Un civil que posee ese tipo de armas no es un cazador descuidado ni un coleccionista entusiasta que olvidó tramitar su permiso. Un civil que posee ese tipo de armas ha obtenido ese armamento a través de canales que operan completamente fuera de la legalidad. canales que en México están invariablemente conectados de una manera u otra con estructuras de crimen organizado o con redes de tráfico de armas que atraviesan la frontera norte.
Las 850 municiones encontradas en los gallos amarillos no eran para cazar venado. Nadie necesita casi 1000 cartuchos de alto calibre para ninguna actividad recreativa o de subsistencia que pueda ser nombrada con el rostro descubierto. La ballesta Barnet es un elemento que merece atención particular porque habla de un perfil específico.
Una ballesta de esa marca no es el arma de un aficionado a los deportes tradicionales. La Barnet es una empresa que fabrica ballestas diseñadas para la caza mayor y en determinadas configuraciones para usos tácticos. El hecho de que estuviera presente junto a rifles de uso exclusivo militar y casi un millar de municiones construye una imagen muy específica de la persona o personas que habitaban ese universo armado.
alguien familiarizado no solo con el disparo, sino con la variedad del disparo, con las distintas maneras en que puede causarse daño, con las distintas distancias y los distintos niveles de ruido que cada arma produce. Una ballesta no hace sonido. Una ballesta es silenciosa en el contexto de un arsenal que incluye armas de guerra.
La presencia de un arma silenciosa no es una coincidencia, es una elección. Juan Sánchez Frías fue detenido. Cumplió con las consecuencias legales que ese sistema, con todas sus limitaciones y sus porosidades conocidas le impuso durante aquellos años que van de 2015 a 2018. Pero lo que nadie preguntó entonces o lo que nadie respondió en voz alta si alguien se atrevió a preguntar es, ¿qué pasó después? ¿Qué pasó con la cultura que ese arsenal representaba? ¿Qué pasó con la familia que vivía alrededor de esa propiedad? Que sabía o no podía no
saber lo que se guardaba en ese rancho al que llamaban los gallos amarillos con una ironía que vista desde hoy resulta casi obscena. ¿Qué pasó con la esposa de Juan, Erika María Herrera Coriat, que durante todos esos años compartió apellido, domicilio, historia y presumiblemente cierto nivel de conocimiento sobre las actividades de su marido.
Erika María Herrera Coriat tenía 63 años cuando entró a un departamento en Polanco y disparó 12 veces contra una joven de 20 y pico de años que era la madre de su nieta. 63 años. Hay algo en esa cifra que obliga a detenerse. 63 años no es la edad de una persona que actúa por primera vez en su vida con una determinación violenta y premedita.
63 años es la edad de alguien que ha vivido suficiente como para conocer las consecuencias de los actos, para saber exactamente lo que un disparo hace a un cuerpo humano, para entender que 12 disparos no son una advertencia, ni un accidente, ni un momento de locura pasajera. 12 disparos son una decisión, son el resultado de un proceso mental que comenzó mucho antes del momento en que se jaló el gatillo por primera vez.
Y ese proceso mental, esa capacidad para transformar una decisión en una ejecución sin excitación, no surge en el vacío, surge en un contexto, surge en una historia, surge muy posiblemente en una vida pasada junto a un hombre que guardaba rifles de uso militar y ballestas silenciosas en un rancho llamado los gallos amarillos en las afueras de Ensenada.
La pregunta sobre el arma utilizada el 15 de abril de 2026 en el departamento 203 de la calle Edgar Alan Pou número 14 es la pregunta que la investigación de la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México no puede eludir si pretende ser una investigación real y no una pantomima de proceso que termina con un único nombre en el expediente.
El arma existe, fue utilizada. Dejó 12 casquillos y el cuerpo de Carolina Flores Gómez en el suelo de un departamento de lujo. Esa arma tiene una historia. Todas las armas tienen una historia. Tienen un origen, tienen un recorrido. Tienen las manos que las tocaron antes de la mano que finalmente las usó para matar.
La historia de esa arma, si se investiga con la profundidad que el caso exige, conduce casi inevitablemente de regreso a Encenada, al kilómetro 83 de un camino polvoriento, a un rancho donde los gallos amarillos guardan silencio sobre todo lo que alguna vez se guardó entre sus paredes.
Porque hay algo que los expedientes federales y las notas periodísticas de la época no responden con claridad. Todo el arsenal decomizado en los gallos amarillos fue efectivamente destruido o puesto bajo resguardo institucional o como ocurre con una frecuencia que debería escandalizar, pero que en México se ha normalizado hasta volverse estadística, parte de ese armamento continuó circulando.
