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El Guitarrista Sin Rostro del Barri Gòtic

La lluvia caía como agujas de hielo sobre los adoquines centenarios de Barcelona, lavando la sangre seca de la historia que impregnaba el Barri Gòtic, pero nunca logrando limpiar la culpa. Yo, Elena Vidal, corría a través del laberinto de callejuelas estrechas, con el corazón golpeando salvajemente contra mis costillas, como un pájaro enjaulado a punto de morir de pánico. Las farolas de hierro forjado parpadeaban, arrojando sombras alargadas y monstruosas contra los muros de piedra de la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia. El aire olía a ozono, a sal del Mediterráneo y a algo más antiguo, más podrido: el olor de los secretos inconfesables.

Todo había comenzado con la música. Una melodía de guitarra, tan exquisitamente dolorosa, tan desgarradora y perfecta, que parecía arrancar el alma de quien la escuchaba. Noche tras noche, esa sonata macabra se filtraba por las ventanas de mi ático en la Plaça del Pi. No era flamenco, no era clásico; era el sonido de un lamento milenario, de almas en el purgatorio llorando a través de seis cuerdas de nailon. La curiosidad, esa maldición humana que ha destruido imperios, me había empujado a buscar el origen de aquel llanto musical.

Me adentré en el Carrer del Bisbe, cruzando bajo el puente neogótico, donde la oscuridad parecía tragarse la poca luz de la luna. El sonido de la guitarra se hizo más fuerte, más nítido. Cada acorde vibraba en mis empastes, en el tuétano de mis huesos. Me guiaba hacia un callejón sin salida, una herida estrecha entre dos edificios medievales que ni siquiera aparecía en los mapas de la ciudad. El Callejón de las Ánimas, lo llamaban los viejos del lugar, aunque nadie se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta.

Y entonces, lo vi.

La escena quedó grabada en mis retinas con el fuego del terror puro y absoluto. Sentado sobre una caja de madera podrida, envuelto en una capa negra y raída que absorbía la poca luz del entorno, había un hombre. Sus manos, pálidas como el marfil, con dedos anormalmente largos y nudosos, danzaban sobre el mástil de una guitarra española de madera oscura. La destreza era inhumana; los dedos se movían tan rápido que dejaban una estela borrosa, arrancando notas imposibles, acordes que desafiaban la física y la armonía.

Me acerqué, hipnotizada, incapaz de retroceder, como la polilla atraída por la llama que la consumirá. “Disculpe…”, susurré, mi voz temblando, apenas audible sobre el estruendo de la lluvia y la furia de la música. “Su música… es…”.

El hombre dejó de tocar abruptamente. El silencio que siguió fue más ensordecedor que un grito. Lentamente, con una rigidez cadavérica, levantó la cabeza hacia mí. La capucha de su capa cayó hacia atrás, revelando lo que se ocultaba en las sombras.

Un grito, primitivo y visceral, rasgó mi garganta, pero el sonido murió antes de salir de mis labios. Mis rodillas cedieron, y caí de bruces sobre los adoquines húmedos, raspándome las palmas de las manos.

No había rostro.

Donde debían estar los ojos, la nariz, la boca, solo había una extensión de piel lisa, pálida y tensa. Era como un lienzo en blanco, una aberración de la naturaleza, un borrón nauseabundo de carne humana sin facciones. No había cuencas vacías, ni cicatrices de alguna herida terrible; simplemente no había nada. Era el vacío encarnado en forma humana. El terror me paralizó. Mi mente intentaba desesperadamente racionalizar lo irracional, buscando máscaras de silicona, trucos de luz, cualquier cosa que explicara aquella abominación. Pero la respiración superficial que expandía su pecho y el ligero temblor de su piel me confirmaron la espantosa verdad: era real.

A pesar de no tener ojos, supe que me estaba mirando. Sentí el peso de su mirada inexistente perforando mi cráneo, escudriñando los rincones más oscuros de mi mente. Y entonces, la voz.

No la escuché con mis oídos. Resonó directamente dentro de mi cabeza, como un trueno cavernoso, rasposo y antiguo, resonando con la vibración de las cuerdas de la guitarra que ahora volvía a rozar suavemente.

—Bienvenida, Elena de la casa Vidal —dijo la voz en mi mente, cargada de un sarcasmo gélido—. He estado esperando que tu curiosidad superara tu miedo.

Intenté retroceder, arrastrándome hacia atrás por el suelo mojado como un animal herido, pero una fuerza invisible, densa como el agua de las profundidades marinas, me inmovilizó.

—No intentes huir, niña —continuó la voz, mientras los dedos largos y blancos comenzaban a tocar una melodía fúnebre—. Conozco cada piedra de este barrio, igual que conozco cada mancha negra en el linaje de tu familia. Tu riqueza, tu prestigio, tu ático en la Plaça del Pi… todo está construido sobre un cementerio de traiciones.

“¿Quién… qué eres?”, logré articular en voz alta, llorando, sintiendo que la cordura se me escapaba entre los dedos.

—Soy el eco de lo que tu abuelo, Don Arturo Vidal, intentó silenciar en el invierno de 1939 —respondió la entidad sin rostro. La melodía se volvió agresiva, disonante—. El respetable banquero. El pilar de la sociedad catalana. ¿Nunca te has preguntado cómo construyó su imperio mientras Barcelona ardía, mientras la gente moría de hambre y frío en estas mismas calles?

Mi respiración se agitó. Mi abuelo era una leyenda, el patriarca intocable, un hombre venerado por su filantropía.

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