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¿Que PASO con la FORTUNA de ROSITA ARENAS? El SECRETO de su Retiro

 Me emociona recordar como estudios Churubusco y Claza Films hacían decenas de joyas anuales. Sus grandes estrellas reinaban en las pantallas, conquistando al público desde Buenos Aires hasta Ciudad Juárez. Para una jovencita con hambre de triunfo y la fotogenia deslumbrante de nuestra Rosita Arenas, el camino solo tenía un nombre marcado a fuego, México, y para acá se vino.

 Traía esa garra de las leyendas que ni por asomo piensan en fracasar, porque en su mente de triunfadora la única opción siempre fue ganar. El México que recibió a nuestra rosa era una joya, el mismísimo país del milagro económico, brillando en su máximo esplendor, ese México mágico de los 40, el lugar donde nuestra época de oro fabricaba año con año las cintas clásicas que toda América Latina aguardaba con una devoción total.

Justo como hoy, los fans enloquecen esperando las grandes y millonarias producciones de Hollywood. Mis ídolos Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y Dolores del Río dominaban las pantallas del continente. Yo veo esos estudios como verdaderas fábricas de sueños, sacando hasta 100 películas impecables en un solo año.

 Sin duda, nuestra Ciudad de México era la capital cultural más vibrante del mundo hispanohablante. Llegar a esa cumbre sin apellidos conocidos ni un padrino fuerte era un desafío verdaderamente enorme. Pero mi rosita lo superó con el mismo as bajo la manga que nuestras grandes divas usaron para abrirse las puertas.

 Ese magnetismo frente a la lente, esa magia que no se estudia en academias y que los productores huelen a kilómetros. Si te fijas, Caracas y la Ciudad de México en los 40 vivían cambios profundos. evolucionaban, sí, pero a ritmos y con un sabor completamente distinto, mientras la capital venezolana apenas levantaba tímidamente las obras que sus pozos petroleros pronto harían posibles.

Nuestra ciudad de México en 1947 ya era un monstruo hermoso de 2 millones de almas, presumiendo una industria cultural insuperable en la región. Los teatros del centro, los elegantes cines en Paseo de la Reforma y nuestros legendarios foros de los estudios Churubusco, sumados a la magia nocturna de la zona rosa y las galerías de San Ángel, armaban una red cultural verdaderamente tan rica y alucinante que, te juro, dejaba con la boca abierta a cualquiera que viniera de rincones más pequeños. Aquí tú y yo debemos

reconocerle algo. Rosita llegó pisando fuerte, con los ojos bien abiertos y la astucia para entender que ahí tocaba observar, aprender y cazar su gran oportunidad. Sus primeros años en la capital mexicana me llenan de orgullo. Construyó su carrera a puro pulso, confiando en su enorme talento y sudando la gota gorda, sin depender de amiguismos.

 Me encanta ver cómo empezó desde abajo. Rosita tomó pequeños personajes en nuestro circuito fílmico devorando aprendizaje en cada rodaje como buena fiera. Absorbió todo de nuestros gigantes de la dirección y la actuación. Sabía perfectamente que estaba en la mejor escuela de cine del planeta y no pensaba desperdiciar un solo segundo.

 Luego llegó su gran explosión, la maravilla llamada ¿Qué te ha dado esa mujer? Su consagración en nuestro amado cine. Ese fue para mí el golpe maestro en la brillante carrera de nuestra Rosa Arenas. La icónica ¿Qué te ha dado esa mujer? Una joya dirigida por el maestro Ismael Rodríguez que la puso bajo los reflectores de todo el país como jamás lo había soñado. Piénsalo.

Compartir pantalla con nuestros inmortales Pedro Infante y Luis Aguilar. Esa cinta era la joya de la corona que cualquiera mataría por hacer. Un reparto con nuestros dioses del cine, una historia bellísima para la raza y un director experto en romper la taquilla. Plantarse ahí codo a codo con nuestro inolvidable Pedro Infante, el ídolo más grande y amado por nosotros los mexicanos, significaba cruzar esa línea de ser una actriz novata a volverse una diosa.

 La industria y nosotros, los fans comenzamos a idolatrarla, asegurándole así una leyenda y una trayectoria maravillosamente larga y exitosa. Y es que su rostro, la fotogenia de mi rosa arenas era oro puro, algo que aquellas pesadas cámaras captaban y hacían brillar de forma mágica. Yo siempre le he notado una mezcla de facciones que bañadas en aquel precioso blanco y negro fílmico, el rey absoluto de nuestros 40 y 50, se volvían una pintura.

 Tenía una belleza espectacular con unos pómulos perfectos que a cualquier fan dejan sin aliento, unos hojazos inmensos que nos hablaban antes de abrir la boca, esa presencia física que se devoraba toda la pantalla sin necesitar aspavientos ni trucos baratos de iluminación. Tú y yo sabemos que los cinematógrafos de nuestra época de oro eran unos genios mundiales.

 Entendían perfecto cómo exprimir ese rostro angelical de rosa para grabarnos en el alma imágenes que décadas después seguimos aplaudiendo. Ahora, no olvidemos que ese México de los 50 también empezaba a coquetear con una caja mágica llamada televisión. ese invento moderno que entre nuestros vecinos del norte ya había puesto de cabeza la forma en que todos consumían entretenimiento a diario.

 Aquí en nuestra tierra, telesistema mexicano, la mismísima cuna de lo que hoy es Televisa arrancó con todo en 1950, marcando así esos primeros años dorados. En aquellos años, el cine y la televisión convivían en paz, pues la tele aún no era el gigante que todos conocemos. Para nuestra Rosita Arenas, que pisó los sets justo en esa mágica transición, la época dorada fue su escenario ideal.

 Pudo brillar en el formato más sagrado del cine nacional, mientras esa nueva caja mágica apenas buscaba un lugarcito en los hogares de todo México. Y tras el exitazo de qué te ha dado esa mujer, los que somos fans sabemos que llovieron con tratos. Esa película le regaló una estabilidad económica que sus primeros papeles simplemente no le daban.

 Nuestra querida actriz grababa múltiples cintas cada año, justo en la cumbre más gloriosa y activa de la época de oro. Sumó títulos memorables que consolidaron su lugar de honor dentro de una industria cinematográfica tremendamente feroz. Un mundo donde si no filmaba seguido, el público te borraba de la memoria de forma cruel e inmediata.

 Tú y yo vamos a recordar ahora su mayor reto. Imagínate actuar bajo las órdenes del absoluto maestro Luis Buñuel, su inolvidable meche en el bruto. Un papelazo que ella peleó a muerte porque el genio español pensaba que su rostro tan angelical no serviría para encarnar a una joven de barrio.

 Y al final Rosita nos regaló una interpretación sublime de la que siempre estuvo orgullosísima. Su boda con Abel Salazar es uno de los episodios más sonados que los verdaderos admiradores atesoramos. Abel era entonces, sin lugar a duda, de los galanazos más cotizados y admirados de nuestra pantalla grande. Un todoterreno, actor, director y productor brillante, un imán de taquilla que garantizaba salas llenas y éxito total en cartelera.

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