¿Quién garantizó la cadena de custodia de esas armas desde el momento del decomiso? Existe documentación que acredite que cada uno de los tres rifles, la pistola, la ballesta y los 850 cartuchos fue registrado, catalogado y, finalmente, inutilizado conforme a la ley. Estas no son preguntas retóricas, son preguntas que la Fiscalía de la Ciudad de México tiene la obligación de hacerle a la Fiscalía General de la República si quiere entender cómo llegó un arma a las manos de Erika María Herrera Coriat la mañana del 15 de abril
de 2026. Pero incluso si el arma específica no tiene un vínculo rastreable con el arsenal de 2015 a 2018, la conexión que importa no es la del metal, sino la de la cultura, la de la familiaridad, la de ese conocimiento corporal que desarrolla alguien que ha vivido décadas junto a las armas, que sabe cómo se cargan, cómo se apuntan, qué se siente cuando se las sostiene, qué se escucha cuando se las dispara.
Erika María Herrera Coriat no llegó al departamento de Polanco con el arma temblorosa en las manos, aprendiendo en el momento cómo funcionaba el mecanismo. Llegó con la decisión tomada y con el conocimiento suficiente para ejecutarla. Ese conocimiento no se adquiere en un curso de 3 horas.
Ese conocimiento se construye en años en una vida vivida en proximidad con lo que los peritos llaman cultura del armamento. Y en el centro de todo esto, equidistante entre el arsenal de Ensenada y el cuerpo de Carolina Flores en Polanco está Alejandro Sánchez Herrera. Hay algo profundamente perturbador en la figura de Alejandro, que va más allá de las preguntas legales sobre omisión o encubrimiento, más allá del debate jurídico sobre la excusa absolutoria y el feminicidio por comisión por omisión.
Lo perturbador es la imagen de un hombre que estuvo presente, que estaba en ese departamento cuando ocurrió todo, que vio o escuchó los 12 disparos, que supo en qué momento exacto dejó de ser esposo para convertirse en viudo, no porque la vida le haya tendido una de esas trampas brutales e imprevistas que a veces tiene, sino porque su propia madre, la mujer que lo trajo al mundo, decidió convertir en la asesina de la madre de su hija y que no llamó a nadie.
24 horas en el lenguaje de los investigadores. Esas 24 horas tienen un nombre que no necesita explicación. Ventana de oportunidad. Es el tiempo que cualquier investigado necesita para salir del país, para borrar registros, para coordinar versiones, para hacer desaparecer lo que no debe ser encontrado.
24 horas en la era de los teléfonos satelitales, de los vuelos privados, de las casas de seguridad y de los contactos que una familia con el historial de los Sánchez Frías inevitablemente tiene distribuidos a lo largo de la frontera norte. 24 horas es, en términos prácticos, la diferencia entre una captura inmediata y una fuga exitosa.
Y Erika María Herrera Coriat, a sus 63 años, con sus 12 disparos y su familia en modo silencio, aprovechó cada minuto de esa ventana. Las explicaciones que Alejandro Sánchez Herrera ofreció en su declaración inicial ante la Policía de Investigación son, en el mejor de los casos, extraordinariamente insuficientes. El peor son el relato más calculado que alguien puede ofrecer cuando sabe que no tiene una versión que lo deje bien parado ante la historia y entonces decide construir una que al menos lo deje bien parado ante la ley. Alegó
miedo a ser detenido. Explicó que utilizó el tiempo para hacer grabaciones de video con instrucciones sobre el cuidado de su hija. argumentó que su defensa ha intentado presentar ante los medios como shock psicológico esa parálisis que supuestamente impide a las personas funcionar en los momentos de crisis extrema.
El problema con cada una de estas explicaciones es que se contradicen entre sí de maneras que son difíciles de ignorar si se analiza el comportamiento de Alejandro Sánchez Herrera durante esas 24 horas con la frialdad necesaria. Un hombre en estado de shock psicológico genuino no planifica. No hace grabaciones organizadas con instrucciones detalladas de cuidado infantil.
No toma decisiones estratégicas sobre qué hacer y qué no hacer. El shock psicológico real produce incapacidad de acción, no acción dirigida hacia un objetivo específico. Lo que describen las acciones de Alejandro durante esas 24 horas no es un hombre paralizado por el trauma. Es un hombre que está tomando decisiones y las decisiones que tomó, cada una de ellas, tuvo como efecto consistente y acumulativo darle tiempo a su madre para alejarse del lugar del crimen.
