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Chelelo – el campesino que conquistó México y se convirtió en una leyenda.

 A simple vista parecía una vida común. Sin embargo, las personas que lo rodeaban terminarían convirtiéndose en la mayor fuente de inspiración de toda su carrera. Eleazar creció rodeado de hombres y mujeres  que hablaban con el característico acento norteño, de historias contadas al caer la tarde y de un sentido del humor nacido de la vida diaria.

Con el paso de los años, todo aquello volvería a aparecer en los personajes que interpretó como Chelelo. Hay una historia de su infancia que ayuda a entenderlo mejor. Junto a su  amigo Silvestre Barrera, el joven Eleazar construía pequeños espectáculos  de títeres en el patio de su casa. Los niños de la comunidad pagaban apenas un centavo para entrar y ver aquellas funciones improvisadas.

Nadie imaginaba que ese pequeño escenario se estaba convirtiendo en la primera escuela  artística de quien más tarde haría reír a millones de mexicanos. Fue ahí donde aprendió  a observar al público. Aprendió cuando una historia captaba la atención de la gente, cuando una ocurrencia  provocaba una carcajada y cuándo la sencillez podía conectar con las personas  mejor que cualquier otra cosa.

 Con los años, los mexicanos llegaron a querer a Chelo  por la cercanía que transmitía. Pero esa cercanía no nació en un estudio  de cine ni en una escuela de actuación. Nació en las calles de tierra de Rancho Losguerra, en las orillas del Río Bravo y en la convivencia con la gente común de  su comunidad.

 Lo que otros podían ver como una infancia humilde terminó convirtiéndose en el mayor tesoro artístico  de su vida. Su forma de hablar, su humor, sus gestos y las historias que  contaba provenían directamente de aquel mundo que nunca abandonó. Y antes de que el cine descubriera  a Eleazar García Sa, el joven de Rancho Los Guerra emprendería otro camino  que también marcaría su destino, la música.

El primer gran cambio llegó cuando tenía 14 años. Cuando el circo imperial pasó por Rancho Losguerra,  el joven Eleazar quedó fascinado por el mundo que existía detrás  de las luces del escenario. Según los documentos conservados por noticias de Tampico, decidió unirse al circo como aprendiz de artista de la legua y comenzó una vida de viajes junto a una compañía itinerante.

Aquellos años fueron muy diferentes  a la vida que conocía en su pueblo. Eleazar recorría una comunidad  tras otra cantando corridos norteños, actuando donde hubiera  público y viviendo en condiciones muy sencillas. Hubo noches en las que durmió en tiendas improvisadas y largos recorridos por caminos llenos de polvo.

 Sin embargo, fue precisamente en ese ambiente donde comenzó a entender lo que significaba vivir del espectáculo. Después de varios años en el circo, Eleer regresó a la región fronteriza y decidió dedicarse a la música de manera  más profesional. Tocaba guitarra y con trabajo y poco a poco comenzó a abrirse camino dentro de la música norteña.

 Durante esta etapa grabó para Falcon Records y Columbia Records, además de ganar popularidad con canciones de tono humorístico  como El tuerto eduvijes, La Chiva y Pancha Pistolas. Aquellas grabaciones reflejaban algo que ya formaba parte de su personalidad, la capacidad de encontrar humor en las historias más cotidianas. Poco tiempo después apareció una nueva oportunidad.

Ele comenzó a trabajar como locutor en la estación Xi de Miguel Alemán. Ese trabajo lo acercó al mundo artístico profesional. Cada día conversaba con cantantes, actores y figuras reconocidas de la época, que entre los artistas que pasaron por la emisora  se encontraban Tin Tan, Chelo Silva y Óscar Ortiz de Pinedo.

Poco a poco, Eleazar empezó a construir relaciones dentro del medio artístico mexicano y entonces desde ese mismo mundo artístico, finalmente apareció la oportunidad que Eleazar García Science había estado esperando durante mucho tiempo. Según e consulta, la puerta del cine se abrió para él en 1961 cuando participó en la película Los Hermanos del Hierro, dirigida por Ismael Rodríguez.

Esta oportunidad llegó gracias a la amistad que mantenía con el reconocido escritor y guionista Ricardo Garibay, quien había quedado impresionado por la personalidad y el espíritu fronterizo de Tamaulipas que Eleazar reflejaba en cada una de sus historias. Sin embargo, aquella película solo fue el comienzo.

El verdadero punto de inflexión llegó en 1964 durante el rodaje de la gitana  y el charro en Guatemala. Fue allí donde Eleazar conoció a Antonio Aguilar, una de las figuras más importantes del cine y la música ranchera de México. Los dos provenían de mundos diferentes, pero rápidamente encontraron una conexión especial.

Antonio Aguilar quedó cautivado por el humor natural, la manera sencilla de hablar y la energía tan particular de Eleazar. Fue también él quien le puso el apodo de Chelelo, un nombre que más tarde sería conocido por millones de mexicanos. A partir de ese encuentro comenzó a formarse una de las parejas más famosas del cine ranchero.

 Mientras Antonio Aguilar solía representar al héroe charro fuerte y honorable, Chelelo representaba al compañero de viaje humilde, simpático y cercano. Era el tipo de personaje que el público podía encontrar en cualquier rancho de México. Precisamente ese contraste fue lo que dio una fuerza especial a cada aparición de ambos en la pantalla.

Durante los años siguientes trabajaron juntos en películas exitosas como El caballo blanco, Yo, el Mujeriego. Vuelven los Argumedo, el norteño y vuelve el norteño. Aunque normalmente interpretaba personajes  secundarios, Chelelo siempre lograba dejar una huella propia gracias a su naturalidad y a su capacidad para llevar el humor al momento justo.

 Además de sus películas junto a Antonio Aguilar, también demostró su talento como actor en producciones como Viento Negro, El Escapulario, El Ojo de vidrio y La Cárcel de Laredo. A lo largo de su carrera participó en más de 150 películas  y se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del cine mexicano del siglo XX.

 Pero lo más importante es que el público no llegó a querer a Chelelo solamente por la cantidad de películas que hizo, lo quiso por la autenticidad que transmitía en cada personaje. Chelelo no intentaba ser un héroe perfecto, aparecía como un amigo, un vecino o ese tío bromista que cualquiera habría querido tener cerca.

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