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Facundo Cabral: Sobrevivió… Pero lo Perdió Todo para Siempre

Facundo Cabral: Sobrevivió… Pero lo Perdió Todo para Siempre

Él suplicaba haber muerto en ese avión. El asiento estaba vacío. Su esposa se subió con su hija de un año en brazos. El asiento de al lado,  el de él, quedó vacío. Había perdido la conexión en Boston. Andá, mi amor,  que yo voy más tarde en otro vuelo. Esas fueron las últimas palabras que le dijo. El avión se estrelló.

 No hubo sobrevivientes. Ese asiento vacío le salvó la vida y lo destruyó para siempre. Su nombre era Facundo Cabral y tuvo que vivir 40 años más cargando con una pregunta que nunca pudo responder. ¿Por qué él no estaba en ese avión? Perdió  30 kg. Olvidó los ocho idiomas que hablaba, perdió la vista.

 Pasó 2 años en silla de ruedas. No porque no pudiera caminar, porque no quería. Suplicaba haber muerto con ellas. Pero esa no fue la única tragedia de su vida, ni siquiera fue la primera. Antes del avión ya había visto morir a cuatro hermanos de hambre. Su padre los abandonó un día antes de que él naciera. Fue mudo hasta los 9 años, alcohólico a los 10, preso a los 14 y después del avión, cuando finalmente encontró la paz.

 Cuando la UNESCO lo nombró  mensajero mundial de la paz, cuando fue nominado al premio Nobel, ocho balas atravesaron su cuerpo en Guatemala. Balas que no eran para él. Un hombre que debió morir en un avión murió por balas. equivocadas. Esta es la historia de alguien que vivió muriendo y que murió cuando por fin había aprendido a vivir. Vas a conocer cuatro cosas que rara vez se cuentan juntas.

 Primero, la carta que su madre le escribió sobre su padre. Una carta que él guardó toda su vida  y que explica por qué pudo perdonar lo imperdonable. Segundo, la grabación de su último concierto en Guatemala. Las palabras exactas que dijo dos días antes de morir, cuando las escuches se te va a helar la sangre. Tercero, el documento judicial que revela quién ordenó realmente su muerte, por qué él estaba en ese auto y cómo un error de los sicarios terminó con la vida del hombre equivocado.

Y cuarto, la llamada telefónica que le hizo la  madre Teresa de Calcuta. En vivo en televisión nacional, la llamada que le salvó la vida cuando  suplicaba morir. Te voy a avisar. Cuando llegue cada una, si te vas antes del final, te pierdes la parte que más duele y la que más inspira. Empecemos por el principio, por una calle de la Plata, Argentina,  por una mujer sola con siete hijos y por un hombre que desapareció  llevándose hasta la máquina de coser.

Sara Camiña tenía 30 años cuando su mundo se derrumbó. Era modista, una de las mejores de la plata. Cosía para cantantes de tango  famosos. Tenía manos de artista y una paciencia infinita. Tenía siete hijos pequeños y vivía en casa de su suegro, un coronel del ejército argentino.

 Su esposo se llamaba Rodolfo Cabral. Recitaba versos en orquestas de tango. Era elegante, apuesto, con buena voz. Sara lo amaba profundamente. Según ella misma contó años después,  no era un mal hombre, solo era débil, demasiado débil para cargar con una familia grande. Un sábado de mayo de 1937, Sara salió con los niños a visitar a sus padres. Era una tarde normal.

 Los chicos jugaban. Sara tomaba mate con su madre. Cuando volvieron a casa, supo que algo andaba mal antes de abrir la puerta. Estaba demasiado silencioso. La casa estaba vacía. Rodolfo se había ido. Pero no solo se fue, él se llevó todo. Los muebles, la ropa, los juguetes de los niños, las ollas, las sábanas y lo más cruel se llevó la máquina de coser de Sara.

 Esa máquina era su vida, era lo único que le permitía ganar dinero. Rodolfo lo sabía perfectamente y aún así se la llevó. Lo único que quedó fue la ropa que colgaba en la soga del patio y varios meses de alquiler sin pagar. Sara estaba embarazada de 9 meses. Al día siguiente, su suegro tomó una decisión. La echó a la calle con los siete niños.

con la panza a punto de reventar, sin un peso, sin un techo, el coronel del ejército, el hombre de honor y disciplina, puso en la calle a una mujer embarazada porque su hijo había huído. Facundo Cabral nació en una calle de la Plata. No es metáfora. Su madre estaba de parto cuando la echaron. Guarda este momento, porque cuando llegue la carta de Sara vas a entender por qué ella nunca odió al hombre que le hizo esto.

Un tío de Sara le regaló una máquina de coser nueva, pero la familia no dejaba de reprocharle su situación como si fuera culpa suya. Entonces, Sara tomó una decisión que marcaría el destino de todos. Se fue al sur, sola con siete hijos. a buscar trabajo donde nadie la conociera. Imagina eso un momento.

 Una mujer sola en 1937.  Argentina no era un país fácil para las mujeres solas. No había leyes que las protegieran. No había refugios,  no había ayuda del gobierno. Una mujer abandonada era una vergüenza, no una víctima. Y Sara decidió cruzar la Patagonia, el sur de Argentina, Tierra del Fuego, el fin del mundo, miles de kilómetros de desierto, frío, viento cortante  y pobreza absoluta.

Viajó de pueblo en pueblo, de trabajo en trabajo, cosía lo que pudiera, limpiaba  casas, cuidaba niños ajenos mientras los propios esperaban afuera, hambrientos en el frío. A veces encontraba trabajo por unas semanas, a veces por meses, pero siempre llegaba el momento en que tenía que irse, buscar otro pueblo, otra oportunidad.

Los niños crecían en el camino, aprendían a callar el hambre, aprendían a dormir con frío, aprendían que la vida era dura y que quejarse no servía de nada. A veces Sara volvía a La Plata, a casa de su abuela en Veriso, cuando ya no podía más. Descansaba unas semanas, juntaba fuerzas, abrazaba a sus hijos un poco más fuerte y volvía a irse.

 Esa travesía duró 9 años. 9 años cruzando el desierto más frío  del continente. 9 años cargando con niños que fueron haciéndose menos. Porque durante los primeros 7 años, cuatro de esos niños murieron de hambre, de frío, de enfermedades que no pudieron tratar porque no había médico ni dinero, de pura miseria. No murieron de golpe.

Murieron de a poco. Primero uno, después otro y otro, y otro. Facundo los vio morir uno por uno. Tenía menos de 10 años y ya conocía la muerte mejor que la mayoría de los adultos. vio cómo se apagaban, cómo dejaban de llorar porque ya no tenían fuerzas, cómo cerraban los ojos y no los volvían a abrir. Los fui viendo morir cono después.

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