotea para jugar. Un niño se arma un teatro en una azotea cuando abajo en la casa no encuentra el lugar que busca, cuando necesita un público que lo mire, porque los que deberían mirarlo están ocupados mirando a otro.

Ahí arriba, solo con sus pelucas pestadas y su voz todavía de niño, Fernando se inventaba el cariño que le faltaba. Se aplaudía a sí mismo. Se daba a sí mismo la atención que esperaba de los grandes. Cada tarde subía a ese rincón a Serp, aunque fuera por un rato, el protagonista. El centro, el querido, tenía una grabadora vieja, regalo de un cumpleaños y en ella grababa poesías de un libro que se llamaba El declamador sin maestro.

Se las aprendía de memoria una por una, repitiéndolas hasta que le salían perfectas. Mientras otros niños jugaban a la pelota en la calle, él ensayaba versos en una azotea soñando con el día en que alguien lo escuchara de verdad. Ese era Fernando, un niño que desde los seis o 7 años ya cargaba una soledad de adulto y una vocación de gigante.

Y sus tíos, los que le regalaban las pelucas viejas, no eran cualquier familia, eran los hermanos Soler, Fernando, Andrés, Domingo y Julián. Cuatro nombres que en el cine mexicano significaban poder absoluto. No solo actuaban, producían, escribían, dirigían, decidían. Eran maestros de actores, eran dueños de escuelas de actuación, presidían academias.

Por sus manos pasaba el destino de medio cine de oro. Si los soler te llamaban, trabajabas. Si los soler te ignoraban, no existías. Quiero que entiendas bien esto, porque es la clave de toda la historia. La maquinaria del cine de oro mexicano no funcionaba solo con talento, funcionaba con apellidos, con compagrazgos, con sangre.

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