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Miguel Inclán: Le Gritaban Monstruo. Murió sin un Solo HOMENAJE

 Hubo niños que se escondían detrás de las faldas de su abuela. Creían ver a don Pilar, el que reventaba a golpes a una  inválida. Creían ver a don Carmelo, el viejo ciego y baboso que perseguía niñas  en los callejones. Nadie quería mirar más allá del monstruo. Y casi 70 años después, todavía hay una parte de esta historia  que México no se ha atrevido a contar completa.

Hoy  vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Miguel Inclán. Primero, ¿por qué un país entero lo escupía en la calle y lo  confundía con sus personajes hasta el punto de odiarlo de verdad? Segundo, ¿quién era el hombre que vivía detrás del monstruo? ¿Qué hacía con el poco dinero que ganaba? ¿Y quién fue la única persona en el mundo que conoció esa verdad de cerca? Tercero,  la guerra silenciosa que libró en Tijuana en sus últimos meses y por qué  hasta hoy hay quienes no creen que muriera de un

simple infarto. Y cuarto,  lo que Hollywood vio en él que México jamás quiso ver y qué quedó de su apellido cuando ya nadie lo recordaba.  Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para  entender cómo fue posible que esto pasara, necesitas conocer el mundo que construyó  a este hombre.

 Porque esta historia no empieza el día que su corazón se detuvo en  Tijuana, empieza mucho antes y empieza casi seguro con algo que  tú viste en tu propia televisión. Porque seamos honestos, tú creciste  con estas películas. A lo mejor las veías los domingos por la tarde cuando la  televisión pasaba el cine de antes y toda la familia se juntaba en la sala.

A lo mejor  las veías con tu mamá, con tu abuela, con tus hermanos peleándose por el mejor lugar en el sillón.  Eran historias en blanco y negro, sí, pero estaban llenas de vida. de pobreza  digna, de amores imposibles, de villanos que te hacían apretar los puños. Ese cine fue durante décadas el  espejo donde México se miraba.

Las familias aprendían  a llorar con Pedro Infante, a reír con Cantinflas, a soñar con María Félix, a  temblar con los malos. Y entre todos esos rostros que se te quedaron grabados para siempre,  había uno que aparecía una y otra vez para hacerte sentir miedo, coraje, rechazo. Un hombre de cara dura y mirada de navaja.

No sabía su nombre. Casi nadie lo sabía, pero su cara la tenías tatuada en la memoria. Lo  conociste sin conocerlo. Lo odiaste sin saber a quién odiabas. Y hoy, tantos años después,  vas a descubrir que aquel hombre que te hizo apretar los dientes cuando eras niña era exactamente lo contrario de lo que tú creías.

Por  eso quiero que te quedes hasta el final, porque esta historia en el fondo también es un pedacito de la tuya, de esas tardes, de esa sala, de esa  familia que ya no está completa. Ciudad de México, 12 de diciembre de 1897.  En una casa humilde, cerca del ruido del centro, nace un niño al que registran como Miguel Inclán Delgado.

Su padre se llama igual, Miguel Inclán, y se gana la vida cargando historias sobre los hombros. Dirige una compañía de teatro ambulante, una de  esas carpas que se armaban en los barrios y en los pueblos para llevarle a la gente pobre lo único que el hambre no le podía quitar. Un rato de risa,  un rato de llanto, un rato de olvido.

Miguel no nace entre alfombras, nace entre lonas, tablas y  polvo de camino. Antes de aprender a escribir su nombre, ya sabe cómo se arma un escenario, cómo se tensan las cuerdas de una carpa, cómo suena un público  cuando se ríe de verdad y cómo suena cuando no le cree nada a lo que ve. Esa  fue su escuela.

la única que tuvo. Mientras otros niños jugaban en la calle, a él lo despertaban de madrugada para desmontar la carpa y lo dormían sobre sillas pegadas haciendo de cama. Nadie le preguntó si quería  ser actor. El teatro lo agarró de la mano cuando todavía no sabía caminar solo y ese oficio le venía de sangre.

Su padre,  que se llamaba igual que él, Miguel Inclán, era actor y dirigía aquella compañía de teatro ambulante. Era el patrón de la carpa, el que decidía que se montaba,  el que repartía los papeles, el que cargaba con las deudas cuando la función no daba para comer.  En esa compañía dio el niño sus primeros pasos sobre las tablas.

Ahí aprendió a memorizar parlamentos antes de saber leer bien. Ahí entendió que el apellido Inclá  no era un nombre cualquiera, era un oficio, una herencia, una manera de sobrevivir. Imagínate esa infancia. Un padre exigente, curtido  por los caminos, una madre que cosía los trajes y cocinaba para todos, una hermana Lupe creciendo a su lado entre máscaras y telones.

  Toda la familia girando alrededor del escenario,  porque el escenario era lo único que tenían. De ahí  salió Miguel, de esa escuela sin diplomas, sin maestros, donde el único  examen era la cara del público y vaya que la pasó. Y no fue el único de la familia tocado por el escenario. Su hermana,  Lupe Inclan, se convertiría con los años en uno de los rostros más  queridos de la comedia mexicana.

La criada metiche, la vecina chismosa, la mujer del pueblo que te hacía reír con solo levantar  una ceja. Dos hermanos, dos caminos  opuestos dentro del mismo oficio. Ella nació para arrancar carcajadas. Él nació para encarnar lo peor del ser humano. Guarda ese nombre, Lupe Inclán.

 Vas a necesitarlo  para entender el final. Piensa en lo curioso y en lo cruel de  esos dos hermanos. Lupe y Miguel salieron de la misma carpa, de la misma pobreza, de los mismos  caminos polvorientos. crecieron oyendo los mismos aplausos y los mismos  chiflidos del público. Y el destino los mandó por dos puertas  opuestas del mismo oficio.

 A Lupe, la puerta de la risa, a Miguel, la puerta  del miedo, a Lupe, el público la quería, le aplaudía, la buscaba. esa criada chismosa, esa vecina entrometida que hacía con la comedia lo que su hermano hacía con la maldad,  meterse en la memoria de la gente. Iban a las mismas funciones,  a los mismos estudios, cargaban el mismo apellido, pero a ella la abrazaban en la calle y a él lo insultaban.

  Imagínate lo que es eso entre dos hermanos, que a uno lo adoren por hacer reír y al  otro lo escupan por hacer su trabajo igual de bien. Y aún así,  entre ellos nunca hubo envidia. Lupe sabía la verdad.  Sabía que ese hermano al que México temía era el mismo niño con el que había  dormido sobre sillas pegadas, el que la cuidaba cuando los padres trabajaban, el más bueno de la familia.

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