No es necesario inventar nada. Los hechos documentados son suficientemente elocuentes. Estuvo en el lugar cuando ocurrió el crimen. No llamó a emergencias, no avisó a la familia de su esposa. No detuvo a su madre en su salida del edificio. Pasó la noche en el departamento con el cuerpo de Carolina y con su hija.
esperó hasta el mediodía del día siguiente para comunicarse y lo hizo llamando a la madre de Carolina para informarle que su hija estaba muerta, no para pedir ayuda, no para reportar un crimen, sino para informar un hecho consumado que llevaba casi 24 horas siendo un cadáver en su departamento. La madre de Carolina supo que su hija había muerto antes de que ninguna autoridad supiera que había un crimen que investigar.
Esa secuencia de notificación, esa elección de a quién llamar y cuándo dice mucho sobre el estado mental de Alejandro en ese momento. No estaba paralizado, estaba administrando información. estaba eligiendo el momento y la forma en que cada actor en esta tragedia se enteraría de lo ocurrido y esa elección tuvo consecuencias directas y medibles en la capacidad de las autoridades para actuar de manera oportuna.
El debate legal que rodea su situación jurídica actual, la discusión entre la excusa absolutoria y la comisión por omisión, el feminicidio culposo y la posición de garante que como esposo tenía respecto a su pareja es un debate legítimo y necesario. Pero ese debate ocurre en el terreno de la ley, que tiene sus limitaciones, sus tecnicismos, sus vericuetos diseñados para proteger a las personas de una justicia arbitraria en el terreno de los hechos humanos, en el terreno donde una joven de veintitantos años que había representado a su estado en un certamen de belleza y
que había dado a luz 8 meses antes está muerta. La discusión es más simple y más brutal. Alejandro Sánchez Herrera sabía lo que había pasado y eligió el silencio. Y ese silencio le costó a las autoridades 24 horas que no pudieron recuperar. Pero la figura de Alejandro adquiere su dimensión más oscura cuando se la coloca en el contexto que ya se ha descrito, el de un hombre criado en el seno de una familia donde el armamento de uso militar era parte del paisaje cotidiano, donde la relación con el Estado y sus instituciones era cuanto
menos complicada, donde los problemas se resolvían en una lógica de clan que opera antes y por encima de cualquier obligación cívica o legal. Alejandro Sánchez Herrera no es solo el esposo que no denunció a tiempo. Es el producto de una familia cuya relación con la violencia, con las armas y con la ley tiene un historial documentado en los archivos de la Procuraduría General de la República.
Es el hijo de Juan Sánchez Frías, el hombre del Arsenal. Es el hijo de Erika María Herrera Coriat, la mujer que disparó 12 veces. No se nace en esa familia y se crece en ese entorno sin absorber algo, sin aprender, aunque sea en silencio, que hay ciertas cosas que quedan dentro de la familia, que hay ciertos silencios que se guardan, que hay ciertas lealtades que no se negocian con nadie exterior, mucho menos con las autoridades, mucho menos con una institución del Estado que en algún momento, entre 2015 y 2018 llegó al rancho de tu padre y se llevó sus
rifles. Si hay algo que una familia aprende del día en que el estado entra a su propiedad y se lleva las armas, es que el Estado es el adversario y los adversarios no reciben información voluntaria. La custodia de la hija de Carolina y Alejandro es otro capítulo de esta historia que no puede leerse de manera aislada.
Que Alejandro se haya negado rotundamente a entregar a la menor a la familia materna, que haya invocado un supuesto acuerdo previo con Carolina, que la familia de ella desmiente categóricamente, que haya elegido retener a esa niña de 8 meses en el mismo entorno familiar donde su madre fue asesinada a tiros por su abuela, es una decisión que habla una vez más de alguien que entiende que en este momento la menor es una pieza en un tablero legal.
y que mantenerla bajo su custodia le otorga una posición de negociación que de otra manera no tendría. La familia Flores Gómez ha utilizado la palabra reen para describir la situación de la niña. Es una palabra fuerte. Es una palabra que en términos estrictamente legales puede ser difícil de sostener frente a un juez familiar que evalúa la custodia con criterios que incluyen la capacidad económica y la estabilidad del hogar, criterios en los que Alejandro Sánchez Herrera, con sus recursos y sus abogados podría presentar una imagen razonablemente sólida. Pero
en términos humanos, en términos de lo que le está pasando a una bebé de 8 meses, cuya madre fue asesinada a tiros en el departamento donde vive, cuyo padre no denunció ese crimen durante 24 horas, cuyos abuelos paternos tienen un historial que incluye armas de uso militar y feminicidio. La palabra reenerada, parece descriptiva.
