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El veto eterno a la leyenda: Las oscuras razones por las que los dueños del negocio prohíben el poder a Hugo Sánchez

Existe una silla en el fútbol mexicano que permanece resguardada por un muro invisible, un asiento codiciado que el jugador más grande que ha parido esa tierra jamás ha podido, ni podrá, ocupar. No se trata del banquillo de director técnico, un puesto que ya habitó con gloria y del cual fue devorado por las dinámicas del entorno. Tampoco es el asiento del analista televisivo que hoy ocupa cada semana ante las cámaras. Nos referimos a la silla del poder real, al epicentro donde se toman las decisiones estructurales: la presidencia de la Federación Mexicana de Fútbol (FMF). Al repasar la cronología reciente de los hombres que han tomado las riendas de dicha institución —nombres como Justino Compeán, Decio de María, John de Luisa o Juan Carlos Rodríguez— salta a la vista un patrón inequívoco: ninguno de ellos fue futbolista profesional, ninguno experimentó la adrenalina de pisar el césped del Santiago Bernabéu ante 80,000 almas y ninguno sabe lo que implica rematar un balón al primer toque. Han sido, sin excepción, empresarios, políticos y negociadores minuciosos; hombres del sistema.

Por el contrario, el currículum de Hugo Sánchez brilla con una intensidad que intimida a la burocracia. Cinco títulos de Liga con el Real Madrid, cuatro trofeos Pichichi, una Bota de Oro continental, 208 anotaciones con la elástica blanca, un histórico bicampeonato como estratega de los Pumas de la UNAM y el reconocimiento de la FIFA como el mejor futbolista de Norteamérica y Centroamérica del siglo XX. A este palmarés deportivo se añade una sólida formación académica como cirujano dentista por la UNAM, el dominio de tres idiomas y una vasta experiencia internacional tras haber vivido y trabajado en España, Austria y

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