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El Cuadro Sin Dueño en el Museo del Prado

El olor a óleo rancio y barniz cuarteado no era inusual en los pasillos subterráneos del Museo del Prado, pero aquella noche, a las tres y cuarto de la madrugada, el hedor era casi insoportable. Olía a cobre. Olía a sangre fresca. Mateo, un vigilante nocturno que llevaba diez años recorriendo aquellas galerías en la más absoluta soledad, detuvo su paso. La linterna tembló levemente en su mano. Conoció cada grieta de las paredes de las bóvedas inferiores, cada obra no catalogada que descansaba en el purgatorio de los sótanos, esperando restauración o el olvido eterno. Pero el lienzo que tenía delante no estaba allí la noche anterior.

Era una pintura enorme, de al menos dos metros por tres, envuelta en un marco de caoba ennegrecida que parecía absorber la luz de su linterna. El estilo era inconfundiblemente del siglo XIX, oscuro, romántico y macabro, recordando a las Pinturas Negras de Goya pero con un realismo que rozaba la perversión. Representaba una plaza adoquinada bajo un cielo plomizo, rodeada de figuras encapuchadas que observaban una guillotina en el centro. Pero lo que heló la sangre de Mateo no fue la escena lúgubre, sino un detalle imposible.

En la esquina inferior derecha, medio oculta por la bruma pintada, había una figura nueva.

Mateo se acercó, su respiración formando pequeñas nubes en el aire gélido del sótano. La noche anterior, juraría por su vida que esa esquina estaba vacía, dominada solo por sombras grises y marrones. Ahora, la silueta de un hombre arrodillado empezaba a tomar forma. Los trazos eran frescos, brillantes bajo el haz de luz. Alguien había estado pintando allí. Mateo instintivamente llevó su mano a la radio colgada de su cinturón para llamar a seguridad central y reportar un acto de vandalismo, pero sus dedos se congelaron.

Acercó el rostro al lienzo. La figura arrodillada, aunque abocetada, llevaba un uniforme. Un uniforme de vigilante de seguridad del Museo del Prado. Y el rostro… Dios misericordioso, el rostro. Aunque carecía de detalles precisos, la estructura de la mandíbula, la nariz ligeramente torcida, la postura de los hombros cansados… Era él.

Un escalofrío violento sacudió la espina dorsal de Mateo. Extendió un dedo tembloroso, ignorando todas las reglas del museo, y rozó la superficie del lienzo donde la pintura parecía más húmeda. Estaba caliente. No tibia, sino con el calor punzante de la piel humana viva. Retiró la mano de un latigazo y vio, con horror puro y paralizante, que la punta de su dedo índice no estaba manchada de pintura roja. Estaba cubierta de sangre.

El pánico estalló en su pecho. Mateo corrió. Corrió por los pasillos abovedados, el sonido de sus botas resonando como disparos en el silencio sepulcral del museo. Irrumpió en la sala de control de seguridad, pálido como un espectro, asustando a su compañero Carlos, que dormitaba frente a los monitores.

—¡Han entrado! ¡Alguien ha entrado en el depósito Sur! —jadeó Mateo, apoyándose en la consola de mandos, sintiendo que los pulmones le ardían.

Carlos, sobresaltado, derramó un poco de su café. —¿Qué dices, tío? Imposible. Las alarmas perimetrales están activadas. Los sensores volumétricos no han registrado ni a una mosca. Mira.

Carlos tecleó rápidamente y las pantallas mostraron las cámaras de seguridad del sótano. Todo estaba en orden. Vacío. Silencioso. Nadie había entrado, nadie había salido. Mateo retrocedió el vídeo hasta las tres de la madrugada. Observó su propia figura caminando por el pasillo, deteniéndose frente a la pared vacía donde, en su mente, descansaba el inmenso cuadro.

—Espera… —Mateo parpadeó, frotándose los ojos—. ¿Dónde está el cuadro?

En la pantalla, Mateo aparecía mirando fijamente a una pared de ladrillo desnuda. No había ningún lienzo de dos por tres metros. No había marco de caoba.

—Te has quedado dormido de pie, Mateo. Te lo he dicho mil veces, deja de leer esas novelas de terror durante el turno —bromeó Carlos, aunque su mirada reflejaba cierta preocupación al ver la extrema palidez de su amigo.

Mateo no respondió. Miró su dedo índice. Estaba limpio. No había rastro de sangre ni de pintura. ¿Había sido una alucinación? ¿Un producto del estrés y la falta de sueño? Asintió lentamente, intentando convencerse a sí mismo, y volvió a su ronda. Pero no se atrevió a bajar al depósito Sur en lo que quedaba de noche.

A la noche siguiente, el terror pasó de ser una sombra en su mente a una condena física.

Mateo bajó al sótano, armado con valor y una linterna más potente. La pared de ladrillo estaba allí. Y apoyado contra ella, imponente, sombrío y real, estaba el cuadro. El olor a hierro y muerte volvió a inundar sus fosas nasales. Se acercó lentamente, el corazón latiéndole en la garganta. Dirigió la luz a la esquina inferior derecha.

Un grito sordo y ahogado escapó de sus labios.

La figura había avanzado. Ya no era un simple boceto. El hombre arrodillado con el uniforme de vigilante estaba ahora perfectamente delineado. Y el rostro… no había margen de error, ni sombra de duda. Era el rostro de Mateo. Ojos aterrorizados que miraban directamente al espectador, la boca abierta en un grito mudo. Y lo que era peor: el verdugo encapuchado en el centro del cuadro, junto a la guillotina, había girado su cabeza hacia la figura de Mateo. Estaba esperando.

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