La investigación que tiene por delante la Fiscalía Especializada de Feminicidios de la Ciudad de México es una de las más complejas que ese organismo ha enfrentado en los últimos años. No por la oscuridad de los hechos, sino paradójicamente por la claridad de algunas de sus partes. Las cámaras de seguridad del departamento captaron el ataque.
Hay prueba visual de quién fue la autora material. Erika María Herrera Coriat disparó 12 veces y salió caminando. Eso está registrado. Lo que no está resuelto es todo lo que rodea ese momento central. ¿De dónde vino el arma? ¿Qué comunicaciones ocurrieron entre los miembros de la familia Sánchez Herrera antes, durante y después del crimen? ¿Qué papel jugó Alejandro no solo en las 24 horas posteriores, sino en los días o semanas previos al ataque, si es que el ataque fue premeditado? Y si la logística de la fuga de Erika María, que ha resultado exitosa hasta el momento en
que se escribe este relato, fue improvisada o planificada. Los registros telefónicos de esas 24 horas son una fuente de información que la fiscalía ha señalado como determinante. Si Alejandro Sánchez Herrera estuvo en comunicación durante ese periodo con su padre Juan, con otros miembros de la familia en Baja California, con contactos que pudieran haber facilitado el movimiento de su madre fuera de la Ciudad de México, esa comunicación dejó rastros.
Los teléfonos dejan rastros, las llamadas dejan rastros. Los mensajes de texto y las aplicaciones de mensajería cifrada también dejan rastros, aunque los de estas últimas son más difíciles de recuperar. La clave está en si la fiscalía tiene la determinación institucional y los recursos técnicos para seguir esos rastros hasta donde conduzcan.
Aunque conduzcan a un lugar que complique un caso que algunos preferirían mantener simple. Una vieja desequilibrada que perdió la razón y mató a su nuera con un esposo que no supo cómo reaccionar ante el horror. Esa versión simple es la que la defensa de Alejandro Sánchez Herrera querría que prevaleciera.
Es la versión que lo mantiene como testigo y no como imputado. Es la versión que permite que la historia tenga un único villano, una única culpable, una única persona a quien buscar y eventualmente procesar. Pero la historia real, la historia que comienza en un rancho de Enenada llamado Los Gallos amarillos y termina por ahora en un departamento de Polanco con 12 casquillos en el suelo.
No es una historia simple. Es una historia de familia y las historias de familia, las peores, las que terminan con muertos, son siempre historias de muchas manos, de muchos silencios, de muchas decisiones tomadas antes del momento que se convierte en el titular de los periódicos. Carolina Flores Gómez tenía toda una vida por delante cuando decidió amar a un hombre cuyo apellido tenía sombras que ella quizás nunca alcanzó a ver en toda su extensión.
Había ganado coronas, había representado a Baja California, había dado a luz una hija, había construido una vida en la Ciudad de México, en un departamento que desde afuera parecía el comienzo de un futuro. Lo que no sabía o lo que quizás intuyó, pero eligió no investigar con la profundidad necesaria es que detrás del apellido de su esposo había un rancho y en ese rancho había armas.
Y esas armas hablaban de una familia que tenía una relación con la violencia que no se extingue con una detención y unos años de consecuencias legales. Que la violencia cuando se cultiva, cuando se normaliza, cuando se convierte en parte del paisaje cotidiano de una familia, no desaparece. Espera, acumula. Y cuando encuentra el momento adecuado, cuando encuentra la ira suficiente o la desesperación necesaria o la combinación correcta de circunstancias, emerge.
Emergió el 15 de abril de 2026 en la forma de 12 disparos en un departamento de Polanco. Emergió de las manos de una mujer de 63 años que había pasado décadas en la proximidad de las armas. Y mientras Carolina moría en el suelo y su hija de 8 meses estaba en algún lugar de ese mismo departamento, el hijo de esa mujer, el esposo de Carolina, el padre de esa niña, eligió el silencio que le habían enseñado desde siempre en esa familia donde ciertas cosas no se le dicen a nadie de afuera.
24 horas de silencio, un apellido, un arsenal, un rancho, 12 disparos y una pregunta que México todavía no ha respondido. ¿De dónde vino esa arma?