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José López Portillo: El Presidente que SAQUEÓ a México y Lo Confesó Llorando

Y había algo más. Debajo del Golfo de México en Campeche, la Tierra estaba escondiendo una promesa enorme y peligrosa. Petróleo, mucho petróleo. De pronto, el país que había aprendido a vivir administrando carencias empezó a imaginarse como una potencia. Los discursos se inflaron. Los mapas del subsuelo parecían mapas de salvación.

Pemex se volvió la palabra mágica que lo explicaba todo. Riqueza, modernidad, orgullo nacional. Y López Portillo creyó en esa fantasía con una fe casi religiosa. En vez de pedir prudencia o de hablar de cuidar la oportunidad, hizo lo contrario. En su primer informe de gobierno en 1977, dijo una frase que iba a perseguirlo hasta la tumba.

Dijo que los mexicanos teníamos que acostumbrarnos a administrar la abundancia. Administrar la abundancia. Guarda esa frase, la vas a necesitar para entender el final, porque ahí, en esas tres palabras, empieza la grieta. Como si México ya hubiera vencido a la pobreza. Como si el dinero del futuro ya estuviera depositado en las cuentas del presente, como si el petróleo ya fuera suyo, una corona puesta sobre su cabeza y no apenas una posibilidad por trabajar.

Entre 1977 y 1981, la apuesta por Pemex alcanzó cifras descomunales. Miles de millones de dólares destinados a explotar y a vender crudo. Carreteras, créditos, proyectos, promesas. Todo empezó a crecer al ritmo de una abundancia que todavía no estaba asegurada. El precio del petróleo subía y con él subía el ánimo de un presidente que ya hablaba como si el país le perteneciera.

Y aquí necesito que me acompañes un momento, porque para ti esto no es un dato de libro de historia, esto es tu juventud. Era la época en la que tú llegabas de trabajar, prendías la televisión y el país entero parecía estar de fiesta con la idea de que íbamos a ser ricos. Tú lo escuchaste en el radio de la cocina, en las noticias de la noche, en las pláticas de sobremesa con tu marido, con tus hermanas, con las vecinas y vamos a hacer una potencia, nos lo dijeron tantas veces que muchos lo creyeron.

Y por eso, cuando todo se vino abajo, dolió tanto, porque la caída arrastró con ella a toda una generación que le había creído. Y para que entiendas el tamaño de la traición, primero tienes que recordar el tamaño de la esperanza. El primero de diciembre de 1976, el día que tomó posesión, López Portillo hizo algo que casi ningún presidente hace.

Se dirigió a los pobres y les pidió perdón. Con sus palabras, pidió perdón a los desposeídos y a los marginados por no haber acertado todavía a sacarlos de su postración. Guarda esa imagen un hombre que empieza su gobierno pidiendo perdón a los pobres y que lo termina 6 años después llorando y pidiendo perdón otra vez.

Entre esos dos perdones cabe toda esta historia y cabe una colina con cuatro mansiones. México venía golpeado. El gobierno anterior, el de Luis Echeverría, había dejado una economía con inflación, con deuda, con desconfianza. Justo antes de que López Portillo entrara, el peso se había devaluado por primera vez en más de 20 años.

El país estaba nervioso, cansado, con ganas de creer en algo. Y entonces, como un regalo del cielo, llegó la noticia que lo cambió todo. Debajo del Golfo, en la sonda de Campeche, había petróleo en cantidades que nadie imaginaba. El yacimiento de Cantarel, uno de los más grandes del planeta. De repente, el país pobre y endeudado se descubrió sentado sobre un tesoro.

Al frente de Pemex, López Portillo puso a un hombre de su entera confianza, Jorge Díaz Serrano, que empujaba con todas sus fuerzas para extraer el crudo lo más rápido posible. Y el presidente lo escuchó. Más pozos, más exportación, más deuda para financiar más pozos. La lógica parecía perfecta. El petróleo de hoy se pagaba con el petróleo de mañana y mientras el crudo subiera de precio, nadie hacía las cuentas de qué pasaría si un día bajaba.

El país se sintió grande. En 1979, López Portillo llegó a pararse frente a las Naciones Unidas a proponerle al mundo un plan mundial de energía, como si México ya se sentara en la mesa de los que mandan. Ese mismo año, por primera vez en la historia, un papa pisó suelo mexicano. Juan Pablo Segi Las calles se llenaron, la gente lloraba de emoción.

El país entero parecía estar viviendo un momento de gloria y tú estabas ahí. ¿Tú saliste a la calle a ver pasar al Papa o lo viste por televisión con tu madre al lado, tú escuchaste que íbamos a ser ricos, que por fin México iba a salir adelante, que a tus hijos les iba a tocar un país mejor y lo creíste? Porque era hermoso creerlo, porque todos a tu alrededor lo creían.

Ese es el punto que no puedes perder de vista. Y conviene decirlo claro, quienes creyeron en aquella promesa eran gente trabajadora y esperanzada que confió en su presidente como se confía en alguien a quien se admira. La ilusión era real, el petróleo era real. El problema fue lo que se hizo con todo eso, porque mientras el país soñaba en grande arriba, en el círculo más cercano al presidente, se estaba cocinando otra cosa, una idea peligrosa, la idea de que el petróleo no era de México, era de él.

Pero aquí viene el detalle que casi siempre se olvida. Cuando un hombre empieza a creer que el dinero del subsuelo le pertenece a su nombre, el poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una propiedad. López Portillo empezó a gobernar como si el Palacio Nacional fuera una extensión de su casa, como si el Estado pudiera organizarse con la lógica de la sangre, del apellido, de la confianza de la familia.

Y ahí apareció la otra cara de la abundancia, el nepotismo. Su hijo, José Ramón, de apenas 26 años, fue colocado en una posición clave dentro de la Secretaría de Programación y Presupuesto, subsecretario a los 26. Su hermana Margarita quedó al frente de radio, televisión y cinematografía, controlando la pantalla pública, el cine, la memoria visual de todo un país.

Otra hermana, Alicia, fue su secretaria particular. Cuando lo criticaron por meter a su hijo en el gobierno, López Portillo no se escondió. No pidió disculpas. Con una sonrisa frente a los periodistas, dijo que ese nombramiento era el orgullo de su nepotismo. El orgullo de su nepotismo. Lo dijo con esas palabras en voz alta.

Sin pena. Piensa en eso un momento. Mientras México celebraba los pozos petroleros como si fueran milagros, el gobierno se iba llenando de parientes, de amigos, de protegidos. Donde debía pesar la preparación, pesaba el apellido. Donde debía pesar la capacidad, pesaba la cercanía. Y la nación poco a poco empezó a confundirse con una herencia privada.

Esa confusión iba a costar caro, porque la abundancia cuando cae en manos de un sistema enfermo no cura nada. solo agranda los vicios, les pone alfombra roja, les construye oficinas y les entrega presupuesto. Y antes de que el peso se desplomara, antes de que la banca cayera bajo el puño del estado, hubo otro incendio más silencioso, el de la conciencia.

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